domingo, 13 de mayo de 2012

Rilke y Lizalde: la guerra de las rosas

13/Mayo/2012 
Jornada Semanal
Evodio Escalante


Se trata, bien a las claras, de una confrontación. Si puedo incurrir en una caricatura, de la que tendría que desdecirme de inmediato, sugeriría que es el encuentro entre los que en la jerga boxística se llaman el “técnico” y el “rudo”. Dígase si no: Rainer María Rilke, acaso el más depurado poeta del siglo XX, el fruto más elevado y exquisito del simbolismo, es traducido al castellano por Eduardo Lizalde, un poeta desengañado, materialista y con una cierta debilidad por la putrefacción de la carne. El carácter etéreo de los ángeles, criaturas de belleza terrible, contrasta con la voracidad del tigre lizaldeano que carcome por dentro a quien lo mira; la sutileza del temblor anímico, con la dentellada del instinto animal. El resultado de esta colisión de personalidades es doble. Por un lado, Lizalde da a las prensas un libro con sus versiones del ciclo de poemas que el poeta austríaco escribiera originalmente en francés: Les roses/Las rosas (Conaculta-El Tucán de Virginia, 1995), por el otro, como si la traducción de Rilke significara una cita consigo mismo que lo obligase a resolver un reto personal de creador, trama sus propios poemas ceñidos todos al mismo asunto de la rosa. El resultado de ello es un poemario de Lizalde de una intensidad sorprendente: Rosas (El Tucán de Virginia, 1994).
Estas Rosas, entendida la expresión en un sentido no restrictivo, son de algún modo imitaciones de los textos de Rilke. El propio Lizalde así lo afirma en el pequeño prólogo que antecede a su traducción. Los textos “fueron primero concebidos como juegos de apócrifos rilkeanos o parodias risueñas con cierto tufo romántico a divanes y cuadros art nouveau”. El gesto de la denegación, tan preferido por el autor, se impone de inmediato: “El ejercicio, que consistía en pulsar la misma cuerda una y cien veces, para sacarle todos los matices posibles a la idéntica agotada melodía, naturalmente se frustró. Me resultaron epigramas y pastiches –frecuentemente irrespetuosos–, y poemas, o glosas de otros textos, más cercanos a mis obsesiones.”
Lo bueno de este ejercicio frustrado, agrego por mi parte, es que gracias a él existen estos poemas que, aunque escritos a la sombra de Rilke, relumbran todos ellos con la auténtica luz lizaldeana. Acaso el más rilkeano podría ser el poema XXV, el cual surge en efecto de una lectura directa del segundo de los poemas de Las rosas, de Rilke, que establece una cercanía entre la rosa blanca y una mariposa que se ha confundido en lo que bien podría ser la duplicación vegetal de su ser. Lizalde retoma esta aproximación, dibuja la fascinación de la mariposa por la señera flor… pero agrega sin dilación el sello de la casa: de un solo zarpazo un gato intruso acaba con las dos.
El universo de Lizalde es cruel hasta el exterminio. Y su rosa, con toda su belleza, no siempre es fascinante: a veces algo tiene de mórbida. La llama “anencefálica” en un poema, que es como decirle estúpida. En otro texto, después de ensalzar el hechizo sin duda sexual de sus emanaciones odoríferas, atreve con un destello de ironía este comentario feliz: “si las rosas pensaran,/ su dios sería un barbudo jardinero,/ con exactas y críticas tijeras de podar”.
