domingo, 25 de agosto de 2013

El destiempo de una novela crítica

25/Agosto/2013
Confabulario
Lucía Melgar

Dramaturga, narradora, ensayista, periodista, guionista, lectora, testigo de su tiempo e intelectual pública comprometida y controvertida, Elena Garro nos ha legado una obra amplia, compleja y desgarrada en sus distintas facetas de luz y sombra. Mujer de su tiempo, Garro lo observa y vive a fondo, lo inscribe en su memoria y a través de ésta recrea en su escritura sus contradictorias facetas. Su obra da cuenta del compromiso de Garro con su oficio, y ofrece una visión lúcida, desencantada o apasionada de un siglo xx turbulento. Desde Los recuerdos del porvenir, su escritura ilumina tanto los paraísos perdidos de la infancia como las historias acalladas de las luchas y los ideales fracasados del siglo XX. La Historia y las historias, las memorias y la autobiografía novelada se funden en una obra que, como ha señalado la crítica, da voz a los marginados, libertad a la imaginación, dimensiones maravillosas a la vida y poder transformador a la palabra. La veta poética de Garro, su talento dramático, su originalidad destacan sobre todo en Los recuerdos, en los cuentos de La semana de colores (también publicada como La culpa es de los tlaxcaltecas) y en el drama Felipe Ángeles. Como ha señalado Gabriela Mora, bastarían Los recuerdos del porvenir y La semana de colores para situar a Garro a la par de Rulfo.

No obstante la calidad de sus mejores textos, la obra garriana y en particular su primera y mejor novela no han sido del todo accesibles al gran público. Incluso hoy se echan de menos los grandes tirajes conmemorativos del medio siglo de La región más transparente o Rayuela. La dinámica del mercado, las tensiones del ámbito literario y las contradicciones de la figura pública de Garro, cuya huella aún persiste en algunos círculos, han acotado el impacto cultural y la intensa experiencia que ofrece la lectura de una novela magistral.

Sin embargo, como afirmara en los años setenta el escritor argentino José Bianco, Los recuerdos del porvenir quedan; la política, la vida y sus personajes pasan. De ahí que, sin restar importancia a una necesaria historia intelectual del siglo XX ligada a una historia de la recepción de la obra, que permitirían apreciar mejor la figura pública de Garro como escritora y crítica de su tiempo, interese más proponer aquí un acercamiento a Los recuerdos como texto literario que conlleva códigos, enigmas, relaciones intertextuales y tensiones internas que han sugerido y sugieren ciertas formas de leer, o instigan a cuestionar y subvertir la lógica de la realidad desde el mundo novelesco.

En particular, quisiera retomar y proponer líneas de lectura de Los recuerdos del porvenir desde el destiempo, como obra en que se conjuntan la demora y la anticipación, como novela que “llegó tarde” y se adelantó a su época; cuyo lugar, en apariencia secundario, no se debería tanto (o no tan sólo) a leyendas negras o influjos biográficos, como a su textura y complejidad. Desde esta perspectiva, la novela puede apreciarse como precursora de innovaciones que transformaron la literatura latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX, como exploración temprana de facetas del mundo social e ideológico que sólo más tarde pasarían al debate público, y como territorio de signos donde subsisten zonas inexploradas.

A modo de invitación al viaje, más que argumento desarrollado, ofrezco aquí algunas notas para una relectura de Los recuerdos del porvenir desde el pasado y hacia el futuro.

De destiempos y primeras lecturas

Novela emblemática del mundo garriano, Los recuerdos del porvenir inicia o predice la sujeción de los manuscritos a las vicisitudes de su autora y su entorno, en el camino de la creación a la imprenta. La historia de su publicación, tal como se delinea a través de la correspondencia y algunas entrevistas de Elena Garro, remite también a la construcción del mito de origen que elaborara su autora y a sus contradicciones.

