domingo, 24 de octubre de 2010

Un novelista total/ y 3

24/Octubre/2010
Milenio
José de la Colina

En la última década del siglo XIX hubo una gran rebelión y una guerra en los sertones del desértico nordeste brasileño. Reuniéndose en torno a un iluminado “Conselheiro”, enfebrecido santón predicador y profetizador del Fin del Mundo y del Juicio Final, los fanatizados campesinos pobres, los sertaneros, se volvieron yagunzos (“alzados”) y fundaron en la región de Canudos una “ciudad de Dios” inspirada en un arcaico espíritu comunitario, religioso y patriarcal. En respuesta y en nombre de la Razón y el Progreso, la joven República del Brasil lanzó el ejército contra los rebeldes, los cercó y finalmente los derrotó en una cruenta batalla.

A partir de ese episodio, el periodista Euclides da Cunha narró su experiencia de la “guerra de Canudos” en un libro: Os Sertões, que conjuntaba el ensayo histórico, el estudio antroposociológico y la narración épica; y a partir de ese libro, de otras fuentes documentales y de una larga visita a las tierras de Canudos, Mario Vargas Llosa revivió la rebelión de los sertaneros en su tercera novela: La guerra del fin del mundo, publicada en 1980, cuando ya el autor, desencantado de las quimeras revolucionarias, se afirmaba como un liberal, era combatido por el fanatismo izquierdista y resultaba ser el “eterno” candidato fallido al premio Nobel porque, considerado desde la tozudamente romántica visión europea de las revoluciones latinoamericanas, no estaba en el “lado correcto” de la política.

Novela de aventuras, narración que inteligentemente acata las tradicionales exigencias del género: acción constante, personajes definidos por sus actos, situaciones-límite que deciden destinos individuales y colectivos, La guerra del fin del mundo sostiene su alta tensión y despliega sus historias paralelas gracias a su bien tramada narratividad y al implícito (no descrito) espesor psicológico y moral de sus personajes, tanto los que son bigger than life o simpáticos como los que serían pequeños o antipáticos, y contribuye a la impresión de embriaguez épica que comunica el autor a los lectores. La ficción, de acuerdo a la ambición vargasllosiana de la “novela total”, se ciñe a una global “representación de la vida” al que se incorpora la stendhaliana “mirada de Fabrizio del Dongo” (las batallas vividas desde algún personaje y vistas desde el “punto de vista general), más los no siempre marginales elementos de tipo romántico, aunque sólo sea por el lado de lo enorme y lo grotesco: personajes bigger than life, enanos, seres deformes, monstruos físicos y morales de un pintoresquismo casi delirante. A veces la narración deja ver una feliz apetencia de la dimensión fantástica, y, por ejemplo, todo el segmento del ataque final a Canudos evoca un fin del mundo pintado por Hyeronimus Bosch.

La guerra del fin del mundo, ¿novela histórica? Según y cómo. Al autor le importaba que el itinerario plural de los personajes fuese como un caleidoscópico romance en prosa. En su primera “novela total” se confrontan dos colectivas quimeras con sus respectivos fanáticos: mientras la República busca la perfecta ciudad social, otros sueñan instituir la perfecta Ciudad de Dios. Personajes emblemáticos, el libertario Galileo Gall y el iluminado Conselheiro encarnan esos enfrentados ideales. Y en medio del ruido y la furia colectivos, la campesina Jurema y el periodista miope, formando una pareja marginal y “ahistórica”, conocerán el amor y la terrenal comunión de los cuerpos entre la turbulencia y la sangre de la guerra de Canudos, mientras los combatientes irán al cielo de los mártires o al olimpo de la civil leyenda popular. Canudos es en cierto modo la sede de una tragedia universal: allí combate y muere —sospechablemente para renacer en otra parte— un mito o un sueño colectivo. Allí la aspiración sagrada y el ideal político han combatido por el poder sobre la muchedumbre humana.

La guerra del fin del mundo
es un épico romance en prosa, y a la vez es una fábula “amoral”, porque a final de cuentas el relato no genera ninguna moraleja, o al menos una moraleja que sirva a la Historia. Pero habría que preguntarse para qué sirve la Historia misma y si alguna lección a la medida de lo humano puede deducirse de su discurso de divergentes utopías frecuentemente resuelto en guerra de ideales. Hacia el final de la novela un personaje ultracivilizado, un aristócrata escéptico (que se diría pariente novelesco del Gatopardo de Lampedusa), llega a una certidumbre individual encontrando en un cuerpo y en el banquete erótico el modo de evasión de la Historia, mientras el periodista miope (bien individualizado, pero sin nombre ni apellido) y la campesina Jurema no habrán sufrido todas sus penalidades y llegado al infierno final de Canudos sino para sobrevivir amándose “desvergonzadamente”, copulando indefensos en medio del ajeno y enorme combate de dos absolutos: el de la Fe y el de la Razón, o la utopía de la Fe y la del Estado. Así, la historia plural y tumultuosa de la guerra de Canudos insinúa una fábula que a su vez susurra una antimoraleja: no hay certidumbre moral sobre la cual fundar la ciudad de Dios o la república de los hombres, y éstos siempre enfrentados en alguna forma de guerra moral y/o concreta descubren que siempre estarán guerreando en la Historia… y que ésta les agradecerá el sacrificio triturándolos y devorándolos.

Paradójica y afortunadamente, La guerra del fin del mundo, para mí la novela cumbre de Vargas Llosa, es una robusta y bella, victorhuguesca ficción novelesca que basa su fuerza narrativa en una guerra de ideales fanatizados y de febriles esperanzas en la inalcanzable, pero siempre tentadora y frenética, utopía que, como incendiaria ilusión y al final como pesadilla, recorre e incendia o entenebrece la Historia.

