sábado, 21 de mayo de 2011

Legalizar la droga, ¿en México?

25/Mayo/2011
Laberinto
Heriberto Yépez

Carlos Martínez Rentería en La Jornada me reclama decir que el consumidor patrocina la narcoguerra. “Yépez suscribe argumentos más cercanos a los prohibicionistas gubernamentales que a la lucidez”.

Se equivoca. Él cree en el gobierno, yo no.

La propuesta de legalizar la droga es ilusa.

Se necesita un estado de derecho más fuerte para hacer legal la droga que para mantenerla ilegal.

En este país impune y corrupto, la producción y venta legal de droga no podría ser implementada. Legalizar la droga exigiría primero legalizar al país.

El papel de esa utópica ley mexicana serviría para fumar marihuana.

Imaginemos que hoy se aprueba esa ley y pongo mi negocio en Tijuana, Culiacán o Juárez. No pasaría una semana antes de que mi changarro y cuerpecito emprendedor fuesen baleados. Entonces demos la concesión a los narcos. A todos por igual y todos felices.

Pero como no hay autoridad que pueda o quiera impedirlo, los narcos disputarían y controlarían los “permisos” a punta de bala.

Despierten de su sueño mexicano: sólo se puede legalizar la droga en países con estado de derecho.

Donde 98.5 por ciento de delitos quedan impunes y el soborno mueve montañas, no es posible legalizar la mota. Mucho menos crack, crystal, coca, heroína y demás.

¡Imaginen a los inspectores!

¿Creen que el gobierno mexicano podría vender droga? ¿O hacer concesiones limpias y respetables? ¿Campesinos u obreros viéndose beneficiados de su producción? ¿Impuestos de la droga para pavimentar calles? Señores, apaguemos el churro. Estamos en México. Aquí eso no es posible.

Quizá el complejo militar-industrial de USA podría ejercer la violencia para que gobierno y corporaciones (trasnacionales) manejasen legalmente la droga, y utilizar de modo abierto el narco-dinero para lo que lo utilizan hoy en secreto: financiar guerras.

Pero en México, la “legalización” sería el week-end de un gober, un capo y 14 encobijados. El movimiento pro legalización mexicano es ingenuo: ¡confía en la capacidad de gobierno y narco de ser legales!

(Sólo falta que digan que el Pueblo o la Ciudadanía se harían cargo).

En el mejor de los casos, un recrudecimiento de la narcoguerra sería indispensable para poder asegurar un narco-mercado legal. Se me podría decir: sí, pero la narcoguerra para cuidar a las empresas o agencias de gobierno que producirían y venderían la droga sería un mero periodo violento de transición del mercado ilegal al legal.

Justo lo que Calderón dice: la narcoguerra es temporal.

La narcoguerra no puede ya ser pasajera. La geopolítica, la descomposición emocional y social, el narcoconsumismo, el orden laboral global y la corrupción extrema del tercer mundo han creado condiciones en que la narcoguerra ya es permanente: estructural.

Esa misma narco-realidad hace fantasar con la droga “legal”: delirio del opio imposible.

José Agustín, Rulfo y Revueltas, de los pocos escritores insumisos

21/Mayo/2011
Jornada
Reyes Martínez Torrijos

Los escritores José Agustín, Juan Rulfo y José Revueltas son de los pocos insumisos en la literatura mexicana, caracterizada por el respeto a la tradición y la ausencia de ruptura, asevera el ensayista y promotor cultural Philippe Ollé-Laprune, a propósito de su libro México: visitar el sueño.

En las letras mexicanas no hay un grande, hay algunos. Está José Agustín, quien siempre se mantuvo alejado y ha escrito una literatura con un tono muy personal. Quizá Rulfo, porque hizo sus dos libros y después mantuvo el silencio, señala el autor francés en entrevista.

Insumisos hay pocos. No es natural, en cambio, para nosotros como lectores franceses es algo muy ligado. Antonin Artaud y Jean Genet en Francia; pero hay muy pocas figuras de este tipo en México. Revueltas, por ejemplo, quien era un opositor político pero su literatura es muy fiel a lo tradicional. Es un muy buen escritor. Me sorprende que nunca pensó en cómo hacer una narrativa mucho más novedosa, que rompiera con los esquemas.

El volumen, que fue publicado originalmente en Francia con el título Mexique: les visiteurs du rêve y traducido al español por Mónica Mansour, examina el espíritu que ha marcado la literatura nacional desde la Colonia, y desmonta sus elementos determinantes y los autores señeros en esta rama del arte. Observa, también, a los escritores extranjeros que vivieron aquí.

Nació, expresa el ensayista francés avecindado en México desde hace casi 20 años, a partir de las lecturas que originaron la antología Cent ans de littérature mexicaine (Cien años 100 años de literatura mexicana). Lo hice para entender y analizar las sensaciones, las percepciones que yo había tenido durante ese tiempo.

México: visitar el sueño, publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), fue presentado por Rosa Beltrán, Luis Felipe Fabre y el autor el pasado miércoles en el Centro Cultural Bella Época.

–¿Qué caracteriza a la literatura mexicana?

–Su gran continuidad: fluye siempre desde la tradición. Nunca hay un momento de ruptura. No ocurre lo que ha pasado en otros países, como Perú o Argentina, donde existieron vanguardias; no hablemos de Brasil, un país aún más destacado. Nunca hubo una relación de conflicto con la generación anterior. Algunas excepciones: los estridentistas, La Onda con José Agustín, pero nunca fue un enfrentamiento como el que ocurrió en muchas otras literaturas y en otras culturas.

“Este flujo continuo le da esa textura particular donde tienes que estar a la altura de la tradición e implica que tengas una ‘pluma elegante’. No puedes incluirte en tal continuidad si no eres digno de ella.”

–¿A qué atribuye usted tal estabilidad?

–Es una manera de ser de una sociedad, de un país. Nunca se puede explicar muy bien por qué. Lo que sí quise ver es cuáles son las formas que aplican los escritores mexicanos en los campos de la narrativa y la poesía.

“La política cultural mexicana se caracteriza desde la Revolución por un apoyo masivo y sincero hacia los artistas, pero nunca hubo una gran política de difusión. Si tú vez las biografías de los grandes escritores mexicanos del siglo XX, la inmensa mayoría fueron funcionarios. El poder político generaba esas plazas para que los artistas estuvieran contentos.

Además, es única en el continente americano por la existencia de becas para escritores. Cada autor que viene de Argentina, de Colombia está fascinado. La gente ataca el sistema por algunos efectos perversos que puede tener, pero no es la mecánica misma la que hay que criticar.

–En cuanto a estabilidad, ¿hay diferencia entre la narrativa y la poesía?

