martes, 24 de julio de 2018

La China Mendoza, María Luisa: La O por lo redondo

22/Julio/2018
Jornada Semanal
Elena Poniatowska

Con él, conmigo, con nosotros tres es el inicio de la literatura de 1968. María Luisa Mendoza fue la primera en hablar de la masacre del 2 de octubre en esa excelente novela y nadie parece recordarlo. Marcela del Río, sobrina de don Alfonso Reyes, es otra autora del ’68 que hemos olvidado. Los líderes estudiantiles escogieron el periódico El Día para publicar sus manifiestos y María Luisa Mendoza habló incontables veces del Movimiento en su columna “La O por lo redondo”. Fundadora y gran colaboradora del periódico El Día, en un momento dado dirigió al suplemento cultural El Gallo Ilustrado e hizo una columna muy celebrada: “El buen llantar”.
Quise mucho a la China Mendoza. Se parecía a Jesusa Rodríguez en sus reivindicaciones, sus gritos, su inventiva y su capacidad de imponerse con su ingenio y su seducción. La conocí en un departamento pequeño con vista al Paseo de la Reforma, casada con Eduardo Deschamps, de Excélsior. El lujo de la pareja era un sillón rojo de alto respaldo: “Ahí hacemos el amor”, me lo señaló la China. Alberto Gironella y “Bambi” (Ana Cecilia Treviño) la festejaban y la China empezó a vestirse con trajes Chanel que cortaba y cosía “Bambi” con muchos botones y galones de general. Monsiváis y Sergio Pitol visitaban a “la Mendoza”. Crítica de teatro, la China Mendoza cubrió toda una época con su ingenio, su barroquismo y su creatividad. Su columna “La O por lo redondo” era lo primero que leíamos en El Día en aquel ’68 y sus editoriales al lado de los de José Alvarado y Francisco Martínez de la Vega fueron el sostén del Movimiento Estudiantil.
Enamorada del presidente chileno Salvador Allende, lo siguió durante todo su periplo en México al lado del entonces presidente Luis Echeverría Álvarez. También viajó a Chile, invitada por Salvador Allende, e hizo sobre él un documental: Compañero presidente.
Enamorada de su lugar de nacimiento, Guanajuato, le fue leal a su barroquismo, a sus calles empinadas, a la Presa de la Bulla, la casa de Diego Rivera y la iglesia de Nuestra Señora de Guanajuato. Nunca dejó de ponderar a su estado, por el cual resultó diputada a mucha honra, porque su padre también lo había sido.
Joaquín Mortiz publicó sus tres novelas: Con él, conmigo, con nosotros tres, De Ausencia El perro de la escribana, que innovaron con su peculiar talento una forma del lenguaje que le surgía de las entrañas. Con su voz reclamadora y sonora, solía gritarle desde la calle a Joaquín Diez Canedo, antes de subir la escalera de la editorial Joaquín Mortiz: “¡Joaquín, te amoooooo!”, los vecinos salían a ver qué diablos podía estar pasando y Joaquín se escondía tras su sillón catedralicio para luego advertirle con su pipa todavía en la boca: “China, por favor no hagas eso. ¿No te has dado cuenta de que soy tímido?”
La China se quejaba con él: “Nadie me quiere, nadie me publica, nadie me paga, nadie me pela. Nadie me mira, le hacen caso a Zutanita que es una tarada, imbécil. Ayer, en la exposición de Cuevas, Fulanito se hizo el que no me conocía… ¿Tú crees? Todos me olvidan. No me mencionan, no me invitan, no me incluyen en las antologías, no existo… Me va tan mal como a Elena Garro. Oye Joaquín, vamos a tomarnos un tequilita…”
-China, son las once de la mañana…
Gran compañera de viaje, de conferencias y exposiciones de Sergio Pitol y de Carlos Monsiváis, se separó de ellos al acercarse al entonces presidente de la República Luis Echeverría Álvarez.
Héctor Azar, Gabriel García Márquez y el arquitecto Manolo Larrosa, a quienes ella consideraba sus hermanos, murieron antes que ella no sin reconocer su talento, su ingenio, su originalidad, su capacidad amatoria y su Volkswagen. Inventó palabras como “gentedad” y otras muchas memorables. Escucharla fue un privilegio, el estallido de infinitas luces de Bengala, ocurrencias que enriquecían el lenguaje y hacían felices a sus oyentes. Alberto Gironella y Carmen Parra la adoraron y la Chinaconservó en los muros de su casa en la calle de Sabino obras de Pedro y Rafael Coronel, Cuevas, Corzas y Parra, así como iconos y santos traídos de París, Varsovia, Barcelona, Madrid, porque hasta San Petersburgo conoció, siempre a la búsqueda del tiempo perdido de Proust. Su casa revelaba su personalidad avasalladora, sus conocimientos de pintura y literatura, sin olvidar el teatro del que fue crítica y puntal en un momento de su vida. Las dos amamos a los perros y ella me llevó a un psicoanálisis de grupo con un médico que usaba un horrible traje rojo vino, Jaime Cardeña (a mí el que me gustaba era Ramón Parres), quien me corrió porque yo no soltaba la sopa y sólo recortaba al prójimo y de paso también a él.
Ahora ya todo eso se lo llevó el viento y pienso en la China volando en el cielo, cometa de papel de china, a quién pronto iré a alcanzar para planear las dos envueltas en periódicos invisibles, acompañadas por el sonido hoy también inaudible de un batallón de aguerridas máquinas Remington de las que ya nadie tiene el menor recuerdo.

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