sábado, 27 de noviembre de 2010

La inseguridad en México, un problema de confianza: Le Clézio

27/Noviembre/2010
La Jornada
Éricka Montaño Garfias

Guadalajara, Jal., 26 de noviembre. El Premio Nobel de Literatura, el franco-mauriciano, Jean-Marie Gustave Le Clézio, regresó a Guadalajara por primera vez en dos décadas para participar en la Feria Internacional del Libro (FIL) e inaugurará este domingo el Salón Literario con la conferencia La literatura intercultural, tema convertido en una de sus preocupaciones y que hace poco dio origen a una fundación que trabaja en isla Mauricio en favorecer las relaciones multiculturales.

Le Clézio se refirió de nueva cuenta a la situación de México (La Jornada, 24/10/2010), país al que llegó en 1967: primero para enseñar su idioma natal en el Instituto Francés para América Latina (IFAL), donde fue también el encargado de organizar la biblioteca, situación que aprovechó para leer todo lo que pudo de historia, filosofía y literatura de México. Después permaneció en El Colegio de Michoacán, al lado de Luis González y González, y viajó por distintas zonas del país.

Lo que ocurre en México es una dimensión realmente trágica. Cuando vine la primera vez tenía la impresión de total libertad, era posible ir por todos lados, pasear en la noche, a pesar de los comentarios de que tuviera mucho cuidado porque en esa ciudad había un crimen cada noche. Eso ha cambiado y hay un problema de seguridad, pero creo que es más una cuestión de confianza.

Sin embargo, recordó que durante sus diversas estancias en México nunca he padecido nada. El único problema que he tenido fue en Niza, mi ciudad natal, donde fui atacado en la calle.

Creo que México, añadió, trata de luchar contra esta falta de confianza. Es un combate que va a tener éxito porque no es posible vivir en una ciudad con esta falta de confianza. Sin embargo, tengo más miedo en Albuquerque (ciudad donde reside), porque todo el mundo tiene rifles y pistolas. Me da más miedo un tiroteo callejero, algo que ocurre mucho en las ciudades estadunidenses porque el derecho de tener armas es parte de la constitución y es algo que para mí es espantoso.

A lo largo de los años, Le Clézio (Niza, 1940) ha mantenido la relación con México en la página de libros de su autoría como La conquista divina de Michoacán, Diego y Frida, y El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido. Vine por primera vez en 1967 para dar cursos en el IFAL. No conocía nada de la cultura mexicana, tuve que aprender español en la calle, es un español callejero. Su primer contacto con la cultura del país fue en la biblioteca del IFAL; después, sus viajes por el país donde encontró algunas similitudes con lo que había leído acerca de la cultura antigua. Algunos elementos permanecían como cuando los huicholes toman una espina, se perforan la lengua y sangran sobre la tierra.

Fue un choque enorme ver que en la contemporaneidad existían elementos de la cultura ancestral: en el metro de la ciudad de México vi personas hablando náhuatl, por ejemplo. Así fue el primer contacto, al principio por los libros y después por la vista, enfatizó.

Sin embargo, aclara, “No soy un historiador, soy novelista, nacido para escribir novelas, no puedo servir a otra cosa. En México encontré una dimensión que no existe en Europa, aquí la historia está viva, es un elemento de cada día. Ser historiador aquí es diferente a serlo en Europa donde es una ciencia. En México tiene más que ver con la fe o el ser profundo de los seres humanos.

Por eso no soy un historiador, no escribo sobre historia. Cuando pienso en México siempre considero la historia como elemento fundamental, por eso la celebración de la Independencia es algo importante.

Eso en cuanto a la historia, pero, ¿qué pasaría si desapareciera la literatura? No lo sé. Para mí el mundo humano no es posible que exista sin historia e historias. El escritor es esa parte verdadera de la dimensión humana, porque no inventa. Decía Marcel Proust que no existe imaginación, sólo memoria. Los escritores son una especie de tambor que suena con la influencia de todo lo que está ocurriendo, su papel no es inventar, sino relatar, por eso no podría imaginar el mundo sin novelistas, sin cuentos. Escribir significa escuchar, resonar y soñar a veces.

Le Clézio, autor de unos 50 libros entre novelas, ensayos y cuentos, entre ellos La cuarentena, Desierto, La música del hambre o El pez dorado (publicados por la editorial Tusquets) rechazó la clasificación de la literatura en central y periférica.

“¿Dónde está el centro? No hay centro ni hay periferia, la literatura es algo que escapa o debería escapar a la definición. Salir del encierro de una frontera política: si leo a Cervantes no leo a un español porque lo puedo leer en francés, o el Lazarillo de Tormes no es de un autor nada más castellano. No hay una literatura propiamente nacional ni del centro. La meta es intercambiar influencias y esperanzas, y nadie puede estar en la periferia en este sentido.”

Las literaturas, y aquí entra el tema de la interculturalidad, están al lado una de la otra y hay necesidad de comunicar e intercambiar. Prefiero el patriotismo al nacionalismo, el amor a la tierra natal, al Estado, la aldea, el pueblo, la ciudad, el país donde uno ha crecido. El patriotismo es más amor a los ancestros que han formado a uno. El nacionalismo es más la forma combativa de este sentimiento: prefiero el sentimiento a la teoría política. El nacionalismo podría ser peligroso.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un anti líder

22/Noviembre/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Hace una semana me hicieron varias entrevistas a las que respondí de manera escrita. Las razones por las que me entrevistan son oscuras pues en palabras más o menos claras soy una especie de cero a la izquierda y mis opiniones acerca de cualquier tema se evaporan unos minutos después de ser expresadas. No soy un líder de opinión. Esto me proporciona cierto bienestar moral y una libertad envidiable de tal modo que puedo decir absolutamente todo lo me viene en gana. Si el entrevistador posee la libertad de preguntar lo que desea, entonces yo haré lo mismo sólo que por escrito. Con el pasar del tiempo la propia voz se torna odiosa y peor aún las muletillas o los gestos que acompañan a las palabras. A siete entrevistas respondí con cierta curiosidad y premura. De todas ellas he rescatado ciertos párrafos para engarzarlos a modo de artículo. Es una forma de pelear contra el olvido pues mi experiencia me dice que en este género nada permanece, excepto el gesto.

