domingo, 6 de diciembre de 2009

Vivir más allá de los libros

6 de diciembre de 2009
Suplemento la Jornada

Juan Domingo Argüelles

Nacido en Acaponeta, Nayarit, el 9 de julio de 1918, Alí Chumacero ha rebasado ya los noventa años y continúa ávido de vida. Ama los libros, vive entre libros, tiene una gran biblioteca de 40 mil volúmenes, quiere morir con un libro en la mano, pero también aconseja vivir más allá de los libros, porque los que viven únicamente para los libros y encerrados en una biblioteca son, a su parecer, unos tontos, pues la vida es muy hermosa y hay que gozarla, evitando que los libros se superpongan a ella. Poeta, ensayista, crítico y editor, Alí Chumacero es autor de tres libros esenciales en la poesía mexicana: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). El contenido de los tres, más otro puñado de poemas que no reunió en libro, suman apenas setenta y ocho textos, y sin embargo las muy ceñidas 150 páginas de su Poesía completa constituyen una obra de gran valía, precisión y rigor que Octavio Paz denominó “una liturgia de los misterios cotidianos”, en la que luchan y se complementan el erotismo y la profanación. Vital por excelencia y, al mismo tiempo y sin contradicción, hombre de libros y de letras, Alí Chumacero encarna al escritor que sabe disfrutar el presente, reconocer la importancia del pasado (que se cifra en los recuerdos y en los libros) e interesarse por el futuro, con la sabiduría y la gentileza que regala a manos llenas a las generaciones jóvenes. Poeta inteligente más que intelectual, de una emoción concentrada y contenida, más que desbordada, Alí Chumacero ha bebido en miles de libros la experiencia que más que acumular ha decantado. No es ratón de biblioteca, sino felino de la vida que agradece que en este mundo existan libros, pero también, y sobre todo, tiempo, disposición, vocación y alegría para leerlos. De viva voz, en primera persona, Alí Chumacero, lector de la vida.

–¿Cuándo y de qué forma descubriste la lectura?

–Al igual que algunos niños de mi tiempo, de pequeño yo leía novelitas policíacas y de aventuras. Leí, entre otras, las historias de Raffles y Dick Turpin, para luego pasar a Salgari que fue, digamos, la puerta grande por la que yo entré en la lectura. Salgari es un escritor al que hoy nadie reconoce y al que no se cita jamás, pero es un magnífico escritor que puede iniciar a los muchachos que, como fue mi caso, acabarán por ser lectores de muchos otros libros. Ya grandecito empecé a leer a Amado Nervo, otro escritor adecuado para entrar en la literatura y, especialmente, en la poesía, porque es muy sencillo, toca temas muy cercanos a cualquiera y, además, sabe darle el tono necesario y adecuado a cada uno de sus poemas. El interés por la lectura que Nervo despertó en mí me llevó a leer muchas cosas de él, pero sobre todo su poesía, y así ingresé en un arte, el arte de leer, que habría de ser la ocupación de toda mi vida. Luego leí Los de abajo, de Mariano Azuela, una obra que fue fundamental para el desarrollo de mi vocación y que me llevó a leer toda la novelística de la Revolución mexicana, cuyos títulos fui adquiriendo poco a poco. Fue así como llegué, en esta corriente literaria, al autor que destaca por encima de todos: Martín Luis Guzmán, con El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa, entre otros excelentes libros. A partir de entonces alterné la lectura con la relectura y, de este modo, reafirmé mi inclinación y mi oficio por las letras. Empecé a acercarme a libros más importantes o, por lo menos, tan importantes como los que ya había leído. Me sumergí en Dostoievsky, Tolstoi, Andreiev, Anatole France, y en fin, leí todo lo que hay que leer para llegar a ser un escritor. Me interesó en particular, desde muy joven, la Generación del '27, de España, que significó una especie de Renacimiento cultural de ese país. Comprendí, desde un principio, que aquellos jóvenes –porque eran jóvenes entonces– agregaban una nueva nota a la tradicional característica de la literatura y, sobre todo, de la poesía en lengua española. Al mismo tiempo, tuve interés en leer y estudiar constantemente a la generación mexicana de Contemporáneos. Leí a Xavier Villaurrutia, a José Gorostiza y a todos los demás que conformaron esta importantísima generación de las letras mexicanas modernas.

