martes, 4 de enero de 2011

El mejor poemario de la década es “Erdera”

4/Enero/2011
El Universal
Yanet Aguilar Sosa

En la primera década del siglo XXI la producción poética fue generosa. Nueve poetas y editores consultados por EL UNIVERSAL reflexionaron sobre la poesía escrita en los pasados diez años, y buena parte de ellos, al hacer una lista de los 10 poemarios fundamentales de ese periodo que pasarán a la historia, destacaron la calidad, originalidad y modernidad de la poesía mexicana.

Víctor Manuel Mendiola, David Huerta, José María Espinasa, Rocío Cerón, Silvia Eugenia Castillero, Omegar Martínez, José Luis Cruz, José Vicente Anaya y Ana Franco Ortuño delinearon la poesía de los últimos años y los autores fundamentales; destacan varias generaciones, técnicas, estéticas y propuestas.

En ese repaso, cinco de los nueve poetas y editores consultados coincidieron en que Erdera, el libro que reúne toda la poesía publicada por el poeta español nacionalizado mexicano, Gerardo Deniz, es una de las obras fundamentales de la poesía mexicana actual y que su autor es un “orfebre de objetos que conmueven al lector con su hermetismo y culteranismo, y un fino humor que cala hasta los huesos”, como lo definió Silvia Eugenia Castillero, poeta y editora de la revista literaria Luvina.

El libro que publicó el Fondo de Cultura Económica (FCE) en 2005 para celebrar el 75 aniversario del escritor, cuyo nombre real es Juan Almela Castell, se publicó tres años antes de que Deniz se viera envuelto en la polémica. El jurado, pese a la nutrida convocatoria, declaró desierto el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2008 y se lo otorgó a Gerardo Deniz por el conjunto de su obra, igual que ocurriera en 1979 cuando lo concedió a Elías Nandino.

Aunque Erdera recibió cinco menciones, la poeta Elsa Cross fue la más citada por los nueve editores y poetas; tres de ellos reconocieron su poemario Nadir y otros tres citaron Cuaderno de Amorgós, Los sueños. Elegías y Bomarzo como otros títulos fundamentales.

En las listas destaca también Muerte en la rúa Augusta, de Tedi López Mills; Santo y seña, de Pura López Colomé; Sartori, de León Plascencia Ñol; Si ríe el emperador, de Coral Bracho; Reducido a polvo, de Luis Vicente de Aguinaga y Algaida, de Eduardo Lizalde; así como la edición que Antonio Alatorre hizo de la Lírica de Sor Juana.

El arte de lenguaje en el siglo XXI

Entre las expertos resalta el optimismo que destaca la buena situación de la poesía mexicana de los últimos años; otros miran a la poética actual como producto de un lenguaje repetitivo y estancado en los primeros años del siglo XX.

Para Víctor Manuel Mendiola, poeta y editor de El Tucán de Virginia -longeva editorial de poesía-, la creación poética no ha perdido su compromiso con el lenguaje ni con la realidad profunda de las cosas, que está más allá del espectáculo y la pornografía, con su falso erotismo y sus dramas rebuscados y huecos.

“La poesía actual ha sabido apartarse de la operación retórica de los lingüistas, estructuralistas y ‘neobarrocos’, y ha producido una complejidad verbal mucho más interesante que lucha con el lenguaje, pero que también crea significaciones y, a veces, reinventa la realidad. Gracias a ello los poetas están creando una nueva poesía y, aún más, una nueva literatura. En los próximos años, creo que nos daremos cuenta que se ha escrito magnífica poesía en México a finales y principios del siglo XX”, dice.

José Vicente Anaya, quien publicaba la revista Alforja, dice que la poesía del país está en franca decadencia. “La mayoría de los libros que se publican se parecen, sobre todo en el abuso de un lenguaje abstracto que nada comunican, nada significan y nadie entiende; escrituras que en el status quo suelen pontificar con la palabra de moda de el ‘canon’”.

Las claves que los poetas destacaron son: que el poema se volvió un espacio transfronterizo: “Migración y movimiento son la clave de nuestra generación. Los poemas en esta década se alimentaron de varios mundos, ciudades, tonos y tesituras”, dijo Rocío Cerón.

También que se trata de una poesía “sitiada por los ejes de vanguardia y tradición, de lo popular y lo culto, de lo experimental y conservador, de la experiencia y lo libresco”, como afirma Silvia Eugenia Castillero.

Para Omegar Martínez, editor de narrativa y poesía del FCE, hay “dos tendencias que despuntan en opuestos y en similares: una hacia la poesía narrativa y la otra hacia la poesía breve y de inclinación estética”.

José María Espinasa destaca la alta calidad de la poesía y una gran carencia de lectores, pero también reconoce que en los últimos años hay una prevalencia de las obras reunidas por sobre las antologías generacionales; al tiempo que hay más protagonismo de la mujer.

“Es lógico que una poesía que está en proceso de revisión no tenga en este lapso libros que marquen por sí solos un nuevo tono, no hay títulos que calen como ocurrió en las dos décadas anteriores. Más bien hay el desarrollo constante de obras de notable coherencia”, dice.

Para David Huerta, poeta colaborador de EL UNIVERSAL, “los mexicanos somos adictos al juego de palabras que en lingüística y retórica tienen nombres rimbombantes y que suelen alimentar porciones grandes de la creación poética. Hay una especie de manía con las palabras; por su lado bueno y luminoso, esto se conecta en forma directa con las vocaciones poéticas”.

José Luis Cruz, editor de Práctica Mortal de Conaculta, dice que los primeros años del siglo XXI fueron básicos para la poesía. “Hay un conflicto y una transición de la interioridad a la forzada exterioridad existencial del ser... Una discreta migración del exorcismo personal al de todo lo ajeno en muchos poetas, sobre todo en los más jóvenes”.

Claves para entender la poesía

Mendiola dice que en la poesía actual domina un alto rigor de elaboración y originalidad indiscutible en los puntos de vista y en la indagación de la realidad y del mundo imaginario; mientras que Cerón afirma que el ejercicio poético de esta década no se asustó de los sonidos extraños ni de la gente (poética) ajena. “Se dejó arrastrar por el dulce éxtasis de lo incomprensible. Lo opaco se lo envuelven a su manera; han engendrado versos de bellísima atrocidad”.

Ana Franco Ortuño, coordinadora editorial del Periódico de poesía, dice que la producción poética de la última década en México se caracteriza por su proliferación, no como rasgo estético sino como exceso de productividad, multiplicada en 25 años.

Entre esa proliferación de poesía, destaca la escrita por mujeres. Martínez incluso hizo su lista sólo con poemarios escritos por mujeres, entre ellas Tedi López Mills, Dolores Castro, Pura López Colomé, Malva Flores y Elsa Cross; y Huerta recuerda que en un país tan machista la principal figura literaria es la de una mujer “la monja jerónima llamada Sor Juana Inés de la Cruz”.

Y es que la poética femenina es de tal calidad, que entre los poemarios y poetas más mencionados por los editores consultados, la mitad son escritas por mujeres. Además, otra clave de estos 10 años está en el ingreso de la poesía a las nuevas tecnologías. Martínez dice que técnicamente toda la poseía está enfrentada al libro electrónico.