–La poesía tiene raíces más profundas que la narrativa. La narrativa en este país nace en el siglo XIX. Mientras tienes a Manuel Payno en México, en Rusia tienes a Fiodor Dostoievski, a Edgar Allan Poe en Estados Unidos, a Gustave Flaubert en Francia. Aquí es normal porque no se podía publicar ni escribir narrativa durante la Colonia. Y la poesía, sí. Los dos géneros que tienen raíces más profundas, los más antiguos y famosos en México son la poesía y la crónica.

–¿Y la crítica literaria?

–No hay una crítica. Crítica es pensar la literatura y aquí existe una crítica académica, que transmite un saber a los alumnos, pero eso nunca ha cambiado el curso de la literatura. Por otra parte, hay reseñistas que hablan de un autor o de un texto de manera muy personal. Espero que este libro sea de crítica literaria: una manera de pensar la literatura a partir de conceptos distintos, de analizar y comparar.

–¿Hacia dónde apunta la literatura mexicana?

–Está más mezclada en el mundo, recibe más influencias y ella misma se mezcla con más tradiciones. Los autores de 40 años de hoy han viajado mucho, hablan idiomas y están en un mundo muy distinto. Y también está el gran cambio en la sociedad mexicana, que desde el temblor del 85 ha tomado más su destino entre sus manos y es menos pasiva. Todo eso hace que esta generación que llega a los 50 años, son personas que han podido criticar, son más libres frente a la tradición porque han recibido más tradiciones.

–¿Cómo ha influido México en los autores extranjeros que lo visitan?

–Tiene gran capacidad de proponer una materia que tú puedes moldear como quieras. Siempre me río con amigos mexicanos diciendo que Bajo el volcán es la mejor novela mexicana, porque utiliza los valores de este país. Malcolm Lowry trazaba todas las cosas que lo perturbaban, todo ese mundo metafísico de la culpa. Sus preocupaciones se encuentran con lo que siente son los valores aquí. Siempre he dicho que México permite proyectar tus fantasías y tus fantasmas.

Los extranjeros. A mí me interesa a título personal entender cómo este país ha atraído a tantos escritores. En Colombia no hay escritores extranjeros; en Cuba van de paso; hay exiliados en Argentina, como Witold Gombrowicz; pero no hay tantos como en México, cuyo siglo XX está muy marcado por recibir a exiliados, a quienes da un espacio que otros países no.

domingo, 15 de mayo de 2011

Arlt y Onetti: los siete locos y el viento

15/Mayo/2011
Jornada Semanal
Matías Cravero

En abril de 1900, Buenos Aires presencia el nacimiento de Roberto Arlt. De infancia pobre, en su juventud tuvo que desempeñar los oficios más variados, buscando la siempre difícil supervivencia en aquellos albores del siglo XX. Fue pintor de brocha gorda, aprendiz de hojalatero y peón en una fábrica de ladrillos, entre otros métiers.

En julio de 1909, Montevideo es testigo del nacimiento de Juan Carlos Onetti. Su infancia y juventud se desenvuelven en un contexto de austeridad material.

En su adolescencia Juan Carlos trabaja como portero, mozo de bar y vendedor de entradas en el futbolero estadio Centenario.

En 1934, mientras vivía en Buenos Aires, su amigo Ítalo Constantini (Kostia) le propone ir a ver a Roberto Arlt, que por esa época trabajaba para el diario El Mundo, con la intención de mostrarle la novela inédita Tiempo de abrazar, que Onetti acaba de finalizar. Del encuentro, el mismo Onetti relató lo siguiente:

Me estuvo mirando, quieto, hasta colocarme en alguno de sus caprichosos casilleros personales. Comprendí que resultaría inútil, molesto, posiblemente ofensivo hablar de admiraciones y respetos a un hombre que siempre estaría en otra cosa [...] Arlt abrió el manuscrito con pereza y leyó fragmentos de páginas, salteando cinco, salteando diez. De esa manera la lectura fue muy rápida. Yo pensaba: demoré un año en escribirla. Sólo sentía asombro, la sensación absurda de que la escena hubiera sido planeada [...] Luego dejó el manuscrito y le preguntó a Kostia:

–Decime vos, ¿yo publiqué una novela este año?

–Ninguna. Anunciaste pero no pasó nada.

Arlt comenzó a hablar con cierto exhibicionismo de sus Aguafuertes, culpándolas de tenerlo demorado. Finalmente dijo:

–Entonces, si estás seguro de que no publiqué ningún libro este año, lo que acabo de leer es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año.

Sin embargo, la novela nunca llegaría a publicarse totalmente. Sólo apareció un fragmento difundido por el diario Crítica y titulado “La total liberación.”

Ambos escritores cruzan con frecuencia el Río de la Plata. Buenos Aires/Montevideo, Montevideo/Buenos Aires. Ambos consiguen empleo como periodistas, y lentamente comienzan a publicar sus relatos y novelas. Tienen varias aventuras existenciales, viajan, triunfan en algunas cosas, fracasan en otras. El argentino muere en 1942 de un paro cardíaco. El uruguayo fenece en 1994 como consecuencia de una insuficiencia renal aguda.

Ahora bien, la intención del presente artículo no es realizar un repaso exhaustivo por las biografías de estos autores. El presente texto simplemente se propone reflexionar sobre dos libros que son altamente recomendables y que se hallan vinculados, atravesados por puentes que desafían las distancias físicas y temporales.

Adictos al cáñamo indio

Corría 1929 cuando la Editorial Claridad decide publicar Los siete locos. Esa novela de Arlt suscitaría en Onetti los siguientes comentarios, sobre la obra en sí misma y sobre el autor:

Había nacido para escribir sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban. Todo Buenos Aires, por lo menos, leyó este libro. Los intelectuales interrumpieron los dry martinis para encoger los hombros y rezongar piadosamente que Arlt no sabía escribir. No sabía, es cierto, y desdeñaba el idioma de los mandarines; pero sí dominaba la lengua y los problemas de millones de argentinos, incapaces de comentarlo en artículos literarios, capaces de comprenderlo y sentirlo como amigo que acude –hosco, silencioso o cínico– en la hora de la angustia [...] Hablo de arte y de un gran, extraño artista.

