Reforma
Sergio González Rodríguez
En la última década, la lista anual de Sergio González Rodríguez en El Ángel del Reforma se hizo referencia para saber qué leer. Hoy (2011) hay muchas y cada una proclama un puño de lo mejor de cada año. ¿Cómo llegamos a este autoengaño?
Editores descuidaron su sección de reseñas. Ese fue el inicio; luego, la pérdida de liderazgos.
Christopher Domínguez era el crítico literario que daba seguimiento a la nueva literatura mexicana. En la última década declinó el puesto. Y ante la pérdida de credibilidad de las revistas (Letras Libres y Nexos, principalmente); el capricho de los nuevos reseñistas oficiales; la llegada de la blogósfera y las redes sociales (sobre todo, Facebook) y el arribo de la Generación Tierra Adentro-Fonca, saber cuáles eran las mejores novedades literarias mexicanas comenzó a ser cada vez más neblinoso.
¿Quién puede reseñar? ¿Cómo se debe analizar? Son preguntas que las revistas mexicanas no han puesto sobre la mesa. De ahí que cualquiera pretenda hacerlo.
En poesía, por ejemplo, la reseña se hizo semi-poema en prosa para cometer deflexión: evadir el análisis y sustituirlo con pre-estilística (fraseología e imágenes) para no sustentar adjetivos o avalúos, debido a que el comentarista, en realidad, nada tenía qué decir. Caso típico: decenas de reseñas sin una sola cita del libro que ensalzaban (para no evidenciar sus mentiras).
Y en esta década, ante la creciente mediática, de la deflexión prosiguió otro fenómeno retórico aún más penoso: la proflexión.
La proflexión consiste en enunciar de otro (consciente o inconscientemente) aquello que se espera sea enunciado de ti.
Las relaciones públicas hoy dan forma a las listas en redes sociales, webs y revistas, que son ejemplo de recomendaciones sin sustento. Pero con v de vuelta.
El vacío de pensamiento fue cubierto por el intercambio de favores entre amigos, maestros-discípulos y colaboradores de medios, que aprovechan la inexistencia de criterios acerca de cómo reconocer y describir una obra valiosa.
También son responsables los académicos en México y Estados Unidos, quienes para no arriesgar nada —no hay para qué— se mantienen al margen.
Mientras que narradores y poetas, incapaces de redactar el menor análisis, realizan listas por gusto propio o entrevista, y los lectores —complacidos por la reducción de una literatura a un espectáculo de menciones— fingen tomar en cuenta esos censos que, en realidad, sólo cuentan para una comunidad literaria en que yo hago por ti lo que el año entrante espero tú hagas por mí.
Al preguntársele a un lector real por los mejores libros, nunca mencionará novedades. (Eso sólo lo hacen los Peña Nietos del mundo.) Y, sin embargo, ¿no es eso lo que hacen, año tras año, nuestros críticos navideños?
La proflexión es la palabra clave de la nueva acrítica mexicana.
Podría uno enunciar el o los motivos que se tienen para tomar en cuenta tal o cual obra, pero incluso si no lo hacemos el título y el autor siempre podrán argumentar a favor suyo.
Se vale estar en contra de todo el fin de año, hasta de las listas que recogen los “libros del año”. Se vale decir que son (como lo son) injustas y arbitrarias; y es pertinente decir igualmente que carecen de autoridad y hasta de buen gusto, pero con un poco de cordialidad y apertura podríamos decir también que no le hacen daño a nadie.
Acabo de leer un texto en El país, firmado por José Luis Pardo, que busca ser una refutación categórica de las listas. Lo compartí por un momento, pero pensándolo mejor creo que se da demasiados e innecesarios golpes de pecho. Porque siendo Pardo justamente uno de los que han hecho posible la famosa lista de libros de fin de año de Babelia, su argumentación suena a un arrepentimiento vano o al menos tardío, por algo que nadie podría reprocharle mayormente: la exposición de un criterio o de una perspectiva que se puede compartir o no, pero que siempre será útil para hacernos una idea del inmenso panorama librero.
Dice Pardo que “la lista es la humillación de la propia idea de crítica, pues lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza, quedando todo reducido a puntuación y orden numérico, sin más posibilidad de explicaciones…”
No veo por qué. Desde luego, la presentación cruda y burda de un listado podría no tener gran fundamento, pero si bien se ve el argumento central son los libros mismos. Podría uno enunciar el o los motivos que se tienen para tomar en cuenta tal o cual obra, pero incluso si no lo hacemos el título y el autor siempre podrán argumentar a favor suyo en manos del lector.
