domingo, 17 de julio de 2011

Vicente Quirarte y los fantasmas de Ramón López Velarde

17/Julio/2011
Jornada Semanal
Marco Antonio Campos

He de haber conocido a Vicente Quirarte al promediar 1974 en una clase de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Al finalizar, Vicente se me acercó y conversamos por los pasillos hasta la salida. Era entonces un muchacho alto, de color moreno recio, de abundante pelo afro, que vestía jeans y camisa a cuadros. Me parecía que ese joven de veinte años se abocaba ya desde la infancia literaria a leer todos los libros.

Creo que un peculiar rasgo del poeta y el hombre Vicente Quirarte es su honda capacidad de admirar. La belleza se le revela de continuo en cualquier libro o manifestación artística, o en la naturaleza o en cualquier rincón de cualquier ciudad del mundo. Si, como decía Borges siguiendo a Plinio, aun en los libros mediocres se pueden encontrar bellezas, nadie de las últimas generaciones, salvo Vicente Quirarte, José Emilio Pacheco y Hugo Gutiérrez Vega, han sido capaces de descubrirnos esos mínimos jardines en un vasto erial, esos metales preciosos entre las depresiones del socavón.

Quirarte pertenece a esa índole de ensayistas y críticos literarios que con lucidez y nobleza sólo escriben de lo que les entusiasma y les gusta; ante todo buscan el destello o el milagro estéticos; nada más alejado a ellos que la crítica hermética y soporífera de los estructuralistas and cie, o el debate ideológico de todos los colores. Siendo Quirarte investigador universitario, sus estudios tienen, además del obstinado rigor, la ligereza del vuelo del ensayo creativo. Su prosa es la más elegante de su generación, y su libro Elogio de la calle, que fusiona ensayo, crónica y biografía, es uno de los libros mayores de esta índole publicados en los últimos lustros. Elogio de la calle es un delicioso paseo por calles, cafés, colegios, universidades e instituciones de Ciudad de México, desde 1850 a 1992, en el cual uno puede, por ejemplo, encontrarse de pronto en las calles con la figura trágica del byroniano Marcos Arróniz, o con el jovencísimo Francisco Zarco, incendiando la Cámara de Diputados con sus discursos fulmíneos a la hora de redactar la Constitución de 1857, o con Manuel Acuña en la víspera de un suicidio, que consternó hasta la raíz a la sociedad mexicana de su tiempo y dejó al último romanticismo mexicano en el desvalimiento al perder a su figura más representativa; o ver a López Velarde mirando a las muchachas en flor a la salida de la iglesia de la Sagrada Familia de la colonia Roma y paseando de ida y vuelta por la pecaminosa avenida Madero, cerca o al lado de las carretelas donde se mostraban en su esplendor las cortesanas fastuosas.

En sus ensayos sobre López Velarde, Quirarte (se) ha interrogado esencialmente sobre cuatro asuntos: uno, el porqué de las causas de su mito creciente; otro, lo que hay detrás del fantasma de la prima Águeda; un tercero, el poeta más allá de lo cívico que creó en su gran poema una patria tradicional, sencilla y hondamente femenina, y, por último, el Ramón paseante por esas calles que irían desde la avenida Madero hasta la casa donde moró en la avenida Jalisco.

¿Pero cuáles serían para Quirarte, por principio, las causas del mito lopezvelardeano que empezó el mismo día de su muerte? La primera causa fue su breve vida, habiendo ya dejado una obra única e irrepetible, y por añadido, emblemáticamente, a los treinta y tres años del Cristo; la segunda, es que RLV es un poeta para todos los mexicanos, para los que saben y los que no saben, pero a quien en verdad sólo pueden apreciar en sus continuas revelaciones estéticas los happy few; la tercera nace de que los pequeños hechos de su vida y sus amoríos casi ocultos están rodeados de un continuo y atractivo misterio; la cuarta es su condición de poeta sin descendencia, o dicho de otro modo, un autor que es en sí mismo una tradición; la quinta es, como decía el estridentista Germán List Arzubide, como recuerda Quirarte, que inventó una provincia. Por poner un ejemplo, quienes venimos a Jerez es para tratar de volver a vivir junto a él imágenes de la Plaza de Armas, y por conocer o reconocer las casas donde vivió, principalmente la de la calle Parroquia; para visitar el Santuario, con su atrio de naranjos y su nave en que desangra la Dolorosa hasta el último desconsuelo, y sentarnos en una banca de la Parroquia, a unos pasos de su casa, donde aprendía los sábados religión, no con los versículos de la Biblia o de los Evangelios, sino con el catecismo didáctico del padre Ripalda, y claro, también para adentrarnos en el Jardín Brilanti, umbrío y verde, y el bellísimo Teatro Hinojosa, donde ahora lo recordamos.

Si Jaime Sabines es el poeta del amor donde al hombre y a la mujer no es posible distinguirlos porque están integrados en un cuerpo como una llamarada, López Velarde es entre nosotros el poeta del deseo. De esos poemas, Quirarte prefiere tres que son verdaderas piezas maestras: “La prima Águeda”, “La mancha de púrpura” y “Hormigas”. A uno de sus ensayos, lo hemos entredicho, Quirarte lo titula “El fantasma de la prima Águeda.” López Velarde, quien solía poner el nombre propio real a sus antiguos deslumbramientos femeniles, en este caso parece haberle cambiado el nombre. Es quizá una de las escasas mujeres que aparecen en la obra del jerezano de las que biográficamente no se sabe nada. Cada lector creará en su imaginación la Águeda que se le dibuje en el poema. Por otro lado, el hombre que haya leído “La mancha de púrpura” sentirá en su lectura lo que es dejar pasar los días sin ver a la amada para hacer crecer el deseo, y quien lea “Hormigas” no dejará de sentir una y otra vez cómo, ante la belleza femenina, corre “un encono de hormigas en mis venas voraces”.

Han pasado noventa años de la muerte del Poeta en una madrugada trágica. Me conmueve en el alma que el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde se le haya otorgado a un fervoroso lopezvelardeano, al académico que por fortuna no escribe como académico, al funcionario probo, al hombre de letras que en cada género que exploró se volvió una autoridad, pero sobre todo al poeta en quien se unen en sus libros tradición y corazón. Me conmueve –digo, finalizo– que aquel muchacho de veinte años al que conocí en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ya sea, treinta y siete años después, un maestro para muchos, incluyéndome en ellos, él, el poeta Vicente Quirarte, que ha sabido ser siempre un amigo de sus amigos.


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