En Los siete locos sus protagonistas se hallan empeñados en renovar la sociedad a través del asesinato. Por eso Erdosain planea fabricar armas bacteriológicas que diezmen a la humanidad. Así sólo quedarían unos pocos supervivientes tras el rociado masivo con microbios de la peste bubónica y el cólera asiático. Los dueños del mundo, una banda de cínicos y asesinos, educarían al puñado de varones y mujeres seleccionados para dar comienzo a una nueva etapa histórica. Las enseñanzas estarían basadas en una fe ciega en dios y los ángeles, que no serían meras entelequias conceptuales, sino realidades concretas, o mejor dicho, realidades apócrifamente materializadas por los dominadores del mundo, a través de distintos artilugios técnicos:

Una aristocracia de cínicos, bandoleros sobresaturados de civilización y escepticismo, se adueñaba del poder, con él a la cabeza. Y como el hombre para ser feliz necesita apoyar sus esperanzas en una mentira metafísica, ellos robustecerían el clero, instaurarían una inquisición para cercenar toda herejía que socavara los cimientos del dogma o la unidad de creencia que sería la absoluta unidad de la felicidad humana, y el hombre restituido al primitivo estado de sociedad, se dedicaría como en tiempos de los faraones a las tareas agrícolas. La mentira metafísica devolvería al hombre la dicha que el conocimiento le había secado en brote dentro del corazón…Toda ciencia será magia. Los médicos irán por los caminos disfrazados de ángeles… El hombre vivirá en plena etapa de milagro, y será millonario de fe.

Pero Erdosain sabe que más que una teleología o un conjunto de fines inmutables, el grupo de locos del que va a formar parte se adhiere a la necesidad de transformar el mundo. Y si para hacerlo, en determinada coyuntura hay que abandonar el proyecto de instauración de la fe absoluta por otro, por ejemplo de corte bolchevique, no se debe dudar.

En cuanto a la cuestión de la toma del poder, el Astrólogo, líder intelectual de la banda, es muy claro en sus apreciaciones:

Y aunque muchas veces se había dicho que si tenía oportunidad de poder asesinar a alguien no desperdiciaría la ocasión, volvió a detener sus preocupaciones en aquellos tiempos de misterio. Luego saltó de allí a la imaginación de una dictadura, que se sostendría mediante el terror impuesto por numerosas ejecuciones y el medio de anular esa repugnante impresión momentánea era representarse a los fusilados como hombres horizontales. En efecto, se imaginaba en el centro de la llanura el pequeño cuerpo de un hombre tendido, y al comparar la longitud del muerto con la de los millares de kilómetros que medía la tierra por él tiranizada, se apoderaba de la certidumbre que la vida de un hombre no tenía ningún valor. El otro se pudriría bajo la tierra, mientras que él, eliminado el obstáculo humano cuya longitud era la millonésima parte de la tierra suya, avanzaría hacia todas las conquistas.

A mi entender es factible que Arlt haya llegado a diagramar el plan de acción de los conspiradores de su novela a partir de un rastreo etimológico. La palabra “asesino” deriva del árabe hassasin y significa “adictos al cáñamo indio”. Entonces, cuando uno encuentra semejante definición etimológica, es más que tentador el deseo de indagar el nexo entre un fumador de hachís y la persona que asesina, es decir, mata.

Pues bien, indagando se llega a la historia del “Viejo de las montañas” y su panda de maleantes. En el último tercio del siglo XII dc, al norte de Persia, Hassan-i-Sabbah (“El viejo de las montañas”), consiguió levantar un palacio entre los escarpados cerros de la zona. Desde allí reclutó a un conjunto de hombres temibles que le juraron total fidelidad. Los malhechores cometían todo tipo de delitos: robos, secuestros, torturas y violaciones. La fe ciega en su líder surgía de la peculiar estrategia con la que éste los cooptaba. Se presentaba ante ellos como el enviado de Alá, los introducía a sus infrecuentes jardines, les proporcionaba abundante cáñamo indio y delicioso vino, los invitaba a copular con voluptuosas mujeres durante días y días. Luego les decía que si querían seguir disfrutando de esos tremendos gozos, tenían que salir a depredar los caminos y poblados hacia los cuatro puntos cardinales.

Es por eso que del nombre Hassan deriva el término hassasin y de este último surge el vocablo “asesino”.

Y justamente Arlt, cuando los conspiradores conversan buscando la mejor forma de atraer voluntades a su causa, pone en boca del Astrólogo la idea de inventar un Dios, un Dios de la selva o las montañas, que será representado por algún actor joven. Se imprimiría entonces una cinta cinematográfica en la que se vería al joven Dios haciendo milagros variopintos. En cuanto a las características fisonómicas del Dios y otras tácticas de reclutamiento (piensen en Hassan) dice el Astrólogo:

Elegiremos un término medio entre Krisnamurti y Rodolfo Valentino… pero más místico, una criatura que tenga un rostro extraño simbolizando el sufrimiento del mundo. Nuestras cintas se exhibirán en los barrios pobres, en el arrabal. ¿Se imagina usted la impresión que causará al populacho el espectáculo del dios pálido resucitando a un muerto, el de los lavaderos de oro con un arcángel como Gabriel custodiando las barcas de metal y prostitutas deliciosamente ataviadas dispuestas a ser las esposas del primer desdichado que llegue?

Una vez más, el fin es la transformación de la sociedad, la liberación del superhombre dormido, existente sólo en algunos pocos individuos. El asesinato y la desvergüenza son los medios. La instalación de prostíbulos financiará sus cometidos. Por todo esto es que el Astrólogo afirma inmutable: “Seremos bolcheviques, católicos, fascistas, ateos, militaristas, en diversos grados de iniciación.”

Y además, no podemos olvidarnos del Erdosain sufriente y angustiado. El Erdosain prostibulario, puro, ingenuo, amargo, abatido, impetuoso. Una suma de contradicciones en constante movimiento dialéctico. El Erdosain inventor, tramando creaciones de difícil o imposible concreción. El mismo Arlt soñaba con hacerse rico a través de algún invento exitoso. En esa búsqueda es que funda junto con el actor Pascual Naccaratti la sociedad arna (Arlt/Naccaratti), instalando un pequeño laboratorio químico en Lanús, provincia de Buenos Aires. Lo máximo que llegaron a crear y patentar fueron unas medias “impermeables”, reforzadas con caucho, que nunca serían comercializadas.

Sólo con vino puedo aguantar los reportajes

En 1979 la editorial española Bruguera publica Dejemos hablar al viento, contundente novela de Juan Carlos Onetti. Y tildarla de contundente pareciera ser un mero y banal recurso de escritura. Pero en verdad es una novela rotunda y categórica. Sus personajes se mueven entre “Lavanda” y “Santa María”, dos ciudades que no están registradas por ninguna cartografía tradicional, pero que tienen una nitidez única en el mapa onettiano. Tal vez sea por su clima mesopotámico, por sus humedades y descascaramientos, pero lo cierto es que son urbes que se sienten extremadamente reales. Como reales son los personajes que las habitan.

El texto es hipnótico, con lenta y desganada maestría nos sumerge en un sugestivo entrevero, donde la locura, el absurdo y el suicidio rondan ávidos de combustible.

En Dejemos hablar al viento aparece con fuerza la cuestión de la fe. Y no como una fortaleza, o como una inclinación laudable de la civilización cristiana, sino como un chancro del espíritu. Algo que nos vuelve intransigentes, esquemáticos, fatalmente recurrentes. Eso lo entiende Medina, el comisario y pintor de cuadros:

Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón.

