lunes, 7 de junio de 2010

Una lista detestable

7/Junio/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Uno de los libros más malos que han llegado a mis manos últimamente lleva por título Me acuerdo, y que es una lista de ocurrencias escrito por el artista Joe Brainard, un libro que quizás tuviera interés para el sicoanalista del autor, pero dudo mucho que tenga un valor más allá de eso, aunque Paul Auster se haya referido a él llamándolo “obra maestra”. “Me acuerdo de los cinturones muy finos”, “me acuerdo de los bolsos de cocodrilo”, y frases similares rebosantes de vacío llenan estas páginas. En todo caso, me inclinaría por leer la lista de las ciento una cosas que más ama el cineasta John Waters, publicada en Crackpot (fue traducido como Majareta). Waters comienza su lista diciendo que ama recordar las pesadillas que ha tenido la noche anterior y saborearlas con placer durante el día entero hasta que llega la noche siguiente. La breve lista que haré a continuación es desordenada y dudo que cause interés. Lo hago porque de ese modo pondré un poco de orden en mis rencores. Un orden en el caos del rencor es cosa buena.

Escribo de manera automática conforme se me ocurren algunas cosas que me desagradan. Primero están las parejas que muestran su amor en todo momento y no pierden oportunidad para prodigarse camelos ante los demás (su fracaso amoroso será inevitable). Y luego están las mujeres que van por la calle con un hermoso perro y en cierto momento deben recoger la mierda del can con un guante de plástico, yo no sé qué pensar. Opino mal de los padres que piensan que sus hijos pequeños son simpáticos. Los dejan correr por los restaurantes como si eso nos infundiera alegría a todos: yo siempre llevo una dotación de tachuelas por si los niños se acercan demasiado. Me irritan las personas que se aprenden datos de memoria y los arrojan en la mesa con semblante docto: son una monserga. Las mujeres de tus amigos que aguardan a que sus hombres estén borrachos para coquetearte son tan nocivas como la rabia. La misma impresión me despiertan los borrachos necios, quienes con los ojos inyectados de sangre te declaran su admiración o su simpatía.

Excepción hecha de uno que otro erudito, me irrita que alguien diga que ha leído a los clásicos. Los políticos que citan a escritores me repugnan (cierta vez un diputado me recomendó leer a Suetonio y para corresponderle le aconsejé leer la constitución mexicana). ¿Y las mujeres que cuentan chistes o dicen majaderías sólo cuando se hallan con otras mujeres? ¡Qué plaga! Los abstemios que piensan que no beber los hace personas virtuosas son intratables. Y quienes se emocionan cuando ven o conocen a una persona famosa son en verdad ingenuos y desagradables. Yo he tenido la mala fortuna de conocer a personas que se creen inteligentes cuando sabemos que considerarse a uno mismo inteligente es el símbolo más honesto de la imbecilidad. Detesto a quienes hacen un comentario y dan por sentado que estamos de acuerdo con él. Los vegetarianos que no saben cómo curarse la cruda y sueñan con albóndigas son seres, por lo menos, extraños. A los que te cobran puntualmente la renta (lo hacen hasta en domingo) se los chupará pronto el diablo. Todos los que bailan y se mueven realizando una representación del coito me hacen bostezar tanto que me despiertan el vómito: es verdad, los hombres duros no bailan. El joven futbolista en su carro deportivo es un lugar tan común como las caries. Los manteles rojos me recuerdan la sangre derramada en el ruedo. Abomino a los perros Rottweiler: sus dueños regularmente poseen el mismo semblante timorato y amenazante. Si algo me despierta una seria animadversión son esos automovilistas que hacen sonar el claxon por cualquier motivo. Detesto que las mujeres no puedan usar minifalda en las calles porque un ejército de patanes las amedrenta y acosa en todo momento. En fin, como se verá, mi amargura se extiende como una nube negra sobre mi vida. Termino citando a un escritor polaco, Jerzy Pilch, que dice que a los verdaderos borrachos les da vergüenza beber, pero les da más vergüenza no beber. A mí me ha sucedido lo mismo al hacer esta clase de listas, me embarga cierta incómoda vergüenza (y no tengo sicoanalista), pero me ha sido imprescindible para limpiar un poco el oscuro cuarto de las fobias y los rencores.

sábado, 5 de junio de 2010

Cómo cambiar las Becas de Jóvenes Creadores

5/Juno/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Las becas para Jóvenes Creadores que otorga el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes deben transformarse.

Actualmente se seleccionan 200 becarios —arquitectura, artes visuales, medios audiovisuales, letras, música y teatro— que reciben 8 mil pesos durante doce meses por un proyecto individual.

Hay reuniones tres veces al año —en ciudades del centro o sur del país— durante tres días de sesiones de trabajo y socialización. Lo que ahí sucede básicamente es tutores y becarios opinando sobre avances de proyectos.

El diálogo —durante unas horas— y el dinero —durante doce meses— son útiles.

Pero la sociedad prácticamente no se beneficia de todos esos millones de pesos. Esas becas son una mala inversión. Son paternalistas.

Además fomentan fantasías acerca del proceso creativo: lo apresuran y oficializan.

¿Cómo transformar esas becas? Hay que convertirlas en una maestría de 2 o 3 años de duración.

Una vez aprobado el proyecto que el becario desarrollará, se le dotará del doble de dinero que hoy recibe —para realmente permitirle desalojar otras ocupaciones laborales— y a cambio, ella o él vincularán su proyecto personal con un servicio comunitario.

Se trataría de una maestría en servicio cultural.

Su trabajo se dirigirá a las comunidades de menor desarrollo en sus respectivas ciudades. Para dar un solo ejemplo: un becario de Letras podría dedicarse varias horas a la semana a trabajar con niños o jóvenes de zonas periféricas para introducirlos a la literatura, es decir, a una nueva oportunidad de desarrollo.

Con un programa de este tipo se cumplirían tres finalidades: apoyar a los creadores jóvenes que lo requieren; vincularlos con la sociedad —en lugar de aislarlos y tratarlos como casos especiales— y dotarlos de un título profesional —una maestría en servicio cultural— que le permita mejor movilidad laboral.

