sábado, 8 de mayo de 2010

La crítica en el banquillo

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Héctor González

¿Cuál es la relación de un escritor con la crítica? Nueve narradores responden esta pregunta; uno de ellos reconoce abiertamente que no le interesa “en lo más mínimo”.

Mario Bellatín

La crítica no me interesa en lo más mínimo, salvo cuando es utilizada con fines ajenos a los literarios, que casi siempre son una bajeza impresionante.

Son muy pocos los críticos que logran mantenerse a lo largo del tiempo. Hace casi treinta años publiqué mi primer texto y no puedo contar la cantidad de críticos que han aparecido y desaparecido en ese lapso.

Ana Clavel

Me interesa mucho la crítica literaria comprometida y fundamentada. “Pasión crítica”, la llamaba Octavio Paz. Me gustaría mucho que mis libros despertaran esa vehemencia razonada. Desafortunadamente hay pocos críticos serios y demasiadas obras que se lanzan como novedades y obstruyen el panorama para reconocer a los autores que están haciendo una apuesta literaria genuina. También veo otro problema: que las pocas voces críticas no tienen responsabilidad con su tradición ni con su presente: o ven sólo a autores clásicos, o sólo ven autores actuales reconocidos por las élites internacionales. No se exponen, no apuestan.

Entre los críticos que sigo se encuentran: Armando González Torres, que es una de las pocas voces razonadas, fundamentadas, que ejercen la crítica tanto en el periodismo cultural como en el ensayo temático. Sergio González Rodríguez, porque más allá de sus recuentos globales, cuando se sienta a separar la cal de la arena es agudo y visionario. Geney Beltrán, entre los más jóvenes, me parece una voz crítica honesta, inteligente y valerosa para decir lo que tiene que decir. Entre los extranjeros, a Estrella de Diego porque es una intelectual de peso completo, lo mismo te habla de libros que de performances o cine y todo ello con una visión transgresora y razonada.

Guillermo Fadanelli

No leo nada de lo que se escribe acerca de mí. Pero tengo aprecio por los críticos literarios, para mí son también escritores, sólo que sus personajes son más barrocos. Leo a Christopher Domínguez, Rafael Lemus, Heriberto Yépez, Bruno Hernández Piche, Armando González Torres y a José Joaquín Blanco, principalmente. Todos ellos tienen peso y sombra. Logran con su afán crítico que la literatura sea todavía una actividad respetable.

Ana García Bergua

El mundo de un escritor y el mundo de la crítica son mundos paralelos que en ocasiones se tocan. Evidentemente uno no puede escribir pensando en la crítica, ni arrepentirse por ella de lo que ha escrito, pero es muy importante saber qué sugiere el libro a plumas que viven de analizar los libros para los lectores. Para mí, la crítica es muy importante; el hecho de que aparezcan notas críticas positivas o negativas, además de las consabidas entrevistas y notas de prensa, significa que el libro ha entrado en su mundo, ha traspasado el límite de la promoción. En México se publica mucho y se lee poco, de modo que, aunque las críticas a un libro pequen de injustas o apresuradas, es preferible que existan a que no existan. Ahora, ante el miedo a enemistarse con gente que puede pesar mucho en la cultura o simplemente retirar el habla, la crítica negativa es el silencio.

Entre los críticos que leo están Christopher Domínguez —últimamente habla de autores mayores o muertos que sinceramente no conozco y me despierta la curiosidad y las ganas de leerlos. Me cae bien Rafael Lemus porque cuando no le gustan los libros lo dice; también me gusta lo que escribe Fabienne Bradu.

