domingo, 8 de enero de 2017

Los biógrafos de Octavio Paz

8/Enero/2017
Confabulario
Jaime Perales Contreras 

En 1952, Jean-Clarence Lambert, poeta y traductor, le pidió a Octavio Paz algunos datos biográficos para publicarlos en la edición francesa de El laberinto de la soledad. Paz con desdén aseguró que su biografía era bastante estúpida; como la mayoría de los hombres, era imposible de ser contada. La poesía, por otra parte, la obra, servía para expresar esa parte maravillosa. Su verdadera biografía eran sus poemas. El resto lo describió de manera existencial como la no vida. De esa forma expresó a Lambert que era un hombre privado. Para Paz, no se necesitaban saber los datos de su vida para apreciar su obra personal. Octavio Paz, quizá por esa razón, a diferencia de otros escritores, no tuvo interés en escribir un extenso y detallado libro de memorias. Sin embargo, después de la muerte de Paz, y sobre todo durante el centenario en el 2014, se empezaron a publicar algunas aproximaciones biográficas, memorias y epistolarios sobre el que fue el único premio Nobel de literatura que ha tenido México.
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El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, quien había despuntado como brillante estudioso de la vida y obra de Jorge Luis Borges, fue la primera persona que declaró públicamente que deseaba escribir una biografía de Octavio Paz. Eso ocurrió en México en 1984 durante el septuagésimo aniversario de Paz en donde el gobierno mexicano le organizó al poeta mexicano el homenaje del siglo como lo calificó El País.
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Rodríguez Monegal consideraba que realizar la biografía de Paz era una tarea titánica, porque para él la vida de Paz era mucho más compleja que la del autor de El Aleph, no sólo porque Monegal era una persona muy cercana al gran escritor argentino —lo había conocido desde los 16 años— sino que las facetas intelectuales y literarias de Paz habían tenido varios cambios a lo largo del tiempo. Monegal años atrás había realizado un agudo ensayo comparativo entre Paz y Borges y al parecer el gran contraste de ambos autores le había causado gran interés.
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Luis Mario Schneider, el scholar argentino, de manera más secreta, tenía las mismas intenciones que su colega sudamericano de reconstruir el pasado de Octavio Paz. Sobre todo se percibía esa actitud en una documentada y poco conocida introducción biográfica a una antología del poeta titulada: México en la obra de Octavio Paz. Schneider había incluido en esa antología varias fuentes desconocidas por el público en general. Destacaba un interesante ensayo de Octavio Paz publicado en la revista Sur de Victoria Ocampo sobre la novela de José Revueltas, El luto humano, en el que trazaba su solidaridad intelectual y sus diferencias con uno de los escritores marxistas más brillantes de su generación.
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Desafortunadamente, tanto Emir Rodríguez Monegal como Luis Mario Schneider no les alcanzó vida para desarrollar su proyecto biográfico. Rodríguez Monegal murió en 1985 y Luis Mario Schneider en 1999.
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En 1988, apareció Primeras letras (1931-1943), el cual integraba varios ensayos y artículos que Paz había escrito en su juventud. Sobre todo el libro nos da una interesante radiografía de varios escritos que serían los borradores de El laberinto de la soledad. El autor de la compilación era Enrico Mario Santí, un alumno de Rodríguez Monegal de la universidad de Yale. El actual profesor de literatura de la Universidad de Kentuckydecidió continuar el proyecto de Monegal y declaró ante la prensa que escribiría una biografía intelectual de Octavio Paz.
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A lo largo de los años Santí presentó nutridas ediciones críticas de varios libros y poemas capitales de Paz. Sin embargo, hasta la fecha, la feliz intención de Santí ha sido un continuo y entusiasta work in progress. El proyecto todavía no se ha cristalizado hasta la fecha en libro.
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En 1992, la gran novelista Elena Garro publicó sus Memorias de España, la cual narra las historias y sinsabores que pasó con su esposo Octavio Paz en el famoso II Encuentro de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia en 1937, en donde se reunieron grandes personalidades intelectuales para discutir las violaciones de los derechos humanos que se le habían infligido a diversos artistas y en donde destacó elaffaire André Gide y sus denuncias contra el gobierno de Stalin.
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En 1993 Fernando Vizcaíno publicó una monografía bien intencionada titulada Biografía política de Octavio Paz o la razón ardiente, en el que integra una serie de interesantes aproximaciones al poeta utilizando fuentes hemerográficas.
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También tres años después del ensayo de Vizcaíno, se publicó el libro de Xavier Rodríguez Ledesma: El pensamiento político de Octavio Paz: Las trampas de la ideología, en el que realiza un bosquejo político del poeta utilizando los libros de Paz e información periodística.
