domingo, 13 de mayo de 2012

Lizalde narrador

13/Mayo/2012 
Jornada Semanal
Rosario Sanmiguel

El mismo año en que se publica La espiga amotinada, 1960, Eduardo Lizalde sorprende con la publicación de un libro individual, La cámara, integrado por una docena de cuentos que desvelan su talento narrativo. Si en todo escritor se establece una relación entre obra y tiempo, en Lizalde se manifiesta claramente en este conjunto de relatos comprometidos con el lenguaje y las ideas. La cámara es un libro que se inserta en la tradición del cuento moderno mexicano por la economía expresiva de algunos de sus textos, las situaciones absurdas que plantea, la atmósfera de irrealidad que respiran las historias y a la vez la mirada caladora en los problemas sociales del individuo de nuestro tiempo.
La reflexión sobre el arte moderno, los artistas y los mercaderes son algunos de los temas que aborda con prosa precisa y claro dominio de la técnica, construyendo un entramado que soporta el cuestionamiento de fondo: la función cultural del arte moderno frente al valor histórico de la falsificación de piezas clásicas y la idea de originalidad en el arte de nuestros días. Eduardo Lizalde despliega un mundo ocupado por la desigualdad y la injusticia, un lugar donde conviven traficantes de arte, funcionarios públicos farsantes y niños hambrientos. También recurre a la sátira y a la ironía para evidenciar ciertas actitudes y vicios de nuestro sistema político. Sus relatos ponen de relieve el abominable dedazo, el ascenso y descenso de los funcionarios públicos inalcanzables en su falsa importancia, así como la imposición de tradiciones en contra de la razón.
El título de la colección también es del relato que abre el libro, único que ubica la historia en un espacio específico. Si las otras historias podrían suceder en cualquier jardín, calle o barrio del país, los sucesos de “La cámara” sólo son posibles en una zona fronteriza. Con este relato Lizalde denuncia el infame tráfico de personas, la discriminación racial y las condiciones inhumanas a que se someten quienes van tras el sueño estadunidense; plantea una mirada sobre el margen, el bordo, la frontera, la situación límite. Después de todo, ser indocumentado en el vecino país del norte es otro extremo al que puede llegar un mexicano. Desde esta posibilidad, la propuesta del libro desemboca en la crueldad de “La tormenta”, breve relato que acusa la obsesión destructora de cierto jefe revolucionario, y cierra la colección de cuentos al tiempo que tiende un largo puente hacia una novela ubicada de lleno en la Revolución Mexicana. Se trata de Siglo de un día, publicada por Lizalde en 1993.
No es novedad en nuestras letras leer a poetas novelistas. Ya en las primeras décadas del siglo XX los Contemporáneos incursionan en el campo de la ficción; sin embargo, su prosa breve y lírica más parece continuación de su trabajo poético y no la elaboración de una novela. De ahí el epíteto novelistas sin novela. No es el caso de Eduardo Lizalde, autor de un texto de largo aliento cuyo tempo sostiene a lo largo de más de quinientas páginas. Siglo de un día es una novela que confirma que la representación histórica es uno de los rasgos preponderantes en la literatura mexicana del siglo XX. Un recorrido por los caminos de nuestra narrativa nos lleva inequívocamente de la novela de la Revolución hasta la finisecular conocida como nueva novela histórica.

A pesar de que Eduardo Lizalde nos advierte que la suya no es una novela histórica, lo es. Ciertamente no a la manera de las de Azuela ni las de Martín Luis Guzmán, escritas al fragor de la batalla. Tampoco es la de Yáñez o la postrevolucionaria de Fuentes. Siglo de un día se escribe a partir de la perspectiva que otorgan el tiempo y la distancia. Lizalde contempla en retrospectiva la saga nacional ligada a los avatares de su familia; escribe desde un punto de vista que favorece la reflexión, la valoración, la cita. Por eso el recuento de la historia está a cargo de varios relatores, personajes definidos por su lenguaje: el profesor Quiroz, Prócoro y el tío Palemón. Son ellos los tramadores de la novela quienes comentan y debaten cada suceso, los que dan cuenta de las batallas de Zacatecas y Celaya, los que relatan la Decena Trágica y lamentan el saqueo y las no escasas traiciones.
Hay tantas maneras de tratar el tema de la Revolución Mexicana como novelas escritas. La de Eduardo Lizalde arranca con un suceso clave, el asalto de Zacatecas por las fuerzas de Francisco Villa en 1914. Aunque por momentos el narrador retrocede hasta los años de la intervención francesa o se proyecta hacia el futuro, a los días de la huelga ferrocarrilera de los años cincuenta, la novela se desarrolla básicamente en el período que comprende desde 1914 hasta el asesinato de Zapata. Este fragmento de nuestra gesta histórica es reconstruido y organizado a partir de recuerdos, relatos de familia e historias contadas por parientes y amigos, testigos del movimiento armado. Conocemos las historias del profesor Quiroz por medio de los relatos que escribe y guarda en un cartapacio que lleva a todas partes, material que el propio profesor titula Siglo de un día. La puesta en abismo, el juego de voces, el diálogo con autores mexicanos, como Rafael F. Muñoz y José Vasconcelos, son recursos que muestran el calibre narrativo de Lizalde. Por otro lado, la reflexión sobre la representación histórica de los años ochenta, llevada tanto al campo teórico como a la escritura ficcional, se ha complejizado bastante (tomemos como ejemplo dos novelas cumbre del género, Noticias del imperio y La guerra del fin del mundo), por lo que sólo es posible abordarla desplegando estrategias diversas.
Junto al comentario de libros, citas, poemas, explicaciones cultas, como es el origen helénico de la pelea de gallos, Lizalde hilvana fragmentos de corridos y óperas con la clara intención de montar un amplio texto polifónico que cuestione lo narrado. Un solo blanco para diferentes tiradores. Contar la batalla de Zacatecas desde la visión de personajes diversos, o incluso mediante una sola voz que modifica la proeza cada vez que la cuenta, plantea el problema de la memoria y su “variado espejo”; también el de la imaginación histórica, tema que interesa por igual a historiadores y novelistas, tópico implícito en la novela histórica.
Siglo de un día nos entrega una imagen contundente a través del discurso del profesor en su último viaje, cuando desde la ventanilla del tren contempla lo que tiene frente a sus ojos: “Carroña en vez de piedras por toda la ciudad, sangre apestosa en cada fuente, rapiña bandolera y destrucción y desamparo civil, y peste, ratas, pobreza, calvicie de los campos. Desolación del mundo.” Las palabras del profesor Quiroz pintan un paisaje luvinesco donde resuena el eco de aquella pregunta lanzada por otro profesor: “¿En qué país estamos, Agripina?”

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