Álvaro Enrigue

La crítica es el único medio al alcance de un escritor para tener alguna retroalimentación sobre su trabajo fuera de los círculos familiares y de amigos: es un asunto de curiosidad. Además, cuando menos para mí, la crítica ofrece una tasa de interpretación que te permite evaluar qué tan cerca de las ideas que querías proyectar estaba el mensaje final que enviaste empaquetado en una historia. Me preocupa que lo que escribo se entienda cabalmente, y que la crítica supone la segunda vuelta de una conversación. También sirve para leer más o menos como va tu standing en la República de las Letras; éste es un fenómeno contingente y sin importancia a largo plazo, pero definitivamente relacionado con tu libertad de acción para perpetrar un siguiente libro.

Leo las secciones de crítica de Letras Libres y Nexos invariablemente y de principio a fin; de hecho es lo primero que leo de ambas revistas. Siempre leo a Rafael Lemus, Geney Beltrán, Christopher Domínguez, Fernando García Ramírez —que lamentablemente escribe poco—, Armando González Torres; Noé Cárdenas, Sergio González Rodríguez, Mauricio Montiel.

Élmer Mendoza

La crítica nos ayuda a comprender el trabajo de muchos escritores. Tenemos el caso especial de Cristopher Domínguez Michael, que publica en revistas, suplementos y libros. Es un crítico sin complejos, estudioso y reflexivo. Posee la virtud de saber acercarnos al asunto con un discurso que facilita la comprensión de los fenómenos estéticos que ya tienen expresión en nuestras letras. Me gusta la inteligencia de Heriberto Yépez, la visión de espacio de Elizabeth Moreno, la seriedad y la dedicación de Lauro Zavala, el compromiso de Vicente Francisco Torres, la constancia de Margo Glantz, la amplitud de criterio y la recuperación de los clásicos de Jaime Labastida, el valor de Sara Poot para estudiar y ubicar la literatura de este tiempo.

Pedro Ángel Palou

La crítica, cuando es inteligente, señala virtudes y detecta defectos, taras incluso. El buen crítico es un lector especializado. Si bien no escribo para los críticos, me interesa y me retroalimenta.

Muchos años seguí a Christopher Domínguez, quien era un puntual lector de la modernidad narrativa en México. Luego se instaló en un limbo extraño y lo que escribe en revistas y periódicos dejó de interesarme. Prefiero leer a Saint Beuve. Leo a Geney Beltrán y me interesa su visión, aunque no comparta todos sus juicios.

Parece que los mejores críticos en México han sido ellos mismos grandes escritores: Reyes y Pacheco, Nervo y García Terrés, Villaurrutia y José Joaquín Blanco, lo mismo que el más admirable y constante de todos en el siglo XX, Adolfo Castañón.

Hoy, cuando los suplementos culturales escasean y han dejado de hacer una revisión crítica —como la que hacía sábado con Huberto Batis a la cabeza, con Federico Patán haciendo una crónica crítica permanente—, ha quedado un espacio, el de La Tempestad, que respeto mucho, particularmente lo que escribe Nicolás Cabral o Gonzalo Soltero.

El peor crítico es el que utiliza los libros de otros para acomodarse en el establishment literario y escalar. El crítico “trepador” que pontifica sin tener una obra que lo respalde, como lo hace tristemente Rafael Lemus.

Alberto Ruy Sánchez

Por crítica yo entiendo principalmente “desciframiento”. Crítica para mí es poner en crisis los códigos, los lenguajes establecidos para ir más a fondo en la comprensión de una obra literaria. Quienes reducen la crítica a valorar positiva o negativamente una obra, se quedan en la superficie de las posibilidades de la crítica porque criticar es crear instrumentos para comprender.

Me interesa mucho la lectura de mis libros, por eso se publican. Lo que incluye a la crítica como lectura más esforzada, con más trabajo. Abrí un blog: Cuaderno abierto como un cuerpo, nada más para recibir ecos que yo no hubiera imaginado de la lectura del ciclo de cinco libros sobre el deseo y Mogador, y sobre todo de La mano del fuego, el último de ellos. A través de ese blog me han llegado críticas insospechadas de los lugares más inesperados.