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En 1998, el año en que murió Octavio Paz, se dio a conocer el libro autobiográfico de la novelista Elena Poniatowska, Las palabras del árbol, en el que con gran aliento narrativo describió la vida del escritor mexicano y su particular afición por los árboles en su poesía. También en el mismo año, el académico inglés Anthony Stanton publicó la correspondencia inédita entre Alfonso Reyes y Octavio Paz en donde se presentan diversos e iluminadores datos históricos sobre estos dos grandes escritores y de cómo Reyes apoyó editorialmente a Octavio Paz para difundir algunos de sus libros más importantes.
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Un año después de la muerte de Paz, el escritor Pere Gimferrer dio a conocer Memorias y palabras (1966-1997) el copioso intercambio epistolar que tuvo durante años con Octavio Paz en el que nos reveló las opiniones del poeta sobre diversos temas, entre ellos, las diferencias que tuvo con el gran escritor mexicano Carlos Fuentes.
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A su vez, Fuentes publicó su artículo titulado Mi amigo Octavio Paz, en el que encontramos la versión del autor de La región más transparente, sobre sus simpatías y diferencias con el poeta. Antes de que hubiera la conocida ruptura entre ambos escritores se puede observar que no hubo libro de Fuentes que no citara de manera entusiasta un ensayo o poema de Octavio Paz. Carlos Fuentes fue probablemente el mejor interlocutor mexicano que tuvo Paz en vida.
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El embajador Andrés Ordóñez en su libro Devoradores de ciudades, publicado en el 2002 le dedicó un apartado penetrante a Octavio Paz como empleado diplomático utilizando los expedientes depositados de Relaciones Exteriores. También en el mismo año, Harold Bloom publicó su mosaico de cien mentes creativas titulada Genius, en el cual compara en su ensayo biográfico a ¡Octavio Paz con Dante!
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En el 2003, la hija única de Octavio Paz, Helena Paz Garro publicó sus polémicas Memorias, en el que nos cuenta la relación de Octavio Paz con ella y con su madre Elena Garro. Se recuerda, al leer el libro de Paz Garro, la línea del escritor Valle- Inclán, en el que nos ilustra que las memorias no son como realmente ocurrieron, sino como se recuerdan.
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En el 2004, Guillermo Sheridan, publicó su libro llamado Poeta con paisaje, un análisis enterado y bien escrito sobre la vida de Paz hasta la década de 1940. Desde que publicó ese libro, Sheridan continúa integrando nueva información en ensayos y libros adicionales que complementan la continua biografía sobre Octavio Paz.
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Al poco tiempo, en el 2005, apareció Cartas cruzadas, la correspondencia del editor de Siglo XXI Arnaldo Orfila y Octavio Paz, en el que se presentan, tras bambalinas, varios datos importantes de Paz en la década de los años sesenta hasta su renuncia como Embajador de la India debido a la masacre de 1968 y de su muy temprana decisión de fundar las revistas Plural Vuelta en las que fungió como director.
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En el 2007, el británico John King publicó Plural en la cultura literaria y en la política latinoamericana, mientras que yo publicaba en el mismo año mi tesis doctoral sobre la revista Vuelta, titulada. Octavio Paz y el círculo de la revista Vuelta, que tomó como referencia mi tesis de licenciatura de 1990 que tuvo el nombre deVuelta: Origen y desarrollo de una revista intelectual (1976-1986). Sobre estos temas acerca de la vida de Paz como editor, la escritora Malva Flores, en el año 2011, dio a conocer su libro Viaje de Vuelta: estampas de una revista.
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En el 2008, el periodista Froylán Enciso publicó su libro Andar Fronteras: El servicio diplomático de Octavio Paz en Francia (1946-1951), en el que dio a conocer varias cartas inéditas y reportes de Paz durante su estancia en Francia depositadas en el archivo de Relaciones Exteriores. En ellas destaca el interés de Paz por difundir en el festival de Cannes la película de Luis Buñuel: Los olvidados. También en el mismo año se dio a conocer la correspondencia entre Octavio Paz y el poeta y traductor Jean-Clarence Lambert titulada Jardines Errantes (1952-1992) y las Cartas a Tomás Segovia (1957-1985) del célebre poeta español.
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En el 2011, el historiador Enrique Krauze publicó su famoso proyecto de largo aliento llamado Redentores, en el que incluyó a varias personalidades intelectuales capitales y su contribución al desarrollo de la cultura y política de América Latina. En ese libro dio a conocer El poeta y la revolución, una pulida y breve biografía sobre Octavio Paz que fue reimpresa en el 2014 como libro autónomo.