El modelo actual está, por el contrario, pensado desde una lógica del creador como individuo o élite desconectada de su ciudad y una vez terminado el apoyo del gobierno (que puede ocupar hasta tres años de la vida de un creador) lo deja sin herramienta alguna para mejorar su salario habitual.

Para un cambio de esta índole, habría que coordinarse con el sector educativo y comunidades específicas, tanto para el diseño y proceso de este posgrado sui generis como para la prestación del servicio cultural por parte de los becarios.

Pero, sobre todo, esta actualización requeriría dejar de usar las becas del Fonca como subsidio gubernamental insular para volverlas un mecanismo de profesionalización del joven creador y, sobre todo, dejar de pensarlas como privilegio de élites para convertirlas en servicio comunitario.

Esto es lo que sigue en política cultural. ¿Cuándo va a dar el paso Conaculta?


Palabras y polvo /II

5/junio/2010
Periódico Milenio
Ariel González Jiménez

Como en casi nada fui precoz, no supe leer sino hasta pasados los seis años. Sé que hay niños que lo hacen desde los cinco e incluso desde los cuatro, aunque normalmente sus padres nunca se jactan de lo que leen, sino del hecho de que ya sepan hacerlo, como el que sabe andar en bicicleta, pero nunca sale del patio de su casa.

Animales salvajes del oeste fue el libro que mi padre me obsequió para festejar oficialmente este logro. No era una exhaustiva investigación zoológica, pero sí, como se entiende, una primera aproximación a los osos, renos y otras especies de Norteamérica. El libro no me encantó, porque el tema siempre me ha sido ajeno, pero sí el gesto con el que se me reconocía como todo un nuevo lector.

Sin embargo, el gran reto que todo el tiempo aparecía ante mí era acercarme a los libros “para grandes” que había en el departamento donde vivíamos. Mi relación con esa biblioteca se fue haciendo cada vez más cercana e intensa conforme fui creciendo. Al final, siempre suscribiré como si fuera mía la expresión de Borges: «Si me preguntaran cuál ha sido el acontecimiento más importante de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. De hecho, a veces creo que nunca he salido de esa biblioteca».

Los autores y obras que se me ofrecían en esos anaqueles me conectaban con una perspectiva generacional que ya por entonces se había encarecido. Juan Montalvo, Enrique Rodó, Rafael Arévalo, Ezequiel Martínez Estrada, entre otros muchos latinoamericanos frecuentemente olvidados, me introducían a ideas, mundos e historias que ahora me despiertan una suerte de doble nostalgia, puesto que siendo los héroes culturales de mi padre también fueron como mis más viejos mentores.

Sobresalían, desde luego, algunas plumas gigantescas, como Rubén Darío o José Martí, dos grandes referencias que mi padre siempre buscó cultivar en mí. De ellos, a pesar de su omnipresencia en la biblioteca y la conversación paternas, nunca me aprendí nada de memoria, ni siquiera las líneas más bellas a las que volvía constantemente; si algo se me quedaba grabado lo consideraba un milagro, puesto que ya presentía que mi memoria era básicamente conceptual: podía decir de qué trataba el poema, por ejemplo, pero no decirlo íntegro. A la fecha, sigo siendo el más pobre de los participantes de cualquier tertulia donde se haga gala de algún ejercicio declamatorio.

Cuando uno tiene, digamos, más de dos mil libros en casa debe estar seguro de que en algún momento enfrentará la pregunta más obvia del mundo: ¿ya los leíste todos? El que la hace es, por lo general, alguien ajeno al mundo del libro; un invitado o un visitante circunstancial que mira hacia nuestra colección con la perspicacia de quien cree imposible —o peor: sumamente ocioso— que nos hayamos abocado a leer cada uno de los textos que observa. Sabe o presupone que no es así, pero lo pregunta igual porque es como un test que él siempre debe aplicar y nosotros responder.

Comparto la respuesta que da Jacques Bonnet (Bibliotecas llenas de fantasmas, Anagrama, 2010), porque yo mismo la he dado en diversas oportunidades: “Es complicado. Hay libros que he leído y olvidado (muchos) y algunos a los que sólo he echado un vistazo rápido y de los que no me acuerdo. Así pues, no todos han sido leídos, pero sí hojeados, gulusmeados, sopesados”.

Más adelante Bonnet entra en algunas precisiones. Libros, por ejemplo, “que un día servirán, no sé cuándo, no sé para qué, pero no están allí por casualidad”. Aunque no puede perderse de vista lo dicho por Alberto Manguel y que el propio Bonnet cita: “Lo cierto es que, para ser útil, una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido”.

Pero hay libros que sin haber sido leídos guardamos celosamente porque advertimos (es necesario haber leído al menos sus primeras líneas) que nos depararán grandes e inimaginables satisfacciones. Son libros especiales, como para cuando ya no haga falta leer nada antes; libros con los que bien podríamos, de modo muy personal, vivir tranquilamente el final de los tiempos, la madurez, la vejez o el recomienzo de nuestras vidas.

No son los textos que nos llevaríamos a una isla desierta, sino aquellos, más bien, que nos alejan de la posibilidad de estar alguna vez en un paraje solitario.


martes, 1 de junio de 2010

¿Futbol o ajedrez?

31/mayo/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Veo futbol desde que tenía seis años de edad, cuando la familia entera se reunía los domingos para acudir al estadio o para ver los encuentros en la televisión. Mi padre y su hermano menor jugaron en un equipo de nivel medio y los hijos aplaudimos desde las gradas los aciertos y errores de los jefes de familia. Las esposas bostezaban y se arrepentían de no haberse casado con un buzo. Los árbitros hacían el papel de cristo y durante 90 minutos ponían su mejilla para recibir las reclamaciones e insultos de los jugadores y el público. Hasta los niños lanzábamos de vez en cuando una mentada. Al pasar de los años aprendí a reconocer que el futbol de calidad es un juego complejo de amplias posibilidades éticas y estratégicas, un andar humano que involucra habilidad más saber técnico, además de temperamento, humor, azar y fortaleza física. Y a veces es también entretenimiento. A su lado el ajedrez se antoja una actividad de variantes limitadas que por razones extrañas ha devenido en símbolo de la inteligencia. Quizás se debe a que en el ajedrez son raros los insultos. No he escuchado decir: “A tu reina se la va a llevar el carajo.”