Y dice más el buen Pardo: “A la humillación de la crítica le sigue de cerca la humillación de las obras mismas listadas: dejando aparte lo que la lista supone de mezcla entre churras y merinas (¿qué puede significar, en cuanto a calidad, que un estudio de sociología aparezca antes o después de una novela de aventuras, que ésta supere a un manual de autoayuda o de inteligencia emocional, o que este último puntúe más o menos que un texto clásico del siglo XVIII o quede en mejor o peor lugar que la biografía de un jugador de futbol o de un cantante de moda?), la clasificación —como en los deportes— sugiere que quienes escribieron esos libros lo hicieron como parte de una competición, lo que una vez más reduce la calidad (la condición de “mejor”) a la cantidad: ganancias y pérdidas, como si la finalidad de la escritura y su posible excelencia no residiesen en la obra escrita misma, sino en los puntos que puede acumular, en las deshonras que puede causar a los derrotados o en los trofeos que puede exhibir ante el público. Yo me bajo en ésta, pues, y me declaro en rebeldía: ya no voy a hacer más listas”.
Pues qué pena que se baje del caballo, pero a mí me parece que siempre hay mejores y peores libros, y que por eso mismo es importante contar con un intento de guía, con unas cuantas (aunque discutibles) orientaciones y que mientras más listas haya, mejor. Insisto: no le hacen daño a nadie siempre que se presenten como lo que son: miradas muy personales que pueden o no encontrar reflejo en la lectura de otros.
Con esa convicción —que sin duda me da tranquilidad— propuse hace unos días en el programa de tv Carlos Puig, En quince, el siguiente listado:
1) Herta Müller, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Siruela.
2) Enrique Krauze, Redentores. Ideas y poder en América Latina, Debate.
3) Roberto Calasso, La folie Baudelaire, Anagrama.
4) Daniel Sada, A la vista, Anagrama.
5) Gregor von Rezzori, Edipo en Stalingrado, Sexto piso.
6) Julio Torri, Obra completa, Fondo de Cultura Económica.
7) Jonathan Franzen, Libertad, Salamandra.
8) Haruki Murakami, 1Q84, Tusquets.
9) José María Pérez Gay, La profecía de la memoria, Cal y Arena.
10) Tomas Tranströmer, Deshielo al mediodía, Nórdica.
11) Ignacio Solares, El Jefe Máximo, Alfaguara.
12) Edmundo Paz Soldán, Norte, Mondadori.
13) Michel Houellebecq, El mapa y el territorio, Anagrama.
14) Christopher Domínguez Michael, Profetas del pasado. Quince voces de la historiografía sobre México, Era.
15) Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer, Alfaguara
Mi lista es muy sencilla y no tengo más que suscribirla nuevamente para quien quiera tomar en cuenta estos señalamientos (muy personales) sobre el universo del libro; es algo así como la llamada de atención sin pretensiones que puede uno hacer tumbado en un parque, observando el firmamento, a un acompañante (si se lo tiene): ¿Ya viste esa estrella?
En los últimos 20 años, don Enrique Fuentes Castilla ha animado la Librería Madero. A lo largo de ese tiempo, no sólo ha recomendado y conseguido títulos a sus clientes, también ha conservado y reparado libros antiguos y usados. Una labor que en 2012 ya no llevará a cabo en el número 12 de la calle Madero del Centro Histórico de la ciudad de México, pues la emblemática librería abandonará la que fuera sede de tertulias de refugiados españoles e intelectuales mexicanos.
Desde su creación en 1951 y hasta ahora, la Librería Madero ha sido un recinto en el que se rinde culto a la palabra impresa. Entre sus estantes, que alojan una cuidadosa selección de libros sobre temas y autores mexicanos, se han reunido importantes personajes del arte y la cultura, como el poeta León Felipe y la escritora Margarita Nelken. Su fundador, don Tomás Espresate, refugiado español que llegó a México en 1939, es en sí mismo una figura en el mundo cultural mexicano, pues no sólo animó esa librería a lo largo de muchos años, también apoyó la creación de Era, editorial cuya inicial esconde su apellido o, más bien, el apellido de su hija, Neus Espresate, capitana de Era.