Alí Chumacero. En el jardín de las cenizas

24/Octubre/2010
La Jornada
José Emilio Pacheco

Nadie ha sabido decirnos con certeza de dónde viene la voz que habla en los poemas, desde qué sitio de la realidad se dirige a nosotros. Es común afirmar que ningún poeta se parece a sus versos. No es menos cierto que tales páginas no existirían sin la única e irrepetible experiencia vivida por esa persona concreta.

Será difícil hallar un comentario sobre Alí Chumacero que no se asombre ante el contraste entre una actitud personal amable y expansiva, antisolemne mucho antes de que se inventara el concepto mismo de antisolemnidad, y una obra tan austera y doliente como la suya.

Una posible explicación es que desde sus orígenes remotos la poesía lírica sirve, entre otras cosas, para concentrar toda la negatividad del mundo. En cualquier época hay muy pocos poemas alegres. Existen, claro está, versos jocosos pero siempre van dirigidos en contra de alguien. La dicha se basta a sí misma, no necesita de celebraciones. El placer que derivamos de los poemas, aun o sobre todo de los más sombríos, nunca es resultado de su tema sino de su arte verbal.

Así, en la poesía mexicana se hallarán pocos libros tan disfrutables como Palabras de reposo, siempre y cuando estemos dispuestos, no tanto a leer sin prisa cada uno de sus poemas.

Alí Chumacero ha pasado su vida haciendo los libros de los demás, es decir transformando los originales en piezas tipográficas, pero sólo quiso darnos tres propios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1947) y Palabras en reposo (1956). En ellos está toda su obra breve y admirable.

A uno le hubiera gustado seguir leyendo siempre nuevas páginas de Chumacero. Sin embargo su decisión no nos privó de su poesía de madurez, ya que fue un poeta cabal desde su aparición en 1940 con Poema de amorosa raíz. En menos de veinte años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir.

En torno suyo se ha tejido la costumbre de afirmar, para alabarlo, que es el Juan Rulfo de la poesía mexicana y su prestigio crece con cada nuevo libro que no publica. Como los versos interesan a menos personas de las que se preocupan por la narrativa, Chumacero ha podido guardar silencio sin molestias ni expectativas por la siguiente colección de poemas. Nada tan lejano a Rulfo y a Chumacero –ambos nacidos en el mismo 1918– como la idea de una carrera literaria. Ambos escribieron por necesidad interior y enmudecieron una vez escrito, inmejorablemente bien escrito, lo que debían expresar.

Es irresistible la tentación de comparar sus tres libros a estrellas solitarias que brillan con luz propia en el cielo de la poesía de nuestro idioma, o bien a islas rodeadas de silencio por todas partes. Silencio y soledad son el marco propicio para que resuene la elocuencia sin énfasis de sus poemas y quebrantes las tinieblas una luz que no enceguece sino ilumina.

En Páramo de sueños e Imágenes desterradas hay una continua tensión entre la inmovilidad que se eleva y el movimiento que se abisma, entre el sepulcro como destino final de toda carne y el deseo en que la vida se afirma al negar la fatalidad de la desdicha. Estos poemas son muchas veces monólogos dirigidos a un tú que es casi siempre una mujer lejana o a punto de alejarse. La dicción y el fraseo provienen en parte de los poetas españoles de 1927 y los Contemporáneos mexicanos, en especial Xavier Villaurrutia. No obstante, Chumacero encuentra su propia voz desde sus primeros pasos y en ella resuena una sentenciosidad bíblica nada frecuente en la poesía de lengua castellana.

Este Páramo de sueños, escenario en que arden y fluyen los poemas juveniles de Chumacero, es la Tierra Baldía de las dos guerras, las que termina cuando él nace y la que comienza cuando publica sus primeras páginas. En ellas establece como defensa contra la arrasadora tempestad de la Historia una atmósfera de cuadro postsurrealista. La desnudez que evocan esos poemas es la misma de sus medios expresivos. Se trata de una poesía despojada de todo brillo ornamental y de toda facilidad rítmica (o arrítmica). No tiene los resplandores del diamante sino la naturaleza serena y sólida del mármol.

Si la poesía juvenil de Chumacero no es difícil sino exigente, la obra de madurez –llamemos con un término convencional a la escrita entre 1948 y 1958-, cuando Salón de baile y Alabanza secreta aparecen en la segunda edición (1966) de Palabras en reposo, pide una colaboración tan absoluta que sólo puede llamarse complicidad.

Palabras en reposo es uno de los libros más originales de la poesía castellana en general y mexicana en particular. Fuera de nuestro ámbito está aún por descubrirse como otros dos grandes libros de aquel mismo momento: La insurrección solitaria (1953), de Carlos Martínez Rivas, y Contemplaciones europeas (1957), de Ernesto Mejía Sánchez.

Con la distancia de los años Palabras en reposo surge como una obra maestra impredecible e irrepetible. Por sí sola explica y justifica el posterior silencio de Chumacero. En estos poemas llega a no parecerse sino a él mismo pero alcanza también un punto sin retorno.

Por otra parte, este libro de un poeta por completo lírico –es decir subjetivo, intimista, monologante– es el más cerrado y al mismo tiempo el más abierto, aquel que deja entrar al nosotros y está lleno de personajes, invadido por las penas y los goces del prójimo. En su aparente pureza, en el sentido del abate Bremond, es también el más impuro y el más contaminado” de realidad. Poemas que sólo quieren ser poesía pero a su manera sutil son también realistas y en cierto modo narrativos.