Anaya dice que ahora “ante la decadencia se abren caminos que se insinúan en los poemarios que no siguen el criterio del supuesto ‘canon’”.

lunes, 3 de enero de 2011

Así escribo (Gerardo de la Torre )

Enero/2011
Nexos
Gerardo de la Torre

No es cosa de disciplina,
sino de obstinación


Me cuesta mucho trabajo. Me siento cinco o seis horas frente a la computadora y produzco una cuartilla, dos cuando me va bien. Lo peor es que al cabo del trayecto, fatigado, amargo, contrariado, abandono el trabajo con la sensación de que nada de lo que he escrito vale la pena. Y todos los días es lo mismo y cada día siguiente me levanto optimista y enciendo el artefacto y...

No siempre ha sido así. En mejores épocas, más enérgicas, más llenas de necesidad y de rencor, escribía tres, cuatro, ocho cuartillas de una sentada y, sin frustración, las dejaba reposar. Si el veredicto del tiempo las condenaba, bueno, pues a escribir otras sin duda mejores. Eran los días de la máquina de escribir. Introducíamos bajo el rodillo hojas de papel revolución y tecleábamos duro, tachando XXXXXX las palabras o las frases indigentes. Y adelante.

La versión original de mi segunda novela, La línea dura, la escribí en tres semanas de octubre-noviembre de 1968. Los guiones de la historieta Fantomas (1969-1972) los hacía a lo largo de una noche, fumando interminables cigarros y con dos o tres copas de vino tinto como combustible. Pero el encanto, ay, se acabó hace mucho tiempo.

Desde hace algo más de una década prefiero trabajar durante las mañanas (las noches son ahora de películas en dvd, de extraños y reconfortantes güisquis con Diana Krall o Norah Jones). A eso de las ocho, con la fresca, enciendo la computadora. Pongo café (de altura, oaxaqueño). Después de leer las malas noticias en algún diario electrónico, abro el archivo de una novela que, con todo y sus defectos y a paso de carreta, se va dibujando.

Los cuentos persiguen historias, sostengo; las novelas persiguen personajes y trayectorias. Varias veces me han preguntado si mis personajes gozan de autonomía o son meras marionetas de cuyos hilos tira el autor. Decía Pushkin que otorgaba plena libertad a sus personajes y a veces los actos de esas criaturas imaginarias lo sorprendían; Nabokov, en cambio, invariablemente afirmó que sus personajes se comportaban como él lo deseaba: si quiero que crucen la calle, la cruzan. Hubo un tiempo en que esta cuestión me parecía primordial. Buscaba los puntos de vista de los autores y examinaba los personajes de sus novelas. ¿Cuál era la diferencia? En la lectura lo mismo me daba que Mersault, Fabricio del Dongo, la Maga, Óscar Matzerath o el doctor Díaz Grey actuaran movidos por su voluntad o por la de sus creadores. Lo importante, concluí, era que las decisiones que tomaban y las acciones en que incurrían fuesen indispensables para la intención y el desarrollo de la novela.

Avanzo lentamente, me detengo en cada frase, en cada palabra, vuelvo una y otra vez a los incidentes, releo los diálogos en voz alta, modifico, desecho, reinvento, en el departamento contiguo ponen a todo volumen el aparato de sonido, maldita sea, me levantó y me pongo a ver la calle. Vivo en Narvarte en un departamento con un ventanal que da a la ruidosa y transitada avenida Dr. Vértiz. Hay un camellón central y en el camellón están plantadas las altas palmeras que alguna vez decoraron la avenida Xola, por la que hoy pasa el Metrobús. Las palmeras son refugio de palomas y dice una vecina que ha visto cómo un gavilán se lanza desde lo alto de un edificio y atrapa a la primera paloma descuidada. Las demás vuelan despavoridas. Pegado al ventanal escudriño el cielo. Ni sombra del gavilán.

No sé qué haría sin el Book-Shelf, una serie de diccionarios que tengo instalados en el disco duro. Recurro sobre todo al de sinónimos. Y gracias a este lexicón mis personajes tornan, retornan, vuelven, regresan, reaparecen; o bien expresan, declaran, dicen, formulan, anuncian, mencionan. Pero no hay diccionario que te salve de ripios ni que confiera a tu prosa la densidad de la poesía.

Esto de escribir novelas, me parece, no es cosa de disciplina sino de obstinación. Por eso todos los días me siento cinco o seis horas frente a la computadora y, como decía Hemingway, trato de escribir lo mejor que puedo. Pero añadía el autor de El viejo y el mar: “A veces tengo suerte y escribo mejor de lo que puedo”.
Y lo malo es que yo siempre he sido un hombre sin suerte.

Dos formas de lo monsivaíta

invierno
Luvina
Jezreel Salazar

He llegado a escuchar que un autor se consagra en el momento en que su nombre propio se vuelve adjetivo. No cabe duda de que en algunos casos tal dictum resulta cierto: ¿quién no ha dicho alguna vez, cayendo en el más recurrente de los clichés, que México tiene un aire kafkiano? Lo mismo ocurre con Borges. Más que un estilo, lo borgeano remite a una atmósfera específica, a un imaginario repleto de bibliotecas laberínticas, de juegos metafísicos que desmantelan nuestras certidumbres en torno a la identidad y el tiempo. Otro universo repleto de fantasmas y vínculos filiales escabrosos es el que anuncia lo rulfiano.

Hace un par de años, en una sesión de la Academia Mexicana de la Lengua se discutió cuál debía ser el adjetivo que indicara relación, pertenencia o adscripción a todo aquello vinculado con Carlos Monsiváis. Se estableció ahí que eran correctas distintas formas lingüísticas (monsivaíta, monsivaiano, monsivaisiano, monsivadiano, monsiviano, monsivaítico), y que el uso de los hablantes y la tradición terminarían por asentar una forma definitiva. De cualquier modo, tal discusión constituyó una manera de darle ingreso definitivo a la obra, y la visión del mundo, de un autor que por muchos años fue menospreciado por su ambigua situación dentro del campo cultural: para muchos y por demasiado tiempo, se trató de un escritor menor que había optado por la prostitución del periodismo, en lugar de abrazar la pureza de la novela o la poesía. Para otros, lo literario en Monsiváis ciertamente existía, pero se reducía a ciertas formas de su escritura: los ensayos literarios, los prólogos o sus pocos textos de ficción.

A pesar de esa especie de consagración que su figura ha tenido en los últimos años (homenajes, estudios, premios...), Monsiváis sigue siendo un escritor poco leído, aunque, como desde sus inicios, muy conocido. Y quizá de ahí que su particular forma de expresar la realidad sea para muchos todavía difícil de definir. La sensación de que se trata de un autor difícil, complicado o barroco pesa sobre sus libros. Explorar qué puede entenderse por lo monsivaíta es una manera de desvanecer tantos prejuicios creados en torno a su obra. Un recuento mínimo de lo que define esa mirada particular que constituye lo monsivaíta debería incluir, entre otros rasgos: el optimismo programático, la épica de lo trivial, el morbo crítico, la ironía restauradora, el chacoteo intelectual, el delirio acumulativo, la autonomía lectora, el autorretrato social, el humor paradójico, la parodia antiescolástica y la glosa enumerativa. En las siguientes líneas hablaré de estas dos últimas cualidades.