Una vieja amiga me dijo una vez que no había nada menos erótico que un hombre en tenis. Yo añadí que entre una mujer con tenis y una con sandalias prefiero a una mujer descalza. No llegamos a ningún lado en este aspecto, pero coincidimos en que el futbol es una puesta en escena donde los actores reciben críticas según su desempeño. Los jugadores encarnan en héroes, traidores, pusilánimes, astutos y demás personajes dramáticos. En este deporte las pasiones idiotas se abren camino, y también lo hacen la argumentación razonada, la hipótesis, la retórica vacua, la manipulación estadística y también la fe ciega que lleva a las personas a caer al vacío como peras podridas. Las polémicas que se dan en los medios difícilmente llegan a ser polémicas. En buena parte son cháchara para entretenerse y vender pasteles a los públicos cautivos que de pronto se ven arrastrados por una densa marea que en estas fechas amenaza llenar todos los espacios.

Los políticos se ponen la camiseta de la selección mexicana y dan por sentado que esto los hermana con los pobres. Y tienen razón. Las cadenas de televisión promueven la imagen de una selección nacional que no existe. ¿Por qué lo harán? En realidad lo que se tiene es un equipo mediano que camina gracias a un par de excepciones en la cancha. No estoy añadiendo nada a lo que todos sabemos. Y lo sabemos porque el futbol mantiene una estrecha relación con el país de donde procede. El jueves en la madrugada escuché a un taxista decir que, a juzgar por su selección, en Francia todos son negros. Yo estuve de acuerdo porque los franceses tienen el alma negra e inventaron el humanismo. Yo le pregunté al señor taxista: “¿me va a asaltar?” Entiendo el rencor que muchas personas cultivan con respecto a este deporte. Ven en su constante corrupción un espejo de lo que sucede en los gobiernos en turno. Creo que su fobia es legítima y bien fundamentada. A estas alturas del partido incluso la sociología tiene sentido.

Yo casi no sigo el torneo mexicano porque es tedioso y deprimente. Quizás lo hiciera si aumentara mi dosis de antidepresivos. No debe esperarse mucho de una liga cuyos equipos en general se desentienden de la cantera (es decir de la incubadora) para contratar jugadores sudamericanos de medio pelo que además cobran cantidades sobradas en ceros. En el futbol sobran ceros lo mismo a la derecha que a la izquierda. La liga mexicana -controlada por dos o tres empresas- evita los torneos largos (es decir la guerra verdadera), para ofrecer dos finales en un año (es decir ruido y masturbación). De ese modo se crea la ilusión de un deporte emocionante y se acarrean aficionados a los estadios. Son torneos diseñados por comerciantes.

Y pese a ello el balompié de calidad continúa siendo una actividad de buena cepa que en sus mejores momentos da rienda suelta a la imaginación y a la crítica. Tengo un amigo escritor que cuando se emborracha es de izquierda y cuando está sobrio es de derecha: a sus dos personalidades les atrae el futbol. Y entonces coincidimos.


sábado, 29 de mayo de 2010

Fernando Vallejo ya se cicló

29/mayo/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Fernando Vallejo ya no sorprende. El don de la vida (Alfaguara, 2010), su nueva novela, es Vallejo vuelto viejo VHS: diatriba pregrabada para re-cagar el palo a Dios, el Papa, la mujer, los pobres y Colombia.

¿Es novela? La acción es nula. ¿Ensayo? No hay idea inesperada. Es un diálogo filosófico medieval. ¿Ateológico?

La gran novela de Vallejo es La virgen de los sicarios.

En El don de la vida el exabrupto es disco rayado. Virtud: su belleza verbal.

“La mujer afea al ballet y el ballet degrada a la mujer. La mujer en el ballet es la mosca en la sopa”. ¿Cuántas veces hemos leído esta diatriba en Vallejo? Vallejo quiere ser malo. Repite insultos para terminar creyéndolos.

Decir “vaca” a la mujer y que tiene “escasas conexiones en el disco duro” no es nada nuevo, como tampoco su defensa de la pederastia (que incluso García Márquez canta tímidamente). Vallejo se llevaría bastante bien con el padre Maciel.

Energúmenos que amenizan grandilocuencia chocha.

Si hay alguien que no ha leído a Vallejo, este libro le va a gustar (o disgustar) mucho. Si alguien ya ha leído a Vallejo antes, este libro ya lo leyó sin necesidad de leerlo. Si estuviese firmado por Monsiváis sería el libro de la década. Firmado por Vallejo es un bonito bostezo.

La obra es osada a pedazos. Llama “criada mexicana” a Elba Esther Gordillo, define a Borges como “viejo güevón que no pichó”, a Hugo Chávez como “chachalaca”, retrata al ex presidente Fox “con botas de marica y sombrerón” y como “asno cabalgando un caballo” y alega que no hay que recitar versos del “asqueroso de Octavio Paz” para “no recargar de mierda la memoria”.

¿Son suficientes estos sarcasmos para rendir los 170 pesos que cuesta el libro?

Debería decir que Vallejo ya se agotó, pero esta cita me ha puesto a pensar: “¡Si no es comida lo que quiero vomitar! Es a Colombia, a mi familia, al loco Cristo… Toda esta mentira nauseabunda que me metieron dentro y que me está envenenando las tripas”.

Al parecer, Vallejo no ha logrado vomitarlo todo.

Hay algo que Vallejo no ha conseguido decir, narrar, escupir. Y quizá su propio estilo —lanzar el Gran Anti-Juicio Final, la ya canónica misantropía exquisita de Baudelaire, Cioran o Houellebecq— es la estructura que le impide expulsarlo y alcanzar el vacío sin náusea moderna y que medio planeta padece: ¿qué país del mundo no es Colombia?