–¿La lectura y la escritura fueron prácticas que acometiste simultáneamente?

–No. Cuando escribí mi primer poema, o mi primer texto, ya había leído mucho. De modo que primero fue la lectura; primero tuve un interés por los libros y en general por lo escrito, y después empecé a escribir. Escribí, desde luego, muchas cosas horribles, algunas de las cuales todavía conservo por ahí, pero que siguen y seguirán inéditas. Empecé a escribir, en serio, en 1938. Ese año hice un poema que tiene algunos lectores porque es muy sencillo: “Poema de amorosa raíz” que empieza así: “Antes que el viento fuera mar volcado,/ que la noche se unciera su vestido de luto/ y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo/ la albura de sus cuerpos”, etcétera.

–Sí, es un poema hermoso que tus lectores siempre tenemos presente y cuyo final nos resulta inolvidable: “Cuando aún no había flores en las sendas/ porque las sendas no eran ni las flores estaban;/ cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,/ ya éramos tú y yo.” Es, obviamente, el poema de un joven enamorado. ¿Tenía destinataria?

–Este poema lo escribí para una muchacha casi niña de un restaurante de chinos casi restaurante ; ahí la conocí y le hice ese poema. Lo publiqué en la revista Tierra Nueva y algunos lo leyeron y se interesaron por él. Después lo incorporé a mi primer libro, Páramo de sueños, publicado en 1944, y hoy es mi poema más conocido. No es, de ninguna manera, mi mejor poema ni se encuentra entre los mejores, pero sí es el más sencillo, el más fácil, el más atractivo para los lectores de poesía y, sobre todo, para los lectores enamorados.

–¿Cuándo llegarían tus mejores poemas?

–A partir de 1940 empecé a escribir de otra manera, con conocimiento de lo que estaba haciendo y con un mayor sentido de responsabilidad. Seguramente, soy el escritor que más tiempo necesita para hacer un poema. El “Responso del peregrino” es uno de los más rápidos porque me llevó cuatro meses terminarlo. A otros les he dedicado de seis a diez meses, así se trate de un texto breve. El trabajo de perfeccionamiento de un poema es algo a lo que nunca renuncié mientras estuve en activo. Me preocupé no sólo por lo que decía sino también cómo lo decía, y por el sentido y el equilibrio de las partes, y por la justa equivalencia de los sonidos. Así he hecho mi poesía, muy escasa, muy breve, pero en ella he puesto algo más que un empeño: he puesto todo lo que yo soy, con la legítima aspiración de perdurabilidad. Ahí está todo lo que pensé y todo lo creé; todo lo que va a quedar de mí, si es que algo queda.

–El “Responso del peregrino” es, sin duda, uno de tus mejores poemas y pertenece a la mejor etapa de tu escritura. ¿Cómo surgió?

–Luego de la primera época a la que corresponden textos como “Poema de amorosa raíz”, empecé a hacer otro tipo de poesía, muy cercana a la de José Gorostiza; de ahí resultó el “Responso del peregrino”, el cual considero mi mejor poema, hecho entonces a mi novia que luego sería la madre de mis hijos.

–¿Quiénes influyeron en ti notoriamente?