I. La glosa enumerativa

En una polémica famosa con Octavio Paz, Monsiváis salió vilipendiado. Además del insulto fácil e injusto por todos conocido («Monsiváis no es un hombre de ideas, sino de ocurrencias»), nuestro único premio Nobel validó la maledicencia que recorría los pasillos culturales del país. Paz dijo que Monsiváis era prolífico, pródigo y profuso, además de confuso. La idea de que el mayor cronista mexicano padecía de abundancia excesiva, superfluidad y que consumía su hacienda en gastos inútiles y afirmaciones contradictorias, quedó asentada como verdad incontrovertible. La difícil recepción de la obra monsivaíta no se explica sin ese malentendido cultural, surgido de un intento de descalificación.

Es claro que la escritura de Monsiváis proliferó hasta ocupar la gran mayoría de los periódicos y revistas. Su innumerable e inclasificable bibliografía lo demuestra. Heredero de Reyes, vivió para cifrar en papel su interpretación del universo mexicano: más de sesenta libros, que compilan acaso el cinco o diez por ciento de todo lo que escribió. Su poligrafía, sin embargo, no implica necesariamente caos y confusión. Uno de los escritores más disciplinados del país dio a luz una obra que, de principio a fin, mantiene coherencia vital, unidad estilística y cordura moral. Al leerla, uno se da cuenta de que no existen ahí contradicciones por prodigalidad; acaso sí reiteraciones constantes y múltiples variaciones textuales. Pero eso también forma parte del estilo monsivaíta.

Hace un cuarto de siglo, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam, Monsiváis dio una conferencia sobre la «sociedad civil», en un momento en que ese término no era de uso cotidiano en nuestra jerga política. Durante la sesión de preguntas, un estudiante le reprochó que había dado al menos seis definiciones de sociedad civil y se las enumeró. Enseguida, le preguntó, con afán de rigor conceptual, cuál de todas ellas era la definición que sustentaba. Monsiváis le respondió: «Elige la que prefieras».

Los textos de Monsiváis, ajenos a toda conceptualización formal, poseen un recurso que utilizó de manera perdurable: la enumeración, ya fuese de perspectivas, elucidaciones, voces, matices.... Se trata de un método de análisis de la realidad, pero también de un mecanismo literario y de una puesta en escena de la pluralidad. Cuando un periodista español le preguntó en Madrid si existían preceptos para entender a México, respondió «hay instrucciones para entenderlo, hay órdenes para padecerlo, hay sentimientos para buscar cómo se vincula uno con ese concepto, hay miedo para gozarlo y formas para vivirlo como un suplicio». Más que visiones rígidas, a lo que Monsiváis apunta es a forjar un punto de vista basado en un universo de explicaciones, aclaraciones y matices. Lo suyo, sin duda, era el comentario, la apostilla, el valor de las acotaciones. Notas y reparos, inscritos al interior de un relato. De ahí que haya elegido y vivificado la crónica como género privilegiado.

Su obra, basada en la glosa enumerativa y no en la sentencia última, ofrece no una mirada sino múltiples posibilidades de observar: un montaje de yuxtaposiciones. Se trata, por lo demás, de una estrategia pedagógica, de una «propedéutica civil», como la llama Armando González Torres. Gracias a su perspectiva multiplicadora, lo monsivaíta se proyecta como un campo de emociones al que podemos aproximarnos para apreciar no la verdad definitiva, sino la sensación de que la verdad es tan compleja como cada fenómeno particular, y que se halla constituida por múltiples versiones. Buena parte del proyecto de nación de Monsiváis se encuentra dado por lo que no supo entender (y sí injuriar) Octavio Paz.

II. La parodia antiescolástica

Observo en la Galería Héctor García una fotografía de Monsiváis. En ella se le aprecia vestido con una sotana, disfrazado de cura. Se trata de una foto tomada por su amiga María García. La imagen me provoca ese sentimiento que muchos de sus textos tienen sobre mí: cierta contrariedad frente a una realidad que se muestra invertida, distorsionada, excéntrica. ¿Cómo entonces interpretar la imagen de Monsiváis (uno de los grandes defensores del laicismo y crítico insaciable de los jerarcas de la Iglesia católica) con vestimenta de fraile?

Esa fotografía tomada en 1974 no sería la única vez en que Monsiváis aparecería asociado a figuras o cuestiones religiosas. Un ensayo escrito por Sergio Pitol lleva por subtítulo «Monsiváis, catequista», y en él expone cómo la prosa monsivaíta tiene sus raíces fincadas en la tradición de lenguaje proveniente de los textos bíblicos. Por su parte, José Emilio Pacheco, en un texto ficcional, proyecta una biblioteca imaginaria de libros borgeanos, entre los que incluye uno escrito supuestamente por Monsiváis que lleva por título La Biblia en Borges. Estudio y concordancias... El propio Monsiváis (quien dijo no creer en lo que dice la Biblia, pero también que el lenguaje contenido en ella «es la prueba de la existencia de Dios») afirmó, en tono irónico, su pasión religiosa: «Tengo una vocación sacerdotal que no se ha cumplido por falta de fe, por falta de pertenencia a una Iglesia y por falta de reconocimiento de los fieles. Me gustaría en una lápida la leyenda: “Al cura desconocido”. Sería una bonita manera de reconocer que la falta de fe no impide la capacidad de absolver almas».

Como se ve, la relación de Monsiváis con lo religioso siempre es paródica y laica. En la fotografía de Monsiváis está el afán desacralizador, esa búsqueda de provocación que lo caracterizaba, el ansia iconoclasta, y por supuesto el intento por mundanizar cualquier tipo de sacralidad. En muchos de sus libros aparece esto. Doy un ejemplo. Leído con atención, Los rituales del caos rastrea las diversas formas de religiosidad existentes en nuestro país (sobre todo de aquellas completamente heterodoxas), los subtítulos remiten constantemente al formato religioso del libro («Teología de las multitudes», «Las mandas de lo sublime», «La hora de las adquisiciones espirituales», «Parábolas de las postrimerías») y las parodias bíblicas se encuentran en cualquier lugar: «Y digo lo que miré en el primer día del milenio tercero de nuestra era. El que tiene oído, oiga, y el que no, que se ahogue en lascivias, en concupiscencias, en embriagueces...».

Autodefinido como agnóstico, Monsiváis tenía claro que su formación protestante le permitió leer, desde un lugar marginal, de otro modo la historia nacional (como un constante recorrido de lo homogéneo a lo diverso). En su Autobiografía, escrita a los 28 años de edad, relata: «Mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias, me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría, siempre representada por mí [...] Mi primera imagen formal del catolicismo fue una turba dirigida por un cura que arrastra a cabeza de silla a un pastor protestante [...] muy temprano conocí el rencor y el resentimiento y justifiqué por vez primera el oportunismo en la figura de Enrique IV, no porque creyese que el De Efe bien vale una misa, sino porque toda posibilidad de venganza, así fuese la anacrónica de recordar a un príncipe hereje que gobernó Francia, me sacudía de placer».

Desde entonces, Monsiváis no dejó de hacer sátira de los comportamientos en torno a lo religioso; sus ironías son modos del desquite. El humor, se sabe, es un método de defensa, pero también una estrategia para lidiar con el poder. Durante su juventud, Monsiváis, al referirse a los políticos y jerarcas religiosos, le confesaba a Pitol: «Es necesario que todo el mundo aprenda a reírse de esos monigotes ridículos y siniestros que se dirigen a la nación como si por su boca se expresara la historia [...] Cuando la gente los conciba como las ratas que son [...], cuando detecte que son objeto de risa y no de respeto ni temor, algo podrá comenzar a transformarse; para eso es necesario hacerles perder base; están preparados para responder al insulto, aun al más violento, pero no al humor».

