sábado, 17 de marzo de 2012

Lo que queda, es lo que escribo

Febrero/2012
Nexos
J. M. Servín

Tenía treinta y cuatro años, vivía en Estados Unidos trabajando como bracero y con frecuencia me preguntaba qué carajos me impedía convertirme en escritor sin agotar mi energía con trabajos pesados y la monotonía adictiva de la rutina diaria. Algunos años después, ya en México, entendí que para lograrlo necesitaba ordenar mi pasado lleno de vivencias y recuerdos angustiantes. Literatura es expresión, no manipulación de las emociones.

Como en aquel entonces, sigo viendo la vida como un inagotable circo de esperpentos donde de pronto aparece la belleza, sin que ésta signifique necesariamente un valor positivo, al contrario, muchas veces es comparsa de la maldad humana.

Para mí es fundamental sustraer de la cotidianidad (arduo trabajo de discriminación constante) todos aquellos elementos que la hacen insufrible, cruel y nos sumergen en el hastío. Sólo así puedo aspirar a que mis historias resulten verosímiles, de otro modo sería imposible narrar aquello que viví, que vi, que es absurdo y aterradoramente cierto. Me entrego a la desazón y al dolor de la misma manera en que me entrego al placer. Lo que queda, es lo que escribo.

Mi mirada es más escéptica que cínica. Me fascina hacer retratos de gente maleada o destruida por las ciudades. Retomo como elementos narrativos formas híbridas que combinan técnicas de la ficción y fuertes dosis de historia social, biografía, documentales y periodismo. Hemingway tenía mucha razón cuando afirmaba que la cualidad más esencial de un escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes.

Como cualquier otra actividad humana, escribir es un oficio que implica cuando menos conciencia, emoción, pensamiento, percepción, memoria e inteligencia. Yo incluiría huevos y descaro. Su orden de importancia depende de cada quien. Trabajo en un estilo directo y descriptivo que no pierde de vista el sentido de la escena. Una piruja, un maleante o el oscuro encargado de una piquera: tengo que hacerlos tan reales como a un padre de familia que trabaja de sol a sol para mantener a su familia.

Desde la primera frase mi mayor reto es atrapar al lector, de otro modo huirá. En un país donde a muy poca gente le interesa leer, esto debería de ser como un mandamiento para cualquier escritor. No intentaría hacer una autoevaluación de mi trabajo pues aparte de prematuro (sigo buscando un modo de expresarme, un estilo) sería presuntuoso.
Siempre estoy alerta de descubrir rasgos de vanidad e ingenuidad que tanto perjudican el oficio de escritor. Mientras menos aparezcan más cerca me siento de mi objetivo.

No hago mayores preámbulos para sentarme a escribir. Lo hago en cualquier momento del día si tengo el ánimo de hacerlo. Si descubro que no puedo, lo dejo y ya. Esto me ocurre con demasiada frecuencia, más de la que quisiera, pero así soy, el peso de mis temores suele ser más grande que mis ganas. Liberarme de esta carga puede llevarme horas, días, semanas o meses, durante todo ese tiempo lo único que me relaja es la bebida, pasear a mi perro en compañía de mi mujer (ella también escribe y envidio la facilidad con la que se sienta frente a su computadora y teclea y teclea tac tac tac) o yacer durante horas en un sillón mirando al techo, ajeno incluso al ruido constante de la calle. La rutina impide reaccionar a los pequeños fracasos acumulados con el paso de los años. El hormigueo en el estómago cada vez que me siento frente a la computadora es parte del vaivén que deja atrás mi pasado lleno de culpas. Cuando logro disfrutar de esa sensación y reconocer de dónde nace, puedo escribir sin bloqueos.

No me preocupa en lo mínimo la técnica, el chiste de este oficio es durar. Como todo boxeador consciente de sus limitaciones, me preocupa resistir al castigo y ganar por puntos tirando el mayor número de golpes posibles. Cuando escribo pienso en la disyuntiva entre el hombre civilizado y el heroico. El primero está conforme con su destino y fluye con él tanto si le ha ido bien en la vida como si no, es un ser religioso y comulga con los designios de su dios. El otro es un eterno rebelde, en conflicto con su entorno y niega cualquier causa para justificar su malestar con el mundo. Este es el tipo de personaje que me interesa: es impredecible, mercurial, peligroso para sí mismo y para los demás.

En mis historias elimino hasta donde me es posible ciertos elementos como lo fantástico y los excesos sentimentales. La observación rigurosa es indispensable para la reproducción fiel de la vida. Por lo tanto, me documento sobre el terreno, tomo apuntes sobre el ambiente, la gente, su modo de vestir y de hablar. El recurso del détournement situacionista me permite la apropiación de elementos existentes en mi entorno para recuperar historias cotidianas.

Soy del tipo de personas que siempre está en dificultades de algún tipo, en mi caso es algo que va de la mano con la escritura. Los apuros financieros y mi relación con las mujeres me han deparado toda clase de sinsabores y alegrías.

Así escribo. Sería un enorme fracaso ser recordado por el recuento de mis hazañas para mantenerme a flote en esta vida, y no por mis libros.

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