Una breve historia puede leerse inscrita en el revés de cada poema. Pero de poco sirve decir que el gran responsable del peregrino es un canto epitalámico invadido por ecos de oraciones fúnebres en que se predice para los que se unen no el porvenir de los cuentos de hadas, sino la dificultad de la convivencia humana y el final despeño de la esperanza.

O que el extraordinario Monólogo del viudo es el lamento de un hombre que ha perdido a su mujer, muerta cuando le practicaban un aborto. La poesía no cuenta (para eso está la narrativa), nos hace participar desde dentro en una experiencia ajena, apropiarnos de ella, materializarla por medio de una lectura que es el menos pasivo de los actos.

Estas palabras no descansan en la inercia ni la inmovilidad. Su reposo es el poder de transformación que Heráclito asignó al fuego. La poesía de Alí Chumacero será siempre nueva en cada lectura y para cada persona que tenga el privilegio de acercarse a ella.

Fragmento del prólogo de Poesía, antología del Fondo de Cultura Económica. El autor otorgó el permiso para su publicación en este espacio.

Poema de amorosa raíz

Alí Chumacero

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.

Antes que luz, que sombra y que montaña
muraran levantarse las almas de sus cúspides,
primero que algo fuera flotando bajo el aire,
tiempo antes que el principio.

Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura,
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios,
antes, antes, muy antes.

Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban,
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.

Poema de amorosa raíz fue el primero publicado por Alí Chumacero. Se publicó en la revista Tierra Nueva, núm. 1. Enero-febrero de 1940.

sábado, 23 de octubre de 2010

Nuestros intelectuales desintegrados

23/Octubre/2010
Laberinto
Heriberto Yépez

Letras Libres de octubre publica “Los intelectuales y la democracia” de Ricardo Cayuela, jefe de redacción, crónica del amasiato de intelectuales y gobierno.

Cayuela narra cómo el régimen revolucionario integró a intelectuales y cómo la alianza se reorganizó con 1968 y Echeverría.

Según Cayuela hay tres modelos del intelectual en democracia: “Malraux, el integrado; Sartre, el apocalíptico, y Camus, el independiente… México se llenó de pequeños Malraux”.

La tesis de Cayuela se cae cuando toca nuestra época. Tras la idea del intelectual integrado como regla nacional, su crítica implota.

Sin duda, Cayuela es crítico. Describe los vicios integracionistas. Pero al llegar al presente, su crítica se concentra exclusivamente en la oposición; contra los intelectuales lopezobradoristas. El foco sobre las políticas antidemocráticas de los últimos cuatro sexenios se apaga.

Salinas, Zedillo o Calderón ni siquiera son nombrados. 1994 no aparece ni como fecha. Aludirle echaría el mito de Paz, “nuestro Camus”.

No se puede decir que Cayuela o Letras Libres sean acríticos. Pero tampoco que sean disidentes.

Al contrario, sus blancos de ataque —AMLO, su predilecto— son los mismos blancos de ataque del gobierno.

Hay necesidad de una cuarta categoría, la actual: los intelectuales desintegrados.

El intelectual desintegrado es figura ambivalente. Por un lado, ya no lo dirige el centripetismo (paternal) del viejo intelectual —ser Prometeo o Hermes—: hay avance democrático, ciudadanización de la crítica junto con el desgaste del intelectual orgánico o rebelde, en suma: fin del intelectual protagónico.

Por otro lado, la desintegración del intelectual implica que algunos residuos de su vieja figura perviven.

Conserva remanentes de su función crítica pero ha perdido la brújula; si uno lee Letras Libres, digamos, es claro que se opone a la oposición pero no es claro si se opone al régimen. Esa parte de la crítica es uno de los fragmentos perdidos en la desintegración.

Paz nunca fue realmente independiente. Fue luminaria de Salinas y Zedillo. Participó de la descalificación de 1994 como Novo había participado en la de 1968.

Nunca criticó a Televisa. ¡A Azcárraga lo creía blakeano! Entre otros disparates y anti-lucidez.

Paz le otorgó el beneficio de la duda al régimen priista finisecular. Murió reintegrado al poder. Su grupo jamás ha hecho autocrítica.

Para no hacerla apuntan a Obrador, presa fácil, en quien reconocen vicios y desdibujan su propio autoritarismo. Letras Libres: I AM AMLO disimulado.

Él los salva de ver su propio dogmatismo.

Heroizan a Paz-Krauze y se abstienen de separarse de funcionarios concretos y poderes fácticos.

La clave: los críticos desintegrados se dan el lujo de ser críticos y evitan el inconveniente de ser disidentes.

La dictadura perfecta continúa.

lunes, 18 de octubre de 2010

Ruritania, el país de los diputados

18/Octubre/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Podría dedicar estas páginas a narrar o considerar la vileza que resuman ciertos diputados, pero en estos momentos de desesperación pública toda crítica hacia estas personas se transformaría directamente en una celebración. Para ellos, como ha sido evidente, la palabra representa un universo desconocido. Para ellos sólo la acción. Y esta parece también lejana. La cuestión es que se han contado tantos chistes sobre el desaliño o la distracción de Einstein que nadie podría inventar uno nuevo. Sí, he cambiado de tema. Einstein tenía dos paraguas, uno en su casa y otro en la universidad donde impartía sus clases. Cierto día, cuando la lluvia cae sin cesar, un estudiante le recuerda que debe llevarse el paraguas porque de lo contrario se mojará. Einstein responde que es muy olvidadizo y que precisamente es por eso que tiene dos paraguas. Sin embargo, le parece absurdo llevarse la sombrilla pues de ese modo tendría dos en casa y ninguna en la universidad. ¿De que valdrían sus precauciones si en la universidad no tiene un paraguas? Y dicho esto marcha desguarecido bajo la lluvia con rumbo hacia su casa.