–Entre los dieciséis y los dieciocho años de edad escribí cosas muy malas que, afortunadamente, no publiqué. Como he dicho, cuando comencé a escribir en serio, entre 1938 y 1940, había leído ya muchísi mos libros. Esta mucha lectura es la que a veces, inconscientemente, nos lleva a imitar a algunos grandes y admirables escritores. Los imitamos porque, desde luego, los admiramos. En mi caso hay influencias que no me disgustan en absoluto. Quienes se han ocupado de mi poesía me vinculan, con toda razón, a Xavier Villaurrutia y José Gorostiza, e incluso, en un principio, a Amado Nervo. También es bastante probable que en mi escritura estén las huellas de Rilke y las de algunos grandes poetas franceses que leí en el idioma original, así como las de los españoles de la Generación del '27, especialmente Luis Cernuda y Juan Ramón Jiménez, pero también Federico García Lorca, Emilio Prados y Pedro Salinas.

–¿Qué te enseñaron estos poetas?

–Aprendí muchas cosas de ellos, pero sobre todo aprendí que la literatura y, especialmente la poesía, además de ser una expresión de la emoción, es una actividad inteligente que puede perfeccionarse con la conciencia. El arte de la poesía en particular es un movimiento inconsciente del hombre pero, con conocimiento y educación, se puede fácilmente hacer que esa inconsciencia se torne conciencia: la conciencia poética que amplía nuestros horizontes.

–¿Prosa y poesía son dos estados de ánimo?

–Hay mucha gente que nunca ha leído un libro de poesía. No digo que, por ello, no pueda ser feliz a su manera, pero lo que sí creo es que, idealmente, la p oesía es una creación a la que todo el mundo debería acceder, porque hasta ahora sólo ha sido del disfrute de estratos intelectuales superiores. La prosa es una entrada en materia, es algo que se puede palpar. La poesía no. La poesía crea una realidad. Viene de la realidad, es obvio, pero también crea una realidad y en esto es muy diferente de la prosa. La prosa se puede interpretar rápidamente, porque describe cosas. La poesía no admite esta rápida interpretación, porque no sólo exige nuestra lógica sino también nuestra emoción. Hay poetas “que no se entienden” y, sin embargo, son grandes poetas. Un ejemplo sería Federico García Lorca.

–Que, sin embargo, también es un poeta muy popular.

–Sí, pero en sus mejores poemas es un poeta de ésos “que no se entienden”. García Lorca publicó un libro muy sencillo que se hizo popularísimo: el Romancero gitano. Después escribió cosas muy distintas y, finalmente, de manera póstuma se publicaría su gran libro Poeta en Nueva York. Muchos de sus poemas excepcionales (las “Dos odas”, por ejemplo) son de difícil comprensión, pero su permanencia en la conciencia de los lectores, en general, ha sido y es gracias al Romancero gitano. “La casada infiel” (“Y que yo me la llevé al río/ creyendo que era mozuela”, etcétera) es un poema muy malo, pero que todo el mundo entiende por su picardía, su música y su sentido narrativo.

–Alguna vez dijiste que escribir poesía es un vicio sólo admisible en la juventud. ¿Lo sigues creyendo?

–Sí. Dije alguna vez que la poesía es sobre todo para los jóvenes. El joven escritor es siempre un poeta mejor, y mayor, que el viejo. Los viejos, generalmente, somos ridículos escribiendo poesía. El joven llama a curiosidad y tiene toda la vida por delante. El joven dice cosas que el viejo ya no puede decir ni hacer, porque el viejo, tal como ahora me ves, es un escritor sentado en una silla de ruedas, que ya no sirve para nada.

–¿Crees que alguno de tus libros haya modificado la percepción de la vida de tus lectores?

–No, de ninguna manera. Mis libros casi nadie los ha leído. De Palabras en reposo, mi libro principal, ganaba, no hace muchos años, ochenta pesos anuales por concepto de regalías. Tal es el fruto de la venta de mis libros. Por eso digo que casi nadie me ha leído realmente; aunque tampoco me quejo por esto. Los lectores siempre han constituido una minoría culta.

–¿Cuáles son para ti los cinco o seis grandes poetas mexicanos?