Me gustaría creer que casi todas las personas somos insignificantes, una equivocación, una pasajera enfermedad de la naturaleza que ni siquiera dejará huellas permanentes. Por ello en mis novelas elijo personajes que viven su aparente mediocridad como un destino. Son cercanas a las almas muertas de Gogol: seres que no están pese a que su nombre aparece en infinidad de documentos. Un ejemplo: cualquier persona de pobres recursos en México se ve condenada a vivir como si fuera un alma muerta, sin buena educación, sin justicia ni seguridad económica. La realidad que describen los periódicos y la ficción de que se valen las novelas son parte de un movimiento que comienza con la experiencia y la sensibilidad: la ficción como una realidad sin centro de gravedad, y la realidad como un sueño que no termina de fluir. Sin embargo, la crueldad de la realidad cotidiana supera por mucho cualquier violencia expresada en la novela, el arte es desterrado a un polo inhabitable y su sentido vital se disuelve. La violencia de la realidad vuelve, en apariencia, innecesario el arte. A veces trato de convencerme, en un acto de ingenuo escapismo, que esta época no me pertenece y que sólo soy testigo de la testarudez humana y de su consecuente desgracia: un testigo que escribe y sólo se involucra desde la literatura. Presumo tener una butaca inmejorable para presenciar este horrendo baile de los desequilibrios. No obstante, por más que procure ser sólo un espectador, la violencia devendrá una metástasis que terminará mordiendo hasta el más pequeño de mis huesos.

A mí me agradan los jóvenes que nacieron viejos. Yo era un poco así. De modo que sólo estoy llegando al mismo lugar donde comencé. Mis golpes son más lentos, pero mantienen su antigua dirección. Uno es el mismo porque cambia y pese a esos cambios permanece. Cada vez que decepciono a alguien respiro aliviado: ¡un peso que me quito de encima! Me he dicho después de que un joven me recrimina por haberme convertido en un viejo. La sangre y la mugre no se van nunca hasta que desapareces y te conviertes en nada. Me alegra no parecer el mismo, así mis acreedores no vienen a cobrarme las cuentas. Hoy en día ninguna política tiene sentido si no contempla en sus especulaciones la ecología y la construcción de estructuras sociales sólidas capaces de recibir a quienes aún no han nacido. Parece necesaria una política de la desesperación, una metapolítica como la llama el filósofo Peter Sloterdijk. La televisión es el medio educador de los jóvenes más desprotegidos y con sus programaciones deleznables, mutiladoras del lenguaje y la reflexión cooperan tanto a la catástrofe como los mismos criminales. Los analistas o comentaristas políticos viven de la sobre explicación de los males (estamos un poco hartos de tanta habladuría sin sustancia: estamos sobre explicados). La ética de los comerciantes ha suplantado a la ética humanista que debía fundar idealmente a las sociedades democráticas. El poder económico lleva las riendas por encima de un poder político que le rinde pleitesía. Me sigo haciendo la misma pregunta que se hiciera Karl Popper, ¿cómo acabar con los malos gobernantes y criminales sin exponernos a una guerra civil o a una tragedia sangrienta? De eso se trata, ¿cómo lograrlo? Todas estas elucubraciones tratan de cuestiones prácticas, pero desde mi vida personal doy todo por perdido y prefiero sobrevivir sin detenerme en las “grandes ideas”. Si los grandes negocios siempre terminan en asesinato, las grandes ideas no van de ningún modo a la zaga.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La Contrarrevolución mexicana

20/Noviembre/2010
Laberinto
Heriberto Yépez

La Revolución mexicana fracasó. Su fallo no fue económico o político sino ético, cultural.

En 1920, Vasconcelos decía: “La primera y más importante de las revoluciones es la que ha de operarse dentro de nosotros mismos”. Pero el propio Vasconcelos murió hecho un fascista.

La vía vasconcelosa —rebelde a reaccionario— también la siguió la Revolución mexicana.

Abortamos la educación. Los contenidos del sistema escolar promovieron inopia y maniqueísmo en los estudiantes mexicanos; y su forma, acendró el autoritarismo.

El maestro mexicano es trasmisor de la demagogia, valemadrismo y co-dependencia nacionales. Elba Esther es el vivo retrato del deterioro del inconsciente mexicano.

Todos hablamos de la Revolución de 1910. Pero no de la Contrarrevolución mexicana que 1910 avivó.

La contrarrevolución es la negación, consciente e inconsciente, a un cambio hondo de estructura, tanto psíquica como social. La contrarrevolución es el rechazo a la urgencia de una renovación.

El pasado en México es el Paraíso.

El artículo primero de la contrarrevolución indica que el mexicano no debe cambiar. El Otro —español, indio, gringo, el otro género u otra clase— es el Malo. Ellos son los que quieren —¡oh, no!— cambiarnos.

Lo mejor es conservar la forma de ser, la Tradición, las Costumbres, ¡Nosotros, los que resistimos a todo!

Régimen y cultura popular post-revolucionarias son conservadoras, nacionalistas, moralistas e idealizadoras de la “identidad” mexicana. El Pueblo o la Madre, donde unos proyectan sus autoengaños, como otros los proyectan en Jesús o el Mercado.

Otras responsables: la Iglesia y Televisa. Ambas instancias educaron más al mexicano del siglo XX que la SEP.

Televisa, por supuesto, quiere negarlo. Pero Televisa vive de aplaudir lo retro-mexicano. Su chiste, su machismo, su virgencita, su populismo.

Es un error creer que el centro de la educación es la escuela. La educación ocurre sobre todo fuera de ella.

La gran fuerza contrarrevolucionaria mexicana es la familia. La familia mexicana se encargó de cerrar la oportunidad de democracia y educación que se abrió en el confuso periodo post-revolucionario. El Partido de la Revolución Institucional es el estado existencial de estar partidos entre ser revolucionarios o ser institucionales.

Ya somos una democracia sin adjetivos. Sobre todo los adjetivos “confiable” o “real”.

El verdadero régimen que detuvo el progreso social fue la mexicanidad, nuestra gran religión.

La mexicanidad es una serie de identidades defensivas y una entidad nebulosa —pero que innegablemente opera en este territorio— que temió las consecuencias psico-históricas del estallido. Saboteó la revolución de esta sociedad.

Gracias a la (contra) Revolución, por sufragio afectivo, la mexicanidad se reeligió.

Regreso a la violencia

20/Noviembre/2010
Laberinto
Alejandro Toledo

Curioso boomerang de la memoria: por años se percibió a la Revolución como un hecho bélico distante, superado en cierto modo por la historia (porque la Revolución se hizo gobierno, rezaba el discurso oficial), y ahora, a cien años de que iniciara el movimiento armado, asuntos del paisaje de entonces como los fusilamientos es de nuevo común encontrarlos en los diarios, como si en lugar de avanzar se estuviera regresando a uno de los posibles puntos de partida. Por este doloroso retorno a la violencia en que vive el México del 2010, al sumergirnos en los cuentos de la Revolución ocurre esa extraña dislocación de la memoria o engaño a la vista (trompe l’oeil) de no saber si se describe el arranque del siglo XX o el comienzo del siglo XXI. Para nuestra desgracia (o para fortuna nuestra como lectores mas no como ciudadanos), la distancia que teníamos con esa literatura se ha ido acortando.