Es José María Espinasa, hijo de un refugiado español, quien refiere el contexto en el que se creó la Librería Madero: “Como sabemos, el exilio español tuvo una enorme importancia en el mundo editorial mexicano. Los refugiados fundaron editoriales, colaboraron en el Fondo de Cultura Económica… Pero también tuvo gran importancia, tal vez menos presente ahora, en el mundo de las librerías: crearon la Librería de Cristal, la Librería Cide, la Librería Madero…”
Después de don Tomás Espresate, la catalana Ana María Cama fue quien se encargó de animar ese emblemático establecimiento. Desde hace 20 años, Fuentes Castilla es quien da vida a ese espacio y a quien le ha tocado enfrentar una de las situaciones más difíciles en la historia de la librería: su cambio de sede.
Para quienes frecuentaban el establecimiento ubicado en el número 12 de la calle Madero, como los escritores Vicente Quirarte y José María Espinasa, es una pena que la librería se mude. Espinasa comentó que lamenta la pérdida de ese punto geográfico, “una avenida que va de Bellas Artes al Zócalo, que es referencia para todo el que conoce la ciudad”.
Don Enrique, sin embargo, se muestra sereno y dice que la librería, su librería, no muere, pues sólo se alojará en otro espacio (en Isabel La Católica esquina San Jerónimo, en contraesquina del Claustro de Sor Juana), mas no cerrará. El librero prefiere no abundar en ese cambio, sólo dice que se irá porque, en efecto, hay problemas. Al parecer se trata de un significativo aumento en la renta.
Como don Enrique no ofreció detalles sobre algún apoyo de las autoridades, se intentó comunicación con Inti Muñoz Santini, director general del Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México -cuyo cometido es gestionar ante particulares y autoridades competentes la ejecución de acciones, obras y servicios que propicien la recuperación, protección y conservación del Centro Histórico-, pero no hubo respuesta.
Juguetería para el amante de México
El escritor Vicente Quirarte, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, refiere su relación con la librería que este 2011 llegó al medio siglo: “No hubiera podido escribir mi libro Elogio de la calle. Una biografía literaria de la ciudad de México sin la ayuda de la Librería Madero y su capitán Enrique Fuentes. Como estudiante de doctorado, tuve siempre su ayuda y su generosidad, su comprensión para pagar al precio que yo podía los libros que necesitaba. Cuando tuve el privilegio de ocupar la dirección de la Biblioteca Nacional, las cosas no cambiaron: Enrique Fuentes nos consiguió rarezas que faltaban en el catálogo de la bibliografía nacional, siempre al precio justo. Esa ética del librero es en él paradigmática. Cuando le he solicitado un libro difícil, me comunica que lo obtuvo, pero que el precio no era justo, y por lo tanto, no quiso conseguírmelo”.
Con gran precisión, el autor de Morir todos los días describe también el valor de la Librería Madero en el entorno cultural del Distrito Federal: “Es de las escasas librerías en la ciudad de México, una verdadera librería porque en ella se encuentran tanto rarezas bibliográficas como libros nuevos, centrados en temas mexicano. Es un hospital de libros, un refugio para el bibliófilo, una juguetería para el amante de México”.
Como señala Quirarte, los libros que conforman el catálogo de la Librería Madero pertenecen principalmente a autores y asuntos mexicanos. En ella, además, sostiene su sitio electrónico, “se compaginan sabiamente libros antiguos y modernos, principalmente de autores y asuntos mexicanos. Pueden encontrarse ejemplares raros y curiosos de los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX, XX y XXI. Es una librería no de texto, no de viejo, no general, no técnica, sí de historia de libro antiguo, usado, pero bien conservado, dignificado por la reparación y cuidadosamente seleccionado, libro de circulación actual pero con una selección apropiada, en función de ciertos temas alrededor de México”.
La relación con los compradores
El poeta y ensayista José María Espinasa dice sobre la Librería Madero: “Su ventaja es que uno sabe que puede encontrar ahí no los libros de novedad, no los de oferta, sino los que busca: una joya bibliográfica publicada hace 50 o 60 años, o el libro de un poeta importante publicado hace tres o cuatro. Además, esa librería no se deja llevar por el negocio inmediato; fue concebida como una librería, no como un supermercado”.
A ojos de Espinasa, esa concepción es la que ha permitido que se mantenga una relación cercana entre el propietario y el comprador.