De ahí su cultivo de la ironía y su defensa de la tolerancia religiosa. De ahí esa columna excepcional titulada «Por mi madre, bohemios» y también las parodias incluidas en ese libro extraño y perfecto: Nuevo catecismo para indios remisos. Viene de la necesidad de Monsiváis de lidiar con una tradición excluyente y con su propia formación religiosa: «Reconozco que mi visión del ser humano es muy cristiana; es el sentido de esperar la perfección y de desilusionarme de la caída —de la tontería, la corrupción, la pretensión, la grandilocuencia, que son las formas de la caída. Sin sentido del humor, esa visión me hubiera avasallado. Y el sentido del humor que yo tenga, que no califico, me sirve para mediatizar esa visión cristiana».

Sin duda, Monsiváis fue el inventor de la parodia antiescolástica, otro de los rasgos de lo monsivaíta —esa actitud vital que implicaba, por lo demás, una idea de país. Rescatar el sentido antidogmático, perturbador y piadoso, el espíritu desacralizador, plural y festivo de su obra, acaso sea la mejor manera de lidiar con el vacío que su muerte nos ha dejado.

Mario Vargas Llosa: en el corazón del colonialismo

Invierno
Luvina
José Miguel Oviedo


Con la publicación de su primera novela, La ciudad y los perros, en 1963, Mario Vargas Llosa abrió una dirección distinta para el género: recogía lo mejor de nuestra tradición novelística y, al mismo tiempo, la superaba y sorteaba sus limitaciones para crear, con gran libertad, un mundo ficticio muy original en forma y contenido. Lo que casi de inmediato lo convirtió en el escritor emblemático de lo que muy pronto empezaría a llamarse el Boom.

El arte novelístico de Mario Vargas Llosa es una síntesis de fórmulas y elementos estéticos muy contradictorios, que solían aparecer, pero aislados, en varias obras narrativas de nuestra lengua surgidas al comenzar la segunda mitad del siglo xx. Por un lado, era un escritor que se presentaba como un «realista» atento al mundo social peruano, que retrataba con tanta minucia como ardor crítico. Por otro, introducía una variante de los modelos narrativos dominantes de entonces en la novela española e hispanoamericana, pues no cabía cómodamente en el cauce del realismo testimonial o social, ni en el frío conductismo según el estilo adaptado del nouveau roman.

Mientras Vargas Llosa comenzaba (su único libro anterior era Los jefes, colección de cuentos escritos en plena adolescencia), sus compañeros ya habían escrito en ese período algunas obras maestras: Alejo Carpentier, El siglo de las luces; Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, ambas en 1962; y Julio Cortázar, Rayuela, coetánea de La ciudad y los perros. Siendo totalmente distintas entre sí, estas novelas dieron el tono peculiar de esa época: eran complejas y virtuosas construcciones narrativas con un impulso expansivo y no reductivo o astringente. Constituían una radical experimentación con formas, estructuras y lenguaje. Los del boom querían indagar en lo profundo de nuestro ser colectivo, en los sueños y mitos compartidos a lo largo del tiempo, es decir: expresaban lo real pero con un impulso lírico o fantasioso, lo ancestral pero con un lenguaje moderno.

La historia de La ciudad y los perros es, en verdad, traumática, pues tenía que ver con la dura experiencia vivida en un colegio militar, que suponía convocar y conjurar una serie de fantasmas —lo que llamaría después sus «demonios»— por vía literaria. El formato básico de la novela lo constituía el contrapunto entre el microcosmos cerrado del colegio militar Leoncio Prado y, por otro lado, el mundo urbano de Lima y sus alrededores. Desde el comienzo, su objetivo supremo era reconstruir el mundo de lo vivido, pero presentándolo como una construcción ficticia que envolvía y atrapaba al lector en una maraña de variadas sorpresas y revelaciones, identidades ambiguas, bruscos cambios de tono y tensión, saltos, discontinuidades narrativas, verdaderas simetrías, constantes desplazamientos de tiempo y espacio; todo un arsenal retórico que convertía un pasaje de vida en una narración de indudable validez estética.

Las dos novelas que siguen a La ciudad y los perros, La casa verde (1965) y Conversación en la Catedral (1969), incrementan sustancialmente la dualidad de ámbitos y acciones y se convierten en narraciones sinfónicas, cuyo montaje desarrolla simultáneamente varias historias que, siendo muy diversas entre sí —por su material, tono, estilo y tensión—, se conectan progresivamente mediante contactos súbitos, saltos en la acción y revelaciones que alteran nuestra percepción de los personajes y sus móviles. En La casa verde, por ejemplo, tenemos cinco historias distintas rotando constantemente ante nosotros, con un efecto de caleidoscopio y con desplazamientos entre dos amplios espacios físicos: la selva amazónica y el mundo suburbano de Piura. Todavía más abigarrada y proliferante resultaría Conversación en la Catedral, que además señala la primera franca incursión del autor en el campo de la novela política —que más adelante alcanzaría una presencia protagónica en su obra. Presenta también algo nuevo y de gran trascendencia: una agónica e implacable indagación moral de un país bajo los años de una dictadura, que marcó profundamente la juventud del autor y definió su contextura intelectual. Además de la fuerza torrencial de la acción, la obra se distingue por el insistente afán de introspección y análisis al que somete la conducta de los personajes, creando así un perfecto equilibrio entre el ardor y la lucidez. Una importante consecuencia de esto último es la de diluir las fronteras entre los inocentes y los culpables, e introducir la noción de que el mal que anida en las entrañas del sistema ha contaminado irremediablemente al país entero y no hay salida posible.

Más adelante en su obra, el asunto político cobraría creciente importancia, ya sea como una manifestación de las grandes tensiones sociales, culturales e ideológicas que han moldeado la historia del continente, según puede verse en La guerra del fin del mundo (1981); o siguiendo más de cerca la pauta clásica de la «novela de la dictadura», como lo haría en La fiesta del Chivo (2000). Historia de Mayta, Lituma en los Andes (1993) y La fiesta del Chivo son, por un lado, exámenes de la realidad sociopolítica, aunque su «realismo» posea una contextura distinta de la que conocíamos; por otro, una tendencia hacia lo lúdico, lo erótico o la revelación de su mundo privado.

El paso que lo lleva de las cumbres épicas de Conversación en la Catedral al hallazgo del humor farsesco en Pantaleón y las visitadoras (1973) y al autorretrato del escritor como «escribidor» melodramático que encontramos en La tía Julia y el escribidor (1977), señala un momento crítico en la evolución creadora de Vargas Llosa. Progresivamente, sus novelas han ido adoptando una contextura más reflexiva, polémica y compleja, como vehículos de cuestiones ideológicas, históricas, culturales o artísticas. Su lenguaje narrativo se ha ido alejando de las aventuras hiperactivas e hipertensas del comienzo, y aproximándose al tono del ensayo, como lo muestra de manera eminente El paraíso en la otra esquina (2003).