Lo anterior lo ha narrado Kundera en un ensayo en el que también ha recordado las palabras de Gombrowicz acerca de la novela crítica: “entre más erudita más tonta es”. Qué necedad asociar la erudición con la tontería, aunque no puedo negar que en ciertos casos la relación es bastante justa. Aunque sólo en unos cuantos casos (más relacionados con el arte que con las ciencias). Una madre judía le obsequia dos corbatas de distinto color a su hijo. Cuando el hijo estrena una de ellas la madre inmediatamente pregunta: “¿Acaso no te gustó la otra?” Quiero decir que no se trata de un chiste, sino de observaciones irónicas acerca de realidades simbólicas profundas, es decir ¡chistes!, bromas, lugares comunes que cuando tocan la médula hacen evidente lo ridículo del vivir. Quizás por esa razón Kundera tituló La broma a una de sus novelas y quizás también por eso afirma que Kafka comienza su novela América contando un chiste que, en realidad, se extiende a todas sus obras. Contar chistes es una actividad nihilista pues la risa prevista no parece ser otra cosa que una cortina de humo para cubrir el vacío o la nada. ¿Qué es esto? ¿Acaso se puede cubrir el vacío?

Cierta vez, Rafael Pérez Gay me comentó que detestaba los chistes (no recuerdo si también detestaba a las personas que los contaban), pero de inmediato comprendí que ese desprecio compartido por mí podría deberse quizás al miedo de enfrentar nuevamente y de manera tan grotesca la nada. Por ello, Kafka eligió los procesos judiciales y la burocracia como la representación más aguda de la broma que nos hace la nada para recordarnos que la tierra firme no existe.

Como tantos escritores que acuden a la biografía para dar energía a sus novelas, el sudafricano J.M Coetzee ha relatado en su libro Verano, el desprecio que su padre acumulaba contra los presidentes o monarcas de los países africanos. Y ya que comencé este artículo hablando de diputados, no estará de más citar íntegramente las palabras del padre de Coetzee: “A los dirigentes de los estados africanos los despacha con la palabra ‘bufones’: tiranuelos que a duras penas saben escribir su propio nombre, que van de un banquete a otro en sus Rolls Royces con chofer que visten uniformes al estilo de Ruritania festoneados de medallas que ellos mismos se han concedido. África: un territorio de masas hambrientas y bufones homicidas que las tratan con prepotencia”. Estas palabras vertidas hace 40 años me hacen recordar lo que no deseaba recordar. ¡Los diputados! Me guardaré otra vez mis palabras hacia ellos, como se las guardó el padre de Coetzee que sospechaba que nada se podía hacer entonces y que lo más sabio era saltarse, mientras leía el periódico, las páginas de política para ir directamente a las de deporte o cultura. ¿Saben dónde está Ruritania? Averígüenlo y se llevarán una sorpresa.

domingo, 17 de octubre de 2010

Un novelista total/ 2

17/Octubre/2010
Milenio
José de la Colina

En la primera mitad de la década de los 60, cuando la revolución castrista y las guerrillas latinoamericanas se convirtieron en una leyenda doctrinaria, que resultaba tan estimulante para los intelectuales y escritores de las izquierdas (o izclesias) del mundo, el joven Mario Vargas Llosa, que ya tenía considerable celebridad por su primera novela, La ciudad y los perros, vivía en París saciando como un fanático su vocación literaria. Además, estaba tocado por la fiebre política: los amigos lo apodaban el Sartrecillo Valiente, pues profesaba la littérature engagée, la “literatura comprometida”, que algunos practicaban como “literatura enganchada” (enganchada al comunismo totalitario). Pero Vargas Llosa empezaba a ser un “tránsfuga”: estaba leyendo fervorosamente a Flaubert, paradigma del escritor puro e incontaminable por la sociología y la política ni nada ajeno a la propia obra literaria. Así, el creador de Madame Bovary, desplazaba a Sartre, el predicador del engagement, es decir, del “compromiso” político. “La literatura era el aire que respiraba cada día —dirá años después Vargas Llosa hablando de sí mismo—, lo que justificaba mi vida, mi razón de ser. La casa verde, que escribí de principio a fin en París, así como el relato Los cachorros, son un canto de amor a la literatura, desde su primera hasta la última frase, un reflejo muy exacto de ese ‘estado de literatura’ en que creo haber vivido todos mis años de París”.

La casa verde, publicada en 1966, despliega una intrincada y virtuosa estructura de rompecabezas espacio-temporal para narrar una historia que básicamente transcurre entre dos contrastados ambientes peruanos: Piura, la norteña ciudad a la orilla de un desierto, con catedral y tiendas y calles empedradas, y policías y putas, es un lugar considerablemente civilizado, aunque azotado por vientos arenosos; en contrapartida, Santa María de Nieva, es una aldea casi salvaje en plena selva amazónica, con sus lluvias, sus cabañas, su pequeña guarnición militar, sus indígenas, su misión católica. Entre los dos lugares y entre dos épocas, el río Marañón fluye como el lazo humano y comercial, trasladando e intercambiando entre las poblaciones sus pilotos, sus aventureros, sus traficantes. En Piura está la Casa Verde, un burdel que empieza a trastornar a la ciudad antes tranquila y silenciosa manteniéndola en vela con el arpa y las guitarras que suenan hasta el alba y con los gritos y las risotadas de los clientes y las putas, entre las cuales reina la bella india Bonifacia, sobrenombrada la Salvaje. Un día el intransigente cura García, acompañado de sus acólitos y fieles, quema la pecadora sucursal de Babilonia, la Casa Verde, pero el fundador del burdel lo reconstruye y reinicia el negocio del pecado carnal. Hay otras historias girando en la novela; hay historias de violaciones, de raptos, de corrupción, de contrabando; hay un pulular de personajes: pilotos fluviales, aventureros, militares, putas, indios analfabetos y no siempre menos civilizados que los mestizos y los blancos. Es mundo complejo, compuesto de puros e impuros, de buenos y malvados, cuando no son lo uno y lo otro a la vez. Y esas varias historias fluyen paralelas o entrecruzadas en una yuxtaposición de puntos de vista y diálogos entretejidos con los párrafos meramente narrativos.

