sábado, 27 de febrero de 2010

Los antologadores al descubierto

27-02-2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Sospecho de las antologías. A los antologadores generalmente se les acusa de amiguismo. Pero hay una verdad aún más vil.

Los escritores mexicanos desean ser un extraño combo del Papa y Pancho Villa.

Así, el antologador genérico es un canonista que sueña ser crítico perdonavidas —Jerome Rothenberg a Bloom le parece el modelo del “crítico como exterminador”—; una aspiración basada en figuras eclesiásticas letales.

Las antologías literarias nacionales son una rama de la Inquisición. Aquí una antología vale, sobre todo, por quién manda a la hoguera, a quién se chinga.

El crítico-inquisidor mexicano presume sus exclusiones. Como el burócrata, siente que cumple su trabajo cuando te niega el servicio.

Esta nefasta tradición la fundó la Antología de la poesía mexicana moderna (1928), hecha por los Contemporáneos y firmada por Jorge Cuesta, que no sólo dejó autores fuera sino que incluía, digamos, a Maples Arce sólo para insultarlo. Maples Arce, claro, luego se vengó de forma aún más baja.

Aunque Cuesta decirlo, esa edición costó que la idea de antología en México quedara hecha mierda.

Siguiendo su ejemplo, desde entonces antologar en México significa dar golpe bajo y excluir nombres sin más argumento que un dúo de huevitos.

En un contexto en que capricho y condena son aplaudida regla, antologar ha perdido su sentido a cambio de ganar motivación cretina extra: auto-canonizarse.

Si antologador = canonista, entonces, aquel que señala quién se salva y quién es ejecutado, obtiene salvoconducto hacia la posteridad imaginaria, pues todos desean los favores de los nuevos antologadores —y cada tres o cuatro años aparecen—; por ende, al compilador se le da colectivamente poder autoritario, presidencialista.

Los antologadores nacionales nunca aceptarán que congregan y gesticulan para obtener un mejor sitio en la República de las Letras. Pero indudablemente antologar da capital cultural canónico. Te puede volver autoridad arbitraria, como también le sucede casi siempre a los reseñistas, esos otros inquisidores.

En México, antologar o reseñar son formas de crítica judicial, ligadas a la prepotencia y la impunidad.

En busca de fuero constitucional, cuando alguien quiere darle un empujón a su carrera busca hacer una antología que recoge y excluye a coetáneos.

Me refiero, pues, a cierto tipo de antología: aquella que presume decir qué es lo salvable del último periodo de una supuesta “tradición” nacional.

Compilando cuates y sacando contrincantes, el antologador “salva” su propio pellejo. Se hace de un “lugar”.

No hablo de ningún antologador de narrativa, poesía o ensayo en particular. Hablo del antologador mexicano en general.

Seguramente hay excepciones. Repasando la lista de nuestras antologías ya “clásicas” o recientes, lo confieso: no encuentro ninguna.


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