“La Librería Madero cuenta con las características propias de un establecimiento de hace 30 o 40 años. Cuando la persona que atendía sabía lo que tenía, podía establecer una relación con los compradores; una manera de relacionarse con el libro en vías de extinción. Por eso, en ocasiones, uno ni siquiera iba buscando algo preciso. Más bien pensaba en qué encontraría, en qué recomendaría el librero, o a quien se encontraría”.
Esta última expectación nacía porque, como también comenta Espinasa, la Librería Madero ha sido un lugar de reunión. Ahí, dice, uno se encuentra con amigos sin haberse citado, o mantiene conversaciones con desconocidos sobre algún libro.
Enrique Fuentes espera que en enero ya haya concluido el cambio de sede, aunque son muchas cajas las que deben trasladar.
La librería ya no estará ubicada en la calle que le dio su nombre, pero, tal vez, en su nueva sede seguirá resguardando historias de amantes de la palabra impresa.
La pregunta que no es posible dejar de plantearse es qué o cuál será la mejor manera de rendir cuentas sobre lo que acontece ahora
La guerra que pelean una férrea casta de tecnócratas neoliberales contra un grupo de empresarios transnacionales que se dedican a la producción y comercio de sustancias hasta ahora consideradas como ilegales ha sumido a México en una de las etapas más sangrientas de las que se tenga historia desde inicios del siglo XX. Interpretar críticamente estos fenómenos es acaso una de las tareas más urgentes en nuestros días para comprender y, luego entonces, proponer alternativas al estado de creciente crueldad y horror. Pensar críticamente en momentos de dislocamiento y ruina, de violencia extrema y duelo, no es cosa fácil. Como lo asegura Achilles Mbembe en relación al reto de pensar África fuera del eje de la teoría occidental, “lo que la teoría social no ha podido comprender es su tiempo [el tiempo histórico de África] como tiempo vivido, no sincrónica o diacrónicamente, sino en su multiplicidad y en su simultaneidad, su presencia y ausencia, más allá de las perezosas categorías de cambio y permanencia tan socorridas por tantos historiadores”. Contra los muchos estereotipos que, más que explicar, oscurecen la compleja realidad de la vida cotidiana y política de África, Mbembe asegura en On the Postcolony que “las fluctuaciones y la indeterminación de estos países no necesariamente significan una falta de orden. Cada representación de un mundo inestable no puede ser automáticamente subsumida bajo la etiqueta de ‘caos’. Pero, reducida por la ignorancia y la impaciencia, dejándose llevar por cierto delirio verbal, slogans, y en general la impericia lingüística, la literatura al respecto recurre con mucha facilidad a la repetición y el plagiarismo, a las declaraciones dogmáticas y las interpretaciones arrogantes, y las conclusiones superficiales están a la orden del día”.
No se necesita ser un crítico avezado para estar en general de acuerdo con Mbembe en lo que respecta a África e, incluso, en lo que podría tocar a la realidad mexicana de hoy. La pregunta que no es posible dejar de plantearse es, sin embargo, qué o cuál será la mejor manera de rendir cuentas sobre lo que acontece ahora. Heme aquí diciéndolo de nueva cuenta: Contra ese estado de cosas, aquí y allá, la poesía. No pienso, por supuesto, en la práctica versificadora que tiende a encerrarse en la torre de marfil de ciertos lenguajes prestigiosos que poco o nada tienen que ver con lo poético. No pienso, claro está, en el lenguaje imperialista (dar voz a otros) y con frecuencia ramplón que, con la excusa de acercarse a la comunidad que la produce, deja de exigirle a la poesía ese práctica de cuestionamiento del lenguaje que la determina. En lo que pienso mientras trato de elaborar un argumento sobre la urgencia y, por suerte, la presencia de una luminosa poesía política en nuestro medio es, sobre todo, en tres libros publicados recientemente en México. Se trata de Degenerativa, de Alejandro Tarrab; El baile de las condiciones, de Oscar de Pablo; y Hechos diversos, de Mónica Nepote. Es posible que estos tres libros no me hayan ayudado a entender (en el sentido meramente intelectual del término) lo que sucede en el país, pero no me cabe duda que me han acercado de manera punzante y riesgosa, de manera humana y crítica a lo que testifico en mi día a día.