Sigo, intermitentemente a algunos críticos y ensayistas cuya obra me interesa y me sirve para descubrir pistas de nuevas lecturas: Claude Michel Cluny, Michael Wood, Oumama Aouad Lharech Lawrence Weschler, Alberto Manguel, Mercedes Monmany, Anthony Grafton, etc.

Enrique Serna

La crítica me interesa mucho, porque siempre estoy muy inseguro cuando publico un libro. Los elogios y las descalificaciones no me hacen mucha mella. Pero los argumentos de los críticos a favor o en contra me ayudan a entender cuál es la distancia entre mis intenciones y mis resultados. Lo malo es que muchas reseñas apresuradas carecen de argumentos. Uno sabe que su libro le gustó o no al reseñista, pero no entiende por qué.

Leo con frecuencia a Fernando García Ramírez, Rafael Lemus, Noé Cárdenas, Ignacio Trejo Fuentes, Roberto Pliego, Evodio Escalante, Christopher Domínguez, José Joaquín Blanco, Geney Beltrán, Vicente Francisco Torres, y si me olvido de alguno, le ruego que se apiade de mi próximo libro. Todos ellos tienen criterios de valoración diferentes, y algunos me han dado palos muy fuertes, pero nunca he aspirado a la aprobación unánime.

No son molinos de viento

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Geney Beltrán Félix

Fernando García Ramírez publica en Letras Libres de este mes una reseña de tres libros de ensayos, entre ellos el mío, El sueño no es un refugio sino un arma [UNAM, 2009].

Si él sustentara ecuánimemente sus decires, yo asumiría discutir lo que él afirma sobre mi libro. No es así. García, quien no tiene obra ensayística ni de otro género, caricaturiza mis conclusiones y a partir de esa caricatura las reprende. Descontextualiza citas. Magnifica minucias y se desentiende de lo importante. Omite información. Llega a la descalificación ad hominem. Así, su ejercicio crítico es irresponsable y cobarde. Falto de ética.

No polemizaré con García porque con su texto no hay diálogo posible. Tampoco repetiré los argumentos que desgloso en mi libro. Pero consignaré ejemplos que demuestren que García simplifica alevosamente lo que afirmo.

En una parte, García “resume” y dictamina: “¿Y qué es lo que propone este joven furioso? El hilo negro. Dice que el escritor debe ser ‘auténtico al mentir’, debe escribir para la posteridad (los lectores que importan son ‘los que aún no están’), debe escribir para transformar el mundo (y para sustentarlo se vale de una cita de Gabriel Zaid, que es, como todos saben, un escritor revolucionario). Detesta Beltrán a los escritores experimentales, ya que el auténtico escritor debe escribir de lo que preocupa al hombre, de su verdad interior; debe escribir sobre la ‘Condición Humana’. Para Beltrán el escritor y la literatura, sobre todo, deben de. Nada de juegos, nada de experimentación, nada de frivolidades, la literatura debe ser puesta al servicio del Hombre. Así las cosas. Tanto pataleo y berrinche para venir a salir con esta novedad.”

García no anota que la cita de Zaid empieza: “Toda obra de arte cambia el mundo y cambia la vida”. Tampoco avisa que en mi libro las reflexiones sobre la posibilidad de la literatura para transformar el mundo ocupan varias páginas —no es sólo citar a Zaid y se acabó, y por lo mismo la referencia a ideas políticas es un distractor malintencionado.

Estoy en contra de la frivolidad que asedia a la expresión cultural —García prefiere una novela de liviana consistencia a libros densos y significantes: recuérdese su texto “La buena, la mala y la fea”, un hito de la mala crítica y la misoginia letrada (agosto de 2004)—, pero sobre esa repulsa de lo experimental que me adjudica, hay que decir que en ninguna página de El sueño se encontrará una cita que corrobore la burda glosa de García. No sólo la distinción entre lo experimental y lo clasicista es secundaria, puesto que planteo un tema (el conocimiento moral) por encima de técnicas, sino que García olvida hacer mención de mi libro El biógrafo de su lector, sobre Macedonio Fernández, radical donde los haya, y no advierte que en El sueño viene un texto sobre Salvador Elizondo. Nada de esto despierta la perplejidad del Alérgico-a-los-Matices García, para quien todo se reduce (¡ah qué ligereza en la conjugación de los verbos!) a detestar.