Como se sabe, la novela, publicada en 1963, fue distinguida entonces con el Premio Villaurrutia a la par de La feria de Arreola. Aparece en el ámbito literario como contemporánea de La muerte de Artemio Cruz y Oficio de tinieblas y precursora de Cien años de soledad. Sin embargo, a través de sus cartas con los escritores argentinos José Bianco y Adolfo Bioy Casares en los años cincuenta, y declaraciones posteriores a Emmanuel Carballo, sabemos que Garro empezó la novela en Francia hacia el invierno de 1951-52 y terminó una primera versión en Berna en 1953. De haberse publicado por ese entonces, se habría leído tal vez al lado de Pedro Páramo, lo que permite imaginar un diálogo más rico e intenso entre ambas. La falta de manuscritos en el archivo de Garro en la Universidad de Princeton nos impide especular más. Sabemos que en la década que separa la creación inicial de la obra publicada, la autora extravió y recuperó el manuscrito, lo echó al fuego y su hija (o su sobrino) lo rescató. En 1957 Garro menciona la novela como posible libro y más adelante manifiesta un claro interés por publicar que no aparece en versiones posteriores. Le interesa sacar la novela en inglés y francés, pero debe antes tenerla en español, por lo que le pide a Bianco que se la corrija y le ayude a buscar un editor en Argentina, convencida de que en México (por sus actividades políticas) no le publicarían nada. Pese a los esfuerzos de Bianco y Bioy, la editorial Fabril de Argentina rechazó la novela, por razones que desconocemos. Se conserva en cambio la respuesta del editor español Carlos Barral, a quien Garro había enviado el manuscrito: Los recuerdos, explica, no encaja en el panorama editorial español donde prima el realismo (1962). Aunque retrospectivamente sorprenda esta falta de visión, es evidente que la veta fantástica y mágica que fascinaba a Bianco, Bioy y Paz, no había encontrado su momento. Garro cedió entonces a la insistencia de Paz, quien propuso la novela a la editorial Joaquín Mortiz. Tras su publicación, Paz también formó parte del jurado que la premiaría, aunque según su correspondencia con Usigli (citada por Leñero) no votó “por razones obvias”.

Mientras que este enmarañado proceso de publicación nos aproxima al mundo editorial de la época, las versiones públicas que de su creación dio Garro han construido un mito de origen que la configura —falsamente— como escritora a su pesar y que —extrañamente— escamotea su perseverancia ante la adversidad e incluso el exceso autocrítico con que descalifica sus Recuerdos como “muy ñoños”, en 1961. Lejos de ser un mero divertimento, esta primera novela alcanza una intensidad narrativa y poética que “ha deslumbrado” a sus primeros lectores (escritores), y demuestra el arte de Garro para transmutar las vivencias y el dolor personal en una historia de desdicha colectiva, donde la violencia arruina ilusión y vida, y persiste en la memoria la magia de la palabra.

Rupturas y reinterpretaciones

Desde un inicio, Los recuerdos del porvenir es una y muchas novelas. Continuadora de la literatura fantástica y precursora del “realismo mágico”, novela de la memoria que “contiene todos los tiempos”, relato histórico y novela de amor desdichado, queda al margen del boom latinoamericano, aunque pueda leerse como “nueva novela”, porque este club excluye a las escritoras, así se apelliden Bombal, Ocampo (como antecesoras) o Garro. Atrae, no obstante, el interés de la mejor crítica mexicana y extranjera que va trazando tres líneas de lectura principales a partir del narrador colectivo, el elemento fantástico y la reinterpretación histórica —retomadas y ampliadas en lecturas posteriores—. Desafortunadamente, en un primer momento su visión del pasado choca con el discurso político todavía dominante en 1963 y se adelanta a las revisiones del sentido de la Revolución mexicana. Tachada de novela cristera, algunos la consideraron reaccionaria, cuando es sobre todo una novela de la microhistoria que escucha y da voz a los vencidos, y despliega una aguda crítica de la revolución fracasada y de una posrevolución que pretende imponer el orden del terror, y despojar a las comunidades de sus tierras y de la espiritualidad que les permite vivir con dignidad pese a la miseria. Si con el tiempo la configuración positiva de la iglesia y de la religión que distingue la obra de Garro ha perdido notoriedad, su crítica del poder desde los márgenes ha cobrado mayor importancia y le otorga, en mi opinión, una actualidad que la sitúa a la par de Pedro Páramo y Yo el Supremo, como grandes novelas que exploran los abismos de un poder que, en su afán de absoluto, destruye vidas y tierras, distorsiona el discurso público con mentiras, busca apropiarse de todas las versiones de la historia para imponer su voz única, y acaba por congelar el tiempo y el espacio en el silencio de la muerte.