Los lectores de El paraíso en la otra esquina podrán confirmar que el género de la novela se ha vuelto un vehículo reflexivo (y a veces autorreflexivo) que le permite meditar sobre asuntos de trascendencia moral, ideológica o estética. Para ilustrar uno de esos temas —el de la utopía— hace suyos a dos importantes personajes reales: Flora Tristán, una precursora de la lucha por los derechos de los obreros y de la mujer y otras causas, y el pintor Paul Gauguin, del que la novela narra esencialmente sus últimos diez años de vida en Tahití y las Islas Marquesas. Flora fue abuela materna de Gauguin, razón por la cual pasó los primeros años de su infancia en Lima. El patrón bipolar se reitera en esta novela, con sus veintidós capítulos, los impares protagonizados por Flora y los pares por Paul. Los contactos entre las dos corrientes narrativas se harán frecuentes, con saltos espacio-temporales dentro de cada capítulo. Hay otro recurso narrativo también reconocible en el repertorio técnico del autor: la constante interiorización de la experiencia que los personajes viven al desdoblarse y dialogar consigo mismos en segunda persona. Pero hay una notoria diferencia con los moldes narrativos habituales en el Vargas Llosa de la primera época, cuando el estilo instintivo y de altísima carga dramática otorgaba a sus novelas un clima de arrolladora tensión. Aquí la acción, en sí misma vasta y compleja en grados y niveles muy distintos, está narrada a través de reflexiones o recuerdos de los personajes; es decir, desde los remansos de su conciencia, lo que agudiza su cualidad reflexiva, propia del ensayo. Con El paraíso en la otra esquina, Vargas Llosa ha escrito algo muy personal: una novela-ensayo-crónica de la utopía.

Travesuras de la niña mala (2006) es una narración ligera, de entretenimiento y de tema amoroso o erótico. En esta novela todo gira alrededor de una sola historia: los amores de Ricardo y Lily, la llamada «niña mala». La naturaleza episódica de cada capítulo, subrayada por el hecho de que llevan títulos, genera una soberanía que bordea con el cuento o sugiere una novela escrita a partir de secuencias concebidas casi independientemente. Es, sin duda, una novela de personajes y no de acción. Creo que es la primera vez que el autor trabaja una novela dentro de marcos más propios de las convenciones del relato tradicional, sin el efecto intensificador de los contactos entre dos o más madejas narrativas simultáneas.

El sueño del celta (Alfaguara, Madrid, 2010), sin ninguna exageración, debe considerarse una obra maestra, no sólo por su impecable ejecución, sino por la temeraria audacia de su concepción y la minuciosa documentación que supone. La idea de escribir esta novela surgió cuando Vargas Llosa descubrió, leyendo una biografía de Joseph Conrad, que un tal Roger Casement había sido, aparte de un muy cercano amigo del gran escritor anglo-polaco, la persona que le brindó la información esencial que lo movió a escribir su célebre novela El corazón de las tinieblas (1903). Así se configura una triangulación entre Casement, Conrad y Vargas Llosa, cuyo hilo común es la colonización del Congo, centro de esta novela. La experiencia de 20 años en África cambiaría profundamente a Casement: haber trabajado para los intereses belgas —que eran comunes con los de Inglaterra en el Congo— es como un descenso al infierno. Presencia las más brutales formas de tortura, entre ellas mutilaciones, decapitaciones, flagelaciones, incineraciones de cuerpos vivos, violaciones y matanzas ejemplarizantes de todos aquellos —sin excluir niños, mujeres o viejos— que no pudiesen entregar la cuota diaria de caucho a los amos blancos. Con creciente horror, va comprobando que los blancos pueden ser más salvajes que los nativos a los que ellos mismos llaman «salvajes». En esas tierras se produce una terrible inversión de los conceptos que todos dan por ciertos sobre cómo los acontecimientos modelan nuestra historia; es decir, hay avances que parecen retrocesos a un momento anterior, porque los agentes de la civilización resultan ser los nuevos bárbaros.

La consabida vocación de Vargas Llosa por los grandes espacios salvajes, donde sólo impera la ley del más fuerte y donde toda aventura es posible, reaparece aquí para plantearnos, con un vuelo épico —y en pleno corazón del colonialismo— la eterna tensión entre la aspiración civilizadora y el respeto a las formas tradicionales de la cultura humana.

El vuelo de la morsa

3/Enero/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Es un abuso, pero cada vez que comienza un año creo que es conveniente hacerse propósitos que sean imposibles de cumplir. Lo contrario es un tanto incómodo pues el hombre que toma decisiones en enero tarde o temprano se arrepentirá de haberse dejado llevar por el entusiasmo: en noviembre volveremos a desinflarnos. El escritor granadino Manuel Montero ha escrito en un breve libro (El proletariado en apuros) que pasa la mayor parte del tiempo siendo estúpido. Leer sus palabras me despertaron el deseo imposible de intentar ser brillante aunque sea en un par de ocasiones a la semana. Sin embargo, creo que uno es más brillante cuando duerme y lo que en verdad quiero decir es que me propongo dormir más que nunca. En los sueños no hay ciencia ni cordura ni nada que nos amargue la existencia. Pero hay que saber soñar. Cada vez que comienzo a sufrir dentro de un sueño cierto misterioso mecanismo me despierta y todo comienza a darse nuevamente. Y así hasta que encuentro un sueño adecuado a mis expectativas. El atractivo de ser un hombre feliz mientras duermes es que ese bienestar no le hace daño a nadie. Eres un bulto que no se abre camino entre los vivos. El insomnio -lo repito siempre a mansalva- es la prueba de que la eternidad debe ser monstruosa, así que intentaré dormir más horas a la semana. No me avergüenza la mediocridad de mis propósitos. Y espero su perdón por dedicar este espacio a naderías.

“Soñar es más práctico que vivir” y “el soñador es el verdadero hombre de acción”, ha escrito Pessoa. ¿Qué clase de sueño será el año siguiente? El sueño de vivir 12 meses más. El deseo de no cerrar justo esa puerta donde quedaremos dentro por siempre. Manuel Montero -que no debe ser mala persona- dice en el libro antes citado que ha soñado ser Cervantes y que una vez despierto se ha decepcionado por no haber escrito una nueva versión de Don Quijote. Entonces se pone a mirar por la ventana. A mí, en cambio, lo que más me decepciona es despertar para encontrarme otra vez conmigo mismo. Pero eso no lo puedo cambiar. Es tanta mi mala suerte que en caso de existir la reencarnación, volveré a encarnar de nueva cuenta en mí persona; nada de revivir en una rata o en un apuesto actor de cine: otra vez en el mismo cuerpo destruido. Este pensamiento me deprime profundamente (entonces yo también me pongo a mirar por la ventana). El que sueña es nuevamente niño, dice Pessoa. Un niño que mira por la ventana después de que se ha dado cuenta de que pronto todo terminará. El único propósito que vale la pena hacerse en estas fechas es el de no dañar a las personas que no conocemos pues es posible -es enteramente posible- que se trate de gente buena que sólo quiere estar un tiempo más en esta vida. ¿Comprenderán este sencillo deseo los gobernantes que se pasean tan orgullosos de sí mismos? No lo creo: antes pasará una morsa voladora por encima de nuestras cabezas. Y cuando divisemos el vuelo de esa morsa podremos tener esperanza de que las cosas cambiarán.