En lado alguno exijo que “la literatura debe ser puesta al servicio del Hombre”. De la p. 33, cito: “una forma del riesgo para los bisnietos de Tolstói y Conrad sería buscar dentro de sí esas historias que exploren dilemas morales”. En ese ensayo, “No narrarás”, lleno de matices y asegunes —y en el que nunca, ni en el resto del libro, utilizo la palabra “Hombre” para designar a los seres humanos—, retomo el concepto de la literatura comprometida y lo reformulo desde lo moral y desde mi experiencia y circunstancia. ¿Qué tiene que decir García? Silencio: él no analiza los argumentos con que actualizo ese tema desacreditado. Sólo omite, simplifica: miente.

Detrás de esa reprensión del “hilo negro”, García parece sugerir que un ensayista que recupere el tema del compromiso de la escritura es sólo por ello reprensible, debido a que no es “novedad” —y aquí García prescinde de la revisión que hago de un panorama literario en que predominan las presiones mercantiles, la banalidad y el esnobismo—. En todo caso, me interesa menos la novedad que la posible verdad, como diría Borges. Si García está en desacuerdo con esa insistencia, debería enunciarlo y debatirlo, no sólo exhibirlo con el tono de un maestrito regañón.

Poco antes, García me ha exhibido: “[GBF] Detesta al ‘escritor tópico’, como Mario Vargas Llosa, dedicado a redactar novelas ‘sobre un dictador dominicano o un pintor francés’”.

Vamos a la cita original (pp. 29 y 30):

“El escritor tópico —el escribidor— tiene a la escritura como un oficio y solamente un oficio. Puede, y sin infligirse, verse dedicado a la redacción de novelas sobre ferrocarrileros o sobre el imperio de Maximiliano, sobre un dictador dominicano o un pintor francés. Será la suya una decisión respetable, pero a fin de cuentas todo se reduce a una apuesta, ésa sí, voluble y limitada. Inauténtica. Esto es: perecedera.”

¿De dónde sale García con que yo detesto a alguien como Vargas Llosa? No hago ningún dictamen sobre sus dotes literarias. Señalo, sí, la elección de los asuntos en sus novelas, y en las de Del Paso, pero esos ejemplos se hallan en una reflexión sobre los temas morales de la novela de conocimiento. A esto me refiero cuando afirmo que García magnifica minucias y escamotea los argumentos.

Otro ejemplo: “Amparado en George Steiner, Beltrán también propone una apasionada defensa de la tradición —sin embargo, en su ensayo sobre Musil ignora olímpicamente a Juan García Ponce, el autor que más ha profundizado en nuestro idioma sobre el autor austriaco”.

Primero: mi “apasionada defensa” se encuentra en una reflexión —omitida por García— sobre el no lugar de los clásicos en la sociedad mexicana. De igual modo, la segunda parte, “Cuaderno azaroso”, reúne ensayos sobre escritores de la tradición mexicana. ¿Por qué no lo menciona? ¿Nellie Campobello, Efrén Hernández y Francisco Tario no pertenecen a la tradición, y sólo García Ponce?

Segundo: ¿yo debería citar a García Ponce sólo como una muestra de erudición y respeto a la autoridad, aunque no sea pertinente? ¿O García pretende pasarse de listo vinculando dos temas, uno tratado in extenso (la tradición en la sociedad actual), con uno nimio y cuestionable (citar o no a García Ponce), en lo que sería la objeción sofística de quien anula lo esencial confrontándolo crasamente con lo secundario?