Al igual que los personajes principales de Los siete locos, el Medina de Onetti se muestra marxista si conversa con un marxista, freudiano si charla con un fanático del médico austríaco, patriota si su interlocutor es un pundonoroso militar.

Medina es un bebedor y un mujeriego empedernido. El licor de caña es su favorito. En cuanto a las mujeres, no exige demasiados requisitos, aunque tiende claramente hacia las más jóvenes.

En una entrevista en la que le preguntaban por la leyenda negra que lo rodeaba, según la cual, entre otras cosas, era un inescrupuloso que tomaba a la gente como conejillo de indias, Onetti contesta que no es así, que él no es un alcohólico mujeriego. Entonces la periodista le dice: “Sin embargo, se casó cuatro veces y desde que llegué se tomó sus buenos tres vasos de vino.” La respuesta, ingeniosa y mordaz: “Sólo con vino puedo aguantar los reportajes.” Su entrevistadora, María Esther Gilio, insiste: “¿Usted no cree que la leyenda tiene un buen pie en su literatura?” “No, mi literatura es una literatura de bondad. El que no lo ve es un burro.”

Y ambas cosas son ciertas. Es decir, sus personajes tienen matices inescrupulosos, pero también sacan a relucir un fondo de bondad. Tal es el caso de Medina, cuando se apiada de la frágil Juanina, a quien encuentra en la playa. Se acerca a ella, charla, se interesa por sus cuitas, y luego le ofrece alojamiento en casa de Frieda. O cuando el recio comisario ayuda una y otra vez a Seoane, pese a no estar seguro si es verdaderamente su hijo. Lo andamia económica y emocionalmente.

Medina, como buen comisario, tolera los delitos siempre que él esté al tanto de quién y cómo los comete, además de quedarse con alguna que otra prebenda por su magnánima tolerancia. Pero una tarde de otoño, en la ribera oriental del río Uruguay, al encontrarse con un contrabandista, la delgada línea que los separaba del lado de los maleantes acaba por borrarse:

Aceptarle dinero hubiera sido lo mismo que quedarme en Santa María o continuar siendo yo. Y agrego, por si a usted le importa, y da lo mismo que lo sepa o no, que le importe o no, que cobre sueldo en uno o en los dos servicios de información, que el pibe Manfredo sigue navegando. Si alguna vez tropezamos, sólo se trata de un saludo de mano levantada, una sonrisa y un desviar de ojos. Como comprenderá, aquella tarde supimos que éramos amigos; no mucho pero para siempre.

Medina hacía meses que seguía la pista del famoso contrabandista el “pibe Manfredo”, y cuando finalmente descubre su guarida, en vez de detenerlo se sienta con él a beber coñac y a fumar. Comprende que los unían más cosas de las que los distanciaban. Luego cruza en la lancha del pibe hacia su exilio en Lavanda, donde retomará su antigua pasión de pintor. Y aunque tras difusos meses retorne a Santa María y vuelva a ejercer como comisario, nunca se borrará de su conciencia la idea clara e irreversible de que entre policías y ladrones la distancia se reduce únicamente a un absurdo espejismo, socialmente construido con “inocente hipocresía” e imbecilidad:

Y ellos continuaban avanzando, sin saber, atravesando el vino de la primera misa, la lucha por el pan de cada día, la ignorancia y la necedad.

Avanzaban, alegres, distraídos, pocas veces dudando; tan inocentes, relajados o tiesos, hacia el hoyo final y la última palabra. Tan seguros, comunes, callados, recitadores, imbéciles.

El hoyo los había estado esperando sin verdadera esperanza ni interés…

Las ruinas que se amontonan sobre las ruinas

Parafraseando al tango, se puede afirmar que el siglo XX ha sido problemático y febril. Y nuestros dos autores, en la barca-orbe, sacudidos por el oleaje. Arlt fue contemporáneo de buena parte de los fenómenos más escabrosos de la centuria. Onetti estuvo directa o indirectamente atravesado por todos ellos. Sobre el “ángel de la historia” escribió una vez Walter Benjamin:

Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Y las ruinas de sus propias biografías, más las ruinas generales de la historia, sin lugar a dudas pesaban sobre los espíritus de estos dos grandes escritores. Pesaban y rechinaban, exudando su vejez acre y abatida. Pero ellos, que coquetearon tantas veces con la idea del suicidio, no se dejaron aplastar. No fueron ingenuos, mas tampoco fatalistas.

Quizá la frase de Medina permita entender por qué Arlt y Onetti no se mataron y siguieron en la maroma hasta el final: “Me gusta todo, me gusta ser feliz con todo. Eso pasa cuando uno se entera a tiempo, y se entera de veras, de que nada importa y de que las comprensiones posibles son infinitas e inseguras. Me gusta vivir.”

Temple y temblor de Onetti

15/Mayo/2011
Jornada Semanal
Rodolfo Alonso

A veces basta una línea, en otras apenas unas pocas palabras: “Miraba sin entusiasmo al hombre ancho y oscuro como si lo estuviera soñando así, construido con sustancia de tedio y absurdo.” Pero cuando nos encontramos ante un escritor de raza, no es difícil descubrir un temple, un temblor, percibir en las palabras escritas un sonido de fondo, un rumor más que expresivo, un retumbo de latir percibido por dentro: desde el cuerpo, en el cuerpo. Mucho más que habilidad o don, mucho más que los supuestos límites de un género: una experiencia encarnada de vida y de lenguaje.

Después de Faulkner y de Arlt, pero también después de Shakespeare y casi al mismo tiempo que Borges, acaso antes que Borges, el singular uruguayo Juan Carlos Onetti, con un pie en su Montevideo natal y otro en la Buenos Aires que nunca dejó de acunarlo, tal vez sin proponérselo, como emergencia orgánica, revela un dominio que se intuye propio, a la vez irremediable y leve, incierto y troquelado. Así como existe un envidiable mundo del Caribe, y otro cálidamente brasileño, en realidad varios mundos brasileños, siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense que nos hermana con Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales.

Pero que en un escritor se da en lenguaje. Quizás a algo así aludía certeramente el crítico uruguayo Ángel Rama cuando afirmó que, al leer a Onetti, es como si se sintiera el trasfondo de una respiración animal. Hay un aliento allí, un gran aliento (“Narrar es como nadar”, señaló el lúcido Cesare Pavese), pero también una presencia orgánica, cálida y de fondo, barrosa –como el barro de los orígenes, oscuro y nutritivo– y oscuramente viva, inquieta y contagiosa. Si alguna vez me pregunté públicamente por qué no había un Juan l. Ortiz del Río de la Plata, ahora puedo intentar contestarme que tal vez no era posible para nosotros. Y que es en algunos narradores de raza donde esa poesía (por supuesto mucho más que un género) ha logrado asomarse. Y consumarse.