Quizá también cobran actualidad las reflexiones que subyacen a los relatos de tema revolucionario sobre cómo contar una realidad en constante movilidad. Entre los autores de esta corriente se hallan José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Julio Torri, fundadores del Ateneo de la Juventud, que en el célebre ciclo de conferencias de agosto y septiembre de 1910 empezaron a discutir las bases filosóficas de la educación porfirista cuando a los pocos meses vino la Revolución y los alevantó. En los cuentos [sobre la Revolución] de estos tres escritores puede verse el modo como cada quien resolvió, desde su exquisita preparación universitaria, el enfrentamiento inesperado con la guerra. Vasconcelos, por ejemplo, especula en “El fusilado” sobre el tránsito interior entre la vida y la muerte, el paso de lo corpóreo a lo espiritual, en un cuento que pone un pie en lo fantástico: “recuerdo haber visto mi cuerpo destrozado y contrahecho por las contorsiones de los últimos instantes; pero me aparté de él sin amargura, contemplándolo casi con disgusto; igual, ni más ni menos, que cuando se desecha un traje usado”, pasaje que acaso prefigura un texto posterior de Francisco Tario, “La noche del traje gris”, en donde es el vestido el que desecha un cuerpo humano inerte y sale a caminar por la ciudad en busca de aventuras amorosas con prendas femeninas.

Julio Torri también halla una forma “estética” de salvar su encuentro con la lucha armada, y lo hace en “De fusilamientos” a través de la mirada irónica, al acusar las maneras toscas y torpes de los que participan en esos rituales mañaneros de que habla el título: la mala educación de los jefes de escolta, el deplorable aspecto de los soldados rasos, la tosca sensibilidad del público… El contraste entre lo grave del suceso y la forma fría o distanciada de asomarse a él crea ese territorio, en cierta forma nuevo para la literatura mexicana, en donde dicha frialdad, despreocupación o incluso futilidad aparentes (cual si se hablara de cómo comportarse en una cena o un concierto) resultan, sin embargo, vías más efectivas para acceder a lo terrible.

En Martín Luis Guzmán hay también ese alejamiento, y al detallar el proceso de preparación y desarrollo de una “fantasía tan cruel como creadora de escenas de muerte” retrata a su creador, el feroz Rodolfo Fierro, como todo un artista que cuida uno a uno los detalles de su obra y al que incluso agota su ejercicio por lo que requiere de inmediato, al despachar al último de los trescientos (o 299) colorados que él solo ejecuta, los cuidados de un niño que luego de hacer sus travesuras cae a la cama vencido por el sueño y debe ser arropado. En el párrafo inicial de “La fiesta de las balas” se pregunta el autor “qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte; si las que se suponían estrictamente históricas o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales”. Y se define por las leyendas porque eran “las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia”, prefiriendo, pues, como diría Borges, a la verdad histórica, la verdad simbólica.

El periplo de los ateneístas es representativo de lo que afectó en el siglo XX a la literatura mexicana: de los pasillos de las academias fueron inesperadamente empujados a recorrer la República, y ese trayecto obligado modificó tanto sus conciencias como sus obras. Además, si con la Revolución institucionalizada la historia oficial comenzó a fungir como máscara de la realidad, los cuentos y novelas revolucionarios, y los que le siguieron, han sido testigos fieles de nuestro devenir, le han sabido tomar el pulso a un país que a ratos camina como los cangrejos y que con obstinación enfrenta, a cada tanto, los mismos fantasmas. Asomarse al ayer a través de estas ficciones breves es encontrar, así, aquello con que se enfrentó Elena Garro: los recuerdos del porvenir.

Una versión ampliada de este texto aparecerá como prólogo a la colección Nueve cuentos de la Revolución mexicana, que en breve pondrá en circulación la Dirección de Literatura de la UNAM.

A cien años de la Revolución Rafael F. Muñoz

20/Noviembre/2010
Jornada
Juan Rulfo

Con motivo de las celebraciones por el centenario de la Revolución, publicamos este inédito escrito por Juan Rulfo, en el cual manifiesta su admiración por el periodista y narrador Rafael F. Muñoz. Aunque el texto se incluyó en el número 10 de la revista bimestral Ibero, de la Universidad Iberoamericana, que sólo circula en esa comunidad estudiantil –cuyo director editorial es Juan Domingo Argüelles–, La Jornada lo da a conocer a sus lectores, gracias a la generosidad de la señora Clara Aparicio, viuda del autor de Pedro Páramo

De los escritores de la Revolución Mexicana Rafael F. Muñoz es quien mejor refleja en sus obras un ámbito poético, dentro del árido mundo en que éstas se desarrollan.

Nació Rafael F. Muñoz en Chihuahua en 1899. A los 16 años toma parte activa en la Revolución como reportero de un diario de la capital de su Estado y así conoce y presencia de cerca los acontecimientos que más tarde servirán de materia prima para sus libros.

R. Morton dice de él que en la obra de Muñoz siempre estará presente la sombra impresionante de Francisco Villa, así como que nunca lo abandonará, ni aún en sus novelas, ese estilo directo, exento de detalles que caracteriza al periodista, oficio en el que sigue activo Rafael F. Muñoz.

Al término de la Revolución inicia Muñoz sus actividades en la capital de la República y publica periódicamente en El Universal sus primeros cuentos, que reúne posteriormente en el volumen titulado El feroz cabecilla.

Estos relatos, verdaderos ejemplares de pureza narrativa literaria, se caracterizan desde luego por el estilo crudo que Muñoz seguirá manejando subsecuentemente con mayor habilidad. Uno de los cuentos incluidos en esta serie, Oro, caballo y hombre es el que con más frecuencia se reproduce en antologías. Narra la muerte del sanguinario Fierro, lugarteniente de Villa, al hundirse en un pantano bajo el peso del oro.

El tratamiento que Muñoz utiliza para contarnos esta anécdota nos recuerda el usado por el escritor norteamericano Conrad Aiken, en el sentido de escamotearle al lector hasta el final el resultado. Y también al empezar a relatar aquella cosa como algo sin importancia, la que va adquiriendo conforme se avanza en la lectura, pero, como antes decía, sin dar a sospechar el resultado final.

Esta coincidencia viene al caso, ya que Aiken es uno de los más hábiles escritores de este tipo de narraciones y el que Muñoz, seguramente creador de su propio estilo, coincida, nos muestra una más de sus cualidades.

Sin abandonar su tarea periodística, Muñoz publica su primera novela, ¡Vámonos con Pancho Villa! Aunque tratada en forma anecdótica, limitada a episodios breves, tal parece como si estuviéramos ante una serie de cuentos; con todo, la acción sigue una secuencia lógica y novelada, y su personaje central, Francisco Villa, no abandonado en ningún momento, le da la unidad requerida.

Pocas obras tienen el raudal de conocimientos sobre la sombría figura de Villa como el que posee Muñoz para relatarnos sus hazañas. Y lo más admirable de esto es la imparcialidad, pues a pesar de la admiración que el autor tiene hacia su personaje, siempre lo trata de manera objetiva, sin conmoverse ni exaltarse. Antes, y en frecuentes ocasiones, se vale de las circunstancias para usar un tono irónico, casi burlesco.