En Degenerativa, un ejercicio casi orgánico de apropiación que resulta en una serie intrigante de variaciones y versiones de un material que ya nunca más podrá ser El Original, Tarrab trabaja de cerca con lecturas y otros artefactos artísticos pero no se olvida de dirigirnos “Hacia las maquiladoras, hacia el abismo de las sepulturas/ se entiende este reducto”. Y el lector de Tarrab puede, si así lo desea, detenerse en el casco de las viejas ciudades “donde puede llorar despierto” hasta las periferias que en mucho se parecen a las fotocopias y los loops donde la experiencia se daña y se difumina y cambia.
En El baile de las condiciones, un título que es una referencia poco discreta a un escrito de Karl Marx de 1844, Óscar de Pablo le da la mano a las condiciones de expresa desigualdad y explotación que caracterizan el mundo de hoy y, sin empacho, con inusual sentido del humor y agilidad lingüística y referencias tanto religiosas como históricas, las saca, en efecto, a bailar. De entre todos, sólo comento ese largo poema alrededor y dentro de la fábrica Modelo, donde los turnos de trabajo se transforman en mareas y los trabajadores, marineros imprevistos de una ciudad vuelta toda océano de químicos y de orina y de hartazgo, resisten el vómito y, sí, piden cerveza en el naufragio.
La poesía de Hechos diversos se produce justo en el lugar de la costura del libro que divide (o junta) las páginas donde se llevan a cabo los ejercicios con la sintaxis y las imágenes (a la izquierda) y aquéllas donde se plasma el lenguaje informativo de las noticias (a la derecha o en la parte inferior de la página, pero siempre en otra tinta). La yuxtaposición, que además involucra hechos ocurridos tanto dentro como fuera de México, trae a colación lo nimio, en efecto, pero también los fenómenos macroeconómicos sin los cuales eso nimio —la violencia doméstica, el nombre que se registra con sangre porque de otra manera se olvida, la mirada sobre el cuerpo desmembrado que alumbra la cámara de un paparazzi— no tendría por qué ser registrado. Lejos del facilismo de la representación directa o de la empatía superficial, Nepote pone a funcionar, y con estilete, el nivel de la investigación del lenguaje. En la primera línea del poema “Las muchachas bailan”, por ejemplo, las preguntas indirectas, que se establecen con el uso del tilde sobre el pronombre interrogativo, se atropellan una a otra a través de comas que, lejos de proponer una respuesta o, incluso un terreno propicio para la respuesta, insisten en la pregunta misma. “Dónde están bailando, dónde las muchachas, todas”. En la tercera línea, aparece, se diría que de la nada o de esas condiciones que ha sacado a bailar De Pablo, el primer imperativo: “Digan”, conmina la poeta. “Digan, dónde las muchachas bailan, dónde levantan las manos pálidas, no sus huesos”. Y en ese “digan”, que es plural, va el lector y va también el que no lee. En ese digan, mucho me temo, vamos todos.
Más podría decirse de estos tres libros, pero el espacio apremia: tres de entre los mejores libros de poesía política del México de hoy. Es decir, tres de entre los mejores libros de poesía que han tocado este país.
La censura es un fenómeno con mala prensa, desacreditada en general, pero vigente. Su eventual utilización en una sociedad moderna estaría estrictamente restringida y tendría como objetivo proteger libertades y derechos, más que valores políticos, morales o religiosos. Sin embargo, la censura tiene fronteras muy porosas y muy frecuentemente se orienta a la persecución de algo considerado indeseable, confundiendo en ello categorías como lo inadmisible en lo jurídico, lo sedicioso en lo político, lo desagradable en lo moral y lo blasfemo en lo religioso. J.M. Coetzee en Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar (Debate, 2007) dice que la censura está gobernada por el ambiguo concepto de lo “indeseable” y responde a esa amenaza induciendo por la fuerza un anti-deseo activo hacia determinado acto o producto. Debido a que la literatura (la buena) utiliza el instrumento social de la palabra con una lógica ajena a la mera comunicación de mensajes, se convierte en un espacio donde pueden surgir numerosos productos indeseables. En su libro, Coetzee trata diversos casos de censura hacia productos indeseables de la literatura (desde el proceso judicial contra D.H. Lawrence debido a la publicación de El amante de Lady Chatterley hasta los fenómenos de coerción a escritores disidentes en la Unión Soviética para que alabaran al tirano, la persecución y vigilancia de autores en Sudáfrica o el debate sobre si debe prohibirse o no la pornografía). La lectura de este mosaico de dramas humanos y razonamientos deslumbrantes de Coetzee corrobora que no es aceptable que haya censura en el arte, aunque eso no debe llevar a ignorar la rentabilidad contemporánea de la provocación y el usufructo estúpido y ominoso que algunos artistas hacen de libertades duramente ganadas a través de siglos de lucha.