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Yo mismo publiqué en el 2013 mi libro biográfico Octavio Paz y su círculo intelectual en el que mi intención fue mostrar la mayor cantidad de datos de la vida y obra del poeta que no hubieran aparecido en los libros que me habían precedido utilizando diversas fuentes primarias que fui seleccionando a lo largo de varios años. También me pregunté en mi libro que la biografía de Octavio Paz debía de incluir a muchas de las grandes personalidades que Paz conoció a lo largo de su vida que fueron esenciales en la fundación de las revistasPlural Vuelta. Además, incluí las opiniones epistolares de Josefina Lozano, madre de Octavio Paz. Independientemente del intelectual engagé que fue Paz, las cartas muestran el gran afecto y preocupación de una madre por su hijo. La correspondencia incluye varios y simpáticos errores ortográficos y neologismos, uno de los más interesantes fue el de reúba, que hasta la fecha desconozco su significado. Sheridan recuerda, en alguno de sus artículos, el verso de Paz cifrado en el poema biográfico titulado Pasado en claro, sobre la escritura de su madre: carta de amor con faltas de lenguaje. También en el 2013 Alberto Ruy Sánchez reeditó su breve libro Una introducción a Octavio Paz y el historiador francés Jacques Lafaye Octavio Paz en la deriva de la modernidad.
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En el 2014 se celebró el centenario oficial de Octavio Paz, en el que, como era de esperar, aparecieron diversos libros y ensayos sobre el poeta. Algunos excelentes, otros, como también era de esperar, rayaron más en el oportunismo que en la curiosidad intelectual. Todo el mundo quería aparecer en la foto con Paz en ese año.
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En el centenario el ensayista mexicano, Christopher Domínguez Michael publicó Octavio Paz en su siglo, una aguda biografía del poeta que incorporó en su aparato crítico muchos de los estudios y análisis anteriores. Algo resaltable de Domínguez Michael es que reconoció diversos trabajos preliminares sobre Paz, no desestimó los trabajos y ensayos que no hubiesen pertenecido al círculo de Octavio Paz. En varias ocasiones, se ha visto que la proximidad crítica a Paz ha sido con arrogancia y desdén hacia los otros comentaristas de la obra del poeta, no fue el caso de Domínguez Michael.
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La novelista Guadalupe Nettel publicó también en 2014 una monografía sobre Octavio Paz, en la que se observa que el propósito fue de difusión, más que de una investigación exhaustiva. En ese sentido, el libro de Nettel recuerda al del periodista Nick Castor: Octavio Paz, publicado en inglés en el 2007, el cual fue también una pequeña relación de hechos que estableció los datos generales del poeta mexicano sin ahondar mucho en el tema.
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Asimismo, el escritor Julio Hubard dio a conocer el libro También soy escritura en el que arma un soliloquio autobiográfico. No es precisamente una biografía ni una autobiografía del escritor mexicano, sino lo que se diría como un assemblage de pièces détachées. Es un ensamblado de textos de su poesía, ensayos y entrevistas que Paz publicó a lo largo de su muy fructífera vida.
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Además del libro de Christopher Domínguez Michael, de Nettel y de Hubard aparecieron en el 2014 las antologías del poeta Aurelio Asiain sobre Octavio Paz y Japón y la de la ensayista Fabienne Bradu y Phillipe Ollé-Laprune, sobre Paz y Francia, además de la correspondencia entre José Luis Martínez y Octavio Paz entre 1950 y 1984.
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El abogado Ángel Gilberto Adame publicó en el 2015, El misterio de la vocación, en el que detalla distintas anécdotas infantiles y datos poco conocidos entre el matrimonio de Octavio Paz con Elena Garro. Hugo J. Verani, también reimprimió en ese año su monumental y utilísima bibliografía crítica de Octavio Paz, en tres volúmenes, lo que de alguna forma sería el bastidor de la vida del poeta.
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Finalmente, el periodista Jacinto Rodríguez Munguía en la revista emequis de abril del 2015 dio a conocer un polémico documento en el que se cuestiona la renuncia de Octavio Paz como embajador de la India por la matanza de 1968, por la clave legal de solicitud de puesta en disponibilidad.
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En fin, es interesante observar que, a diferencia de otros escritores, como James Joyce, quien tuvo a Richard Ellmann como biógrafo, Henry James, quien contó con Leon Edel, William Faulkner a Malcolm Cowley o Emir Rodríguez Monegal y su productiva amistad con Jorge Luis Borges y todo el grupo de la revista Sur,Octavio Paz ha tenido lo que Enrique Krauze ha bautizado como una biografía colectiva. Varios investigadores han descubierto en sus libros, artículos, epistolarios, memorias y ensayos distintos aspectos de la vida de Paz que se complementan y, en algunas ocasiones, se contradicen entre sí. No importa, eso ha demostrado que la biografía de Octavio Paz es rica y compleja y, como se ha visto, aunque el análisis de su vida tiene poco tiempo, es necesario hacerla, porque al estudiarla, se estudia también, con sus virtudes y defectos, un capítulo importante de la historia cultural y política de América Latina.