–Desde luego, Manuel José Othón y Salvador Díaz Mirón. También, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen (al que, afortunadamente, se ha sacado del olvido), Octavio Paz (que además de excelente poeta es un extraordinario prosista) y, por encima de todos, Ramón López Velarde.

–¿La lectura y la escritura producen siempre mejores personas?

–No. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Yo he sido muy mala persona. No he servido para nada. No he ganado dinero. He sido un mal padre, he sido un mal marido. He sido malo. Pero, sin contradicción, la lectura ha sido buena para mí: me ha formado, me he dedicado a ella, y no me arrepiento de haber vivido así como viví. Estoy en la última fase de mi existencia y espero morirme con un libro en la mano. Ya lo he dicho en otras ocasiones: moriré leyendo un libro. Así es como quiero azotar: como chango viejo, pero con un libro en la mano.

–¿Desmentirías la famosa frase de Plinio según la cual no hay libro malo?

–No, porque efectivamente no hay libros malos. La moral se cruza con el arte, no se superpone a él. El arte no tiene que ver nada con la moral; por ello no hay por qué aplicar a los libros normas morales que lo único que harían es entorpecer la literatura en su totalidad.

–¿Puedes concebir una cultura sin libros?

–En absoluto. La cultura sin libros es una cultura tronchada, limitada. La cultura más profunda se nutre siempre de libros y, además, de libros que reflexionan sobre el arte, la lectura y las formas artísticas. La lectura es un arte del tiempo: para leer un libro necesitas diez o veinte horas; para leer un cuadro, es decir una pintura, lo haces en un segundo o en unos pocos minutos por mucho que te detengas a mirar.

–¿Será por esto que los ricos suelen tener muchos cuadros pero no siempre buenas bibliotecas?

–De algún modo, sí. ¿Qué es lo primero que ves en la casa de una persona que tiene poder económico? Lo que hay en abundancia son cuadros, incluso de pintores importantes, pero generalmente no hay libros, no hay una buena y nutrida biblioteca. ¿Por qué? Porque, como ya he dicho, leer es un arte del tiempo, lo mismo que escuchar e interpretar música. La literatura y la música exigen mucho tiempo a los conocedores. No es lo mismo que ir a una exposición los domingos donde, por lo demás, hay muchos que acuden sólo para que los vean y para saludar a las amistades. Para leer, en cambio, hay que dedicar una buena cantidad de nuestro tiempo, en santa soledad, lejos del bullicio, y no es necesario vestirse de negro ni ponerse corbata.

–Tu biblioteca particular es una de las mayores y mejores de México. ¿Cuántos volúmenes tienes?

–He logrado juntar unos 40 mil y he leído, acaso, 4 mil. La biblioteca personal se hace por vicio, por curiosidad, por tener muchos libros. Nadie puede agotar una biblioteca de 40 mil libros, ni aun leyendo quinientos al mes, porque se le acabarían los ojos . A mí, por cierto, ya se me están acabando a pesar de que sólo he leído 4 mil.

–¿Cuándo empezaste a coleccionar libros?

–Hace cincuenta y nueve años, cuando entré a trabajar en esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Ahí encontré mi elemento. Es el lugar en el que más a gusto he estado y continúo estando. He leído, prácticamente, todos los libros que ha publicado esta casa editorial, y ello hizo que me interesara no sólo por la literatura, sino también por la filosofía, la psicología, la sociología, etcétera, y todos los demás géneros también los frecuenté por obvias razones profesionales. Fui, desde un principio, un hombre de letras. Trabajo todavía como un corrector de pruebas. No soy un empresario ni un hombre importante. Soy simplemente un obrero de la palabra escrita y la palabra impresa.

–¿Qué tipo de biblioteca has formado?