La censura, entonces, debe observarse con recelo, pues en ella pueden involucrarse la defensa de derechos legítimos, pero también pasiones punitivas, egos inseguros, pieles demasiado sensibles a la crítica y hasta miedos sexuales. De modo que si, en ciertos casos, la censura debería ser un reflejo jurídico para proteger garantías, a menudo este acto esconde una propensión a ofenderse, es decir, una reacción que implica la poca capacidad de una institución o una persona para dudar de sí misma y, por ende, la poca fortaleza de sus argumentos. Subsisten hoy diversas censuras: la del Estado, que se supone está regulada en la ley; la del mercado, que es implícita y por lo tanto más indetectable y peligrosa, y la nueva e inquietante censura (a balas) de la delincuencia organizada, que tanto acecha al periodismo. Para los artistas, creo que hay pocos tabúes que derribar y la figura mítica de la censura sería una especie de momia a la que, para algunos vividores, todavía resulta conveniente darle golpes; sin embargo, la censura más poderosa sigue siendo la censura interior, esa que nace de la inclinación medrosa, complaciente o cortesana de uno mismo.
Hoy día la excusa más utilizada para no leer es “no tengo tiempo”. Un hombre de negocios lo dirá hasta con orgullo: “No tengo tiempo para esas cosas”. Un político: “Los ciudadanos me eligieron para servirles, no para leer”. Un ama de casa: “¿A qué horas, mi rey? Si la telenovela ya va a comenzar”.
Los estudiantes no leen Don Quijote, ni La Odisea, ni La Ilíada, ni otros clásicos. No, señor, no hay tiempo. Apenas hay que darles un resumen, o libritos de pocas páginas. Benditos esos compendios que resumen las obras en media página. Las batallas en el desierto es un buen libro, pero nos gusta por breve, no por bueno.
La cumbre de la estupidez fue una maestra de mi hija. Para hacer mejor uso del tiempo, en clase de literatura los puso a leer el libro de historia. “Porque así leen y aprenden”, les dijo.
Eso sí, a los chicos les contamos las palabras que leen por minuto. Quizás un día se conviertan en locutores descabezados.
Me intriga saber qué le pasó al tiempo. ¿Por qué se ha vuelto escaso? ¿Corre más veloz que antes?
En el año 1905, allá cuando Einstein nos reveló que el tiempo era cosa relativa, la expectativa de vida en México no llegaba a los veintiséis años. Sólo entre un diez y quince por ciento de la población sobrepasaba los 65 años.
En nuestro siglo, esas cantidades se han triplicado. O, dicho de otro modo, tenemos tres veces más vida para no tener tiempo.
Mi bisabuelo montaba a caballo para viajar de Monterrey al De Efe. Supongo que podían ser hasta diez días de camino. Hoy, en el mismo trayecto por avión, nos enfurecemos si el vuelo se retrasa una hora.
La semana pasada volé de Varsovia a Sao Paulo. Fue un trayecto de quince horas. Cuando llegué, me trataron como a un héroe de guerra. ¿Desde allá? Has de venir agotado. Vamos a llevarte a tu hotel para que reposes. En 1502 no habrán tratado a Américo Vespucio con tanta lisonja cuando llegó a Río de Janeiro.
Además, ¿alguien supone que viajo al otro lado del mundo para meterme en un cuarto de hotel?
En las ciudades se construyen vías rápidas. Tenemos comida rápida. Cargamos con dispositivos electrónicos que nos hacen “aprovechar el tiempo”.
Pero seguimos sin tener tiempo. Y si por ahí nos queda un residuo, siempre podremos desecharlo con un pasatiempo.
A Sao Paulo fui para un congreso de literatura. En la mesa dedicada a los medios digitales, un académico proyectó en la pantalla tres insufribles minutos de un código QR que cambiaba a gran velocidad. Al final dijo con sumo orgullo: “Acaban ustedes de leer La divina comedia”.
Para mí fueron los tres minutos más aburridos de mi vida. Un crítico brasileño lo dijo mejor: “Sólo estoy seguro de que en esos tres minutos no leí La divina comedia”.
En fin, la vida es más larga y sencilla que nunca. Si nos falta tiempo es porque se derrocha todo lo que se tiene en abundancia.