Fue con ¡Vámonos con Pancho Villa! que Muñoz se dio a conocer no sólo como el narrador de los hechos del Guerrillero del Norte, sino como uno de los clásicos de la Revolución Mexicana.

Su estilo, diferente al de Azuela o al de Martín Luis Guzmán, le otorgó una categoría muy personal y, más que nada, su manera de decir las cosas lo diferencia marcadamente de los escritores de esta época. Fue el primero, que yo sepa, que incursionó en los áridos temas de la Revolución enmarcando las acciones de aquellos guerreros con hilos poéticos, describiéndolos amablemente, se puede decir que hasta con lástima, dentro de la socarronería que encierra allá en sus profundidades el estilo de Muñoz.

Esta misma característica identificará al Muñoz que escribe más tarde la vida de Su Alteza Serenísima, don Ignacio López de Santa-Anna. La biografía de este infortunado rector de México, infortunado para México, adquiere en la obra de Muñoz matices heroicos dentro de lo grotesco. Escrita con originalidad, prepondera en ella el lenguaje satírico, el episodio farsa y dentro de todo esto, la vida serena de Su Alteza Serenísima, envuelto en el ropaje de su desfachatez y sus oscuras y personales ambiciones.

Los tristes días que vivió entonces nuestro país, que más que país era un panino de rencillas y de luchas mezquinas por mezquinos intereses, se reflejan en la biografía de Santa-Anna que escribiera Muñoz, y que, al cabo, como toda buena obra, hecha con sinceridad, nos deja un sabor amargo.

Nos amarga porque desearíamos que todo aquello no hubiera sucedido o no hubiera tenido los resultados desastrosos que tanto error acumulado le produjo a México. Cuando vemos, por ejemplo, el gigantesco obelisco que los tejanos han erigido en San Jacinto para conmemorar el triunfo de unos aventureros sobre el fantoche de Santa-Anna –que como dice Muñoz, ganaba las batallas y perdía las guerras–, más parece que existiera ese monumento para señalar la humillación de México y no de quien decía representarlo.

Pero la verdad es que Santa-Anna existió y Muñoz, con los trazos de su buena calidad de escritor, va forjando esta figura novelesca hasta darnos un libro extraordinario.

Casi al mismo tiempo publica su segundo volumen de cuentos: Si me han de matar mañana. En ellos regresa Muñoz a los acontecimientos de la Revolución Mexicana y puede considerarse éste, de sus libros, como unido a El feroz cabecilla por los temas, aunque se advierte un dominio mucho más amplio, dijéramos más confiado en los elementos que maneja.

También aquí, como en su anterior libro, no sabemos por qué partido simpatiza Muñoz en esta guerra de hermanos; pues vuelve a advertirse la sátira con que trata a los personajes de uno y otro bando.

En el cuento titulado La muerte del perro, en que narra lo superficial de la fraternidad entre los ejércitos triunfadores, vuelve Muñoz a practicar ese escamoteo de que hablábamos en un principio. Comienza a relatarnos una cosa aparentemente sin importancia, como es quizá la muerte de un perro; pero al cabo, aquello se torna en una sangrienta carnicería de hombres en que, como él mismo lo dice: La media noche, acostumbrada a presenciar los más sórdidos y misteriosos sucesos, tuvo que cerrar los ojos y huir amedrentada ante tanta sangre.

Se llevaron el cañón para Bachimba, la penúltima de sus novelas y una de las más importantes, tardó varios años en salir a la publicación. La razón es que Muñoz exige mucho de sí mismo y al escribir intenta mejorar lo anterior. A esto se debe la parquedad de su obra y el tiempo que dejó transcurrir para darnos esta nueva novela.

Sin embargo, a pesar de distar mucho de sus primeras publicaciones sigue en ella tratando el tema inagotable de la Revolución y flota también en el ambiente la sombra de Francisco Villa, aunque aquí sí es realmente la pura sombra, ya que Villa aparece sólo esfumado.

Nos refiere Muñoz, a través de la narración de un muchacho que se lanza a la bola, la fracasada e inútil insurrección de Pascual Orozco contra el gobierno constituido. El chamaco que espera regresar a su pueblo después de haber obtenido gloriosas victorias, sólo es testigo de derrotas. Y la final, en Bachimba, donde el cañón niño desmiembra los restos de los forajidos.

Por otra parte, Pascual Orozco, otro Santa-Anna de pacotilla, se presta para que Muñoz ejercite la sorna y la abierta ironía hacia una causa que no perseguía otro fin que el saqueo y la rapiña.

Es aquí donde se encuentran también las mejores páginas descriptivas del paisaje áspero del Norte donde se desarrolla la acción de la novela, como el cuadro casi plástico que hace de las regiones pobladas de mezquites, digno de ser transcrito. Dice:

En una hora de la tarde atravesamos nuevamente el mezquital, ahora perforado por la negra barrena resoplante de la locomotora. Era el mismo mezquital, compacto, invasor, que llegaba hasta los bordes inclinados del terraplén para tocar con sus ramas los discos rodantes y las tablas de los carros. Y al pasar a la carrera ante nuestra puerta, el mezquite me fascinó, me atrajo hacia él, me hizo completamente suyo.

Lo había creído agresivo y es humilde. Es un arbusto del campo; nadie lo planta, nadie lo cuida; lo mismo asoma en el arenal que en las arrugas del basalto, donde los vientos han dejado una costra de tierra. Parece no tener sed ni hambre, pues crece donde nunca llueve y donde el suelo es estéril; vive de la luz, vive del viento, corre por el llano, sube por los flancos de los cerros, asoma curioso en la corona de los cantiles y se vuelca locamente por los precipicios. A veces es un solo tronco, grueso como un muslo; en otras son cien ramas que salen en todas direcciones de un mismo hoyo en la tierra, sin cuidarse de ser rectos, despreocupados, versátiles. Los troncos y las ramas son siempre chuecos porque un día quieren crecer para un lado y otro día para otro. No les interesa elevarse; en ocasiones, troncos gruesos como una pierna de hombre se arrastran por el suelo y abanicos de ramas trazan un arco verde como un pompón. Tiene una hoja pequeñita como el blanco de la uña, y cien de ellas salen de una varita alargada como una aguja. Tiene también espinas, pero nada más para proteger unas vainas rojas que se hinchan con la semilla, que caen, que se dejan arrastrar por la fuerza del viento y que van a convertirse en más mezquites, miles de mezquites, millones de mezquites, que no piden agua ni tienen hambre nunca.

En algunos lugares llegan a ser más altos que un hombre a caballo; y careciendo de todo, siendo misérrimos, faltos de don alguno, regalan un bien supremo: la sombra. Los becerros cansados, y las vacas sedientas, van a tumbarse bajo su ramaje a rumiar el pasto escaso; y los burros raquíticos, a calmar la sed con las vainas llenas de jugo. Los pastores y caminantes disfrutan también, dormitando tendidos en el suelo, mientras el sol declina. En otras regiones, el mezquite apenas puede llegar a la altura de la rodilla del hombre, porque sus raíces, por más profundamente que se extiendan, palpan tan sólo arena seca y movediza; impotente para dar sombra, se conforma entonces con aplacar la reverberación del sol sobre el arenal.