“El don de la vida” es la pregunta “¿dónde la vida?” y que Vallejo no ha respondido. Es la pregunta de Don Rimbaud.

Pero esa pregunta no puede satisfacerse enlistando lo que se detesta y apesta. Esa pregunta requiere poesía. Sin poesía visionaria, se le responde dándole vueltas, como un zopilote harto de tanta carroña.

Pero, ojo, la pregunta ya la respondió Vallejo. No Fernando sino César.


Palabras y polvo / I

29/Mayo/2010
Periódico Milenio
Ariel González Jiménez

Toda biblioteca personal constituye siempre la historia de una vida. Pero una biblioteca personal sólo adquiere el derecho de ser llamada así en la medida en que responde a nuestros intereses y gustos, a nuestras ambiciones intelectuales, en suma, a nuestros proyectos, y no meramente a la casualidad que pasa por las herencias, la compra de un inmueble (“cuando llegué, ya estaban aquí esos textos”), la decisión de un decorador (“aquí irían bien unos libros de lomo de piel”) o la inconciencia, ignorancia o moda que también hacen comprar libros a muchos.

Una biblioteca personal llega a ser siempre como las líneas de nuestras manos. Quien las sepa leer verá todo lo que hemos sido, lo que hemos querido ser y lo que seremos: palabras y polvo. Y entre éste y aquéllas, la imaginación y las ideas, esas poderosas matrices de todas las cosas, de todas las obras y acciones humanas. No es poco.

Uno de mis primeros recuerdos infantiles es verme rodeado de libros. Al despertar y al dormir ése era el paisaje dominante de mi habitación. Todo el tiempo me he preguntado cómo en medio de la pobreza y estrecheces en que vivíamos tenía yo al alcance de mi mano tamaña riqueza. Un enigma sociológico. Pero la verdad es que no había ningún misterio. El profesor Guillermo González, mi padre, acumulaba desde joven decenas (en un principio), más tarde centenas y, al cabo, miles de libros que para él tenían un significado profundo y especial.

Me hablaba de ellos como de tesoros por descubrir. Me contaba sobre sus autores, las historias que contenían, su importancia, la fuerza que podían alcanzar en las cabezas de algunos elegidos (de ahí que le atrajera, por ejemplo, un título hoy olvidado: Libros que han movido al mundo, de Horacio Shipp). Pero sus predilectos eran El Quijote (en la clásica edición comentada por Diego Clemencín, donde el exigente erudito le enmienda la plana una y otra vez a Cervantes desconsiderando los usos del español en el siglo XVII) y algunos diccionarios y libros relacionados con la mitología griega (de los cuales se desprendían para mí algunas tareas en las vacaciones o los días en que no había clases, como leer la historia de Ícaro o algunos de los trabajos de Hércules).

Recuerdo que uno de los episodios más tristes que me refirió en torno de su apreciado acervo fue el día en que una portera resentida e indolente permitió que se mojaran sus libros tras la inundación de la casa donde rentaba un cuarto. Eso explica por qué las páginas de algunos de sus libros, que todavía conservamos, tienen el amarillo y esa deformidad ondulada que sólo algunos papiros antiquísimos han obtenido. Sin embargo, ahí siguen, recordándonos tal vez que el papel continúa siendo uno de los más resistentes soportes de información al paso del tiempo y las calamidades. Seguramente llegará el día en que los respaldos digitales de información serán tan duraderos como esas biblias del siglo XVI que podemos ver todavía en los museos, pero mientras eso sucede, el más barato y seguro sigue siendo, pese a todo, el libro.

Así pues, yo era, sin saberlo todavía, un privilegiado: uno que podía tener más fácilmente como cabecera un tomo de enciclopedia que un cojín de plumas de ganso. Sin embargo, eso no deja de tener sus riesgos. La inofensiva actividad del bibliófilo puede en un momento dado conllevar algunos peligros. Más allá de que en épocas de persecución religiosa o política el poseedor de una importante colección de libros es por definición un sospechoso, el simple almacenamiento de muchos volúmenes puede convertirse en una amenaza si no se ha tenido el cuidado de prever todas las consecuencias de su disposición en casa.

En Bibliotecas llenas de fantasmas, el inspirador libro de Jaques Bonnet (Anagrama, 2010), el autor relata la trágica historia del compositor Charles-Valentin Alkan, a quien encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, soterrado por libros y anaqueles que por la noche se le habían venido encima. Dice Bonnet que cada “hermandad tiene su santo mártir y el mayor de los Alkan, pianista virtuoso admirado por Liszt y que heredó los alumnos de Chopin a su muerte, es sin duda el de los locos por las bibliotecas”.

Toda proporción guardada, también yo pude vivir algo parecido durante mi adolescencia (acontecimiento muy lejano, claro está, de convertirme en mártir): uno de esos sismos que aterran a la Ciudad de México produjo que un librero que estaba en mi cabecera se viniera abajo durante la madrugada. Un cálculo mucho más optimista del peso de los materiales bibliográficos y de la estructura de madera que los sostenía habría hecho tal vez imposible que lo contara.

No obstante los raspones, el episodio no llegó ni a susto, porque más bien la extraña sensación que predominó fue la de que, por la noche, los libros simplemente se me habían ido encima. Algo de lo más natural. De ahí que a la distancia ese recuerdo sea como un sueño donde las libros van por mí hasta la cama, se agolpan, me cubren, me muestran sus mejores páginas y yo soy feliz, aunque nunca sepa por cuál comenzar.


lunes, 24 de mayo de 2010

¿Cárcel, para qué?

24/mayo/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Las leyes no son definitivas, son imperfectas y están siempre en camino de ser revisadas y modificadas. Su origen no es divino, es humano. Se cumple con ellas porque no hay otra manera de vivir en paz, pero no hay que venerarlas y sí protestar contra éstas cuando son o parecen ser injustas. Los legisladores y los jueces tendrían que mantenerlas en constante estado de sitio y llevar a cabo su crítica y evolución. Pero en estos tiempos, el trabajo de tales personajes es en buena parte el de la promoción política. No tienen tiempo para pensar. “Aplico o cumplo con la ley pero no la comprendo”, he aquí una constante en todos los órdenes del “sistema” de procuración de justicia. El deseo e intento de meter a la cárcel a media humanidad ilustra mis palabras. ¿Qué se persigue con ello? Es claro que la prisión significa un negocio de grandes dimensiones que involucra a policías, celadores, abogados, jueces, tinterillos, ministerio público y demás actores de este nuestro querido teatro del absurdo.