Del destiempo a la actualidad

Si ya esta variedad y bifurcación de lecturas ha dado vida y vigencia a un texto que, en más de un sentido, superó a sus contemporáneos, en el contexto literario y sociopolítico actual cabe destacar la actualidad de una visión crítica que se caracteriza por su compleja conceptualización de la violencia, por la centralidad de las mujeres y de la violencia de género, y por la defensa de la imaginación, el arte y la palabra, contra la opresión, la mentira y la destrucción.

Los recuerdos se ha considerado una “obra feminista de primer orden” (ha dicho Mora) y puede decirse que sintetiza los planteamientos centrales de una crítica del patriarcado y sus violencias que se despliega a través de cuentos, novelas y obras de teatro. Su originalidad —aún hoy— radica en que no sólo cuestiona el orden machista y reivindica la libertad de las mujeres, también devela la violencia sexual y su ocultamiento, muestra conexiones ocultas entre violencias públicas y privadas, da expresión al deseo femenino, y reconoce que las ansias de liberación de las mujeres no bastan para alcanzar la libertad o la felicidad. Sin duda, en un país y un mundo atravesados por la violencia —y por la violencia extrema, cotidiana y naturalizada contra las mujeres, los indígenas, los pobres y todo aquel que carezca de poder—, esta novela y dramas como Los perros y El rastro, cuyas historias podrían contarse hoy, merecen una mayor atención de la crítica y del público lector.

Más allá de la lucidez de la crítica, de la inteligencia y sensibilidad de la narración, a lo largo de este medio siglo la obra de Garro se ha destacado por la belleza y el poder de su prosa. Desde las farsas de 1957 y con singular maestría en Los recuerdos, la magia de la palabra se despliega, reivindica y reafirma en los mejores textos de la escritora. Poeta en la prosa y maga en la imaginación, maestra en el oficio de pulir y moldear el lenguaje, Garro le otorga a la palabra el poder de transformar el mundo, de embellecer la vida, detener el horror o provocarlo. Su prosa, cercana a la poesía en su entrelazamiento de palabra y silencios expresivos, sus imágenes deslumbrantes, su oralidad musical, el ritmo variado de diálogos y descripciones, da cuenta de una escritura poderosa y sutil y de una “fe” en la palabra tan honda como la que atribuye su autora a Felipe Ángeles y Juan Cariño, sus personajes más garrianos. En la fe del loco de Ixtepec en la palabra transformadora y en su temor a los vocablos peligrosos “que deberían permanecer secretos” se enciende y se apaga la ilusión como ficción y esperanza de alcanzar la felicidad.

En los tiempos que corren corresponde cerrar esta invitación al viaje por la memoria de un pueblo petrificado por la violencia, con la imagen entrañable de un “Presidente” —como se lee en esa primera novela— cuya “misión secreta era pasearse por [las] calles y levantar las palabras malignas pronunciadas en el día… Una por una las cogía con disimulo y las guardaba debajo de su sombrero de copa. […] Todos los días buscaba las palabras ahorcar y torturar y cuando se le escapaban volvía derrotado…”

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