Sin resquicios para olvidar de qué estamos hablando: “un mundo hecho, administrado por hombrecitos imbéciles”, “un mundo normal y astuto”, leyendo a Onetti, comulgando en Onetti, no es difícil percibir, como en los grandes, en el cuerpo de su texto –que en tanto música del sentido es totalmente lírico– la plena irrupción de la palabra poética, precisa e irradiante: “entro en el temblor del cuerpo, amo la crueldad y la alegría”. Como bien dijo Valéry, la prosa agota su valor de cambio. Y la poesía es aquello que, precisamente, no puede terminar de traducirse. “Arrastró los pies en la frescura de las baldosas yendo hacia la sombra de la casa, hacia la fluctuante gruta de concordia, destierro y autonomía que excavaba en la sombra el ronquido acuoso, desligado, de la mujer dormida...” ¿De qué otra manera es posible, honestamente, aludir a la palabra, tocante y tensa, huidiza e invasora, neta y temblorosa, de Juan Carlos Onetti? Y él mismo nos responde, sabio indolente: “Tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles.”

(Al recibir esta bienvenida reedición de Juntacadáveres –con portada de un blanco deslumbrante– que, como se lo merece, mantiene su obra indeleble en circulación, no pude evitar ir a mi biblioteca y palpar otra vez aquella primera, modesta, entrañable edición de la editorial Alfa, Montevideo, diciembre de 1964, que con tamaña dignidad encaraba uno de tantos exiliados republicanos en estas playas, el español Benito Milla. El peso latente de ese pequeño volumen, favorecido con benevolencia por la muy uruguaya Comisión del Papel, siempre me lo hará sentir, como en aquella primera ocasión, físicamente cerca.)


Irvine Welsh, el mudo irreverente

15/Mayo/2011
Jornada Semanal
Ricardo Guzmán Wolffer

Catapultado a la fama con su primer novela, Trainspotting (1993), Welsh ha recorrido un peculiar camino para volverse, quién lo pensaría, un escritor que ha dejado de reírse de todo y de todos.

En sus primeras novelas era claro que Welsh traía el alma guarra por delante, y sus escenarios y personajes eran los inmediatos de su entorno escocés y de los barrios pobretones donde el futbol, la cerveza imparable, el rock donde se venera al muy respetable Iggy Pop y, por supuesto, el sexo como sea y con quien sea, son los temas de lo inmediato y sobre los que encaminan sus esfuerzos mentales esos peculiares antihéroes, muchos sumidos con placer y sin culpa en el submundo de los narcóticos. El Mark Renton que interpretara Ewan McGregor en la también exitosa película hecha con bastante fidelidad al libro, ha quedado como una referencia cinematográfica por su doloroso transitar entre las crudas casi mortales de la heroína inyectada y la asimilación a una sociedad entre capitalista y burguesa en la que termina por aterrizar luego de su ejercida amoralidad. El monólogo inicial de Renton, donde explica que él, como miles más, escoge conscientemente la parte oscura (drogas en lugar de coches o estudios, o bienes desechables o mil cosas más que la sociedad espera de sus integrantes activos) incluso fue hecha canción en el segundo soundtrack de la película. Welsh, como muchos otros autores importantes, escribe en su dialecto nativo, sea o no correcto según la ortografía académica. Lo cual, por supuesto, resulta anulado con las traducciones, casi todas hechas en España, de esa peculiar como sonora jerga escocesa. Sin quererlo, esas traducciones nos remiten a la época donde todas las versiones de obras de fantasía o de ciencia ficción eran hechas en España, y así resultaba que los demonios alienígenas decían hostias, jolines y modismos peninsulares que restaban eficacia a la pelandrujada foránea.

La eficacia narrativa de Welsh no se ha perdido, pero ha evolucionado en su estilo. Desde los monólogos y las divagaciones sobre la “cultura pop” de los drogadictos de Trainspotting (que repiten en la secuela Porno, 2002; donde Sick Boy termina en la industria de la pornografía cinematográfica, para regocijo de quienes queríamos saber más sobre Spud, Renton, Sick Boy y el violento Begbie), Welsh ha transitado en forma y fondo para llegar a su reciente Crimen (2010, una notable novela negra sobre las mafias pederastas y los asesinos en serie, tanto en Londres como en Miami) con una clara fluidez en la literatura casi picaresca que, desde el principio, muestra a una sociedad donde lo sórdido no esconde la mirada burlona pero analítica del narrador. La forma de su escritura incluye juegos tipográficos y conceptuales, como en Escoria (1988), donde incluso el parásito estomacal (la solitaria) irrumpe en la divagación del protagonista (su anfitrión) para encimar sus pensamientos a media página. En una metáfora muy lograda, el gusano representa al propio huésped, un policía corruptazo que carcome a la sociedad en la propia institución encargada de poner orden, a pesar de que el sargento Bruce es una persona a la que ni su familia tolera y por eso lo dejan con sus adicciones a la mala comida, la mala bebida, la cocaína y la pornografía. Welsh empata la tipografía con la trama y nos recuerda que así como los adictos son humanos, también son espejo de una sociedad donde las “instituciones democráticas” sólo esconden males mayores que la oligarquía prefiere ocultar en un doble discurso que nos suena cercano en el México de las muertes violentas, como espectáculo y pantalla; por ello, el policía es tan escoria como los asesinos que busca.

Entre los textos psicodélicos y la fama cinematográfica de Acid house (1994), Welsh traslada la locura futbolera de Londres a África con Las pesadillas del marabú (1995), donde el hincha futbolero Roy Strang se va en busca del marabú (peculiar pájaro, símbolo de la crueldad y la depredación) para hacer otra metáfora donde ese animal es una sociedad malsana en la que sus pesadillas se hacen realidad en el propio personaje cuyas pulsaciones mentales forman parte de la trama, al estar en coma luego de la violación de una mujer que decide con rabia devolver la piedra y tallarla en la herida. Nuevamente la tipografía logra presentar varias voces al mismo tiempo (lo que piensa Roy en su voluntario descenso a la inconsciencia, lo que le dicen los visitantes e incluso lo que éstos piensan).

