domingo, 27 de abril de 2014

Gabriel García Márquez la plenitud literaria

27/Abril/2014
Jornada Semanal
Xabier F. Coronado

La crónica es la novela de la realidad.
Gabriel García Márquez

La frontera entre periodismo escrito y literatura carece de estabilidad, es lábil. Hay artículos periodísticos que se transforman en textos literarios y obras literarias que tienen su origen en el ámbito periodístico. Lo primero que cabe preguntarse es si esa frontera realmente existe o si podemos considerar al periodismo impreso un género literario. Hay ejemplos que nos hacen estar a favor de otorgarle esa categoría al lado de la novela, la poesía o el cuento; aunque también los hay en contra. Resulta evidente que no todos los textos periodísticos podrían traspasar esa barrera que ellos mismos crean al carecer de la mínima sensibilidad literaria. Entre las diferentes expresiones que adopta el periodismo, es a través de la crónica y el reportaje por donde más a menudo cruza la frontera que lo convierte en genuina literatura.
Hay autores literarios que ejercen de periodistas como hay articulistas convertidos en literatos. Entre muchos, podemos citar al brasileño Joaquim Machado de Assis, un escritor completo cuyas crónicas representan el testimonio literario de la actualidad de una época; al autor nicaragüense Sergio Ramírez, que hizo de un hecho periodístico una acertada novela, Castigo divino (1988); y a nuestro entrañable Jorge Ibargüengoitia, que forjó con sus artículos colecciones de textos con todo el poder del cuento o el relato (Viajes en la América ignota, 1972; Instrucciones para vivir en México, 1990), además de reflejar los crímenes de las Poquianchis, que fue nota roja en todos los periódicos, en una novela emotiva e irónica (Las muertas, 1977).
Sin embargo, por la repercusión de su obra, Gabriel García Márquez es uno de los ejemplos más significativos de esa transformación del periodista en creador literario. En principio, podemos citar algunos comentarios donde el autor expresa con claridad su opinión en este debate sobre periodismo y literatura: “Estas reflexiones se fundan en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario. […] un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.” (“Periodismo: el mejor oficio del mundo”, Yo no vengo a decir un discurso, 2010.)
El periodismo como aprendizaje
Las dos condiciones más importantes del periodismo:
la creatividad y la práctica.