Jaime Torres Bodet

8/Enero/2017
La Jornada
Elena Poniatowska

Ahora que se ha recordado tanto a José Vasconcelos y a Jaime Torres Bodet con motivo del fallecimiento de Rafael Tovar y de Teresa, habría que ponderar que además de poeta, miembro de Los Contemporáneos, embajador de México en Francia e intelectual destacado en la Organización de Naciones Unidas fue uno de los grandes secretarios de Educación, si no es que el más grande. Torres Bodet y su mujer, Josefina, se reunían a celebrar el 14 de julio todos los años de su vida, con Salvador Novo (que se pitorreaba de él y decía: Jaime no tiene vida, tiene biografía), el gran cardiólogo Ignacio y Celia Chávez, Eduardo y Laura Villaseñor (quien habría de traducir al inglés Muerte sin fin, de José Gorostiza), Daniel y Emma Cosío Villegas y los médicos Martínez Báez, que también habían obtenido su doctorado en Francia. Todos eran francófilos, degustaban quesos espléndidos y brindaban con vinos franceses. Su francés era impecable, pero nunca tanto como el de Torres Bodet, quien usaba unos verbos que deslumbraban a los mismos franceses que ya nunca los usaban: que nous voulumes, que vous fites, que nous decidames.

En París, cuando Torres Bodet fue embajador, estudiantes universitarios, poetas, artistas, políticos y modelos de Vogue acudían felices a la embajada y asistían a sus conferencias en la Maison d’Amérique Latine. Jacques Prevert trataba de disimular su importancia en una fila de rostros anónimos, pero sin lograrlo; Charles Béistegui se presentaba gustoso a la embajada para posar su ojo azul experto sobre los amplios salones y descubrir súbitas e imprevistas bellezas; Carmen Corcuera de Baron promovía con gran encanto a Christian Dior, el rey de la moda francesa; Carmen Landa de Béistegui y Jacques Béistegui decían que la comida de la embajada era una verdadera delicia; Denise Bourdet, la escritora y la crítica, Germaine de Beaumont, la novelista amiga de Colette, Loli Larriviere, presidenta de la Prensa Latina, el escritor Jules Romains eran habitués de L’Ambassade du Mexique y de la revista Nouvelles du Méxique, así como Edgar Faure y Jacques Rueff, a quienes atendía Miguel de Iturbe, consejero de por vida de la embajada de México.

Un mundo brillante de pensadores giraba en torno a la embajada, atraídos por la figura de su embajador Torres Bodet, quien disertaba con igual maestría de literatura que de educación, de política internacional que de su amistad con José Vasconcelos, del que fue secretario en la Universidad Nacional Autónoma de México cuando Vasconcelos fue rector en 1921. Experto en política exterior mexicana, Torres Bodet resultó ser un notable secretario de Relaciones Exteriores en el sexenio de Miguel Alemán, pero todos lo recuerdan como un extraordinario secretario de Educación Pública durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho, cuando 20 millones de mexicanos no pueden estar equivocados. Recuerdo que nos estimuló a todos para que enseñáramos a leer y a escribir por lo menos a una sola persona a nuestro lado y yo me ensañé contra Magdalena Castillo, venida de Zacatlán, Puebla. Tenía yo nueve años y era mucho peor que la señorita Secante. No me dejes tanta tarea, niña, que no me da tiempo de lavar sus calcetines ni sus calzones. La huella que dejó Torres Bodet en la educación del país fue tan honda que volvió a ser secretario de Educación en el sexenio de Adolfo López Mateos. Ya para entonces había escrito muchos libros de poesía como El corazón delirante, Cripta, Fronteras, Margarita de niebla, Fervor, pero se le reconocía mucho más como funcionario público que como poeta. Miembro de El Colegio Nacional, pertenecía a la créme de la créme de México y todos le rendían homenaje. Lo entrevisté en algunas ocasiones, pero la última fue cuando publicó su poema Civilización y empezó a perder la vista, cosa que lo deprimió bárbaramente.

Además del estupor que causó el suicidio de Jaime Torres Bodet, que se disparó un balazo en la sien sentado en su escritorio, recuerdo que Carito Amor de Fournier, consternada me dijo en tono de reproche: No le dejó ni un recado siquiera a Josefina.

Josefina, su esposa, era una gordita callada y buena gente que se iba de lado cada vez que se ponía de pie. Parecía querer borrarse y eso que fue esposa del mejor secretario de Educación que ha tenido nuestro país, embajador de México en París, figura de proa ante la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (su marido ha sido el único mexicano presidente de la Unesco) y ocupó (como compañera de Torres Bodet) los puestos más importantes imaginables dentro de la política y la diplomacia. Cuentan que, en su desesperación, Jaime Torres Bodet intentó una carta a sus amigos o a México o a la posteridad o a la historia y como no le salió dejó regados en torno a su escritorio alrededor de 10 o 20 bolitas de papel arrugado. Carito Amor de Fournier comentó que Josefina le explicó: Jaime estaba acostumbrado a dar órdenes y como no tenía a quien mandar salvo a mí, su existencia perdió todo sentido.

Conmueve don Jaime Torres Bodet. Conmueve su entereza, su compromiso, su inconmensurable capacidad de trabajo, su espiritualidad, su señorío, su rigor. Conmueve su inteligencia que nos va rayando el alma como el diamante raya a las piedras menos nobles.

En París, entre otros don Jaime conoció al sacerdote filósofo y paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que en su época causó sensación. Recuerdo la devoción que Ramón Xirau sentía por él y por eso Torres Bodet me contó de su trato con él:

–Cierta mañana me visitó en la Unesco. Creía en el hombre y creía en la religión. A lo largo de pacientes pesquisas, había descubierto el camino para conciliar –en su inteligencia– el evolucionismo y la fe. Proclamaba a la vez su devoción a la ciencia y a Jesucristo. Vivía en peligro de que la jerarquía católica reprobase, en cualquier momento, su actividad. No pedía, ante el riesgo, ninguna ayuda. Trataba sólo de que su verdad alumbrase el sendero de los escépticos y de los ignorantes. Cuando releo ciertos volúmenes suyos, evoco su imagen de hombre predestinado a la vida heroica del pensamiento. Y me conforta la reflexión de que, en la tragedia de nuestro tiempo, no todo fue solamente violencia y ruido.