García se “sorprende” de que yo destaque la obra de mi paisano Óscar Liera y de Nadia Villafuerte, narradora “cercana al crítico”. Pero, ¿por qué omite que El sueño incluye ensayos en que discierno aspectos notables no sólo de Nellie, Efrén y Tario, sino también de Rossi, Elizondo, Pitol…? ¿No los leyó? ¿O no le convenía sacarlo a colación porque eso le impediría declararse sorprendido, como quien insinúa que yo sólo elogio por interés extraliterario?

El crítico tiene libertad de escribir sobre los autores que más despierten su juicio. Si éstos son sus amigos, sus paisanos o sus colegas de signo zodiacal, no importa: lo que valen son los argumentos. Mientras García desliza la sospecha de que aplaudo a Liera por sinaloense y no por escritor, no sólo está mostrando su ignorancia, pues desconoce el sitio canónico de este dramaturgo en el teatro mexicano, sino que evita llamar la atención —ya no digamos sobre los argumentos de mi lectura crítica de Liera— sobre el hecho de que en mi libro viene otro texto en que presento objeciones a Balas de plata de Élmer Mendoza, también mi paisano. ¿Cómo a García esta discrepancia no le despertó el asombro? Y en cuanto al libro de Villafuerte, ¿cree García que el panorama literario se mantendrá sin cambio así que pasen cien años? ¿No sabe que un crítico puede hacer una apuesta por un autor desconocido? ¿Ignora que no soy el único que ha comentado con entusiasmo el libro de Villafuerte? No sabe García (o eso parece) que la amistad exige un ánimo sincero a toda prueba, no sólo para disentir sino también para elogiar. En mi caso —no sé en el suyo—, la amistad no nubla el criterio; lo afina, lo dirige hacia la más exigente sinceridad como una muestra de levinasiano respeto al otro. Es el ejemplo de Esther Seligson —quien la conoció sabe de qué hablo—, y yo lo sigo.

Pero esa explicación sale sobrando. El apunte de García es cobarde porque se queda en la insinuación. Si los argumentos que doy en mis apreciaciones de Liera y Villafuerte fueran endebles, él tendría que demostrarlo, y para eso García tendría que leer Camino rojo a Sabaiba y ¿Te gusta el látex, cielo?, y contrastar su criterio con el mío.

Una más. García glosa: “‘Muy adolescentemente’, [GBF] intenta proponer definiciones, buscar salidas, acomplejado como está por su ‘bastardía intelectual’”. García sugiere que todo ensayista ha de estar acomplejado, porque “proponer definiciones, buscar salidas” es en mucho su quehacer. Pero no le hagamos el favor de obviar la crítica ad hominem: aventurando un irresponsable y grosero diagnóstico psicológico, García demuestra que reseña un libro para descalificar a una persona.

Termino. Para García, yo sólo estoy embistiendo “contra... molinos de viento”. Se equivoca. Con su falta de ética en el ejercicio crítico, García demuestra que no son molinos de viento los que señalo en mi libro. La escritura sin compromiso moral y la crítica irresponsable están más que vivas. Y me refiero a su texto, claro.


Alfabeto de las esfinges / Ensayos transatlánticos, de Adolfo Castañón, La brújula hechizada, de Mauricio Montiel Figueiras y El sueño no es unrefugio

Mayo/2010
Letras Libres
Fernando García Ramírez

Tres autores, tres formas de encarar la literatura –Adolfo Castañón, Mauricio Montiel Figueiras y Geney Beltrán Félix: tres ensayistas mexicanos. Llama la atención, en primer lugar, que ninguno de los tres haya escrito un libro ex profeso, ya que las tres obras que comento son recopilaciones de ensayos, reseñas, entrevistas y prólogos. Tres formas de concebir la literatura: para Castañón se trata de un conjunto de signos que hay que descifrar para darle sentido a la vida; para Montiel, de una pasión que es necesario transmitir, mientras que para Beltrán la literatura debe ser un medio para la expresión de un propósito. Vamos por partes.