Temáticamente, Las pesadillas se hermana con Crimen: en ambos se establece la relación entre la propia violación del violador y la que impone a sus víctimas. Parte de la honestidad literaria de Welsh es anteponer lo inobjetable: el cuerpo y el sexo, pero también las vivencias imperecederas: en Porno, los personajes discuten sobre el viejo tema: ¿qué tiene que ver la pornografía con el sexo? Nada, todo es actuación: “A ver, ¿en la vida real quién tiene penetraciones triples en su vida sexual?” “No, sí es real. Tiene que serlo. Cuando te follan te follan, es una de las pocas cosas que quedan en nuestras vidas que es real, que no es un montaje.” Así, Roy es un prefacio para el inspector Ray Lennox de Edimburgo, quien en Crimen, luego de resolver un atroz asesinato con violación, es enviado a “relajarse” a Miami, donde se involucra “accidentalmente” (nada es azar, ya se sabe) con las víctimas, algunas voluntarias, de una red de pederastas y sus depredadores, quienes hacen convenciones públicas y con mensajes cifrados planean cómo detectar y atacar a madres solteras o divorciadas a lo largo del territorio gringo. Lennox tiene resabios de su afición al futbol, pero es apenas un pretexto para su actuar entre la locura de pretender combatir la criminalidad, aunque sea como una revancha personal por el abuso sexual sufrido en su infancia, y la imposible resignación de percibir que la maldad existe sin explicación ni justificantes.

Welsh ha dejado de reírse, pero no de escribir con poderío.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Sabato: una obra breve, una vasta literatura

11/Mayo/2011
La Jornada
Javier Aranda Luna

El tiempo, el Gran Hechicero, le ha dado la razón a Ernesto Sabato cuando tomó distancia del comunismo real, cuando levantó su crítica contra la supuesta neutralidad de la ciencia o cuando alzó la voz para advertirnos del peligro que representa la banalidad del circo literario.

Sus primeras dudas sobre el comunismo las confirmó el exterminador José Stalin; su crítica a la supuesta neutralidad científica la corroboró la Segunda Guerra Mundial y los expertólogos que en nuestros días dan cuenta mediante análisis finos de realidades que no existen y, finalmente, una industria editorial engullida por el mercado, salvo pocas excepciones, nos ha mostrado que el circo literario es el eslabón de un gran negocio que ha contribuido a degradar la educación: un arsenal de libros especializados y autores desconocidos ha hecho a un lado a los clásicos en muchas escuelas.

Para Sabato: “Las modas nada tienen que ver con la historia profunda de la literatura. Kafka nunca formó parte de ningún boom de literatura checa”.

Su decisión a ser impopular a causa de sus ideas le permitieron a Ernesto Sabato hacer en el año 2000 una dura crítica a las sociedades modernas por haber perdido valores básicos como la dignidad, el desinterés, la honestidad, el gusto por hacer las cosas bien hechas y el respeto por los demás.

Desde sus primeros libros la polémica fue una constante de su vida. Su libro de ensayos Uno y el universo por haber cuestionado directamente la imparcialidad ética del quehacer científico y El túnel, su primera novela, por su tono notoriamente existencialista. Tono que persistió en los otros dos libros de su imprescindible trilogía: Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador.

En 1948 luego de ser rechazada por varias editoriales, la legendaria revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, publicó El túnel, novela cuya trama se encuentra atravesada por la locura y la angustia del hombre contemporáneo y en la que conviven en el personaje central de la novela el amor y el odio desmedidos. Si el provincialismo editorial argentino de aquellos años no vio en El túnel una gran novela, Albert Camus promovió que Gallimard la publicara en Francia.

No debe extrañarnos que una revista publicara El túnel. Durante muchos años las revistas y suplementos culturales fueron el verdadero termómetro del quehacer literario: plataforma de una sensibilidad pero también un mecanismo de control de calidad que garantizaba a los lectores no encontrarse con poetas sordos ni con narradores y ensayistas tartamudos.

Cuando apareció El túnel en 1948 Sabato no era un desconocido en el mundo literario. Aunque profesionalmente se había doctorado en física, era colaborador de Sur desde 1940 por intervención de uno de sus antiguos maestros: Pedro Henríquez Ureña. Y no era poca cosa ser colaborador de Sur. Según Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, esa revista logró crear una verdadera comunidad de lectores.

En su discurso por el premio Cervantes, Sabato dio cuenta de algo así como su credo literario. El alma, decía, es el lugar en la que aparecen los fantasmas del sueño y la ficción. Los hombres construyen penosamente sus inexplicables fantasías porque están encarnados, por que ansían la eternidad y deben morir, porque desean la perfección y son imperfectos, porque anhelan la pureza y son corruptibles. Por eso escriben ficciones.

Dostoievski, dijo en aquella ocasión, se propuso escribir un folleto sobre el problema del alcoholismo en Rusia y le salió Crimen y castigo. Cervantes quiso escribir una regocijante parodia de las novelas de caballería y terminó creando una de las más conmovedoras parábolas de la existencia.

Tal vez Ernesto Sabato sólo quiso escribir tres novelas, El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador y terminó haciendo un retrato de los pliegues más oscuros del corazón del hombre donde el amor se trunca en odio y la luz en esa penumbra que acompaña a los ciegos. Su obra es breve, su literatura, vasta.


martes, 10 de mayo de 2011

Letras que desmitifican a la “madrecita santa”

10/Mayo/2o11
El Universal
Alejandra Hernández

Con madres que experimentan un amor enfermizo por sus hijos, en el que el incesto se presenta como algo posible, con madres que abandonan a su hijos, que huyen con ellos, que se enamoran de jovencitos, con madres reprimidas sexualmente, que experimentan un rechazo hacia el embarazo, a las molestias físicas y los traumas psicológicos que arrastra consigo, escritores mexicanos de distintas generaciones han contrariado el mito de la madre sumisa y abnegada, tan arraigado en nuestra cultura popular.

A través de sus cuentos o novelas, mujeres como Inés Arredondo, Rosario Castellanos, Elena Garro, Mónica Lavín, y hombres como Enrique Serna, Héctor de Mauleón o Eduardo Antonio Parra se han internado en ese túnel de claroscuros que es la maternidad y han puesto en entredicho frases como “madre sólo hay una” o “mi madre es una santa”, frecuentes en una cultura que exalta el amor incondicional, la abnegación absoluta y el sacrificio heroico, considerados “propios” de toda madre que se precie de serlo.

En relación a la presencia de personajes maternos dentro de la literatura mexicana hay posiciones encontradas, pues algunos escritores consideran que la figura de la madre en nuestras letras es ínfima e, incluso, hablan de una notable ausencia. La narradora y poeta Carmen Boullosa, considera que dentro de nuestras letras, es más fácil encontrarse con una mala madre que con una mujer tierna y amorosa.

Contra este mito que envuelve a la figura de la madre en un aura de santidad se han revelado algunos cuentistas. Ejemplos de ello aparecen en dos antologías de la última década: Atrapadas en la madre, compilada por Beatriz Espejo y Ethel Krauze, y Todo sobre su madre, a cargo de Martín Solares.