El sepulturero entierra a la misma profundidad a los hombres buenos y a los malos: es un verdadero demócrata. Así que debemos esperar a que el sepulturero nos haga justicia. ¡Vivan los sepultureros! Además de dormir un poco más me prometo terminar de leer El doctor Zhivago y pasar de una buena vez su umbroso principio lleno de nombres rusos e impronunciables. Prometo imaginarme una vejez venturosa y prometo que no arquearé mi espalda a la hora de escribir. Y si todas estas tonterías se cumplen hay una esperanza de que la morsa vuele por nuestras cabezas. Esa será la señal de que en verdad un nuevo año ha comenzado.

domingo, 2 de enero de 2011

Mi Top Ten (menos dos) de libros 2010

1/Enero/2011
Laberinto
Heriberto Yépez

Podría decir que los mejores libros que circulan en México-2010 son Dublinesca de Vila Matas; Blanco nocturno de Piglia; El sueño del celta de Vargas Llosa; El don de la vida de Vallejo o El Tercer Reich de Bolaño. Pero ninguno altera un ápice al arte de la novela ni son siquiera los mejores de sus autores.

Mi top ten no es espectacular o ameno. Son libros de conocimiento.

1: Mejor libro didáctico: Signatura rerum. Sobre el método (Anagrama) de Giorgio Agamben.

2: Mejor inédito: Una lectura de Kant. Introducción a la Antropología en sentido pragmático (Siglo XXI Editores) de Michel Foucault. Conecta al Foucault joven con el último.

3: Mejor reedición: ¿Qué es un autor? de Foucault (Ediciones Literales), con epílogo útil de Daniel Link. No pueden morir sin leer esta conferencia.

4: Obra maestra: Lógica formal y lógica trascendental. Ensayo de una crítica de la razón lógica de Husserl, que la UNAM alega que publicó en 2009 pero realmente circuló este año. Esta obra de Husserl está llena de planteamientos revolucionarios, disimulados por su tecnicismo. Una bomba para entender la razón humana.

5: Mejor póstumo: La cultura mexicana en el siglo XX (Colegio de México) de Carlos Monsiváis. Si hay un libro de Monsiváis que puede despertar debates, correcciones, anotaciones, es este compendio de 500 páginas. No lo tomen como un libro más de Monsiváis. Hay que debatirlo.

6: Mejor traducción: los dos tomos de Un peregrinar sin nombre. Ein Wallen, namenlos. Una antología conmemorativa (La Cabra Ediciones) del poeta y prosista Gottfried Benn, hecha por su José Manuel Recillas: imprescindible.

7: Escritor del año: Mario Bellatin, por atreverse a autopublicar su obra entera en Los Libros de Bellatin.

8: Cuando los escritores mexicanos pensamos en editoriales vienen a la mente las más grandes (transacionales) o las más sonadas (supuestamente independientes) pero si somos honestos es claro que la mejor colección que ha hecho una editorial mexicana en los últimos años ha sido la de una casi desconocida: Alias.

Alias se dedica a publicar escritos de artistas. Sus autores son Duchamp, John Cage, Lawrence Weiner, Robert Smithson, Gabriel Orozco, Cildo Meireles, Hélio Oiticica… lo mejor del arte contemporáneo.

Sus libros, además, son baratos, tienen buen diseño y en este 2010 publicaron el mejor libro y antilibro coleccionable del 2010: Una página de chistes de Ad Reinhardt: www.aliaseditorial.com

Alias no se ha equivocado en uno solo de sus 12 títulos. Cada uno es innovador teórica y escrituralmente, distinto a todo lo demás en el mercado editorial. Alias es la editorial mexicana más interesante.

La próxima semana diré cuáles alego que son los dos libros más enriquecedores del 2010. Adelanto: no son esas novelas convencionales que tanto le gustan a los reseñistas.

2010, algo para recordar

1/Enero/2010
Laberinto
Margarito Cuéllar

Que el Fonca haya ampliado su nómina de beneficiarios poetas no es necesariamente un dato confiable para determinar el estado de salud de la poesía. Vivimos tiempos de vacas flacas. La patria luce pobre en el campo de la poesía. Mantenerse en forma para alquilar una vaquita del Fonca, que garantice el alimento durante tres años, o más, parece tener más peso que el valor real de la poesía.

La poesía de hoy parece medirse a pasos de metal, y el metal, como se sabe, termina oxidándose. La egocracia invade las letras. Lo que menos importa es el lector: convidado de piedra. Se escribe para el visto bueno de los jueces, que también suelen desfilar —¡maldito dinero!— ante otras pasarelas. ¡Viva el rey, muerte a la poesía!

Muerto Paz, y antes Efraín Huerta, Jaime Sabines, después Marco Antonio Montes de Oca y hace unos meses Alí Chumacero, la estafeta de la poesía nacional se fue a pique. La sostienen la luminosidad de la obra de Rubén Bonifaz Nuño, la fuerza de la poética de Eduardo Lizalde, los trabajos de José Emilio Pacheco, la constancia de Juan Gelman, si atendemos a que la poesía no tiene país. ¿Quién da más?

Tejido poético

No todo el tejido poético está dañado. El pesimismo no nos arrastrará en las funestas olas del festín de año nuevo. En homenaje al olvidado Bergamín, habrá que ser apasionados hasta la inteligencia. La poesía puede ser, en el mismo texto, como ha dicho Cobo Borda, sarcasmo y júbilo, exaltación y repudio, compasión e ironía, verso y prosa.

Lo dijo Paz, hasta el hartazgo: “El falso poeta habla de sí mismo, casi siempre en nombre de los otros. El verdadero poeta habla con los otros al hablar consigo mismo”. Y espero no incurrir en sacrilegio si pienso que a veces nuestro Nobel mexicano se mordía la lengua.

Repaso lo que el viento del 2010 no se llevó y extiendo la mano al librero. Algunos títulos, no muchos, nos recuerdan el peso lopezvelardeano de la poesía. El minuto difícil, poemas reunidos de 1979 a 2007, de Luis Miguel Aguilar (UNAM, colección Poemas y Ensayos).

Si la nota roja del país salda cuentas con la memoria, y un acontecimiento borra el anterior con ánimo vertiginoso, alguna poesía reconcilia pasado y presente sin maquillaje ni falsos rubores. No en el ideario de que todo tiempo pasado fue mejor, ni en la premisa caduca de la reconciliación entre el ayer y el hoy, sino con la mira puesta en que historia y poesía, infancia y edad adulta son la herencia del poeta. Entre ese largo trecho, la voz que da vida a nuestros sueños y deseos.

Luis Miguel Aguilar nos deja en estas páginas el testimonio literario de una época que la vida diaria olvida con asombrosa rapidez.

Con Dime dónde, en qué país (Visor), Marco Antonio Campos reafirma no sólo el llamado de una vocación, la poesía, paradójicamente destinada al fracaso ante el impacto social, sino el sentido de la prosa, en la que se ventila un aire melancólico, que no quejumbroso, y una prosa poética limpia, certera, musical. ¿Dónde acaba el coloquio y dónde inicia el viaje? ¿Dónde termina el horizonte de una ciudad y en qué cuadro bufonezco hemos visto la degradación de este país?

El viaje de Campos es doble: al exterior y al interior. Ofrece una lectura que nos recuerda que, si bien la máscara es uno de los trajes de la poesía, hay un sentido de terrenalidad que no se ha perdido del todo.