La casa verde es una novela de las de mayor refinamiento técnico de Vargas Llosa, casi una muestra de ficción experimental, en la que el autor, en un alarde de lo que él mismo llama narración telescopiada, parece haber tomado como modelo no tanto al Flaubert de Madame Bovary y los Tres cuentos, como al Faulkner de ¡Absalón, Absalón! y Las palmeras salvajes. “Nunca antes —dirá él— he estado tan cerca de sucumbir a la tentación formalista en la que frustraron su talento algunos escritores de mi generación, que pasaron de despreciar olímpicamente las preocupaciones formales —creyendo que una buena historia dependía sobre todo de unos buenos personajes y unas buenas anécdotas— a idolatrarlas al extremo de olvidar que la primera e ineludible obligación de un narrador es contar historias y no exhibir los secretos del arte de contar. Desde los ya lejanos tiempos en que, sin saber muy bien lo que hacía, escribí mis primeros relatos, creo no haberme apartado ni un milímetro de esta ambición: contar historias que, sin serlo, parecieran una representación de la vida y tuvieran a los lectores anhelantes, ávidos por saber qué, qué pasó después”. Pero, aun con su estructura caleidoscópica, aun con su tendencia osadamente técnica y “experimental” (tantas veces extraviadora para el lector común cuando lo ejerce cualquier novelista de “vanguardia”), La casa verde mantiene el interés de un folletín turbulento, rico en colores pasionales, en momentos intensos: los “cráteres”, como los llama Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista.

Ése seguiría siendo el propósito vital y literario de Vargas Llosa: ejercer el arte de Sherezada, el de narrar y contar una infinidad de historias que confluyan en una novelística total, “totalitaria” en un mejor sentido del adjetivo.

sábado, 16 de octubre de 2010

16/Octubre/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

La única diferencia entre un escritor y un dictador es, efectivamente, el dictado. Los escritores son autoritarios, predictadores. De ahí que muchos resuelvan ser antidictatoriales, como Vargas Llosa, que ha ganado el Nobel de Literatura, para rabia de los prescritores, es decir, esos que ni en papel pueden construir un mundo y regir sobre él.

¿En qué momento se jodió Vargas Llosa? Cuando decidió ocuparse de la política y al hacerlo despertar el autoritarismo —¡yo puedo más!— de él y los demás.

¿En qué momento se jodió Vargas Llosa? Cuando escribió, al menos, tres obras maestras: La ciudad y los perros; La casa verde y Conversación en La Catedral. Jamás se le perdonará. El éxito ajeno amenaza despertar la conciencia de la propia miseria.

¿En qué momento se jodió? Cuando dejó atrás a Castro y adquirió la condición neoliberal, máximo pecado para el derechismo moral de la izquierda.

¿En qué momento se jodió? Cuando perdió la elección presidencial y a partir de ahí se puede decir que es un resentido, Vasconcelos del Perú. O peor: Vargas Llosa de España.

El premio se le da “por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo”. Y en esa derrota, si uno lo piensa, pueda estar incluida más de una derrota de Vargas Llosa.

¿En qué momento se jodió? Cuando nos dio la coartada ideal para descalificarlo haciendo que su obra tardía fuese inferior a su Boomato.

Como buen realista, en forma y fondo, Vargas Llosa se hizo cada vez más conservador.

¿En qué momento se jodió? Cuando sus fanáticos lo convirtieron en San Sartrecillo Valiente del “liberalismo”. Eso lo jodió en México, donde el Pacentrismo Perfecto es adicto a dictar hagiografías.

¿En qué momento se jodió? Cuando Borges no ganó el Nobel, desfalco que, por cierto, quiso corregir Fox.

Todos usamos a Borges como ejemplo de la ineficacia de la Academia Sueca. Pero si le hubieran dado el Nobel a Borges no faltaría quien —para descalificar al Nobel o a Borges— alegaría que Borges no lo merecía por derechoso.

¿En qué momento se jodió Vargas Llosa? Al liar con ideas. Los hombres de ideas —malas o buenas, prestadas u originales— molestan a las sociedades.

Donde hay una idea siempre hay alguien que repelará lógica o irracionalmente, y como las ideas tienen cualidades extrahumanas —lo sabía Platón— los hombres no saben manejarlas sin devenir infrahumanos: resentidos, incoherentes o lacayos.

¿En qué momento se jodió Vargas Llosa? Cuando Peter Englund, secretario permanente de la Academia Sueca, leyó su nombre como ganador del Premio Nobel 2010.

En el mercado viene lo mejor para Vargas Llosa; en el mundillo literario latinoamericano, este Nobel será usado como el pretexto perfecto para joderlo, es decir, para olvidarlo sin poder olvidarlo.