Gabriel García Márquez
El periodismo contribuye a la formación del estilo literario de García Márquez y se refleja sobre todo en sus primeras novelas y relatos. Una prosa clara y directa, de frases cortas y palabras justas: “En periodismo no se permiten los términos vagos o simples intentos. Hay que saber las palabras y los conceptos precisos.” (Entrevista, El Colombiano, 1997.) Para nuestro autor, el género periodístico más completo es el reportaje porque “requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir.” (2010)
En una ocasión reveló que se había hecho escritor a la fuerza. Al repasar su biografía podemos intuir que se refería a la fuerza de su propia voluntad, “nada mata al escritor –ni siquiera el hambre–, y el escritor que no escribe es sencillamente porque no es escritor” (Entrevista en Visión, 1967; citada por Vargas Llosa en, GGM: Historia de un deicidio, 1971). Para García Márquez dedicarse a la escritura requiere de aplicación constante: “El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica.” (2010)
A pesar de comenzar a estudiar leyes, pronto dio muestras de sus inclinaciones hacia la escritura. Entre 1947 y 1953 publica diez relatos en el periódico El Espectador; de Bogotá; en ellos ya se vislumbra el embrión de ese universo original que posteriormente se desarrollaría en sus novelas y cuentos (Todos los cuentos, 2012). En 1948 se traslada a Cartagena, donde inicia su trabajo periodístico en El Universal. Escribió sus primeras crónicas en una columna titulada “Punto y aparte”, mientras continuaba con los estudios universitarios que nunca llegó a concluir. En esa época llegó a publicar más de cuarenta textos firmados, además de numerosas notas editoriales y reseñas de noticias anónimas. En un viaje de trabajo conoció a Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda, Germán Vargas y al catalán Ramón Vinyes, escritores del “Grupo de Barranquilla” que le brindaron su amistad y apoyo. En esos tiempos también conoció a Álvaro Mutis, con quien mantuvo relación toda su vida; sobre esta larga amistad es interesante leer el texto “Amigo Mutis”, recogido en Yo no vengo a decir un discurso.
Después de dos años en Cartagena, Fuenmayor le consiguió trabajo en El Heraldo de Barranquilla. Allí dispuso de una columna diaria, “La jirafa”, que firmaba con el seudónimo Septimus –tomado de un personaje de la novela de Virginia Woolf, La señora Dalloway–, donde escribía crónicas sobre sucesos locales. Durante esa época llevaba una vida bohemia y leía compulsivamente los libros de la biblioteca de Álvaro Cepeda (Faulkner, Woolf, Joyce, Hemingway, Dos Passos, Huxley, etcétera).
Entonces se produjo la confirmación definitiva de su vocación literaria y se gestó lo que sería “mi primera obra seria”: La hojarasca. En ella comenzó a escribir sobre Macondo, el escenario mítico donde arraigaría la parte más importante de su obra literaria. Sus artículos y reportajes en Cartagena y Barranquilla están recopilados en el libro Textos costeños. Obra periodística, vol. I(1981).
En 1953 abandona El Heraldo, entra en una crisis laboral y existencial hasta que, un año después, se traslada a Bogotá con el apoyo de Mutis; tiene veintisiete años. Allí consiguió trabajo como reportero en El Espectador, donde hizo crítica de cine y reportajes. García Márquez confiesa que lo que más le gustaba era ser reportero, salir en busca de la noticia, conocer sucesos y personajes diversos. Sin duda, la práctica del reportaje le dio preparación para escribir literatura. Los textos publicados durante su estancia en Bogotá están recogidos en Entre cachacos. Obra periodística, vol. II (1982).
A principios de 1955 gana un concurso de relatos con “Un día después del sábado”. Es un año importante para García Márquez, pues se publica La hojarasca, su primera novela, y en la revista Mito aparece un relato que se había independizado de ella: “Isabel viendo llover en Macondo”. En marzo escribió un reportaje que tuvo gran resonancia en Colombia; lo realizó después de entrevistar a un marinero de la Armada que había permanecido náufrago durante varios días. El autor describió, en catorce entregas, los detalles del suceso en una crónica que se convertiría en un relato de aventuras, lleno de suspenso, emoción y dramatismo, que dejaba en evidencia la corrupción de la Marina colombiana. (Relato de un naufragio, 1970.)
En julio, la dirección del periódico decide enviarlo como corresponsal a Europa. Llega a Ginebra en el mes de julio, luego se traslada a Roma, donde se matriculó en un curso de realizadores del Centro Sperimentale de Cinematografía, y finalmente, en diciembre de ese intenso año, se establece en París. Allí, a raíz del cierre de El Heraldo, subsistió dos años de penurias mientras escribía la que muchos consideramos una de sus obras maestras: El coronel no tiene quien le escriba (1961), relato extenso que narra una historia surgida del desarrollo de su segunda novela, La mala hora.
A mediados de 1957, viaja con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza por los países socialistas. Durante el recorrido, que abarca la mayoría de la Europa del Este, García Márquez escribe una serie de diez artículos que fueron publicados en las revistas Elite de Venezuela, y Cromos, de Bogotá. Todos los textos del reportaje se imprimieron bajo el título común de “90 días en la Cortina de Hierro”, y llevaban encabezamientos tan sugestivos como: “Berlín es un disparate”; “Para una checa las medias de nailon son una joya”; o “U.R.S.S.: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola”. En definitiva, un conjunto de relatos amenos, ingeniosos e informativos (De viaje por los países socialistas, 1978). A finales de año, tras una breve estancia en Londres, es requerido por su amigo Mendoza para trabajar en Caracas en la revista Momento; posteriormente colaboró en Venezuela Gráfica y Elite. Durante 1958 también termina una serie de relatos que había comenzado en Europa.
En enero de 1959 triunfa la Revolución cubana, un hecho que ampliaría su concepción del periodismo, hasta entonces de claros matices literarios. García Márquez viaja a Cuba, se entusiasma con la revolución y comienza una etapa de periodismo político. A su regreso vuelve a Colombia y, con Plinio Mendoza, se encarga de la agencia de noticias Prensa Latina en Bogotá. En enero de 1961, después de unas semanas en La Habana, se traslada con su familia a Nueva York. A mediados de año, tras cinco meses de tensión, renuncia a Prensa Latina y viaja con su familia a México. Entran por la frontera de Nuevo Laredo y toman un tren a la capital. Según su biógrafo Gerald Martin, llegan a la estación de Buenavista el lunes 26 de junio, en el andén les esperaba un Álvaro Mutis que ya había pasado por Lecumberri. “Llegamos a Ciudad de México en un atardecer malva, con los últimos veinte dólares y sin nada en el porvenir.” (Una vida, G. Martin, 2009.)
Plenitud literaria
La primera condición del realismo mágico es que sea un hecho
rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico.