El poema IX delata para mi gusto las lecturas filosóficas del autor. Militante durante los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, primero en el Partido Comunista de México, y luego en la Liga Leninista Espartaco, donde coincidía con la camaradería de ese marxista genial que fue José Revueltas, Lizalde no es sólo un hombre de muchas letras, sino igualmente de abundantes lecturas políticas y filosóficas. De modo señalado tendría que mencionar a Kant, a Wittgenstein y a Hegel. Alguna vez he escrito que su obra maestra, el extenso poema llamado El tigre en la casa, es en buena medida una puesta en escena de la noción de autoconsciencia tal y como la concibe Hegel en la Fenomenología. Hegel piensa que Dios y su creación, el universo entero, se necesitan mutuamente, por eso ha dicho: “Dios, sin el universo, no sería Dios.” Lizalde elabora una hermosa variante de esta sentencia: “Rosa, libro estelar,/ te hojean los dioses,/ de milenio en milenio,/ para saber la clave de su propia, eterna,/ impensable belleza,/ fraguada en su criatura.”
Incluso las divinidades mismas tienen que mirarse de vez en vez en el espejo delicado de la rosa para saber cuáles son los alcances de su fuerza generatriz. Como se ve, estética y metafísica se dan la mano en este libro. Por eso otro de los poemas de Lizalde puede iniciar formulando estas preguntas que en su contexto se antojan imprescindibles: “¿Cómo pasó esta rosa de la nada al ser/ y cómo de la nada el ser pasó a la rosa?”
La insinuación, no cuesta trabajo mostrarlo, ya estaba en Rilke. De modo particular en el poema XXIII de Las rosas que cierra con esta pregunta: “¿Tu innumerable estado hace que conozcas/ en amalgama donde todo se confunde,/ ese inefable acuerdo de la nada y el ser que todos ignoramos?” (Transcribo según la versión de E. L.) Pero… Lizalde va más allá. Ya no se trata de un acuerdo sino de una transición.
Y de la transición a la transfiguración sólo hay un paso. Un paso que traspasa una frontera, por decir así. La transfiguración de la rosa, que deja de ser una metáfora literaria para convertirse en un símbolo de la trascendencia absoluta, está por supuesto en Rilke. Sin ello, no sería simbolista. Lizalde en este punto se encuentra desgarrado. Por una parte, la rosa puede representar la obsesión sexual y el desbarrancamiento en el abismo. Lo ilustra el poema inicial de Rosas que se abre con esta definición retórica: “La rosa es como un león recién nacido”; para proceder en seguida a mostrar la cara enemiga de la sublime flor: “detesta a los poetas que han cantado/ su irracional belleza” –y no sólo esto: a varios de ellos se ha llevado a la tumba. De modo tal que el poeta no puede concluir el texto sin un señalamiento precautorio: “Guardarse de las rosas,/ cuyos tallos se rompen de dulces y de esbeltos,/ que a mansalva acuchillan/ sobre todo a los bardos,/ que a las inhalaciones inefables/ son divinos adictos.”
Por otra parte, se diría que Lizalde hace suyas las preocupaciones metafísicas de Rilke, y que de cierto modo las supera o las conduce a un límite. En el que es para mí el más perturbador de los poemas de su libro, Lizalde identifica con innegable audacia a la rosa con el Creador. Esta identificación es portentosa y a la vez fascinante porque conjuga lo finito con lo infinito. Transcribo este texto de Rosas que sería arduo tratar de comentar y que estimo una verdadera contribución a nuestra mejor tradición literaria. Aquí va: “VIII. Rosa y Doctor Angélico. Sabía la rosa angélica,/ desde su nacimiento,/ que su especie era menos que mortal,/ un punto de existencia,/ alguna brizna de inmensurable perfección,/ y que cielos arriba,/ y boreales auroras adelante,/ hacia el fondo del Cosmos de entraña inexplorada,/ Dios vive ahí, como una rosa de infinitos pétalos,/ de eterna y de fragante juventud,/ ante la cual se ruborizan,/ son renegrida sombra/ las auroras y soles más grandiosos y puros./ Dios vive ahí, en esas honduras/ y abismos deleitosos,/ latiendo y aromando, envenenando/ a veces, todo el Universo,/ pues la rosa es el Ser.”
¿Qué más puedo decir? Sólo una cosa: ¡Admirable!

1 comentario:

Anónimo dijo...

http://www.latempestad.com.mx/karl-kraus-y-nosotros/