Envejece cada año y el invierno lo vuelve gris. Después, sus ramas se van quedando calvas, ennegrecidas como por un incendio; se tornan quebradizas, caen en pedazos, se dispersan. Pero del palo duro que quedó enterrado, salen en primavera unos gusanos verdes; ¡el mezquite ha resucitado!

No desaparecerá nunca asesinado, como otros árboles, por el hacha, porque sirve para muy poca cosa. Es eterno, como las rocas; es variable, como las ondas que el viento hace en las dunas. Vive si necesidades, sin preocupaciones, sin cuidados. Se expande, se eleva, se arrastra. Llega confiadamente hasta la puerta misma de la casa del campesino; asoma, tímido, en las primeras calles de las poblaciones. Cuando lo quitan porque estorba, resurge más allá. Servicial, ofrece sus ramas para formar cercados espinosos que protegen a las gallinas contra el coyote voraz. Y cuando nadie lo utiliza ni para vallado, ni para leña ni para sombra, como es libre, como es alegre, como nada le preocupa ni le detiene, como no posee nada ni quiere nada, allá se va el mezquitero correteando por el llano, como un muchacho travieso que persigue la puesta del sol.

Esperamos, con todo, que la autocrítica excesiva de Muñoz, obligándose a superar la obra anterior, le permita darnos más cosas suyas, ya que sus libros serán siempre valiosos y sorprendentes.

martes, 16 de noviembre de 2010

El espíritu de la Revolución y la novela de la ...

16/Noviembre/2010
Noroeste
Héctor Guardado

MAZATLÁN._ Como la novela tiene un poder de encantamiento, porque atrapa al lector, el escritor Enrique Serna asegura que se puede conocer mucho mejor la Revolución Mexicana a través de los escritores de ficción y de los memorialistas que de los historiadores.
Menciona que novelas como El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, hacen un retrato muy completo y profundo de sus personajes, de manera que cautivan la imaginación de los lectores.
El autor de la novela histórica El seductor de la patria estuvo en Mazatlán invitado por El Colegio de Sinaloa para ofrecer una cátedra sobre la novela de la Revolución Mexicana.
Serna resalta que los historiadores están atenidos a los documentos, a los testimonios, mientras que los novelistas se pueden dar todas las libertades de la ficción para entrar en las conciencias de los personajes.
"Si no hubiera novelas históricas no podríamos tener la impresión de cómo fue la existencia de los soldados de a pie".
Resalta que la novela Tropa vieja, de Francisco L. Urquizo, es un relato de los individuos que le dieron vida a las masas que lucharon.
"El autor entra en la mente de un soldado tratando de recuperar las circunstancias de su existencia, eso es algo que los historiadores no pueden recuperar, solamente un escritor, a través de la imaginación, lo puede hacer".
-¿Cuáles son la novelas más importantes de la Revolución?
"Creo que las cuatro novelas que nos acercan a lo que fue realmente la Revolución, y además están escritas con mucha calidad, son El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán; después vendrían Ulises Criollo, de José Vasconcelos y Vamos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz".
El escritor asegura que la novela de la Revolución completa la historia oficial y que una parte de dicha narrativa también es testimonio histórico, porque son crónicas de una calidad literaria muy alta, como es el caso de Ulises Criollo, de José Vasconcelos y las obras de Martín Luis Guzmán.
"Esos son textos disfrutables por su belleza y además nos cuentan cómo los autores vivieron en carne propia el movimiento armado".

La novela de la Revolución

MAZATLÁN._ Para el escritor Enrique Serna, las novelas de más calidad que hablan sobre la Revolución Mexicana son La sombra de un caudillo, El águila y la serpiente, ambas de Martín Luis Guzmán; Ulises Criollo, de José Vasconcelos y Tropa vieja, de Francisco L. Urquizo, ya que fueron creadas por autores que participaron en la contienda.
Serna dice que la mayor aportación de la novela de la Revolución Mexicana es la recuperación del habla del pueblo, que inicia con Tropa vieja, de Urquizo, continúa con Los de abajo, de Mariano Azuela, se depura con Al filo del agua, de Agustín Yáñez y llega a niveles poéticos, muchos años después de la guerra, con Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
"Juan Rulfo tuvo el talento natural para detectar la pureza del habla de la zona rural mexicana y captó su poesía involuntaria, la mejoró al momento de plasmarla en sus obras gracias a la intuición de la que hizo gala en sus obras Pedro Páramo y El llano en llamas", expresó.
"Rulfo pinta la Revolución como una gran catarsis del pueblo reprimido, pero no intenta ennoblecer la lucha armada, ni los resultados. La retrata como un festín de crueldad, como un grupo social que disfrutaba con la destrucción y la violencia, refleja el México profundo... con todos estos elementos construye una novela universal".

La nueva novela de la Revolución
Según Serna, la novela de la Revolución Mexicana no ha terminado de escribirse, porque existen muchos escritores jóvenes que están haciendo investigaciones y escribiendo desde otras perspectivas sobre esa realidad.
"Hay nueva obras de ficción sobre el tema y ahora se aborda desde diferentes perspectivas que enriquecen la visión general del movimiento armado".

Otras obras
Enrique Serna asegura que el tema de la Revolución Mexicana sigue siendo tratado por nuevas generaciones de escritores, como Ángeles Mastretta, que en su novela Arráncame la vida se mete a la vida intima de un general y lo describe desde la mirada de su esposa.
Paco Ignacio Taibo II, por su parte, describe desde una perspectiva moderna la Decena Trágica en su libro Temporada de zopilotes.
Otros escritores contemporáneos que han escrito sobre la Revolución son Adolfo Gilly, con su Revolución Interrumpida o Pedro Ángel Palou, con Zapata.

LAS NOVELAS
La sombra del caudillo
(Martín Luis Guzmán)
En el México de los años 20, la inminente sucesión del Presidente está a punto de decidirse. El caudillo favorece la candidatura del General Jiménez, ministro de Gobernación, a pesar de la simpatía que despierta el General Aguirre, Ministro de Guerra.
Aguirre se retira de la contienda, pero sus partidarios continúan apoyándolo. Orillado por las circunstancias, Aguirre debe decidir entre su lealtad al régimen y la oportunidad de acceder al poder.
En "La sombra del caudillo" los nombres están cambiados, pero los personajes son fácilmente reconocibles: el caudillo es Álvaro Obregón, presidente de México de 1920 a 1924; Jiménez es Plutarco Elías Calles, sucesor de Obregón y Aguirre es una mezcla de Adolfo de la Huerta y del general Francisco Serrano, asesinado junto con sus partidarios en 1927.