Alfabeto de las esfinges
de Adolfo Castañón es un libro desigual. En él su autor alojó desde notables ensayos de interpretación literaria (como el dedicado a María Zambrano) hasta reseñas descuidadas (como la que escribió a propósito de la edición en La Pléiade de la obra de Montaigne). Sus capacidades críticas, pese a ello, son evidentes: dueño de un vastísimo conocimiento literario, Castañón va de la hermenéutica a la anécdota trivial, lo mismo descifra una idea compleja de Iván Illich que paladea un verso de José María de Heredia. Castañón se mueve a gusto por su rica biblioteca. Ahora lo vemos con un tomo de Ovidio en formato mayor, ahora hincado con un libro de Monterroso en las manos. No grita ni se exalta; conversa, suelta ideas, consulta de continuo el diccionario en busca de una etimología o para descifrar el sentido de un texto arcano. Su padre fue un gran bibliófilo; Adolfo Castañón, por tanto, nació entre libros, jugó entre pilas de ellos, su horizonte es libresco. Ve el mundo desde la atalaya de su biblioteca. Vive una contradicción, y él lo sabe: entiende que la alta cultura es obra de pocos pero que debe rendir fruto a muchos. No es casual que haya dedicado casi treinta años de su vida a la labor editorial. Castañón ha escrito cuentos y poemas, nada notables; lo suyo es el ensayo y la crítica literaria. Frente a la obra literaria Castañón se planta como Edipo ante la Esfinge: la interroga, la descifra. ¿Para qué? Para librar a la ciudad del monstruo, claro está, del monstruo de lo informe, de la barbarie y la incultura, para hacerla un espacio habitable y noble. La conciencia de la contradicción que lo posee es generacional: nacido en 1952, fue “educado sentimentalmente, por desgracia, en la sensibilidad de 1968”. Una generación romántica que considera que la difusión de la cultura es sobre todo un asunto moral. Una generación, también, desencantada. Castañón es un lector conservador, horrorizado, como Marcel Schwob, “por las máquinas infernales del progreso”. Considera, con George Steiner, que la cultura es un santuario de la humanidad y que ese santuario tiene pocos custodios, y que él es uno de ellos. Y como conservador venera a los clásicos: a Montaigne y a Cervantes, a creadores como Borges y a críticos como Connolly. Ve con desconfianza empresas literarias como la de Breton y el surrealismo, aunque, desde su perspectiva, el surrealismo ya pasó a ser “una memoria clásica, memorable y escolar, seductora y formativa”. Castañón interroga a la Esfinge, descifra sus enigmas y los transmite a la ciudad de los lectores, porque la crítica para él es un asunto de responsabilidad, de civilidad.