La ausencia de imaginación y la costumbre de acudir a la prisión como forma de castigo se juntan para crear nudos de injusticia que son bastante complicados de desatar. En nada sirve a una sociedad el que tantas personas vegeten en la cárcel por delitos que podrían haber sido tratados de otra manera. Trabajo para la comunidad, reparación del daño por vía económica, suspensión de ciertos derechos, entre otros. A mí no me sirve que un defraudador sea recluido en la cárcel ya que es más beneficioso para todos que repare el daño, que le sea prohibido ejercer su profesión o que se le expulse de los medios donde acostumbra defraudar. Si una persona se ve involucrada en un accidente vial causado por su imprudencia, antes de encerrarla se lleva a cabo una indagación profunda para saber si es responsable. En caso de serlo se le obliga a reparar el daño y se le prohibe conducir más. Se le condena a ejercer trabajo social durante determinado tiempo o se busca un castigo de acuerdo a lo específico de su caso. La reincidencia, por supuesto, sería tratada de otra manera.

No es cuerdo creer que las prisiones mexicanas (centros de delincuencia entre muros) son adecuadas para rehabilitar a las personas. No obstante eso, la cárcel es un buen recurso para secuestradores, criminales de profesión, y otros delincuentes que en vista de su condición amenazante no deben estar en las calles. Mi conclusión es que debido a las enormes fisuras y corrupción del aparato judicial y a la desconfianza que se palpa en la población hacia las autoridades, se recurre de manera natural al linchamiento, al clamor de venganza, a la lapidación y a preferir el castigo que la reparación del daño. Lo podemos comprobar a diario en los medios, en las calles y en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. (Cuando Sarkozy le pide al presidente mexicano una y otra vez la extradición de Cassez lo que en realidad está diciendo es que no confía en las leyes mexicanas).

Michel Foucault ha descrito la evolución de las formas de castigo en Europa después de la Revolución francesa y encuentra muy sospechoso que la prisión se haya impuesto en el siglo XIX sobre el resto de otras formas de castigo como la deportación, el escarnio, la ley del Talión (ojo por ojo), los trabajos forzados y demás. La imaginación se disolvió y la prisión se transformó en la institución por antonomasia para castigar a los infractores. Foucault sospecha que las cárceles fueron un instrumento del Estado para mantener la vigilancia entre sus ciudadanos. Recluirlos para examinarlos, controlarlos y extender el modelo de prisión al resto de las instituciones sociales (a mí me parece una conclusión un tanto excesiva, pero en buena parte verdadera). Estén o no los historiadores o jurisconsultos de acuerdo en la tesis de Foucault es difícil negar que la prisión es, en una considerable cantidad de casos, una pena inconveniente. No guardo ningún tipo de esperanzas con respecto a la justicia. Hace falta una revolución legislativa respecto a los castigos para la “sociedad” mexicana del siglo XXI. Pero esto no será posible, vienen campañas y los legisladores estarán en combate por el poder para velar por su intereses. Y así por siempre.

sábado, 22 de mayo de 2010

La incondicional

Abril/2010
Letras Libres
Enrique Serna

para Ana García Bergua

Parece mentira, sigues guapísimo a pesar de los años y la enfermedad. No te sonrojes, Saúl, lo digo en serio: ya quisieran muchos llegar a la vejez como tú. A los hombres las canas les sientan mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. A una mujer canosa ni quién la voltee a ver por la calle, en cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarles suspiros a las señoras. ¿Estás cómodo o quieres que te suba la almohada? Mejor no trates de hablar hasta que te quiten el aspirador de la tráquea, ya lo dijo el médico, primero tienes que sacar todas esas flemas de los pulmones. Quién iba a pensarlo, nunca probaste un cigarro, en cambio yo fumé toda la vida y el que acabó con enfisema fuiste tú. Cáncer de fumador pasivo, válgame Dios. Perdóname, gordo, nunca me imaginé que estuvieras tan delicado del aparato respiratorio, te consta que siempre tuve mucho cuidado para no echarte el humo en la cara. ¿Verdad que sí me perdonas? Una sonrisita, por favor, una sonrisita para tu nena. Me la he ganado a pulso por todo el amor que te he dado en treinta y cinco años de matrimonio. ¿Quién te quiere más que yo, a ver? ¿Quién te ha dado comprensión y apoyo en los momentos difíciles? ¿Quién te levanta la moral cuando estás deprimido?

Malvado, ¿ni siquiera me vas a regalar una sonrisa? Eso quiere decir que estás enojado conmigo. No seas rencoroso, Saúl, llevo tres meses al pie de tu cama, oyendo tu tos de perro, lavándote las axilas con esponja, recogiendo el orinal con tus gargajos ensangrentados, y creo que merezco un poco de consideración. Has tenido suerte conmigo, admítelo.
No eres un hombre fácil, claro que no. Como todos los genios eres egoísta y huraño. Las relaciones públicas nunca fueron tu fuerte. Desde que te conozco vives encerrado en ti mismo, perdido en tu mundo interior de abstracciones y fórmulas matemáticas. La gente cree que eres un mamón engreído, pero en realidad eres tímido, un hombrecito inseguro que siempre tuvo flaca la autoestima y por eso se refugió en una ciencia impenetrable.