En México, la justicia social continúa siendo un ideal”

16/Octubre/2010
Suplemento Laberinto
José Luis Martínez

En las instalaciones de El Colegio de México, Javier Garciadiego habla de un tema que conoce y lo apasiona: la Revolución mexicana, de sus logros y pendientes. Rechaza las “voces agoreras” que predicen una rebelión masiva este año —como las ocurridas en 1810 y en 1910—, dice que para enfrentar con éxito la guerra contra el crimen organizado es necesario tener un gobierno federal fuerte y critica a quienes elogian los festejos del Centenario de la Independencia organizados por el régimen de Porfirio Díaz sin considerar que, además de elitistas, se realizaron en un clima antidemocrático.

Usted ha dicho que la Revolución, como proceso histórico, ha caído en el descrédito. ¿Podría explicar esta idea?

Pienso en una comparación entre Independencia y Revolución para explicarla. La Independencia, en un proceso muy complejo, con sus altas y bajas, conquistó el objetivo principal que se había propuesto, que era la autonomía política del país. En cambio, los objetivos fundamentales de la Revolución mexicana —democracia y justicia social— no han sido del todo alcanzados. Después de ochenta, de noventa años de concluida la Revolución, se seguía hablando de impulsar la democracia. Y la justicia social continúa siendo un ideal, estamos muy rezagados en este aspecto. A la Revolución no se le ven resultados tangibles, y por eso recibe tantos cuestionamientos: hay quien dice que fue interrumpida, otros que fue traicionada y otros que ni siquiera hubo Revolución.

Se refiere a Adolfo Gilly y Francisco Martín Moreno…

Sí, pensé en ellos, y cuando hablo de quienes dicen que la Revolución fue dañina para la marcha del país me estoy refiriendo a Macario Schettino con su libro [Cien años de confusión: México en el siglo XX].

Durante la Revolución usted ve a México como un país aislado, sólo con una frontera enorme con Estados Unidos. ¿Qué tanto pesa esa frontera?

La historia está determinada en buena medida por la geografía, y nosotros tenemos una frontera muy amplia, ancha y plana con Estados Unidos, y una frontera muy estrecha, angosta, complicada, selvática, con Centroamérica, esto explica que en nuestra historia las incidencias de Estados Unidos sean mucho más fuertes que las de Centroamérica, cuando menos a partir del siglo XVIII tardío y durante los siglos XIX y XX.

Después de los movimientos armados de 1810 y 1910, ahora el país vive nuevamente un clima de violencia. Hay quienes encuentran una especie de fatalidad en estos hechos.

Si hemos de rechazar las historias míticas, si hemos de cuestionar las historias oficiales, que yo más bien llamaría gubernamentales porque la Iglesia tiene su historia oficial, la izquierda tiene la suya… y además la historia gubernamental no es una, porque no es lo mismo la promovida en los años de Cárdenas que en los de Ávila Camacho o en los de Salinas de Gortari. Entonces, si estamos en contra de estas historias míticas, de estas historias gubernamentales, también tenemos que desechar, por poco seria, la versión cíclica de la historia, que no se sostiene científicamente. Son voces agoreras las que dicen que si hubo una rebelión masiva en 1810 y otra en 1910, habrá una más en 2010. La Independencia y la Revolución no se debieron a condiciones ineludibles o astrológicas, sino a ciertas condiciones políticas, sociales, culturales, económicas.

Por lo tanto, el 2010 debe ser explicado por las circunstancias en que nos encontramos actualmente. Y lo primero que señalaría es que no ha habido en la historia de la humanidad, nunca, una revolución en contra de gobiernos democráticos, todas las revoluciones que ha habido en el mundo han sido contra gobiernos autocráticos. Pensemos en la Revolución francesa, en la rusa, en la china, en la mexicana, incluso en la cubana. Por eso, para que nos sirva como antídoto a una revolución, tenemos que conservar un gobierno democrático —y por esto entiendo un gobierno al que se pueda cambiar mediante un movimiento pacífico, que es la emisión del voto; es más fácil emitir un voto que disparar un fusil contra un gobierno. Aunque claro está que, en nuestro caso, la democracia todavía tiene que seguir mejorando y perfeccionándose.

Ciudad Juárez juega un papel relevante en la Revolución. ¿Cómo mira la situación de esa ciudad en este momento?

En 1910 y principios de 1911 la Revolución se concentra en Chihuahua, y Ciudad Juárez es una plaza muy importante, es la puerta con Estados Unidos y representa el acceso a las armas, a las municiones, la posibilidad de vender productos y conseguir dólares para pagar los haberes de los soldados. Además, por su repercusión en la prensa norteamericana, la toma de Ciudad Juárez tiene un impacto mediático internacional.

Hoy en día, podemos decir que Juárez está viviendo momentos gravísimos por otro tipo de violencia, una violencia asociada al crimen organizado y no nada más al narcotráfico. Es una violencia que no tiene razones políticas ni sociales, ni una propuesta de reconstruir al país, es estrictamente delictiva.

Los habitantes de Ciudad Juárez no tuvieron la posibilidad de celebrar el Bicentenario de la Independencia y no podrán celebrar el triunfo de la Revolución, a pesar de que la toma de esa ciudad determinó la renuncia de Porfirio Díaz y Ramón Corral. Están preocupados por la inseguridad, por la falta de eficiencia de las autoridades —en primer lugar, de las municipales y estatales— y, como en otros lugares de la República, no están en condiciones de festejar nada.

En estos meses se ha hablado mucho de los festejos de la Independencia organizados por Porfirio Díaz, comparándolos con los del Bicentenario.