A Mauricio Montiel, en cambio, no lo anima un espíritu clásico. El suyo es un talante explorador. Más que un crítico que busque descifrar claves, es un escritor viajero, y su libro –La brújula hechizada– es una bitácora de sus exploraciones, “una pequeña guía para el lector inquieto”. No le interesa establecer un Norte, porque su brújula, hechizada al fin, apunta hacia todas direcciones. Le interesan los narradores japoneses contemporáneos (Haruki y Ryu Murakami, Koji Suzuki), los holandeses (Tim Krabbé, Cees Nooteboom), los ingleses e irlandeses (Martin McDonagh, J.G. Ballard, Christopher Priest, John Banville y Kazuo Ishiguro), los norteamericanos (Michael Kimball, Paul Auster, Barry Gifford, James Ellroy) y sudamericanos (Bolaño, Saer, Piglia), y le interesan sobre todo porque son narradores, contadores de historias. Sin método analítico evidente, lo suyo es la intuición, la visión personal, la interpretación subjetiva. Montiel es un narrador (Los animales invisibles y Edificio así lo confirman) interesado en otros narradores. No busca extraer de ellos una verdad filosófica o literaria, mucho menos sociológica; lo que busca, y encuentra de continuo, es el placer de la aventura, el gusto por las buenas historias, y más específicamente: a Montiel le atraen las estrategias narrativas de los novelistas contemporáneos. Montiel está buscando senderos que le servirán más adelante para transitar con sus propias historias y personajes. Para él, en cuanto lector, lo importante es transmitir el entusiasmo por la obra leída. Se ve a sí mismo como un incurable viajero que regresa a casa con las maletas llenas de libros y de paisajes narrativos nuevos. Montiel es un apasionado de la novedad. Cree a pie juntillas en las propuestas de Italo Calvino para este milenio, sobre todo en cuanto a la levedad y la velocidad. De cada uno de los autores que aborda brinda información valiosa, hace un repaso de su vida y sus libros, se detiene en varios de ellos, disecciona con claridad y soltura su pasión. He dicho que Montiel más que crítico es un narrador, pero ahora doy un paso atrás y me desdigo: Montiel es un crítico en el sentido en que lo concibe George Steiner en Tolstói o Dostoievski: “La crítica debería de surgir de una deuda de amor.” Montiel es un viajero agradecido que paga sus deudas de amor con ensayos entusiastas que conforman una cartografía original y envidiable, orientada por una “brújula hechizada”.A diferencia de Castañón, que nació rodeado de libros, el joven crítico Geney Beltrán (El sueño no es un refugio sino un arma) nació en un pequeño pueblo de la sierra de Durango colindante con Sinaloa: “en casa no había libros ni más lecturas que las historietas o los semanarios políticos o de nota roja”.

Su condición, de “bastardía intelectual”, lo define. Avecindado en la ciudad de México, el ambiente lo oprime: “este país tan lleno de ubicua mierda [...] de un visceral desaliento y desasosiego”; su presente, para él, para su generación, la de “los nietos de Rulfo”, es de total desaliento: frívolo, vacío, indiferente. No hay comunidad, no hay “raíz válida”. En esa situación sólo existe una salida: “El escritor debe ser inclemente con su mundo.” E inclemente se trata de mostrar Beltrán. Grita, se exalta, insulta, pela los dientes, se muestra rabioso. “Muy adolescentemente” intenta proponer definiciones, buscar salidas, acomplejado como está por su “bastardía intelectual”. Detesta al “escritor tópico”, como Mario Vargas Llosa, dedicado a redactar novelas “sobre un dictador dominicano o un pintor francés”, o Fernando del Paso, al que considera un escritor vacuo y vano. Desde su posición iconoclasta, Beltrán vocifera, habla de parricidios y de desgarramientos, escribe desde las vísceras. ¿Y qué es lo que propone este joven furioso? El hilo negro. Dice que el escritor debe ser “auténtico al mentir”, debe escribir para la posteridad (los lectores que importan son “los que aún no están”), debe escribir para transformar el mundo (y para sustentarlo se vale de una cita de Gabriel Zaid, que es, como todos saben, un escritor revolucionario). Detesta Beltrán a los escritores experimentales, ya que el auténtico escritor debe escribir de lo que preocupa al hombre, de su verdad interior; debe escribir sobre la “Condición Humana”. Para Beltrán el escritor y la literatura, sobre todo, deben de. Nada de juegos, nada de experimentación, nada de frivolidades, la literatura debe ser puesta al servicio del Hombre. Así las cosas. Tanto pataleo y berrinche para venir a salir con esta novedad. Pero no se detiene ahí: dice Beltrán que el escritor contemporáneo debe dedicarse a narrar y que los investigadores universitarios deben dedicarse a escribir ensayos. Tremenda cosa. Amparado en George Steiner, Beltrán también propone una apasionada defensa de la tradición –sin embargo, en su ensayo sobre Musil y la literatura del conocimiento ignora olímpicamente a Juan García Ponce, el autor que más ha profundizado en nuestro idioma sobre el autor austriaco. El crítico embiste y embiste duro contra... molinos de viento. Por eso sorprende que la única vez que el crítico utiliza la frase “obra maestra” sea para designar a Óscar Liera, dramaturgo sinaloense, su paisano, y que su apuesta (“figura mayor de la literatura del siglo xxi”) sea Nadia Villafuerte, narradora muy cercana al crítico.
Tres experiencias literarias (Castañón, Montiel, Beltrán) que van del clasicismo al exabrupto, del rigor al desvarío. Tres ejemplos magníficos de la vitalidad del ensayo literario que hoy se practica en México. ~