–Casi exclusivamente de literatura y con libros de viejo. Es la biblioteca de libros viejos en las manos de un viejo. El noventa por ciento de mi biblioteca corresponde a libros viejos, antiguos y usados que compré en los establecimientos del centro de Ciudad de México, en las calles de Hidalgo y Donceles; libros que me costaron mucho más baratos que los recién publicados. Un libro recién publicado que, por ejemplo, costaba ochenta pesos, yo lo podía conseguir, hace muchos años, en diez. Ahora ya no, porque hoy las librerías de viejo venden, proporcionalmente, a la mitad o a un tercio del precio original. Hace años, a pesar de que yo era muy pobre, destinaba algo de mi dinero a la compra de algunos libros. De este modo siempre tuve que leer, y acumulé libros para seguir leyendo hasta el fin de mis días.

–¿Existían antecedentes lectores en tu familia y en tu casa?

–Mi padre tenía unos cuantos libros, pero yo ya leía muy bien y leí siempre, constantemente, al lado de mi padre, el periódico El Universal. Era el periódico al que estaba suscrito mi padre y llegaba a nuestro pueblo, Acaponeta, con un retraso de ocho días. Mi padre se sentaba a la orilla del jardín y conforme lo leía me lo iba pasando. Leí muchísimo entonces, siendo apenas un niño, lo que, naturalmente, más me interesaba. Fui, pues, un lector precoz y constante, con el ejemplo paterno. Hoy, ya viejo, sigo siendo un lector, aunque con un poco de dificultades.

–¿Tuviste algún profesor que reforzara tu interés por la lectura durante tu infancia o adolescencia?

–Hubo en mi escuela primaria un profesor de Acaponeta que se llamó Andrés Romero. No era un hombre culto, pero era un magnífico profesor: tenía la pasión de la ortografía y yo fui el mejor discípulo de él . Estas sabias lecciones las he aplicado en miles de libros que han salido de las fuentes del Fondo de Cultura Económica.

–¿Compartiste la pasión de la lectura con algunos compañeros o amigos?

–Compartí la lectura con dos escritores, también jóvenes entonces, cuando fui a estudiar a Guadalajara: José Luis Martínez y Jorge González Durán. Entre los tres a veces comprábamos algún libro y nos lo prestábamos. De manera que teníamos lecturas comunes y una formación literaria pareja: conocíamos lo mismo y teníamos parecidos intereses. Por ello, de 1940 a 1942, juntos hicimos una revista que se llamó Tierra Nueva. En ella participó también, además de nosotros tres, Leopoldo Zea, discípulo predilecto y destacado de José Gaos.

–¿Qué recuerdas de José Gaos?

–Este filósofo y maestro español, que llegó a México en 1938 y participó en la docencia y en el ámbito editorial, francamente corrigió en mucho la forma de ver los libros y de leer en México, y no sólo en lo que a literatura se refiere, sino también en otras materias. De él fueron discípulos también grandes escritores de mi generación y aun de la generación anterior, caracterizados por una cultura muy sólida. A José Gaos, que fue discípulo predilecto de José Ortega y Gasset en España, le debemos, en buena medida, un enriquecimiento en las letras mexicanas y en la cultura en general. Mis compañeros y yo habíamos leído mucho a Ortega y Gasset y estábamos un poco formados en el modo de pensar de ese gran filósofo español. De manera que la llegada de Gaos vino a corroborar, a acrecentar y a sellar nuestra sagrada pasión por Ortega, además de contribuir él mismo a nuestra formación intelectual. Con los años, yo me incliné un poco hacia la izquierda y mis compañeros se fueron un poco a la derecha, pero eso no limitó en absoluto nuestra amistad. Seguimos siendo íntimos amigos hasta el último momento. José Luis Martínez y Jorge González Durán ya han desaparecido, y yo no tardo en desaparecer.

–¿Existe alguna disposición especial para hacerse lector, al igual que otros se hacen toreros, bailarines, boxeadores, futbolistas, etcétera?