(Recuerdo que don Jaime calla. Afuera lo esperaba su chofer para llevarlo a la Academia Mexicana de la Lengua. Me despedí. Atravesamos el jardín con una fuente blanca. La casa tan pulcra, como don Jaime mismo, también nos despidió. Recuerdo que la última vez que lo vi fue en el entierro del embajador Rafael Fuentes, quien solía decir entre risueño, triste y orgulloso: Alguna vez fui Rafael Fuentes, pero ahora soy el papá de Carlos Fuentes... Ese día, don Jaime permaneció mucho tiempo en el panteón bajo un sol que caía a plomo y él, solícito y dolido, no dejó un solo momento de participar en la ceremonia. Sin duda alguna, fue ésta una de las cualidades fundamentales de don Jaime Torres Bodet: participar con señorío e inteligencia en lo que él llama la tragedia de nuestro tiempo.)



lunes, 2 de enero de 2017

JEP: Retrato del poeta-periodista

Enero/2017
Nexos
Álvaro Ruiz Rodilla

Luego de la revolución industrial, las técnicas de producción y de reproducción masiva y en cadena le arrancan al arte su valor fetichista, como sostiene Benjamin. La autenticidad ya no marca su función en el mercado. La reproducción serial democratiza porque ensancha las fronteras del consumo. El artista se convierte en productor. El desarrollo de la literatura del siglo XIX y de las principales corrientes estéticas modernas se debe, en gran parte, a nuevos ritmos de lectura y escritura impuestos por la industrialización consolidada y los medios que la acompañan.
La literatura debe reinventarse y adaptarse a una forma dominante de mediación: la prensa (y su parte más visible, el periódico). Solemos olvidar que las obras de Baudelaire, Banville, Hugo, Gautier, Sand o Villiers de L’Isle-Adam, entre otros, son el fruto secular del periodismo. Junto a la idea de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin de la “civilización del libro”, emerge la de una “civilización del periódico” que no acaba de llegar a su fin. La prensa impresa, en sus distintas vertientes, se impone, en el XIX, como un medio mucho más actualizado, inmediato y eficaz que el libro. Éste, por el contrario, tiene un formato que goza de una amplia legitimidad científica, académica y humanista; es un soporte más institucional, perenne y estabilizado por la tradición. Después de la revolución liberal de 1830 la prensa será el medio más legitimo y con más prestigio cultural para vehicular obras literarias de cualquier género.

De esto se desprende una nueva lectura histórica de la modernidad que funda Baudelaire: amante de lo simple y de lo cotidiano —del hecho banal repetido, recreado y representado diariamente—, es hija, como estética y actitud vital, de esa cultura mediática decimonónica. “La modernidad, dopada por el movimiento romántico y luego por la inflación periodística, aprende de ahí en adelante a buscarse a sí misma, fuera de una retórica arcaica, en una cultura del presente”,1 afirma Marie-Ève Thérenty. Entresacar lo eterno de lo transitorio; incorporar la banalidad y lo mundano, las calles de París y sus habitantes, a la visión universal de la belleza, es también poetizar la lectura diaria del periódico. Nuevo vínculo con el mundo, la idea de lo cotidiano, en su forma más palpable (el diario) o en su fulgor empírico, se vuelve, desde la modernidad, absolutamente determinante en nuestro sistema de representación. Les fleurs du mal (1857 y 1861), cuya mayoría de poemas se publicaron, a manera de primicia, en revistas de época (como L’artiste, Le Corsaire, Magasin des familles, Revue de Paris o Revue de deux mondes) es un claro resultado poético —moldeado por la insondable subjetividad del “yo” lírico— de todo lo que expone y narra el periodismo. Experiencias de lectura que le suministran al poeta un amplio material textual, una nueva paleta de colores para su esbozo del mundo moderno, panorama de vicios y crímenes. Los rasgos de este esbozo son las pinceladas de alguien que ha leído el esperpento público sin tregua. “El periódico, de la primera a la última línea, no es más que una sarta de horrores. Guerras, crímenes, violaciones, impudicias, torturas, crímenes de príncipes, crímenes comunes, embriaguez de atrocidad universal. Y el hombre civilizado acompaña su desayuno cada mañana con este asqueroso aperitivo. Todo en este mundo rezuma crimen: el periódico, la muralla y el rostro del hombre” (Baudelaire, Mon cœur mis à nu).