A mí me llama la atención que algunos colegas aplaudan las celebraciones organizadas por Porfirio Díaz, quien debido a sus largos años en el poder tuvo la oportunidad de planear las celebraciones con mayor tiempo; el presidente actual prácticamente asumió el gobierno del país en 2007 y, además, tenía otras prioridades, entre ellas su legitimación y la crisis económica. Pero lo que más me sorprende de quienes aplauden las celebraciones de Díaz, es que no tomen en cuenta que no había libertad de expresión, y entonces realmente no conocemos el sentir de la opinión pública respecto a esos festejos, que fueron muy elitistas, prácticamente no se incorporó a las masas urbanas y menos aún a las campesinas; fueron, además, celebraciones muy poco democráticas, y mientras en Palacio Nacional se llevaban a cabo los festejos, se tenía encarcelado al contendiente de Porfirio Díaz por la presidencia de la República en julio de 1910. Madero estaba en prisión en San Luis Potosí mientras aquí se celebraba el Centenario. Eso sería impensable actualmente, nos habla de dos tipos de gobierno y ahí veo la diferencia enorme en lo que ha pasado en el país a lo largo de estos cien años.

México comienza el siglo XX con un presidente autoritario. ¿Cómo ve al presidente ahora? ¿Qué piensa del presidencialismo en nuestro país?

Creo que al presidencialismo mexicano habría que acotarlo. Es difícil pensar, por ejemplo, en Carranza como un presidente fuerte, no contó con el apoyo del poder Legislativo ni con el respaldo del Ejército nacional, no tenía el apoyo de obreros ni campesinos, y durante su presidencia enfrentó rebeliones a lo largo y ancho del país. Tampoco podríamos hablar de presidencialismo durante el Maximato de Calles, al contrario, en ese periodo lo que hay son presidencias débiles. Podríamos hablar de presidencialismo a partir de Lázaro Cárdenas, en donde él ya tiene el control del partido, el del Ejército, el de las masas en organizaciones nacionales obreras y campesinas.

Pero ese presidente poderoso, fuerte, factor único y fundamental del aparato político mexicano, se fue desvaneciendo. Siento que Zedillo ya es un presidente acotado que no cuenta con el apoyo del Congreso, y en la actualidad el respaldo de las organizaciones de masas tiene un peso mucho menor que antes, contar hoy con la adhesión de la CTM y de la CNC no es absolutamente prioritario y, de hecho, los dos últimos presidentes no han contado con ella. En México hemos creído que la democratización del país significa debilitar al presidente, y a costa de ello se han fortalecido los gobernadores, replicando un fenómeno del siglo XIX en donde había regiones poderosas y una capital del país débil, regiones ricas y una capital del país pobre. Tener un estado central pobre, la historia lo ha demostrado, es gravísimo, fue eso lo que nos hizo perder la mitad del territorio, los que nos hizo padecer la intervención francesa. Si tenemos un estado central pobre no vamos a poder enfrentar con éxito la guerra contra el narcotráfico, contra el crimen organizado, necesitamos contar con suficientes elementos desde una perspectiva nacional —y no local— para enfrentar este problema.

Con frecuencia se dice que el PAN es un partido contrarrevolucionario, antiintelectual.

Su fundador, Manuel Gómez Morin, es un joven perteneciente a la generación de los Siete Sabios, que a mí gusta más llamar Generación de 1915, que fue el peor año que vivió el país durante todo ese decenio, fueron momentos críticos, especialmente para la Ciudad de México: violencia, tifo, hambre, indefinición política, no se sabía si iban a ganar los constitucionalistas o los convencionistas. En esta generación están, además de Gómez Morin, Lombardo Toledano, Alfonso Caso, Antonio Castro Leal, Teófilo Olea, Jesús Moreno Baca y Alberto Vázquez del Mercado. Ante la situación, uno de ellos dice: “Los que vivimos el 1915 tenemos que colaborar en la reconstrucción de México”. Y lo hacen, pero no con demagogia o un discurso radical revolucionario, sino con propuestas técnicas, con instituciones concretas.

Gómez Morin crea varias, entre ellas el Banco de México y, en septiembre de 1939, el Partido Acción Nacional. Los fundadores del PAN eran casi todos universitarios, no eran antiintelectuales, al contrario, es un partido que nace de muchos estudiantes y profesores universitarios que siguen a quien había sido su rector en la UNAM. Le decían “El Maestro”.

Los panistas, en su origen, a lo que se oponen es a la continuidad del modelo cardenista, como lo hacen también Luis Cabrera, Plutarco Elías Calles, Sánchez Azcona, Vasconcelos, revolucionarios que piensan que Cárdenas ha mandado a la Revolución por otros derroteros, de eso habla Cabrera en su texto La Revolución de entonces (y la de ahora). Así, no es que Gómez Morin se oponga a la Revolución per se, sino a la corporativización de los campesinos en la CNC, de los obreros en la CTM, a la política cardenista, pero, por ejemplo, no se opone a Madero. El PAN se identifica con Madero como el iniciador de la lucha democrática.

¿El PAN tiene motivos para celebrar la Revolución?

Los que pasa es que la Revolución es muy amplia, y creo que bien se pueden desde el PAN celebrar algunos de sus aspectos. Deben entender que al momento de convertirse en gobierno nacional tienen que asumir la historia y asumirse como parte de ella, como un eslabón más en la historia nacional, para mí eso es fundamental. Una vez que lo hagan, les será más fácil celebrar la Revolución.

Y de la Revolución, más allá de la celebración, lo que yo plantearía es que tenemos que volver a suscribir ciertos compromisos revolucionarios. Propongo dos que son igualmente válidos hoy que hace cien años y que lo seguirán siendo los siguientes cien: democracia y justicia social, no hay más.