En la primera se reúnen relatos de escritoras ya fallecidas como Rosario Castellanos, Elena Garro e Inés Arredondo, además de cuentos de Liliana V. Blum, Mónica Lavín, Helena Paz y Socorro Venegas. En la otra, son los escritores José Joaquín Blanco, Álvaro Enrigue, Vicente Leñero, Héctor de Mauleón, Fabrizio Mejía Madrid, Xavier Velasco, Heriberto Yépez, y otros, quienes se adentran en los universos de madres crueles, ausentes o acomplejadas.

Historias inquietantes

Sin duda, uno de los relatos más inquietantes es “Estío”, de Inés Arredondo. A través de Julio, el mejor amigo de su hijo, la protagonista, -cuyo nombre no se menciona-, descubre el amor inconfesable que siente hacia su hijo Román. Pese a que el incesto es un tema difícil, Inés Arredondo nos interna con finura en ese terreno escabroso de las pasiones inconfesables.

“Estío” abre Atrapadas en la madre, la antología compilada por Beatriz Espejo, quien en entrevista explica que la imagen de la progenitora resulta fundamental en la literatura mexicana escrita por mujeres:

“Para bien o para mal, para vilipendiarla o adorarla, casi todas las mujeres hemos hablado de la imagen de la madre, su figura marca mucho, y las mujeres lo expresamos. Una de las temáticas que tratamos las mexicanas, las latinas en general, es la familia; entre nosotras, abundan historias de familia”, señala Beatriz Espejo.

Como el tema siempre le ha interesado propuso esta antología de cuentos a Alfaguara. “La portada es extraña, está inspirada en la imagen de la Virgen de Guadalupe, que finalmente es como la madre de todo mexicano”.

La doctora en Letras Españolas considera que los cuentos de la antología son una especie de abanico con el que trató de representar los complejos sentimientos de las escritoras mexicanas en torno a la figura materna: la ternura, presente en “La corona de Fredegunda”, de Elena Garro; la causticidad de Rosario Castellanos en “Cabecita blanca” y la admiración casi irredenta por la madre, con razón o sin ella, en “El asa”, de Mónica Lavín.

Una corona incómoda

En las letras mexicanas no es difícil hallar personajes maternos que desafían la imagen de sacrifico y abnegación con que, por siglos, ha cargado la madre.

“En la literatura mexicana, la figura de la madre es fundamental, lo que no quiere decir que esa figura sea necesariamente positiva, más bien, con excepciones, la mamá ostenta una corona incómoda. Pienso en el verso elocuente de Manuel Acuña, ‘Y en medio de nosotros, mi madre como un dios’; o en Pedro Páramo, donde el hijo emprende un viaje hacia Comala (que es el viaje a la muerte) por mandato de la mamá, para que vaya y cobre caro ‘el abandono en que nos tuvo (tu padre)’, la madre es el resentimiento, el motor de la venganza destructiva, el volver hacia atrás”.

Boullosa también señala el caso de Los convidados de agosto, de Rosario Castellanos, donde “aparece ‘el testimonio inexistente de su madre’, una madre chocha, sin cabeza ya que ha devorado a sus hijas, condenándolas a solteronas, no se quedan a vestir santos, sino a vestir a su mamá”.

“Las madres memorables de Elena Garro, presentes en el cuento “Primer amor”, en Testimonios sobre Mariana, y otras narraciones persecutorias, así como otras de Inés Arredondo y Castellanos, con diferentes graduaciones, carecen de algún poder vital; las de Castellanos tienden a ser un cero a la izquierda, cuando no más negativas”.

Pero es Nellie Campobello quien nos da otra manera de ver este personaje: “las madres de Cartucho y Las manos de mamá, de Campobello, desmienten la fuerza negativa de la madre, ahí es ella una fuerza generadora”.

Pero, ¿qué hay de la obra de la propia Boullosa? En Mejor desaparece y Antes, la escritora deja ver a sus lectores lo difícil que fue su adolescencia luego de que su madre muriera cuando ella tenía 14 años. “En el caso de esas dos novelas, la madre es lo faltante, y su ausencia su detonador. Mejor desaparece es la historia desatada por la muerte de la madre. Y en Antes, el motor detrás de la narración es la distancia de la protagonista con la madre, que también morirá (por responsabilidad de la protagonista)”, explica Boullosa.

La madre, personaje ausente

Hay quienes piensan que el personaje materno en la narrativa mexicana se diluye cual fantasma. En esto coinciden Héctor de Mauleón y Álvaro Enrigue.

“La madre es el gran personaje ausente de la literatura mexicana. Aunque es la figura que detona la trama de una de las novelas más importantes, Pedro Páramo, aparece sólo de manera fantasmal, como una sombra susurrante que acompaña la travesía del hijo”, dice Héctor De Mauleón.

No obstante, el escritor considera que si en la narrativa mexicana la madre es la gran omisión, en la poesía ha funcionado como uno de los temas recurrentes: “Desde que Manuel Acuña pronunció la frase inmortal: “Y en medio de nosotros, mi madre como un Dios”, los poetas mexicanos se han dedicado a cantarle”, afirma.

Enrigue, quien igual que De Mauleón participó en la antología Todo sobre su madre (Planeta, 2007), considera que en la literatura mexicana es la ausencia del padre la que resulta fundamental: “se ha escrito en torno a la figura de Pedro Páramo o Artemio Cruz, a esos padres potentes que de pronto desaparecen y dejan huérfano un universo”.

Personajes autobiográficos

La mezcla de ficción y de experiencias autobiográficas depositada en la creación de personajes maternos ha generado madres literarias familiares y humanas que, como en la vida real, pueden ser tiernas, amorosas, crueles, inseguras o neuróticas.

El escritor Enrique Serna ha dejado plasmadas en las páginas de algunos de sus cuentos y novelas algo de la relación con su propia madre. En Fruta verde, Serna da vida a Paula Recillas, un personaje de ficción inspirado en algunos rasgos del carácter de su madre. “Tuve que conformarme con retratar un sólo aspecto de su personalidad, pues ella era una mujer mucho más compleja, temperamental y fascinante . Yo sólo describí los atributos de carácter que más me interesaban para la historia que quería contar”, describe.

Contrario a lo que podría pensarse, la creación de un personaje del cual se tiene una referencia real no es sencilla. Para el autor de La sangre erguida no fue fácil dar vida a su madre a través de la literatura: “Fue muy complicado y doloroso al principio. Me había propuesto resucitar a un personaje que me dejó marcado; era una tarea superior a mis fuerzas. Cuando comprendí que Paula era un personaje autónomo, independiente de su modelo real, empecé a sentirme con más libertad y con menos miedo a profanar un santuario”, dice.

Entre las madres de la literatura mexicana, Serna coincide con Boullosa en resaltar los personajes de Nellie Campobello, de quien afirma:

“Toda su obra es un monumento a su madre, que murió en plena Revolución, cuando ella era niña. Tanto en Cartucho como en Las manos de mamá hizo una evocación poética de ese personaje entrañable que protegía a los villistas como si fueran hijos suyos. De hecho, la escritora contemplaba la Revolución con los ojos de su madre”.