Para el investigador Alain Vaillant, Baudelaire es el pionero de una “poesía-periódica”: aquella que se vierte en cualquier medio de prensa; que “acompaña el hilo de los acontecimientos o sustituye su disposición narrativa”; poemas que conversan con una realidad fragmentada, heterogénea, banal y aterradora, como las páginas, columnas y secciones de un periódico. Desde entonces el lenguaje del poema incorpora elementos del fait divers, de las efemérides culturales, de los salones y las exposiciones, de las anécdotas cotidianas. Convivir con una alteridad, con una polifonía de voces en la que, en oposición a la novela con su narrador finalmente único (no unificado), la voz del poeta debe destacarse del bullicio de un grupo, de un colectivo de redactores a su vez imprescindible. Es decir, “evitar que la alharaca informe de la prosa periodística contamine el poema mediante la consolidación y la fijación, tanto como sea posible, de la armadura del poema: de manera paradójica, la integración del poema al espacio polifónico del periódico es la que favorece, sino es que provoca directamente, las posturas estetizantes y artísticas que han caracterizado a la poesía francesa, del romanticismo hasta las primicias del surrealismo”.2

En el ámbito hispanoamericano las obras poéticas de nuestros fundadores (Martí, Nájera, Darío, Del Casal, Gómez Carrillo, etcétera) tampoco podrían leerse sin considerar su compleja relación con la cultura del presente, además de que asimilan y se apropian de los recursos poéticos franceses a través de las revistas y periódicos. Precursores o impulsores directos, todos ellos fueron poetas-periodistas cuya escritura se desarrolla en un nuevo ámbito laboral. El mercado reemplaza progresivamente al mecenazgo. A pesar de la alienación —la libertad divinizante del romanticismo se resquebraja— los poetas modernistas hallan en los periódicos no sólo pan y oficio sino sus verdaderas tribunas, sus talleres y telares experimentales, la horma de una expresión anhelada. Es “arte por el arte” que busca encarar la polifonía ensordecedora de la prosa diaria, distinguirse de la prensa mercantilista y, sobre todo, enfrentar a como dé lugar el materialismo de la sociedad burguesa —sus procesos industriales— mediante una concepción artística que, de ninguna manera, proviene de un grupo de estetas etéreos, encerrados en la torre de marfil, cortados del mundo, ajenos al relato mediático del día a día.

Paradójicamente, esta poesía “aristocratizante” fue la primera en relacionarse con el público —ese lector-consumidor permanente—, sometida a las exigencias de la oferta y la demanda, producto de nuestros primeros reporteros continentales que revolucionaron tanto la prosa como la poesía en lengua española. Para Ángel Rama, el periodismo deja su clara impronta en el poema modernista: el formato se reduce, los esquemas lingüísticos se concentran, se adoptan recursos para intensificar la apertura y el remate, los textos se apoyan en ritmos cambiantes y sorpresivos, buscan lo insólito, se adopta un lenguaje urbano y secular; sobre todo, las siguientes tendencias se vuelven directrices: “novedad, atracción, velocidad, shock, rareza, intensidad, sensación”. La novedad y la noticia se convertirán en una fuente inagotable de originalidad.

El caso de México es un ejemplo claro de esta comunión, tan fecunda como paradójica, entre poesía y periodismo. No sólo por su herencia directa del periodismo decimonónico francés, a través de la crónica y la poesía modernistas, sino porque revistas, periódicos y suplementos fueron una forma hegemónica de expresión, innovación y difusión literarias durante todo el siglo XX. En particular, los años setenta simbolizan un auge de publicaciones periódicas que manifiestan la riqueza de esta otra literatura mediática. La columna Inventario (1973-2014) de José Emilio Pacheco fue, en este ámbito, la más longeva y arriesgada de nuestro siglo. Se publicó primero de manera anónima en la contraportada del Diorama de Scherer, entre 1973 y 1976, y luego del “golpe a Excélsior”, en Proceso con el acrónimo JEP. La crítica ha tenido que recurrir a una larga lista de géneros, subgéneros e híbridos, para concebir la pluralidad de tonos, matices y estilos de sus páginas. Sin adentrarse jamás en los géneros más “exteriores”, el reportaje y la entrevista, Inventario es un registro semanal del acontecer cultural que despliega fábulas, biografías ficticias o reales, poesía, traducción, diálogos teatralizados, ensayos literarios, retazos y narraciones históricas, reseñas, distopías satíricas. Erudición que se arriesga a la sencillez pedagógica, enciclopedia de vasos comunicantes, la columna es, en palabras de Armando González Torres, “toda una cátedra de la ensayística recreativa”.

Historiador y estudioso incansable del modernismo (y atento a esas imbricaciones entre prensa y poesía), Pacheco asumió, como nadie en su generación, el deber y la función ética de instrucción y democratización literaria. Renovador asumido de una larga tradición que remonta desde Lizardi y los liberales de la Academia de Letrán3 hasta Contemporáneos, y luego Benítez o Monsiváis, el autor de Tarde o temprano creó, con su entrega periódica, un género propio —como afirma Olea Franco—, único, marcado por la erudición, la concentración y la crítica vinculante.