Confiesa, pillín, que al principio sólo me querías para una aventura. Eras un flamante graduado en física nuclear y yo una pobre secretaria de la división de estudios de posgrado. Eras arrogante, como todos los criollos de buena familia, y, aunque me trataras sin condescendencia, en el fondo sentías que ser blanco y rubio te daba una ventaja enorme sobre mí. Debiste pensar: a esta prieta chula me la cojo un rato y a volar, paloma. Pero yo apechugué con tus desprecios. No teníamos un noviazgo formal, porque nunca me declaraste tu amor, sólo íbamos de la cafetería al cine y del cine al hotel. Ni siquiera me presentaste a tu familia, claro, no querías formalizar nada, cuanta menos gente me conociera, mejor, y a los tres meses quisiste mandarme al carajo. “Mira, Evelia –me dijiste muy serio en el Toks de Copilco– eres una mujer adorable y una maravilla de persona, pero esto no puede seguir. Yo estoy muy joven para comprometerme en una relación seria y tú me llevas cinco años, pronto vas a querer tener hijos y no quiero defraudarte. Lo mejor para los dos es que partir de ahora cada quien vaya por su lado.” Jamás te hablé de tener hijos ni de planes matrimoniales, era un cuento que tú inventaste para deshacerte de mí, pues habías pedido una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Michigan y no querías llevar torta al banquete. Mucho menos una torta proletaria como yo. Tu plan era pegar el chicle con alguna gringa. ¿Verdad, ingrato, que en ese momento yo te estorbaba?

Pero no me hagas muecas de hartazgo. Ya sé que has oído mis reclamos un millón de veces, pero hay cosas que nunca te he dicho, y ahora las vas a saber. Te las digo porque ya tienes un pie en el estribo, y si no las saco del corazón, reviento. Necesito confesarme, pues, pero sin arrepentirme de mis pecados. Que se arrepientan quienes han obrado mal, yo gracias a Dios tengo la conciencia limpia. Tu rechazo fue una humillación atroz y esa noche volví destrozada a mi humilde cuarto de vecindad. Este güerito pendejo no se va a burlar de mí, pensé, y en vez de sucumbir al dolor o de regodearme en la pena, comencé a fraguar un plan de reconquista. Ya no debes acordarte, pero, desde nuestras primeras charlas en la coordinación académica, yo había descubierto la manera más eficaz de tomar por asalto tu corazón. El día que nos conocimos te comenté que había leído un artículo tuyo sobre termodinámica en una revista estudiantil de la facultad y estaba fascinada por la brillantez de tus argumentos. No entendí una palabra del artículo, para qué te voy a mentir, pero mi elogio te ruborizó de satisfacción y desde entonces comencé a ganarme tu simpatía. Estabas muy necesitado de elogios, quizá por tener un déficit afectivo, como todos los hijos de padres divorciados, y eso me abría una puerta para echarte el lazo. Esperé un par de meses con paciencia de ilusa que te retractaras de haberme cortado, y, al comprobar que eso nunca sucedería, recurrí a una táctica más audaz: me tomé la libertad de traspapelar la solicitud de tu beca en el archivo de la coordinación académica. Tú sólo recibiste un aviso con el anuncio de tu rechazo, pero nunca supiste el motivo. Ahora ya lo sabes: te negaron esa beca porque la solicitud firmada por el coordinador se quedó extraviada en un altero de papeles y llegó con retraso a Michigan. Pero no me mires feo, que te hice un favor. Las gringas son interesadas, dominantes, cabronas, y estaba segura de que ibas a ser muy desgraciado con ellas. Nada tiene de malo usar un poco de mano negra para garantizar la dicha del ser amado.

No refunfuñes, por Dios, que te vas a ahogar con las flemas. Lo que menos te conviene a estas alturas es un coraje, podrías tener un paro respiratorio. Te jugué rudo, es verdad, pero ya hice méritos de sobra para pagar mis culpas. Reconoce que sin mí tu vida hubiera sido una eterna lucha contra el desamor. Y al final del camino te hubieras sentido mutilado, roto, vacío, como toda la gente que llega a la vejez huérfana de afecto. La humanidad siempre fue hostil contigo en represalia por la mala cara que le ponías. Sólo en mí podías confiar a ciegas. Primero fui tu esposa, después tu hermana, ahora soy algo parecido a una madre y en mis tres personalidades te he colmado de ternura. Toma eso en cuenta a la hora de hacer el balance de nuestro amor, cuando ya no puedas jalar el aire con ese tubo. Recuerda, por ejemplo, mi compungida llamada de pésame por tu fracaso académico. “Me enteré de lo que pasó y estoy muy sorprendida, Saúl, porque todos los profesores de la división de posgrado tienen una excelente opinión de ti. Me consta que varios mandaron cartas a la Universidad de Michigan recomendándote para la beca. No entiendo cómo pudieron rechazar a nuestro candidato más talentoso, deben de tener el cupo muy limitado. Me imagino que estarás muy chípil con esta noticia. ¿Quieres que nos reunamos a tomar un café?” Cuando me propusiste que en vez del café fuéramos a un bar de Coyoacán, me sentí segura de la victoria: con los tragos ibas a ponerte sentimental. Llevaba un vestido azul de muselina muy entallado, tacones altos, un collar de carey que resplandecía entre mis senos y antes de entrar al bar me bajé el escote para lucirlos. Pero más que mi atuendo sexy te cautivó mi nobleza de buena perdedora. Ni un solo reproche a pesar de tu abandono. Estaba ahí en solidaridad contigo sin pedir nada a cambio. Al calor de los tequilas acabaste llorando en mi hombro, yo también lloré de emoción al beberme tus lágrimas, te disculpaste por haber terminado abruptamente con la única mujer que te comprendía, ven acá, preciosa, no entiendo cómo pude estar tan ciego, y acabamos cogiendo como fieras heridas en un hotel de Taxqueña.