El águila y la serpiente
(Martín Luis Guzmán)
"El águila y la serpiente" es la primera gran novela de Martín Luis Guzmán y es también el resultado de un ambicioso y bien logrado ejercicio literario. En ella se pueden descubrir viñetas narrativas perfectas que ilustran escenas de la Revolución y del País en guerra.
En la novela se dejan entrever las memorias de un joven universitario que va conociendo a diversos personajes revolucionarios y que los describe de manera magistral. En esa obra hace retratos literarios impresionantes de Venustiano Carranza, Lucio Blanco, Felipe Ángeles y Francisco Villa, entre otros. Todos son personajes históricos que con dos o tres trazos quedan perfectamente abordados y completos.

Tropa vieja
(Francisco L. Urquizo)
La novela de Francisco L. Urquizo es un relato directo de lo visto y oído en la campaña revolucionaria. Para este autor la importancia del conflicto pasa a segundo término, en pos de retratar la vida cotidiana en tiempos de la Revolución.
"Tropa vieja" toma como anécdota la historia de Espiridión Sifuentes, un coahuilense que es llevado por la leva Porfirista para integrarse al Ejército federal. La novela termina con el golpe de estado perpetrado por Huerta y el asesinato de Madero.
La novela es una descripción de la vida despiadada de los cuarteles. Ofrece un retrato de las soldaderas y muestra el uso cotidiano de la mariguana entre los soldados.

Ulises Criollo
(José Vasconcelos)
El intelectual José Vasconcelos es, con su libro "Ulises Criollo", el encargado de transportar a los lectores al nacimiento de ideas de cambio que surgieron en el País con el inicio del Siglo 20. Usa las herramientas de la literatura y su propia vida para lograrlo y consigue hacer de su biografía un magnifico testimonio histórico.

lunes, 15 de noviembre de 2010

El laberinto de César Aira

13/Noviembre/2010
Babelia
Soledad Gallego Díaz

El cabecero de la cama de César Aira está formado por columnas de libros, que se sostienen de forma precaria. El modesto apartamento en el que vive este notable escritor argentino, en el barrio de Flores, está lleno hasta arriba de libros, en el suelo, sobre las sillas, en estanterías, en las mesas, apoyados en las esquinas, tapando a medias las salidas. Aira, 61 años, nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires llamado Coronel Pringles, es uno de los autores más respetados en la literatura argentina, lo que a él, ajeno por completo al mundillo literario y extraordinariamente exigente y coherente con su concepto de lo que significa dedicarse a la literatura, parece sorprenderle de manera genuina. Un hombre que se ríe mucho, en tono bajito y sin estridencias, al que uno se imagina perfectamente jugando con críos de cinco o seis años, muy cómodos con su compañía. Aira, un autor bien conocido en Europa, publica en España su nueva novela, El error (Mondadori).

PREGUNTA.

El error es una novela de aventuras que pierde el hilo todo el rato.

RESPUESTA. Bueno, lo pierde, pero no tanto. En cierto momento hay un gran corte, cuando aparece ese bandolero, Pepe Dueñas, y sus aventuras. Ahí ya las sigo.

P. El personaje con el que arranca, Óscar, desaparece sin más a las pocas páginas.

R. Toda esa primera parte en la que el narrador está con su amiga en El Salvador se disuelve, sí. No sé bien por qué. Yo nunca le encuentro ni le doy explicación a las cosas que escribo, las dejo fluir y como salen, salen.

P. ¿Forma parte de su manera de escribir empezar contando una historia que después va abandonando?

R. Eso se me ha dado ahora, recientemente, porque he notado que muchas de mis novelas eran prácticamente una sola escena. Quise probar otras técnicas. Publiqué hace poco una novelita que se llama El divorcio, cuatro historias independientes metidas dentro de un marco. En este caso quise empezar con una historia y seguir con otra para ver qué pasaba, hacer una especie de díptico. Nunca son cosas deliberadas, voy improvisando las novelas a medida que las voy escribiendo, sin un plan.

P. ¿Arranca con la idea de una historia que quiere contar?

R. Sí, siempre empiezo con una idea. Tiene que ser una idea sugerente, no muy definida, de modo que me permita aventurarme en algo desconocido, pero siempre hay algo que me lleva a empezar. A veces es una idea más conceptual y a veces un lugar, los gimnasios, por ejemplo, o una ciudad.

P. Cuando empezó a escribir

El error, ¿existía el bandolero Pepe Dueñas?

R. No. La idea con la que empecé fue pequeñísima, la que está en las primeras líneas del libro, alguien que entra a la novela por una puerta que dice "error" y se justifica diciendo que era la única puerta que había. Esa fue una idea pequeñísima y tonta que se agotó en las tres primeras líneas, pero justamente es la clase de idea que me gusta porque me da completa libertad.

P. En sus novelas, cualquier suposición que pueda hacer el lector sobre lo que va a ocurrir será, con toda seguridad, incorrecta.

R. Eso es para mí parte del placer de escribir, de inventar. Ese bandolero, terror de los llanos y de las montañas, termina en su casa y, en ese momento, le puse el trabajo de lavar los platos, de llevar a los chicos al colegio.

P. Tiene sentido de humor.

R. Yo nunca hago humor deliberadamente, me parece peligroso. El humor depende demasiado del efecto que produce. Es ponerse a merced del lector, si le va a causar gracia o no; eso no me gusta. Pero me sale naturalmente en el curso de la invención, de la imaginación.

P. Es curioso que mucha gente diga que es usted un autor prolífico, porque la verdad es que usted publica mucho, pero escribe poco. Lleva unos 60 libros publicados pero, en total, no serán más de 800 páginas.

R. Sí, a veces llego a publicar cuatro libros en un año, pero uno tiene 14 páginas, el otro 80 y alguno llega a las cien, o las pasa. Es mucho menos de lo que escribe cualquier periodista con una columna semanal. Yo escribo muy lento, media paginita por día. Escribo a mano. Y escribo en un café; todas las mañanas hago mi horita de escritura y tengo todo un fetichismo de lapiceras, cuadernos, papeles. Me gusta eso.

P. ¿Escribe usted todo lo que se le pasa por la cabeza?

R. No, no todo. Muchas veces empiezo algo creyendo que tengo una idea genial y a las pocas páginas lo dejo. Me pasa con frecuencia. He empezado y abandonado muchísimas cosas; de cada cinco que empiezo, termino una. Tal vez escribo bastante, 40, 50 páginas, hasta que me doy cuenta de que no funciona. No me hago problema. Prefiero ese riesgo, ir a la aventura.

P. Una de las cosas que produce un gran placer al leerle es la simplicidad de las palabras. La historia nunca es simple, pero la manera en la que está contada lo es.

R. Lo he pensado más de una vez. Es por la necesidad que yo siento de que el lector vea exactamente lo que yo imaginé. Todo lo que escribo tiene un componente visual muy grande. Ese es el motivo por el que escribo tan despacio y tan poco, trato de ser lo más claro, transparente, posible para que se vea exactamente lo que yo imaginé.