La próxima vez que alguien me diga que no tiene tiempo para leer, recurriré a esa franqueza regiomontana que la gente dice gustar, aunque lo cierto es que la detesta: “Tiempo te sobra, güey. Lo que te falta es cabeza”.
Durante mucho tiempo, aunque debo decir (para protegerme de algunos reproches) que de muy joven, cuidaba de no acudir a libros que estaban en la boca de todos. Despreciaba un porcentaje importante de las novedades porque suponía que se trataba de libros que, siendo del momento y gozando con frecuencia de una publicidad para mí desproporcionada, no podían ofrecer cosas profundas o realmente trascendentes.
De algún modo, apelaba a las consecuencias de una máxima de Wilde: “Cuando la gente piensa como yo siempre siento que debo estar equivocado”. Esta actitud, fascinante para mí entonces, me obligaba a acercarme al gusto y formas de pensar de las minorías (discursos que a veces, ahora que lo pienso, se ocupaban paradójicamente de las mayorías: ideas cultivadas por muy pocos, como el comunismo, dedicadas a la conducción de las masas).
Pero no sólo en política. También desde luego en materia de arte y literatura resultaba un imperativo alejarme de los gustos predominantes en los círculos donde me desenvolvía.
Por supuesto, con el tiempo descubrí que uno puede tomar partido por la mayoría sin estar (o sentirse) equivocado, lo mismo que cultivar algún principio elitista o muy sofisticado y estar claramente de cabeza. Las filas de la razón no dependen de su número de adeptos.
Sin embargo, no dejan de atraerme (como a mucha gente, legiones en realidad) todas las cosas que se presentan como únicas y exclusivas. Así que para los lectores de Filias, el suplemento del que participé en la pasada Feria del libro de Guadalajara, comenté y recomendé más o menos lo que sigue, a manera de breve instructivo:
Si usted no se cree con el suficiente hígado para sufrir otra decepción como lector, tiene que acercarse —sin ningún género de consideración sentimental hacia los “poco conocidos”, los genios ocultos en las pequeñas trincheras editoriales o los cuasi marginales— a los autores probados, exitosos y reconocidos. Nada de aventurarse con autores recién llegados o pretendidamente novísimos (que luego resultan jóvenes promesas bastante mayorcitos o profesionales de las becas con piel de poetambres).
Ahora bien, si desde su perspectiva las filas de los consagrados no dan tampoco más de sí (porque a fin de cuentas la exprimidora de talento de las grandes editoriales termina pronto su trabajo y sólo resta sostener los productos literarios con grandes pautas publicitarias), entonces es posible que usted necesite urgentemente un viraje en sus preferencias literarias.
En tal caso, el giro puede consistir en un acercamiento a las literaturas minoritarias y exquisitas. Deje atrás a los autores de moda y sus interminables actos de promoción que se parecen cada vez más a los realizados por los personajes del espectáculo. Ingrese sin temores al selecto clan de los happy few que conocen a los más sofisticas y originales autores, las obras más renovadoras, audaces y vanguardistas.
Ésas son las verdaderas cofradías, no las que presumen de leer a escritores millonarios en todos los sentidos (ellos y sus ventas). Conviértase al esnobismo, aunque éste pueda ser entendido como lo vio el magnífico Olivier de Magny, es decir: “Un conjunto de prejuicios que un grupo de personas convierte en estrategia para que el resto de los humanos se sienta eternamente y en todo, carente de elegancia”.
Para alcanzar esta cumbre del elitismo, qué mejor que un diccionario sobre el tema; y qué mejor búsqueda que la de esos autores y obras que, de seguro, andan por ahí, aunque obviamente no en las torres de libros del momento con las que los libreros reciben a los visitantes incautos.
Lo recomendable, en primer lugar, es hacerse del Diccionario de literatura para snobs, de Fabrice Gaignault, obra que alcanzó este 2011 su segunda reedición a cargo de la editorial Impedimenta. Ya con él en la mano, ponga a prueba a los libreros y acérquese a los más delicados manjares literarios que sólo han degustado unos pocos.
Será como procurarse las mejores viandas para esta Navidad degustando textos de Hélène Besete, Nick Tosches, Maurice Sachs, Brion Gysin o Dominique Aury, para mencionar unos cuantos raros y exquisitos que Gaignault ha seleccionado para nutrir el mejor esnobismo que puede existir, el de las letras.