Pero ¿qué haces, gordo? Nunca vas a alcanzar el botón para llamar a la enfermera con esa mano tan debilucha. ¿Y para qué la quieres llamar? ¿Para acusarme con ella? No seas infantil, por Dios, trae acá ese botón. Lo vamos a poner más lejos, colgado de la botella de suero, para que no se te ocurra buscarlo a tientas. Siempre queriendo huir de mí, ¡qué tonto has sido! Nunca pude estar segura de tu amor, ni siquiera en los años de más pasión, cuando nos mudamos juntos al apartamento de la Narvarte. Yo me entregué sin reservas y tú sólo me amabas a medias, con la mente en otra parte. Siempre fui tu peor es nada, el premio de consolación de alguien que se creía digno de una princesa nórdica, y por eso tenía que estar con el ojo avizor para adelantarme a las malas intenciones de todas las viejas que te rondaban. ¡Cuántas mujeres se derretían por ti cuando eras un joven apuesto! Algunas eran bastante guapas y, como no tenía armas para alejarlas de ti, me resigné a compartirte. Sí, gordito, sé perfectamente que en esa época me pusiste el cuerno con Sara Márquez, la maestra de biología, con Josefina, la cuñada de tu hermano, con Lupe Iglesias, la vecina del 402, y quién sabe con cuántas putas más, pero yo me mordí el rebozo como una mujercita abnegada, porque sabía que ninguna de ellas iba a lograr separarnos.

Otras recurren a los embarazos rápidos para retener al hombre, yo no tuve necesidad de eso. Los hijos vinieron cuando tú los quisiste, no te salí con domingo siete. Me las ingenié para sujetarte con cadenas más sutiles, tan sutiles que nunca sentiste cómo te apretaban el cuello. Cuanto más me engañabas, más chorros de miel derramaba en tu oído. “Te admiro, mi cielo, no sabes cuánto me deslumbra tu capacidad intelectual. Eres un hombre fuera de serie y me siento orgullosa de compartir la vida contigo. No me atrevo a perturbarte cuando te distraes porque sé que estás elucubrando teorías geniales. Así deben de haber sido Newton y Einstein, unos locos maravillosos flotando en las nubes. Tarde o temprano el talento se impone, ya lo verás, les guste o no a los envidiosos tendrán que reconocerte. Cuando termines el posgrado y puedas desarrollar tus ideas, el mundo científico se va a rendir a tus pies.”

Que las otras te dieran placer en la cama y cumplieran tus fantasías de don Juan: sólo yo sabía alimentar tu vanidad insatisfecha. Necesitabas mis halagos como una droga porque tu carrera se había ido a pique, y con cada tropiezo tu ego famélico exigía más terrones de azúcar. Te gusta culparme de todos tus males, pero yo no hice nada para empujarte a la vida bohemia, no, señor, tú solito te echaste la soga al cuello. Ya eras ayudante de investigación en el Instituto de Física y, si te hubieras doctorado pronto, de seguro te habrían dado la anhelada plaza de investigador titular. Pero como necesitabas ganar dinero para tus parrandas, te metiste a dar clases de física en una preparatoria, una chamba que odiabas, y la mitad del sueldo se te iba en empinar el codo con otros bebedores enamorados de su fracaso. Te amanecías chupando en los antros de la Doctores y con las pavorosas crudas que tenías ni ganas te daban de ir a la facultad. No hagas pucheros, que yo no te empujé a la bebida ni te induje a abandonar el doctorado: échale la culpa a tu compadre Joselo, el que más te sonsacaba para beber. Más bien deberías agradecerme que te haya seguido queriendo a pesar de ver cómo te hundías en la mediocridad. Con un poco de disciplina hubieras podido trabajar en la prepa sin descuidar tus estudios. Pero te dejaste llevar por la inercia, el trago te hinchó la cara como un sapo y a los treinta y cinco años ya eras un perdedor con las ilusiones podridas. Yo fui tu compañera de naufragio, la incondicional que nunca te volvió la espalda. Y mira cómo me pagas una vida entera de sacrificios: denigrándome en este maldito cuaderno que encontré en tu escritorio. Es un diario de cuando eras joven, qué escondidito te lo tenías. Sí, forcé la chapa del cajón, ¿y qué? Nomás faltaba que después de tantos años de intimidad me guardaras secretos.

Oye nada más las inmundicias que dices de mí: “Pobre Evelia, desde hace tiempo no la deseo, pero estoy atado a ella por un lazo más fuerte que el placer: la compasión. Ayer, al salir del colegio, me fui con Sarita a su departamento, y después de hacer el amor volvió a sacar de su ronco pecho la queja de siempre: está cansada de verse conmigo a escondidas y quiere que le pida el divorcio a Evelia. Tiene razón, es enfermizo prolongar un matrimonio en estado de coma. Necesito romper mis ataduras y esta vez le prometí que hablaría con mi esposa para cantársela derecha. Pero claro, al llegar a casa quedé apabullado por la abnegación de Evelia. A pesar de olerse mi engaño, porque no tiene un pelo de tonta, ni siquiera me preguntó adónde había estado toda la tarde. Siempre evita colocarme en situaciones incómodas con un tacto de geisha. Después de acostar a los niños me sirvió un plato delicioso de romeritos con mole y por falta de valor para entrar de lleno en el espinoso tema del divorcio, le hablé de mi sueño imposible: diseñar un nuevo modelo experimental para generar radioisótopos de uso médico, un proyecto de investigación que me ronda la cabeza desde hace tiempo. Mi querido profesor Gluckman, a quien le conté la idea, me dijo que si quiero desarrollar el proyecto por la libre, sin apoyo institucional, puede darme chance de trabajar en el laboratorio del Instituto. Pero de qué sirve hacerme ilusiones, le dije a Evelia, si la chamba no me deja tiempo para nada. Pues renuncia a la escuela, mi amor, me propuso ella, entusiasmada. Si quieres yo puedo trabajar turnos dobles en la universidad, para cubrir los gastos de la casa. En pocas palabras, está dispuesta a mantenerme mientras yo me dedico al proyecto. Conmovido, la besé con ternura en la frente y la idea de pedirle el divorcio me pareció una monstruosidad. Para darle rapidez al asunto, hoy mismo Evelia solicitó el doble turno al sindicato universitario. Creo que estoy abusando vilmente de su bondad. En el fondo me está pidiendo: sigue conmigo aunque ya no me quieras, mira de lo que soy capaz con tal de salvar nuestro amor. Estoy agradecido por su sacrificio, pero sobre todo le tengo lástima. Romper con ella en estas circunstancias sería como darle una patada a un perro enfermo tendido a mis pies.”