Para Enrique Serna, “el amor filial es un sentimiento muy difícil de plasmar en la literatura, porque se corre el riesgo de caer en la cursilería, como le pasó a Manuel Acuña. Pero creo que la Campobello logró sortear ese escollo de manera muy conmovedora”.

Sea escasa o abundante la presencia de personajes maternos dentro de la literatura mexicana, muchos cuentos y novelas de grandes escritoras y escritores nacionales han dado vida a madres inolvidables, más verosímiles que las que trata de dibujar ese mito de la cultura popular que las considera aburridas, abnegadas, incondicionales, sumisas y hasta asexuales.

Gonzalo Rojas (1917-2011). Contra la muerte

1/Mayo/2011
Milenio
Margarito Cuéllar

Gonzalo Rojas nunca dejó de ser un niño asombrado ante el vértigo luminoso del relámpago. Más que el relámpago como aceleración y fuga, lo que llamó su atención fue la palabra misma, la sonoridad que la acentúa, no tanto el resplandor.

De 1936 es Cuaderno secreto, del que Rojas rescató algunas joyas leves que lo hacían recordar su natal Lebu o Leufu —en antiguo mapuche. “Puerto marítimo y fluvial, maderero, carbonífero y espontáneo en su grisú, con mito y roquerío suboceánico, de mineros y cráteres —mi padre duerme ahí—; de donde viene uno con el silencio aborigen”, dice Gonzalo.

El año de 1938 debió ser clave para Rojas. Neruda retornó a Chile un año antes, envuelto en la llamativa capa de la fama e iluminado por las estrellas y los sueños del hombre nuevo. Rojas, poco dócil a las doctrinas y a las poéticas —a no ser la piedra fundacional de las posvanguardias que él encabezó a lo largo del siglo XX—, se inició con el grupo Mandrágora o Generación del 38. Como todo hijo rebelde, renegó del origen, lo que se tradujo en liberar la sintaxis del hierro nerudeano, subir al paracaídas de Huidobro, decir adiós a la vigilia y al sueño del surrealismo, y alzar el propio vuelo.

Ese mismo año, la dolorosa muerte de César Vallejo le heredó a Gonzalo la miseria humana y le hizo descubrir que el tono es algo más que una palabra. Esto nos permite afirmar que Rojas es un poeta de oído. Sus poemas hay que oírlos, o leerlos en voz alta. De esa manera su ritmo y su música son más visibles.

Gonzalo bebió la tradición con Neruda, cuyas Residencias lo hicieron sentir el estremecimiento de lo genuino: “No entendí con seso lógico ese vislumbre del caos, esa ambigüedad que hacía trizas los espejos de la exactitud…”. Abrevó en la vanguardia, “fuente fresca”, de Vicente Huidobro, cuya densa sombra les exigía a los jóvenes poetas una idea de futuro distinta a la de los dos “animales poéticos latinoamericanos”, como decía Rojas.

Poeta sin prisas, la figura de Gonzalo Rojas se extendió de manera paulatina en el mapa de la poesía latinoamericana. Dejó que el ring de la palabra lo ocuparan otros. Su primer libro, La miseria del hombre, fue publicado en 1948, cuando el poeta tenía 31 años. Pasaron 16 años para que apareciera, en 1964, Contra la muerte. Once años después se editó Oscuro (1977), y después se agregaron Transtierro (1979) y sucesivas colecciones, siempre con textos inéditos en los que reafirmaba su vocación por lo sonoro, la sorna y los vientos nuevos: Del relámpago (1981), El alumbrado (1986), Materia de testamento (1988), Antología del aire (1991), Obra selecta (1997), Metamorfosis de lo mismo (2000) y demás.

CONTRA LOS LETRADOS

El poeta chileno se mofaba de los letrados. Por eso contesta con monosílabos cuando le preguntan por las “vacas sagradas” de su país. En 2006, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, una compatriota suya le preguntó:

—Poeta, ¿por qué Chile ha dado al mundo a poetas como Neruda,la Mistral, Nicanor Parra, Huidobro y Rojas?

—Es circunstancial —contestó, y pasó a otros temas.

Volviendo a los letrados, Rojas no se demora en versar: Lo prostituyen todo/ con su ánimo gastado de circunloquios./ Lo explican todo. Monologan/ como máquinas llenas de aceite./ Lo manchan todo con su baba metafísica. El poema “Victrola vieja” repite la experiencia de saneamiento: Maten, maten poetas para estudiarlos./ Coman, sigan comiendo bibliografía…/ Dele con los estratos y la estructura/ cuando el mar se demuestra pero nadando./ Siempre vendrán de vuelta sin haber ido/ nunca a ninguna parte los doctorados./ Y eso que vuelan gratis: tanto prestigio,/ tanto arrogante, tanto congreso./ Revistas y revistas y majestades/ cuando los eruditos ponen un huevo.

La obra del poeta se orienta, desde el Sur, hacia los cuatro puntos cardinales. O más allá, si tomamos en cuenta que sus textos son referentes de galaxias, órbitas, del espacio sideral o las nubes. Y sin embargo nunca hubo un árbol más enraizado en el suelo que Gonzalo.

Otros de sus referentes son el amor, las mujeres y la belleza, donde lo fugaz permanece en el repertorio erótico de la voluptuosidad y el deseo. De este árbol nacen poemas como “Las hermosas”, “Acta del suicida”, “Eso que no se cura sino con la presencia y la figura”, “Cítara mía” y un amplio repertorio de textos lúdicos, ausentes del lloro y la ridiculez amatoria.

Poeta de lo terrenal, su erotismo no se queda en el desnudo de la mujer. Su sentido de lo erótico va más allá: placer y gozo, la carne creciendo en la debilidad de la hierba, las partes en el todo femenino, pérdida del paraíso, búsqueda de lo perenne, la belleza perecedera que en el poema aspira a ser eterna.

El signo de Gonzalo es la piedra, el carbón, el aire. No la academia ni los altos vuelos de la erudición. En vez de hablar de sí mismo le da la palabra a la poesía, al poema; su línea poética siempre está regresando al origen, a la sílaba, a la savia del lenguaje desde el árbol de la palabra.

Ya libre del paso de los años, más allá de los homenajes y los premios —Nacional de Literatura de Chile (1992), Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992) y Cervantes de Literatura (2003)—, entre sus epitafios —recordemos que la muerte es otra de sus constantes— quizá sea éste el que más se acerca a un final, si no feliz, tampoco trágico:

Se dirá en el adiós que amé los pájaros salvajes, el aullido/ cerrado ahí, tersa la tabla/ de no morir, las flores: Aquí yace/ Gonzalo cuando el viento,/ y unas pobres mujeres lo lloraron.