La Revolución está en el centro de los estudios de Javier Garciadiego, presidente de El Colegio de México, miembro de la Academia Mexicana de Historia, discípulo, entre otros, de Gastón García Cantú, Luis González y Friedrich Katz, autor de libros como Rudos contra científicos: la Universidad Nacional durante la Revolución mexicana y La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios. Recientemente el Colmex y la editorial Turner publicaron la adaptación gráfica de su texto “La Revolución”, de la Nueva Historia Mínima de México.

El reto de un oficio

16/Octubre/2010
Milenio
Ariel González Jiménez

El debate sobre el periodismo cultural está de vuelta. Su regreso no debe sorprendernos, puesto que cotidianamente lo echamos en falta y sobran las señales de que es indispensable, cuando no urgente, discutir las bases actuales en que descansa nuestro oficio y su horizonte probable.

Por eso debemos celebrar que las principales instancias culturales de la UNAM y del Gobierno del Distrito Federal hayan puesto la mesa para que en días pasados un conjunto heterogéneo de personas dedicado a la prensa cultural pudiera exponer su perspectiva acerca de los problemas y retos que atañen al periodismo cultural.

Es evidente que con la abierta reducción de sus páginas, la visible distorsión y desdibujamiento de sus contenidos, e incluso su declarada aniquilación editorial, junto con el persistente ninguneo de la mayoría de los medios electrónicos, así como el nuevo entorno tecnológico que hace sentir a los trabajadores de los medios escritos como una especie que ha rebasado su ciclo natural, las inquietudes sobre el futuro del periodismo cultural reaparecen.

En el caso de que no estemos muertos (y no lo sepamos, como reza el chiste), quienes nos dedicamos a esta zona del periodismo escrito todavía tenemos la oportunidad de cambiar muchas cosas que pueden modificar ese destino manifiesto que los devotos de la red, observadores que son, han vaticinado para nosotros (y que se reduce, dicho rápidamente, a la obsolescencia).

Pronto, se nos advierte, el mundo del papel será una extravagancia o una antigualla. Y razones no faltan para argumentar en ese sentido: las pequeñas pantallas del iPad se multiplican en México, pero en nuestro vecino del norte ya son el recurso favorito de los menores de 50 para acceder a las ediciones de los diarios y semanarios más importantes. El futuro se encuentra ahí; sólo falta que nos alcance. Y de momento no podemos tener ninguna duda razonable acerca de que lo hará.

Si la suerte del libro está echada, todo indica que la de los periódicos y revistas, en esa misma ruta, es inminente. Sin embargo, desde luego, nos queda el consuelo de que las cosas no ocurrirán de golpe, sino que tendrán esa dinámica gradual que todo lo suaviza (aunque la agonía sea larga).

Pero más allá de en qué plataforma terminaremos transmitiendo nuestra información y comentarios, debemos estar seguros de que estaremos haciendo esencialmente lo mismo: reporteando, editando, aunque por supuesto las exigencias, el estilo y la perspectiva de los contenidos variarán necesariamente.

Por lo pronto, en el campo de las exigencias debemos anotar que si nuestro trabajo hasta ahora tiene que ver siempre con la selección de contenidos (una selección que inicia desde la agenda que propone el reportero hasta la que plantean y aprueban los editores), es obvio que los retos serán mayúsculos en un terreno (el de la red) donde, desde ahora, puede advertirse una gran cantidad de informaciones imprecisas, una enorme docilidad frente a las supuestas novedades, por no hablar del ejército de defraudadores (con sus respectivas masas de embaucados) y de la propalación infinita de la banalidad.

A mi modo de ver, el reto fundamental radica en la preservación de la conciencia de que el periodismo cultural, cuando es tal, se define a partir de los impulsos y tendencias de su materia, que no es otra que la cultura misma.

Hace unos meses, sin presentir todavía, por lo visto, que el Nobel de Literatura lo aguardaba, Mario Vargas Llosa finalizaba una disertación sobre la cultura en términos que él definía como pesimistas, pero que a mí me recuerdan las obligaciones de todos nosotros si es que tenemos presente la sustancia de lo que buscamos llevar a nuestras páginas y espacios:

“La cultura —decía el autor de La ciudad y los perros— puede ser experimento y reflexión, pensamiento y sueño, pasión y poesía y una revisión crítica constante y profunda de todas las certidumbres, convicciones, teorías y creencias. Pero ella no puede apartarse de la vida real, de la vida verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio, el sofisma y la frivolidad, sin riesgo de desintegrarse. Puedo parecer pesimista, pero mi impresión es que, con una irresponsabilidad tan grande como nuestra irreprimible vocación por el juego y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos, pero frágiles, castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento”.

En espera del mañana, debemos ser capaces, hoy, de dar cuenta de una acción o iniciativa cultural que le está cambiando la vida a muchas o a miles de personas; de un libro que rebasa por su calidad el mero volumen de ejemplares vendidos o de otro que resulta imprescindible para la reflexión sobre un problema; de una película no sólo sorprendente, sino indispensable para la comprensión de la realidad humana; de una obra de teatro que nos devuelva una imagen crítica de nuestro paso por la vida…

En fin, reconozco que entre los grandes objetivos y la realidad median muchos obstáculos, pero si no nos empeñamos en sortearlos desde ahora, si no nos constituimos, junto con nuestras páginas y espacios, en defensores de oficio de la cultura que no se confunde con el espectáculo, seremos, cuando predomine el futuro, ese que ya está aquí tocando a la puerta, menos que la sombra de un oficio.

Este texto fue leído por el autor el pasado jueves 14 de octubre, durante el Coloquio Hispanoamericano de Periodismo Cultural organizado por la Secretaría de Cultura del DF.