Como género, el Inventario es la fragua creadora del poeta. Ahí se revelan los procesos de asimilación, apropiación y diálogo recíproco que son, para JEP, el corazón de toda literatura. En todos los sentidos, la columna del autor engarza con su poética abiertamente intertextual, colectivista, utópica, defensora del anonimato y de la generosidad referencial. “No leemos a otros/ nos leemos en ellos”, son los versos archicitados del poema-epístola “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”. Son también una clave de lectura para el casi millar de “inventarios” vertidos en la prensa y que nunca quiso recopilar su autor. La columna exhuma, desde la antigüedad grecolatina hasta la poesía hispano-americana contemporánea, textos y autores (versos y versiones), aquellos en los que el poeta también se lee. Corresponden a la vitrina de su taller, al anaquel de su biblioteca, al afecto de su memoria. En este sentido, el Inventario lleva la democratización a un nivel inusitado: ya no se trata nada más de afirmar que el lector es productor y poeta potencial (siguiendo a Barthes) sino que la prensa, médula del espacio público, vuelve transparente la fábrica del poema. Fábrica más que taller, por aquello de que la sociedad de masas a su vez ha transformado el preciosismo modernista en “exteriorismo” y poesía conversacional a partir de los sesenta. Si la literatura necesita una serie de intercambios para vivir y es una incesante circulación de textos que diluyen poco a poco la propiedad privada en el anonimato, levantar su inventario es una forma de ponerla en movimiento, preservarla de una capitalización voraz y dar acceso al lector a la invención de una tradición.

El diálogo y la presencia del Otro son un fundamento tanto poético como periodístico para permitir dicha circulación. Al acercarse a Auden, JEP escribe: “La poesía le pareció un juego, pero un juego en serio, un medio para conocer al hombre y mejorarlo y fundar lo que llamó la ‘ciudad justa’. Su obra entera puede resumirse en un verso suyo de 1939: And no one exists alone. Como si desviando el lugar común de Ortega y Gasset dijera cada hombre: yo soy yo y mis semejantes”.4 Contra el anatema de Platón, la poesía recobra así su poder social: el poeta puede revelarnos nuestra existencia de soledades compartidas en la ciudad ideal. Estos versos de “En resumidas cuentas” poetizan justamente el mismo postulado: “[…] A medida que avanza el tiempo/ vamos haciendo más desconocidos/ De los amores no quedó/ ni una señal en la arboleda/ Y los amigos siempre se van/ Son viajeros en los andenes/ Aunque uno existe para los demás (sin ellos es inexistente)/ tan sólo cuenta con la soledad/ para contarle todo y sacar cuentas”. Las cuentas de la soledad son también los cantos y cuentos del poema para encontrarnos en los demás. En otro extracto, sobre Alí Chumacero, esta dialéctica se rectifica: “La poesía no cuenta (para eso está la narrativa): nos hace participar desde dentro en una experiencia ajena, apropiarnos de ella corporalmente, materializarla por medio de una lectura que es el menos pasivo de los actos. El reposo de estas palabras no es la inercia. Es el reposo que Heráclito asignó al fuego, su poder de transformarse en cada lectura y en cada lector”.5 En el poema “2. Don de Heráclito”, la filosofía naturalista del presocrático reaparece como principio ético y estético: “Y el reposo del fuego es tomar forma/ con su pleno poder de transformarse./ […] Fuego es el mundo que se extingue y cambia/ para durar (fue siempre) eternamente”.

Poética del cambio orientada hacia el exterior, hacia el lector que es siempre Otro y se renueva, aparece así una función política de primer orden. El inventario titulado “Rimbaud en Abisinia” retoma tanto la lectura pachequiana de Auden como el postulado de “En resumidas cuentas”: “Hay un trasfondo ocultista en la poesía rimbaudiana, sí, pero sobre todo un sustrato político. Su frase Je est un autre ¿no es en sí misma un eco de lo que escribió Chamfort durante la Revolución Francesa?: ‘La democracia consiste en decir: yo soy otro’”. En el ideal de JEP, poemas y artículos de prensa siempre podrán encarnar acción política. El laboratorio interior y reservado del escritor, su escritorio y biblioteca, nos devuelve páginas constantes que entrelazan los hallazgos asombrosos del poeta-periodista con el registro de sus propias empatías y fomentan una ética de la escritura.

Un lector atento encontrará también en el Inventario la historia editorial de las distintas reescrituras poéticas de Pacheco. Son incontables los ejemplares de poesía-periódica pachequiana. Sus poemas aparecen como primicia en la columna, después mutan, recorren poemarios, se ensamblan, se arman o desarman. “Todo poema es un ser vivo:/ envejece”, escribe su heterónimo Julián Hernández. El médium periodístico es el único espacio en que se revela la cualidad orgánica de los textos. Sobreviven al tiempo si pasan al medio estable del libro que los absuelve del olvido, a sabiendas de que este último se lo lleva todo, tarde o temprano. De otra manera, los diluye la marea textual de revistas y periódicos efímeros. En “14 poemas inéditos: en los veinte años de la muerte de Julián Hernández”,6 JEP recrea su propio fallecimiento. Se mezclan textos que firmará él o su heterónimo, en “Cancionero apócrifo”, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). Otros no sobreviven a la transferencia: nunca serán recopilados en los poemarios del autor. Como el poema “10. Consejos (¿1951?)” que revela el quehacer en marcha del poeta: “Publica un solo libro/ No entorpezcas/ con fardos excesivos/ la poda inexorable del desdén,/ la agobiada tarea del olvido”. Irónicos y autocríticos, estos versos son una defensa de la economía verbal, la contención y el arte de la mesura. De la tarea del jardinero depende la salud de las plantas: entresacar la belleza del convulso follaje, metáfora de la literatura o de la realidad convulsa que el periódico revela.