Libro del abandono (Era) de Javier Acosta es un poemario curativo en dos sentidos. Por una parte es un principio de saneamiento del cuestionado Premio Nacional de Poesía Aguascalientes; por la otra nos enfrenta a una voz que desde la profundidad de la filosofía es capaz de armar un coloquio con el lector. El libro tiene opiniones encontradas. Juan Domingo Argüelles, Tomás Segovia y Antonio Cisneros encontraron en la obra un tono místico, paradójicamente escéptico (La Jornada Semanal). A Luis Felipe Fabre le pareció en cambio (Letras Libres) “un cuadernillo de ejercicios espirituales escritos con poca fortuna literaria”.

A mí me parece un trabajo bien logrado, aunque no en su conjunto. Hay momentos luminosos y otros opacados no por el sentido de escéptica religiosidad, sino porque el eco de las repeticiones se vuelve contra el texto.

Luis Jorge Boone es un poeta con potencial. Aunque reconozco que Los animales invisibles (Universidad Autónoma de Zacatecas), no me convence del todo. Sedujo en cambio a Carmen Villoro, Raúl Bañuelos y a Jorge Souza, jurados del Premio de Poesía Ramón López Velarde 2009. En cambio sugiero la lectura de Primavera un segundo (Universidad Autónoma de Coahuila), del mismo Boone, que reúne textos de 1998 al 2008. Ahí están Galería de armas rotas, Legión, Novela, Traducción a lengua extraña y algunos poemas sueltos.

Que la poesía de Lezama Lima, en su centenario, sea motivo de brindis: “Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses/ hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,/ pues el viento, el viento gracioso,/ se extiende como un gato para dejarse definir”.

2011: el imposible optimismo

1/Enero/2011
Laberinto
Héctor González

¿Feliz 2011? Lo que antes era un deseo hoy se convierte en incertidumbre. Durante 2010 la lucha contra el crimen organizado dejó miles de muertes —imposible dar un número cerrado pues las estadísticas son variables—. Pero más allá del número, ciudades y pueblos del país han aprendido a vivir entre balaceras y bloqueos. El miedo y la psicosis parecen convertirse en los nuevos compañeros de viaje de cientos de personas. ¿Con tal panorama es posible ser optimista hacia el futuro inmediato? Históricamente el arte ha servido para medir el pulso de las sociedades, es por ello que convocamos a un grupo de creadores para que nos den sus expectativas respecto al año que hoy comienza.

ALEJANDRO ALMAZÁN
Escritor
No puedo ser optimista. La violencia en México se ha deformado a un grado brutal. Primero dejaban las cabezas en bares, luego subieron los videos a YouTube y ahora cuelgan a los tipos de los puentes con los testículos en la boca. Se han roto todos los códigos. Estamos por llegar a los treinta mil ejecutados. Todos los capos se sienten jefes y se pelean entre ellos. Por otro lado, el gobierno de Felipe Calderón insiste en dar el mensaje de que vamos ganando la guerra cuando es obvio que no es cierto.

ALONSO ARREOLA
Músico
Desafortunadamente espero más violencia, pues a la corrupción generalizada se sumará la terrible y sucia carrera presidencial. En tal contexto imagino un mayor distanciamiento entre la sociedad y sus representantes políticos y religiosos, por lo que el papel de los creadores será fundamental para mantener algo de ánimo y esperanza. Terminado el bochornoso año del Bicentenario, sólo espero que en México cada quien haga lo que le corresponde, ni más ni menos, pensando que no hay queja que valga cuando se forma parte de lo podrido.

ÓSCAR DE LA BORBOLLA
Escritor
Mis expectativas no son buenas. Para remediar la violencia es preciso crear fuentes de empleo. En la medida en que los jóvenes que aspiran a estudios universitarios son rechazados en un noventa por ciento, no se podrá avanzar de manera positiva. Se puede hacer cuanto se quiera para remediar los problemas del crimen organizado pero como el ejército de reserva del país es enorme, será un barril sin fondo. Veo un porvenir muy negro donde la gente por necesidad se lance al crimen desorganizado. Todo bajo una conducción actual deficiente y de presidencia mediática. El 2011 será época de precampaña por la Presidencia, así que quizá se calmen las cosas entre los políticos pero se pueden enturbiar a nivel social.

FRANCISCO CASTRO LEÑERO
Artista plástico
Espero que la situación de inseguridad tome otro curso y que no sea al inicio de algo más grave. Mi esperanza es que todos estos acontecimientos nos sirvan para que el Estado tome medidas que nos lleven a una mayor tranquilidad. Algo importante es que la sociedad está ejerciendo presión para que las cosas cambien, es necesario que el gobierno responda de mejor manera. Por ahí es donde veo el asunto más esperanzador.

JOSÉ DE LA COLINA
Escritor
Desgraciadamente creo que veremos más violencia porque es parte de un proceso acumulativo, que no se detendrá mientras no se resuelvan los grandes problemas del país: la corrupción, la desigualdad económica. El drama de México es imparable porque tiene de fondo la sobrepoblación, es difícil sostener un país así. Para revertirlo se necesita un cambio educativo, es necesario para atender los problemas de fondo pero eso no llevará poco tiempo.

JOSÉ LUIS CUEVAS
Artista plástico
Vivimos una situación muy compleja porque cada vez estamos peor. No vemos ninguna solución aunque se han enfocado todos los recursos contra la delincuencia y el narcotráfico. Es triste ver al país en declive, ojalá el próximo año pinte diferente. Espero que el Presidente recoja mejores cosechas. También habría que exigirle más balance a los medios de comunicación porque en los noticieros todo es terrible, el cambio tiene atravesar por ellos para que la gente cambie su mentalidad.

ÁLVARO ENRIGUE
Escritor
No creo que las cosas cambien, las cosas han empeorado y no veo por dónde puedan mejorar. No imagino un cambio sustancial. Hay una guerra entre los cárteles y no se detendrá porque cambie el número del año. Podemos tener expectativas a muy largo plazo cambiando programas de educación, nuestra manera de habitar las ciudades. Para ser más positivos tendríamos que cambiar patrones culturales.

HORACIO FRANCO
Músico
No creo que podamos esperar gran cosa. Mientras no se ataque de fondo el problema del narcotráfico —que es el negocio que sí reditúa a las cúpulas, traficantes, y a muchos gobernantes y empresarios coludidos con ellos—, todo lo que se haga para eliminar la violencia y la inseguridad va a ser en vano. Y más aún, si la brecha económica y la pésima repartición y administración de la riqueza entre los mexicanos sigue igual, muchos jóvenes van a seguir buscando horizontes como sicarios o traficantes.

ROGELIO GUEDEA
Escritor
La expectativa es de más violencia. Estamos en una crisis profunda y la situación será desesperanzadora mientras no se cambie la estrategia de seguridad que tiene el país. El combate frontal contra el narcotráfico nos tiene al borde de una nueva revolución.

LUIS GONZÁLEZ DE ALBA
Escritor
Podría empeorar la violencia. Se ha visto que tras la muerte de los cabecillas hay una lucha intestina por ocupar el lugar vacante. Si se aprehenden a grandes capos es posible que veamos más enfrentamientos. La única forma de revertirlo es legalizando el uso de las drogas, pues en ese momento se convierte en un comercio abierto como se hace con la cerveza. No veo por qué no se hace, el alcohol produce daños más severos que la marihuana. En lo económico no tengo idea de qué pasará… creo que puede mejorar gracias a que no ha habido inflación desbocada.

