sábado, 15 de noviembre de 2014

El estética y el crítico literario

15/Noviembre/2014
Laberinto
Evodio Escalante

Comienzo señalando lo que a primera vista podría considerarse una tara en la constitución anímica de José Revueltas: su incapacidad para responder de frente a las críticas, a veces no solo severas sino malintencionadas, que merecieron él y sus textos literarios. Esta es una constante que no lo abandona nunca. Su primera gran novela, El luto humano (1943), que le acababa de valer un Premio Nacional de Literatura, fue saludada con una reseña de Octavio Paz en la que no solo lo acusaba de torpeza para relatar, de recurrir a un lirismo sin empleo y de empantanar su texto con digresiones y personajes inconsistentes, sino que le negaba al libro su calidad genérica: no era una novela. Revueltas reaccionó, es cierto, pero de modo oblicuo y sin darse personalmente por aludido, con lo que, podría decirse, los ataques quedaron sin contestación. En los años cincuenta sucedió algo todavía peor. Los días terrenales (1949), su siguiente novela, aunque elogiada como una obra de arte por críticos de la talla de Salvador Novo y Alí Chumacero, fue condenada al infierno de la literatura degenerada que inspiraba el decadentismo existencialista por Enrique Ramírez y Ramírez, vocero de la izquierda, quien consideró a su autor como un renegado ideológico que con esta obra filosofante y teñida de misticismo se hacía eco de la propaganda que los periódicos burgueses propalaban contra el sistema socialista. En ese caso, Revueltas no solo se quedó callado, sino que, cimbrado de seguro en lo más íntimo, acabó enviando a Lombardo Toledano y a Ramírez y Ramírez una carta en la que, como si retrocediera a los tiempos oscuros de la Edad Media, entonaba un patético mea culpa, agradecía la crítica científica (sic) que se le acaba de hacer, y se desdecía de tal forma de su novela que anunciaba que la retiraría de la circulación. ¡Tal cual! Por fortuna, esta carta, que exhibe a su autor en el trance de una abjuración lastimosa, no fue publicada en su momento. En franca actitud de repliegue, Revueltas no solo dejaba desamparada a su novela, sino que igualmente nos privó de lo que pudo haber sido un debate de significativas repercusiones dentro de la cultura de la izquierda de aquellos años, tan lastrada por el estalinismo vernáculo.

Con su siguiente novela de madurez, Los errores (1964), sucedió algo semejante. Se la llegó a elogiar pero a menudo con reticencias: su lenguaje era demasiado espeso, la trama resultaba confusa, la caricatura predominaba sobre el retrato y campeaba en ella el resentimiento de alguien que había sido expulsado en dos ocasiones del Partido Comunista. La respuesta del autor, de nuevo muy indirecta, consistió en escribir un ensayo en el que postulaba el audaz concepto de autoanálisis literario. Es la novela misma la que, convertida en una entelequia en el genuino sentido aristotélico del término, se autoanaliza y se justifica a sí misma ante el público lector y la posteridad: José Revueltas como tal no es sino un testigo del que se puede prescindir.

Esta extraña “desaparición” de la figura del autor, que se resuelve por la incapacidad de defender sus textos ante la crítica, y que podría explicarse por las lecturas “cristianas” de su adolescencia (“no respondas al mal con el mal”), en realidad embona muy bien con la compleja idea de despersonalización que parece ser típica de los personajes revueltianos y que el propio Revueltas llega a esgrimir en varios de sus textos. Es como si el autor estuviera convencido de que el individuo como tal es un guarismo insignificante, y que lo que importa no es el yo personal, efímero y falible, sino el destino de la humanidad como un todo. Es la impersonalidad asumida de modo consciente por José Revueltas y convertida, por decirlo así, en mantra existencial, la que deja a la deriva a El luto humano, Los días terrenales y Los errores, textos que, en dado caso, habrán de defenderse solos y sobrevivir si tienen méritos para ello. Por supuesto, han sobrevivido.

La imposibilidad de entablar polémica, que podría parecer un defecto de carácter, se revela de algún modo como una convicción vinculada a la concepción marxista de la historia que sostiene Revueltas. Cuando en su reseña titulada “Una nueva novela mexicana” Paz rompe lanzas contra El luto humano, Revueltas se desentiende de sí mismo y de su novela pues no hay nada en ellos que merezca defenderse en el plano burgués de la individualidad. Asume el reto pero de una manera sesgada e impersonal, como consta en “Réplica sobre la novela: el cascabel al gato”, que se publica apenas una semana después de que apareciera el texto de Paz. En este ensayo poco visible pues los editores de las Obras completas lo insertaron en un libro que se titula Visión del Paricutín (Y otras crónicas y reseñas), Revueltas aporta su propio diagnóstico no solo sobre la novela sino sobre la situación general de las letras en el país. En México se debatirían los siguientes grupos: los helenizantes que nunca arriesgan nada, encabezados por Alfonso Reyes; los europeizantes puros que en el fondo nada quieren saber de lo que sucede en este país, bajo la jefatura de Xavier Villaurrutia; los “revolucionarios” oportunistas que viven a la sombra del presupuesto como Jorge Ferretis y Gregorio López y Fuentes; los ministros y generales literatos, de los que no hace falta hablar; y, por último, los escritores marxistas entre quienes se encuentran Juan de la Cabada, Ermilo Abreu Gómez y su gran amigo el poeta Efraín Huerta.