–Yo creo que sí, aunque también para ello es muy importante la labor de los maestros. Como ya dije, a Andrés Romero le debo el amor por la lectura, que adquirí, gracias a su entusiasmo y dedicación, siendo yo un niño de diez años. Hoy sé que la cercanía de este maestro, ignorado totalmente incluso en Nayarit, mi estado natal, fue decisiva en mi iniciación lectora. Por otro lado, como ya dije también, la amistad de mi padre con los libros y con la lectura del periódico, me sirvió para entrar en la literatura.

–¿Cuál es, entonces, la mejor manera de contagiar la pasión por lectura?

–Si se trata de niños, hay que prestarles libros sencillos, incluso muy sencillos. Y cuando digo esto me refiero, en primer lugar, a libros de cuentos con monitos, a novelitas de aventuras y a poemas de fácil comprensión. Si se carece de la inspiración, el ímpetu y el entusiasmo por la lectura, es inútil obligarlos a leer a Dostoievsky, Tolstoi o Cervantes. A Cervantes casi nadie lo ha leído. Es un autor que presenta muchas dificultades de idioma para los niños, aunque evidentemente sea el padre de las letras españolas.

–¿Cuál es el futuro de la lectura?

–En general, el lector se hace esporádica y selectamente. Formar bibliotecas para que los niños se dediquen únicamente a leer novelas es sólo un optimismo que no conduce a mucho. Hay que darles a leer todos los libros necesarios elementales que se estudian en las clases de la escuela, particularmente en la secundaria y en la preparatoria. De esa manera el muchacho se va formando y aprende a pensar, va creyendo y va dudando, y se convierte en un ser humano que tiene autonomía frente al mundo y no en un pobre diablo al que le dicen siempre qué es lo que tiene que hacer.

–¿Les interesa realmente a los gobiernos que la gente lea?

–Les puede interesar, ciertamente, pero yo entiendo que los gobiernos tienen muchas obligaciones que van más allá de los libros y la lectura. Un gobernador amigo mío me dijo un día que entre iniciar la entrada del agua en un pueblo o iniciar una biblioteca, era preferible, por urgente y necesaria, la entrada del agua. Y yo creo que tiene absoluta razón.

–¿Cómo influyen internet y las nuevas tecnologías en la lectura?

–No las conozco bien, pero entiendo que pueden ser importantes. Más que para la lectura, para el conocimiento de muchas cosas y para guardar ese conocimiento. En cuanto a la lectura, yo prefiero el libro de papel.

–¿Tiene entonces el libro tradicional todavía futuro?

–El libro es, y creo que lo seguirá siendo por mucho tiempo, el mejor vehículo de cultura del que disponemos, porque no requiere de ningún aditamento . Por ello, además de tener computadora, hay que leer libros y hay que tener biblioteca en la casa. No desde luego bibliotecas como la mía, que es gigantesca, pero sí una biblioteca de dos mil o tres mil libros. Cuando cualquier casa tenga una biblioteca así, dejará de ser casa de ignorantes.

–¿Crees que haya demasiados libros en el mundo?

–Sí. Yo recibo toneladas de libros de gente que no tiene ningún futuro. Nunca lo digo públicamente, jamás cito un nombre. Los hojeo, nada más, y cuando están dedicados los guardo, porque no soy grosero.

–¿Un buen lector lee de todo?

–Un buen lector ¡debe leer de todo!, y leer periódicos y revistas, para informarse de lo que está ocurriendo en el mundo. Pero, también, y sin contradicción, debe vivir más allá de los libros. Los lectores que están solamente metidos en su casa o encerra dos en la biblioteca como unos tontos son, efectivamente, unos tontos. La vida es muy hermosa; hay que gozarla, hay que verla, hay que tocarla, olerla y gustarla, hay que estar en ella: que no se superpongan los libros a ella, sino gozarla a la par que se disfrutan los libros, y poder decir: “¡Dios mío, qué bueno que nací!”.




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