Gabriel García Márquez

A los pocos días, su amigo García Ponce, que había conocido en Barranquilla, le da la noticia del suicidio de Hemingway; entonces García Márquez escribe un texto que Fernando Benítez publica en el suplemento literario del diario Novedades (“Un hombre ha muerto de muerte natural”). Con su llegada a México, se puede decir que termina una etapa de relación estrecha con el periodismo, aunque siguió escribiendo artículos y en su obra posterior encontramos textos que tienen relación directa con la crónica y el reportaje, como La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) o Noticia de un secuestro (1996).
En 1962, su novela La mala hora gana un premio literario en Colombia y la Universidad Veracruzana publica el volumen de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. En el relato que da título al libro, el autor añade por primera vez a su estilo literario el componente mágico que impregnaría sus obras posteriores.
En sus primeros años en México escribe varios guiones, algunos con Carlos Fuentes y Luis Alcoriza. Sobre lo que el cine supuso en su carrera literaria, García Márquez comenta: “Escribir para el cine, en vez de esterilizarme como novelista, ha ensanchado mis perspectivas. Ahora estoy convencido de que las posibilidades de la novela son ilimitadas.” (Visión, 1967.)
De 1961 a 1965 se produce una etapa de silencio literario en la que el autor recapitula su obra anterior y llega a manifestar a Mutis que no volverá a escribir. Fue un entreacto necesario, un período de meditación sobre su trabajo creativo que desembocó en un encierro de dieciocho meses. En ese tiempo de aislamiento mecanografía un manuscrito de mil trescientas páginas: Cien años de soledad, su obra cumbre. Publicada en Buenos Aires (Sudamericana, 1967), en pocos años se vende medio millón de ejemplares, se traduce a más de veinte idiomas y se convierte en uno de los libros más importantes de la literatura universal. A partir de entonces se suceden nuevos textos entre los que destacan El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985) y El general en su laberinto (1989), además de volúmenes de relatos, recopilaciones periodísticas y un tomo de memorias (Vivir para contarla, 2002).
García Márquez marca un hito en la literatura latinoamericana. Su manera de escribir fue la chispa que hizo detonar el llamado boom: una descarga lumínica que dio brillo a una generación de escritores y enfocó la mirada de millones de lectores de todo el mundo sobre una expresión narrativa –cargada de sinceridad y magia, de mito y realidad– que sorprendió por lo original de su forma de concebir y desarrollar textos literarios. Ahora, en el momento de su muerte, nos damos cuenta de que esa luz que disipó las sombras que se cernían sobre nuestra literatura mantiene, cincuenta años después, los reflejos del estallido y todos los autores iberoamericanos, que durante este medio siglo han practicado el aventurado oficio de escribir, se siguen iluminando con los focos que entonces se encendieron.

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