Revueltas pone por delante un hecho histórico: la novela como género se forma en la época en que surgen los Estados nacionales. La novela es la manera en que la nación toma conciencia de sí y se da una expresión literaria. “La novela en términos muy generales […] es un fenómeno de madurez nacional”. Esta madurez, como es obvio, no depende tanto de la persona del novelista como del mundo al que éste pertenece, el mundo que está obligado a reflejar. Por ello, las fuentes del estilo hay que buscarlas en el pueblo, no en la conciencia ilustrada de los presuntos escritores. En este contexto, Revueltas deja caer una fórmula de oro: lo que debe importar no es “escribir bien”, sino “expresarse bien” como de seguro hizo Cervantes. Los exquisitos no entienden el problema del estilo porque tienen la mira puesta en la eternidad, quieren ser clásicos desde ahora. ¿Qué es un escritor? Revueltas piensa que el escritor es un albañil que aspira a lo perenne. Por eso asegura: “Este es el mal de nuestros escritores, de todos nuestros escritores. En el fondo de cada sollozo de Octavio Paz o de cada lágrima de Neftalí [Beltrán] o de cada suspiro de Pellicer […], hay una aspiración a la inmortalidad”. Si estos escritores se metieran de verdad en el movimiento dialéctico de la vida, se olvidarían de esta pretensión soberbia. En El luto humano, parece dar a entender Revueltas entre líneas: “yo quise atenerme a este movimiento sin pensar en los preceptos de la academia ni en las madréporas de la eternidad. Quise expresarme, y me expresé”.

Habrá de transcurrir poco más de una década para que Revueltas asimile las incriminaciones que se hicieron a Los días terrenales. En los sesenta, como si se recuperara de una larga depresión, Revueltas publica el desafiante Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962) y muy poco después en el Fondo de Cultura Económica Los errores (1963), la más ambiciosa de sus novelas, en la que consolida y universaliza su crítica al dogmatismo doctrinario de Stalin y sus seguidores ya no solo en México sino en todo el mundo, con lo que da a entender que aquello que se desplegaba en Los días terrenales conservaba hoy en día toda su validez. Tiene cincuenta años y es, si se lo puede decir, un escritor consagrado. Recibe en 1967 el Premio Xavier Villaurrutia.

De la suerte variopinta de Los errores entre los críticos mexicanos ya anticipé algo renglones atrás. En 1965 Revueltas publica otro libro de madurez: El conocimiento cinematográfico y sus problemas. Todo lo que Revueltas sabe de cine —no se olvide que escribió más de veinte guiones que llegaron a las pantallas— pero igualmente de literatura, de teatro y de pintura, así como de filosofía, cristaliza en este libro que es en realidad una estética del autor. En la edición original de este libro se incluyó, a manera de apéndice, “El autoanálisis literario”, un texto que postula sobre bases hegelianas la autonomía del texto literario. Con la mediación del novelista, pero en realidad prescindiendo de él, el autoanálisis no sería sino “la actitud objetiva que asume el pensamiento ante la tendencia o las tendencias del trabajo que se propone”. El escritor no inventa su texto a partir de la nada, sino obedeciendo (y quizás hasta adivinando) la tendencia que está implícita en sus materiales. Por ello continúa Revueltas: “El autoanálisis literario es el método de que se sirve un escritor, consciente o espontáneamente, para descubrir la determinación de sus materiales, la tendencia de los mismos, antes y en el momento de organizarlo como novela, teatro, cinedrama o poesía”. Al compenetrarse e interiorizarse de esta manera con sus temas y su lenguaje, la subjetividad del escritor deja de ser tal y llega a coincidir con el movimiento mismo de la realidad objetiva, que es adonde se quiere llegar. No ignoro que hay un cierto trasfondo metafísico en esta postura. Según Revueltas la cosa objetiva, la cosa real, se piensa a sí misma como tal en el cerebro del hombre que la ha llegado a pensar, es decir, se piensa a través del cerebro del escritor. En consecuencia, es la realidad objetiva la que se autoanaliza en el proceso mismo de objetivarse como obra literaria. De aquí que Revueltas concluya que la obra terminada es una verdadera entelequia, esto es, un concepto que persigue sus propios fines.


Por ello Revueltas no se siente en la obligación de responder a sus críticos. Él no ha hecho sino obedecer la lógica interna de sus materiales de trabajo, y es el propio autoanálisis de la obra la que habrá de contestar por él. Podemos compartir o no esta concepción de Revueltas, pero no se puede negar su fuerza y su originalidad. La obra literaria es una máquina que arrolla con todo, incluso con su autor. Lo único que lamento en este punto es que la finada Andrea Revueltas y Philippe Cheron, los editores de las Obras completas de Revueltas, a quienes tanto debemos, hayan “desmembrado” varios de los libros que se encargaron de editar. De México: Una democracia bárbara (1958), por ejemplo, excluyeron “Posibilidades y limitaciones del mexicano” para agregar en su lugar varios textos en torno a Vicente Lombardo Toledano. De El conocimiento cinematográfico y sus problemas, expurgaron los ensayos “El autoanálisis literario” y “Libertad del arte y estética mediatizada”, con los que el libro se consolidaba como un volumen que giraba todo él en torno a cuestiones de la estética contemporánea. Como un libro que estaba pensado, para decirlo de otro modo, desde la perspectiva de una filosofía del arte. En su lugar, los editores incluyeron diversos textos sobre cine y otros que documentan de modo circunstancial la lucha que el sindicalista Revueltas emprendió fallidamente contra los detentadores del monopolio de las salas de exhibición en el país. Con ello, y lo lamento, la política desplazó al pensador.

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