BÁRBARA JACOBS
Escritora
No puedo ser optimista. Se han desatado los demonios, estamos en una etapa de una permisividad enorme, un descontrol donde se favorece la personalidad —perdón por ponerlo en términos primitivos— de los malos, se les hace mucho caso. Cada que sucede algo importante con los narcos salen en las primeras planas y en los noticiarios, y eso es un triunfo para ellos porque lo que buscan es ser conocidos.

HERNÁN LARA ZAVALA
Escritor
De acuerdo con las filtraciones de Wikileaks México no podrá vencer al narcotráfico por las “rivalidades internas” (“fuerzas armadas”) y la corrupción. Les faltó señalar los intereses partidistas a raíz de las próximas elecciones. Los augurios por tanto son nada halagüeños. Nuestro país debe aceptar que estamos en una situación sumamente crítica que puede llevarnos al colapso total. Para evitarlo se requiere de la participación de todos los sectores: partidos políticos, gobernadores de todos los estados, los tres poderes (y muy particularmente el Legislativo), la participación financiera de la iniciativa privada y el concurso de la sociedad civil. Sólo eso nos permitirá hacer un frente común a nivel nacional en contra de la violencia que en este momento es el principal enemigo a vencer si acaso queremos un mejor México para nuestros hijos. Hagamos un pacto nacional encaminado a acabar con el narcotráfico y la violencia de una vez por todas. De otro modo efectivamente la guerra estará perdida, como ha sucedido tantas veces en nuestra historia, por intereses partidistas, electorales y de corrupción generalizada al margen de triunfe quien triunfe en las próximas elecciones.

GABRIEL MACOTELA
Artista plástico
Vivimos una situación muy difícil, parece que no terminará la violencia. Y eso afecta todo, pero lo más grave es el miedo de la gente que ya lo padece como una cuestión psicológica, enferma y que contamina la vida cotidiana. Por otro lado, hay un desastre político. Entre los partidos hay una lucha horrible por el poder. Desafortunadamente no veo una posibilidad de cambio. Un reflejo de ello son las estadísticas sobre el estado de la cultura y la educación. El desempleo ha aumentado igual que la pobreza, todo esto generado por un gobierno torpe. No quiero ser pesimista pero no veo una luz clara.

NACHO MÉNDEZ
Músico
No visualizo una mejoría en el panorama nacional para el año de 2011. Los ciudadanos estamos decepcionados de los políticos. Los partidos viven disputas internas. El crimen ha crecido exponencialmente. La única solución que visualizo es proporcionar al pueblo educación, salud y oportunidades para elevar su nivel de vida. Desgraciadamente, esta es una solución a largo plazo que, sin embargo, debe iniciarse cuanto antes si queremos ver una disminución de la criminalidad.

LAURA EMILIA PACHECO
Escritora
Me encantaría que hubiera menos violencia. Bien a bien no sé qué ocurre, pero en general creo que nadie lo sabe, no hay un entendimiento de los trasfondos de lo que sucede, ni de los hilos que mueven toda esta violencia. A estas alturas debe haber algo atrás.

IGNACIO PADILLA
Escritor
Es muy prematuro esperar algún tipo de cambio para 2011, debemos tener puestos los ojos en 2012. Las perspectivas de violencia seguirán aumentando necesariamente y eso se traducirá en la manera en que vote el mexicano en las próximas elecciones. Existe un riesgo de recapitulación sobre la efectividad o inefectividad de la lucha contra el narcotráfico y también de un riesgo enorme de retorno a la dictadura de partido, que es lo que me preocupa más: que el pueblo mexicano, de muy flaca memoria, prefiera la paz social con una dictadura de partido sin ejercicio de una democracia que no ha sabido crecer, o bien que pueda tener el valor suficiente para seguir buscando la manera de luchar contra el narcotráfico aun pagando un precio que, esperemos sea provisional, de violencia.

FERNANDO DEL PASO
Escritor
Me temo que antes de que las cosas empiecen a mejorar van a empeorar. Día a día crece la violencia y al menos en corto plazo no se ve cómo decrezca. No soy economista ni político, pero por principio de cuentas es obvio que la pobreza, la miseria y la ignorancia son las semillas primeras que generan el crimen organizado, que después ya se vuelve autosuficiente y dominador. Mientras no se supere la desigualdad no veo cómo podamos mejorar. Pero para eso se necesitan varios años. En México prevalece una corrupción que es como el sida espiritual, cada vez se extiende más a todos los niveles del gobierno incluso en empresas particulares. Suben al poder los corruptibles, parece que pocos escapan a eso. No dudo que haya personas bien intencionadas pero muchas de ellas no tienen interés en asumir cargos políticos.

HILARIO PEÑA
Escritor
Según el Presidente habrá una baja en la inseguridad pero yo siempre digo que no encuentro una solución real para este tema. Opino como Cormac McCarthy: “Creo que todo se fue al pozo el día en que dejamos de decir ‘gracias’ y ‘buenas tardes’”. Pusimos en tela de juicio demasiadas formas y quizá hoy pagamos la factura de todo ello. Me parece que la manera de salir es por medio de la educación, la clave está en la civilidad.

ELENA PONIATOWSKA
Escritora
Espero que mejore la situación porque no puede ser peor. Estamos en una psicosis, todos los días revisamos los obituarios. Abrimos el periódico esperando encontrar una mala noticia. Nosotros mismos nos estamos dando cuerda con eso, tanto las autoridades como los ciudadanos. Es preciso cambiar la actitud y no estar pensando en que nos van a asesinar.

RIUS
Monero
La expectativa para el 2011 es terminar el año con vida. Vivimos una situación donde no sabemos qué pasará cuando salimos de nuestra casa y esto genera un estado de pánico, sobre todo en la zona de la frontera norte. No me explico porque no se puede parar esto.

ARTURO RIVERA
Artista plástico
Es difícil opinar. Las cosas no están como para ser optimista. Por otro lado no sé qué esperar para México, un pintor no puede opinar mucho al respecto. Esa es tarea para Lorenzo Meyer o Enrique Krauze.

VICENTE ROJO
Artista plástico
Más que esperar algo para el próximo año, deseo que termine tanta atrocidad. Para que eso suceda necesitamos: audacia, valor, inteligencia, honestidad, compasión, responsabilidad y sentido de la justicia, no necesariamente en este orden.

AGUSTÍN SÁNCHEZ
Escritor
La expectativa es negra. Las políticas gubernamentales contra la violencia han engendrado más violencia. Los tiros no los puedes erradicar a tiros. Hace unos años viví en Sinaloa y una forma de contrarrestar al narco es con la cultura, pero es algo que difícilmente un gobierno analfabeta podrá entender.

PACO IGNACIO TAIBO II
Escritor
Vamos a tener un año oscuro, de gran resurgimiento y reagrupamiento de fuerzas populares pues la crisis es profunda. El gran cambio se va a dar en que el sector más chafa y conservador del PRD va a quedar borrado porque es el paso previo a la reconcentración de la izquierda. Será un año interesante en ese sentido. Respecto a la política gubernamental persistirá en la guerra contra el narco absurda y un manejo económico torpe. Será conflictivo por la cabalgata del PRI con Peña Nieto. Será un 2011 oscuro pero movido.

GUILLERMO DEL TORO
Cineasta y escritor
No sé qué pensar del futuro, estamos en un momento desconcertante. Me aterra la política, ese oficio tan lejano a su fin. Creo que debemos reflexionar y ante el miedo deben venir la inteligencia y la posibilidad de ser valientes.