P. ¿Cuál es su relación con la pintura?

R. Tengo más que nada una relación con el cine. Ha sido una pasión mía desde muy chico.

P. ¿Le gusta el cine de Almodóvar?

R. Tengo mucha admiración por Almodóvar. La última vez que estuve en Madrid me hospedé en un pequeño hostal. Yo no había visto Volver, y a la noche encendí un pequeño televisor que colgaba de la pared, sin control remoto, para ver si había algún noticiero. Estaba empezando precisamente esa película. Me pareció una obra maestra, de lo mejor que ha hecho Almodóvar. Lo consideré como un regalo del destino y me alegró una noche madrileña.

P. Usted hablaba mucho de la fantasía, ¿es la vida una fantasía en la que uno se mueve?

R. No. La vida es real, lamentablemente, diría alguien. Quizás me hice escritor por eso, para refugiarme en el mundo de los libros. Desde muy chico, por ser tímido o miope, me refugié en el mundo de los libros, de las aventuras, de la fantasía, de la imaginación. Y después seguí con eso.

P. A sus personajes les pasan muchas cosas, pero no dicen nunca lo que sienten.

R. Mis personajes, por lo general, no tienen psicología porque no me interesa. No me interesa la persona, me interesa la historia, la trama, los personajes tienen que ser simplemente funcionales a la historia. Creo que no tienen espesor psicológico, pero no lo busco. De hecho, me hacen reír esos escritores que hablan de sus personajes como si fuesen seres reales. Lo mío no va por ese lado.

P. ¿Se ríe mucho?

R. Sí, quizás es una defensa. Soy risueño. Salvo en gente que sufrió mucho de verdad, me parece que ser trágico es un poco impostar. Me acuerdo de una tira cómica que salía en una revista de alguien que se mostraba todo el tiempo muy torturado y angustiado y después se encerraba en un cuarto a reírse a carcajadas. Lo mío es lo contrario, yo me estoy riendo todo el tiempo y luego tengo mis angustias como todo el mundo, pero a puerta cerrada.

P. Dice que desconfía del humor, pero es fácil reírse en casi todas sus novelas.

R. Sí, es inevitable. Una vez escribí una novelita que se llama Cómo me reí, y está escrita contra la gente que viene a decirme "cómo me reí" con mis libros. Hubo un momento en que me sentí un poco harto de que el único elogio que me hicieran fuera ese. Como todos los escritores, quiero ser un buen escritor, quiero ser Baudelaire, Dostoievski, y a ellos la gente no iba a decirles "cómo me reí".

P. En cualquier caso, diría que a usted le va más Rimbaud. En el sentido experimental, de vanguardia.

R. Siempre lo he admirado muchísimo, todos los adolescentes que quieren ser escritores quieren ser como Rimbaud.

P. ¿Lee usted más poesía que novela?

R. Leo muchísima poesía, porque es una fuente de inspiración, de sugerencia. La poesía es como el laboratorio de la literatura, donde se prueban cosas nuevas, cosas distintas, lo arriesgado. La novela es más conservadora. El relato, en general, tiene parámetros más previsibles, la poesía puede ser una gran locura. Me gusta. Leo prácticamente todo lo que se publica; bueno, no todo, porque es un océano, pero todo lo que me llega a las manos lo leo con interés, con gusto y es una fuente de inspiración. (Aira está casado con la poetisa Liliana Ponce, con quien tiene dos hijos, de 30 y 27 años).

P. ¿Tiene más relación con poetas que con novelistas?

R. Yo me formé en un círculo de poetas. De ahí puede venir mi amor por los libritos delgaditos, pequeñitos, que hacen los poetas. A esas novelas gruesas, pesadas, enormes, me parece que les falta una cierta elegancia que tienen los libros de los poetas, y yo quise escribir mis propios libros delgaditos, pero, como no soy poeta, naturalmente escribo novelas.

P. De los poetas que lee, ¿hay alguno en particular que quiera usted nombrar?

R. Ahora estoy releyendo a Jules Laforgue, el poeta uruguayo-francés, que es muy difícil de leer porque tiene frases muy retorcidas. Estoy leyendo siempre buena poesía, clásicos y jóvenes nuevos. Estoy releyendo también la obra de un poeta que fue amigo mío y murió hace varios años, Emeterio Cerro. Era un genio, un genio raro.

P. He leído que usted se deja influenciar más por gente joven que por autores de su propia generación.

R. Ahora prefiero la compañía de los jóvenes. Es natural en los mayores ir a beber sangre fresca. Me gusta el entusiasmo, el empuje de los jóvenes, que se va apagando con el tiempo. La mayoría de mis amigos de mi generación, mis amigos de juventud, ya han perdido la llama. Yo trato de conservarla con el contacto con los jóvenes. La mayoría de mis amigos tiene hoy menos de 30 años.

P. ¿No tiene usted la impresión de que muchos de esos jóvenes son muy convencionales?

R. Sí. Algunos sí, pero otros no. Ahora hay un reflujo respecto de lo que fueron mis años juveniles, los sesenta, los setenta, donde era casi obligatorio para un joven ser algo de ruptura, algo nuevo, algo distinto. Hoy día puede ser que haya más convencionalismo, resignación a hacer lo que quieren las editoriales, que tienen la obligación de seguir publicando libros para mantener en marcha su máquina y hay gente que les da ese material. A mí me parece que ya hay suficientes libros buenos en todas las bibliotecas como para seguir escribiendo novelas iguales a las que ya hay, por buenas que sean. Por bien hechas que estén, son más libros. Nuestra misión, para darle un nombre un poco más místico, es hacer algo nuevo, algo distinto, y de eso hay poca gente que se ocupe.

P. ¿El deseo de experimentar?

R. Sí, pero ya no hablo tanto de experimentar desde que leí esa frase de William Burroughs tan buena: "Lo experimental es un experimento que salió mal". Está muy bien pensado. William Burroughs era un hombre muy inteligente. Así que ahora ya no digo más que lo mío es experimental.

P. Algunos críticos dicen que sus novelas son ligeras. ¿Cómo lo toma?

R. Según como se defina esta cuestión. El que no se ocupa de promover los valores humanos, históricos, sociales, el que se ocupa de la literatura como una pura actividad artística, puede ser tachado de frívolo. A mí me lo han dicho más de una vez. Y me lo tomo bien.

P. Ligero o denso, usted le dedica la vida entera.

R. Sí, y con mucho gusto y mucho placer. Durante muchos años pensé que me había dedicado a la literatura por descarte, porque no podía hacer lo que realmente había querido: hacer música, pintura, cine; no tenía talento, ni posibilidades de nada de eso. Así que lo más fácil era escribir, algo para lo que no se necesita más que un lápiz y un cuaderno, y saber escribir. Pero, con el tiempo, me di cuenta, muy a la larga, de que la literatura es el arte más difícil de todos; así que si lo elegí por descarte, hice un mal negocio.