Hijo de la chingada, ¿conque todos estos años me has tenido lástima? ¿No sería más bien que necesitabas sentirte idolatrado por alguien? Cualquier otra mujer con más dignidad que yo te hubiera puesto en aprietos. Es muy cómodo tener en casa a una foca enamorada que te aplaude sin motivo, lo merezcas o no. El orgullo está siempre ileso, nadie puede clavarle puñales, ni siquiera alfileres. En cambio las mujeres exigentes, las que ponen condiciones para dar amor a cuentagotas, señalan con dureza los defectos de sus maridos. Y, sobre todo, ninguna de ellas te hubiera quemado incienso como yo. Acepta la verdad: te quedaste conmigo porque te faltaron huevos para exponerte a la incertidumbre de un amor entre iguales. Pero a fin de cuentas, mira quién ganó la pelea. Mal que bien, he compartido la vida con la persona que más quise. Tú en cambio no puedes decir lo mismo. Ah, ¿y ahora chillas? Por favor, Saúl, no seas cursi. ¿Dónde quedó la mala leche que destilabas en tu diario? Te resignaste al menor de los males por miedo a perder los privilegios que tenías conmigo. En la casa eras un rey, o más bien creías serlo, pues nunca te diste cuenta de que yo fingía obediencia para mandar mejor. Así como lo oyes: yo he mandado siempre desde el suelo donde estoy tendida a tus pies.

De la humillación sin límites surge una fuerza que subyuga los corazones. Cuando más servil era contigo, en la época en que trabajaba para mantenerte mientras tú intentabas sacar a flote tu carrera científica, te tuve más controlado que nunca. Tu experimento pudo ser un éxito si hubieras aceptado la crítica constructiva del doctor Gluckman. Él te advirtió que el nuevo modelo de radioisópato, o como se llame la chingadera esa, no funcionaba bien y tenías que hacer cambios de fondo. Pero tú creíste que Gluckman envidiaba tu invento y te estaba poniendo una trampa, quizá con la torva intención de plagiarte la idea. Cuando me confiaste tus temores comprendí de inmediato de que eran absurdos. Debiste hacerle caso a Gluckman y corregir las fallas que te había señalado. Pero te dije justamente lo contrario de lo que pensaba: “No le hagas caso a ese viejo imbécil, te tiene mala voluntad porque jamás ha descubierto nada valioso.” Era lo que deseabas oír, ¿verdad? Sentirte envidiado por el género humano es una de tus peores debilidades, y yo la he explotado hasta el cansancio. Como todos los genios incomprendidos, creías que medio mundo conspiraba contra ti. Lo dices en tu cuaderno: “Me da mala espina que Gluckman me salga con estas observaciones cuando ya tengo fijada la entrevista con la gente de la compañía que me quiere comprar la patente. Quizá está poniéndome una zancadilla para ofrecer el invento a otra empresa.”

Ay, Saúl, con esos humos nadie puede triunfar. Siguiendo mi consejo, presentaste tu proyecto a los peritos de la empresa sin hacerle caso a tu profesor y ocurrió lo que yo esperaba: lo rechazaron por sus errores de cálculo. En el colmo de la necedad, volviste a casa echando pestes, jurando que los expertos en ingeniería médica te habían descalificado sin argumentos. El mundo científico era una letrina que se regía por favoritismos, y a ti te pisoteaban por no haberle lamido las suelas a nadie. Primero muerto que renunciar a tus delirios de grandeza, a tu pobre orgullo martirizado. Solidaria hasta la ignominia, me puse varias borracheras contigo en las que te di la razón en todo. Incluso lloré cuando te derrumbabas delante de mí, pero en el fondo estaba contenta. El éxito de tu proyecto era una amenaza para nuestra pareja. Si la comunidad científica te reconocía, si empezabas a destacar como físico innovador, tendrías el ego mejor nutrido y entonces dejarías de necesitarme. Por fortuna he conservado hasta hoy la presidencia de tu club de admiradores, en el que soy el único miembro.

Pero no te pongas así, mi cielo, te sienta mal ese color morado. Con un poco más de resignación, de sabiduría para aguantar los sinsabores de la existencia, pudiste haber disfrutado tu modesta felicidad hogareña. Nuestros dos hijos tienen título universitario y Jorgito ya se independizó. ¿No te da gusto? Claro, esa clase de triunfos no dan fama ni lustre, pero deberías valorarlos un poco más. En la preparatoria recibiste una medalla con baño de oro por tus treinta años de docencia y no negarás que te hicieron un emotivo homenaje. Hasta hubo poemas en tu honor, declamados por los mejores alumnos de sexto. Eres el decano de la escuela y todos te respetan. Mírame a mí, nunca pasé de secretaria y sin embargo me siento plenamente realizada, como dicen las actrices de la tele. Pero tú no le encuentras el gusto a nada porque sigues ambicionando la gloria que se te fue de las manos, ahora con un rencor de novio despechado. Desde que tus amantes te abandonaron por viejo y borracho se te recrudeció el mal carácter. Perdido el orgullo viril, ya no tuviste ningún clavo del que agarrarte. Pleitos callejeros por incidentes de tránsito, largas rachas de melancolía, silencios sepulcrales en las cenas de Navidad, berrinches idiotas en los restaurantes, ¡cuántas vergüenzas me has hecho pasar! Pero a pesar de todo yo te sigo endulzando el alma. He respondido a tus majaderías con caricias, poniéndoles buena cara a los malos tiempos. ¿Me dejas peinarte? Ese mechón de pelo te tapa los ojos, con la frente despejada brilla más tu mirada de soñador. Siempre me han fascinado los fulgores de inteligencia que te brotan de las pupilas. ¡Cuántas ideas fabulosas debes de tener guardadas en la cabeza! Hombres como tú se dan una vez en un siglo, deberían declararte patrimonio cultural de la humanidad. Adoro a mi genio, y lo voy a seguir mimando hasta el último aliento. Déjame secar tus lágrimas, gordito, quiero que estés presentable cuando vengan a recogerte los camilleros. ¿Te molesta si fumo? ~