En Inventario JEP cumple sin faltas con esa poda tanto en textos propios como ajenos. Su columna enseña la reacción directa de los textos sometidos al vendaval del tiempo. La poética del intento, como en Eliot, llega así a su cúspide; más que otro medio impreso, el del periodismo sucumbe a lo efímero. En él se da esa lucha incansable por recobrar lo perdido. No obstante, poemas y autores se vinculan y resurgen a pesar de las circunstancias del presente, o gracias a ellas. La actualización del pasado es un ejercicio duradero que demuestra la capacidad de la conciencia poética de ligar elementos disímiles, como pretendía el surrealismo. Los epigramas griegos, por ejemplo, regresan en nuevas versiones para relativizar el peso de los acontecimientos cotidianos, como este de Simonides de Ceos titulado “Los que teníamos veinte años”: “Fuimos al matadero en un barranco/ en tierra extraña./ Y como era justo/ erigió nuestras tumbas el Estado./ Porque al partir al frente le obsequiamos los días/ de nuestra juventud irrecuperable”. El mismo texto, con ligeras variaciones, aparece en dos “inventarios”, uno de 1974 y otro de 2011 para Javier Sicilia. A largo o mediano plazo, los acontecimientos siempre podrán leerse a la luz de viejos poemas y viceversa.

Versos que son entonces una forma de poetizar las circunstancias y darle a ese género menospreciado, el poema de circunstancia, un valor novedoso. Los poemas de la sección “En estas circunstancias” de No me preguntes…  o de “Ocasiones y circunstancias” de Los trabajos del mar (1983) reúnen poemas prepublicados en Inventario: repertorio de pastiches y homenajes a Rulfo, Flaubert, Huerta y Guillén que constituyen un inventario versificado a partir de ocasiones fortuitas, efemérides escogidas con precisión. Son poemas o “artículos en verso” (en el caso de Flaubert) que muestran esa comunión innovadora de poesía y periodismo que alcanzó JEP a lo largo de cuatro décadas. Las efemérides sirven no sólo como recurso periodístico y homenaje sino como vía para exhumar textos y generar nuevas lecturas creativas de nuestra herencia cultural. En el Inventario “Homenaje a Fray Bartolomé de Las Casas (1474-1974)”, la conmemoración de este quinto centenario se traduce en varios poemas que se refieren a personajes, eventos y mitos de la Conquista. Por ejemplo, en los últimos versos del poema “IV. Francisco de Terrazas”: “Al callarse las voces de la tribu/ quedó en silencio el escenario. Terrazas/ fundó nuestra poesía y escribió/ —con la seguridad de quien repite—/ el primer verso del primer soneto: ‘Dejar las hebras de oro ensortijado’”. No hay acaso mejor manera de acercar al lector a estas antigüedades mexicanas (sección de Islas a la deriva a la que se trasladan) que creando un diálogo culturalista, un palimpsesto, con otros poetas y cronistas. Al ser difundidas mediante la “poesía-periódica”, las antigüedades serán saqueadas y, así, modernizadas.

Acaso el rasgo que menos hay que perder de vista en Inventario es el humor, ese refugio indestructible que, al cabo de los años, se vuelve una resistencia aguerrida frente a la calamidad mexicana, ante el desastre de la ciudad capital. En una serie de entregas de la columna, tituladas “Diálogo de los muertos”, poetas y escritores fantasmas se reúnen. Las efemérides los invocan y los traen del pasado. Anacronismos vivos, observan el presente con la sabiduría de su época, como en este encuentro entre Vasconcelos y Reyes: “VASCONCELOS— Déjame ver tus libros. Qué anticuallas. Mira. Toynbee. Dedicado. Ya nadie lee a Toynbee. […] REYES— Pero Toynbee fue el único que predijo adecuadamente lo que iban a ser los terribles setentas. Fortuna nuestra no haberlos vivido”. En otra entrega de esta serie, de diciembre de 1980, los fantasmas de Nervo y López Velarde son asaltados al final por ladrones-policías: “EMPISTOLADOS— Quedan detenidos. ¿Qué hacen aquí a estas horas y con esos disfraces? NERVO— Suéltenme. Soy el ministro plenipotenciario de México en las Repúblicas del Plata. LÓPEZ VELARDE— Soy el secretario particular del ministro de Gobernación. EMPISTOLADOS— Sí, cómo no. Pues yo soy Ronald Reagan”. Son sólo algunos fragmentos de esa cátedra humorística, guiada por la historia y la poesía, que es Inventario.