P. ¿Por qué es el más difícil?

R. Es el arte más difícil porque hacer algo bueno en la literatura lo hace uno cada cien años. ¿Cuántos grandes escritores hubo en el siglo XX? Cuatro o cinco de decenas de miles que escribieron y publicaron libros. Yo estoy convencido de que la literatura es más difícil que otras artes y más grande, que en cierto modo las engloba. Yo mismo, cuando escribo, siento que estoy haciendo una obra plástica, musical, que lo estoy haciendo todo.

P. Goza usted de un gran respeto dentro de la crítica argentina. Fue usted invitado a la última Feria de Fráncfort, en la que Argentina fue el país estrella, pero no fue.

R. Sí, no quise ir, era algo demasiado oficial. Y sí, la crítica ha sido muy benévola conmigo. Son contadísimas las críticas negativas que recibí. No sé por qué. Quizás no soy tan bueno como yo creí. A un buen escritor, en el sentido de un escritor que inaugure algo nuevo, tendrían que criticarlo más. Siempre es bueno tener un enemigo. Justamente, el arte contemporáneo tiene una figura fundamental que es "el enemigo del arte contemporáneo", que vocifera que son todos unos fraudes y unos vagos, que ganan millones con el esnobismo de la gente. Lamentablemente, en la literatura no tenemos este enemigo.

P. ¿Es cierto que odia usted a Juan Rulfo porque escribió poco?

R. No, pero no me gustan los escritores que no escriben. Hay gente que necesita tener carné de escritor, porque eso les sirve para moverse socialmente, pero lamentablemente para eso necesitan escribir y eso no les gusta. Pero no tengo nada contra Rulfo, salvo considerarlo un escritor bastante mediocre, pero eso son opiniones y gustos personales que no le impongo a nadie.

P. ¿Qué escritor, de los que lee últimamente, recomendaría?

R. Creo que el único escritor vivo al que sigo con cada libro que publica es Kazuo Ishiguro. Pero tampoco me hago un deber de estar al día con la literatura actual. Estoy en la edad de la relectura, releer es un placer doble.

P. En buena parte de la literatura argentina de los últimos 30 años está presente el tema de la dictadura militar y de los desaparecidos. En su literatura eso no existe.

R. No, para nada. Siempre he pensado que, al final, todo lo que uno escribe, por más que sean estas cosas que escribo yo, todo se traduce al final en plata y hacer plata con la desgracia ajena me parece una cosa desagradable. Nunca lo haría.

P. ¿No es un poco duro con sus colegas?

R. Bueno, no, cada cual tiene su modo de hacer las cosas. No me gusta además la temática. En el cine europeo, el equivalente a nuestro cine o novela de desaparecidos es el tema de los inmigrantes. Son igual de deprimentes e igual de tristes... Todas esas películas alemanas sobre los turcos... Además, una novela que tenga un tema, yo ya desconfío. Yo no quiero escribir sobre los desaparecidos o los inmigrantes. El que investigue esos temas, que haga su libro o su película, pero no una novela y no una película de ficción. Me parece un poco deshonesto.

Los falsos placeres

15/Noviembre/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

En Cool memories, Jean Baudrillard exalta, como pienso tendrían que hacerlo muchos hombres, el hecho de que una mujer simule un orgasmo. En realidad nadie sabe qué cosa es un orgasmo excepto quien lo siente, o también los científicos que van de un lado a otro con su cinta métrica midiéndolo todo sin ningún pudor. Pero lo que hace Baudrillard es alentador porque destaca la actuación femenina en el teatro de la cama. ¿Quién reconoce a ese grado el esfuerzo histriónico de tantas mujeres anónimas? No sólo se entregan (la verdad es que ninguna mujer se entrega totalmente) a hombres torpes o anodinos, sino que además les ofrecen actuaciones espléndidas que suponen en ellas un talento nato. Simular el placer es un acto de cortesía casi tan generoso como donar órganos o quitarse el pan de la boca para ofrecérselo a un hambriento.

Por el contrario, tener un orgasmo real no guarda ninguna virtud ya que representa justamente lo esperado: es el resultado de una suma. No descubro ningún misterio en entrar a un restaurante, ordenar a la mesera una ensalada, esperar una ensalada y descubrir que al cabo de unos minutos aparece sobre mi mesa una ensalada. Lo extraordinario sería que en vez de ensalada apareciera de pronto una sopa de médula o un plato con insectos torturados. Entonces sí que la vida podría comenzar a ser interesante, un plato de insectos puede ser el principio de una dicha invaluable. Pienso que el placer no contiene en sí misterio o virtud, pero el simular placer, como toda buena actuación, linda con el arte, es decir con el estar sin estar. Todas las mujeres son artistas porque cuentan con el don de la desaparición, se escapan a voluntad y se vuelven núcleo, ensimismamiento, origen. No concibo un acto más sublime que el de estar sin estar pues, bien mirado, simular placer es lo más parecido a tenerlo.

Parece tan difícil encontrar el amor de tu vida cuando en realidad tienes muchas vidas, dice Baudrillard en sus breves memorias. Y este es nada menos que el lado contrario a la cara femenina de la moneda. No se puede tener un amor único porque dentro de cada uno de nosotros habitan varias personas con gustos o vidas diferentes e incluso opuestas. Simular que uno ha encontrado al amor de su vida es tan generoso, cortés e inteligente como simular un orgasmo ya que en ambos casos se actúa tratando de ofrecer un poco de verdad al otro. Y uno desaparece mientras ofrece ese poco de verdad, se concentra en sí mismo y se convierte en una especie de oquedad estelar. El constante escapismo que muestran estos actores (la que simula orgasmos y el enamorado fiel) en el drama humano es, en esencia, el semblante del vivir.

Yo sé que sonará a una tontería pero debemos tomar en cuenta que tener placer es en realidad y en última instancia no tenerlo. Vladimir Nabokov, en sus Habla memoria se pregunta como “combatir la absoluta degradación, el ridículo y el horror de haber llegado a tener una sensación y un pensamiento infinitos en el seno de una existencia finita”. Nosotros, hombres de carne y hueso, bultos jadeantes que apenas viviremos unas cuantas décadas, ¿qué derecho tenemos a hablar del infinito? Y, sin embargo, lo hacemos y nos conmovemos cuando hablamos de asuntos como el amor eterno o el placer intemporal. Y las palabras del autor de Lolita me remiten en seguida a la idea del deseo que no puede ser colmado porque en su insatisfacción radica su poder. Por eso es inteligente una mujer que simula tener placer. Ella sabe que simular es la única manera de obtenerlo, de invocar el infinito desde un cuerpo finito. Ahora bien: ¿cómo saber que una mujer simula placer? Es muy sencillo: ¡debemos darlo por sentado! Hay que ser muy vanidoso para considerar que uno puede causar placer, hay que ser un imbécil. Ella simula porque es inteligente, y hay que aceptarlo como lo hace Baudrillard en Cool memories pensando, seguramente, en las italianas.