“Lo importante no es el éxito pasajero, sino la obra”

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Alicia Quiñones

Un paseo íntimo entre los mundos de Joyce y de Beckett. “De la existencia, a lo sagrado”. La historia de una crisis: un editor, Samuel Riba, se mira derrotado por no encontrar a ese genio que ha esperado durante su trayectoria profesional. “Es el último editor literario —de raza— y se siente hundido desde que se retiró. Riba oculta a sus compañeros dos cuestiones que le obsesionan: saber si existe el escritor genial que no supo descubrir cuando era editor y celebrar un extraño funeral por la era de la imprenta, agonizante ya por la inminencia de un mundo seducido por la locura de la era digital.”

Dublinesca es un juego de espejos: Enrique Vila-Matas escribió esta novela a partir de un sueño que tuvo en un hospital; algo semejante le sucede a Riba, quien una noche tiene un sueño premonitorio que le indica que su vida debe cambiar. “Es una crisis que puede suceder a cualquier edad. El problema de él es que no sabe qué hacer. Está arruinado.” Se arma entonces de todas las herramientas posibles para ir al Bloomsday y recorrer el alma de la escritura de James Joyce.

Dublinesca es el libro por el que el autor barcelonés visitó en días pasados nuestro país. Además de esa novela, Vila-Matas habla en esta entrevista de la crítica y de la posición mediática de los escritores. Se sabe —él mismo lo asume— que es un escritor exitoso, y que la crítica literaria, por lo menos en Iberoamérica, lo ha tratado bien.

¿Le importa la crítica?

Siempre he leído crítica literaria. Me parece un género muy interesante cuando está bien hecho, cuando está hecho por alguien inteligente, cuando se es alguien creativo. La crítica la he seguido y actualmente hay críticos muy interesantes.

¿Como quiénes?

En México, Cristopher Domínguez Michael me parece un crítico importante. Quizás el más importante de Latinoamérica. En España hay críticos como Ignacio Echeverría, Juan Antonio Masoliver Ródenas, José María Pozuelo, o como Mercedes Monmany. Es un mundo interesante el de la crítica. Bueno, he nombrado demasiados críticos españoles y dejé fuera a muchos, luego se molestan… Lo que le quiero decir es que leo mucha crítica.

¿Cómo le ha ido con Dublinesca?

Me he encontrado con muchas decepciones. Se ha escrito mucha crítica sobre el libro, la gran mayoría es muy favorable, pero también me he encontrado con críticas muy planas, tanto que me parecen mentira. Un libro ofrece muchas posibilidades para comentar y me he topado con críticos de bajo nivel. Al mismo tiempo, encontré críticas magníficas estilísticamente hablando. He tenido el tiempo para comprobar el bajo nivel de muchas críticas, es decir, son planas y no captan ni siquiera la mirada del autor o las posibilidades que tiene un libro…

¿Qué piensa de la figura del crítico literario?

Acabo de terminar un texto muy largo —no sé cuándo se publicará— en el que el protagonista es un crítico literario. Es decir, después del editor he ido a parar a un personaje que es un crítico literario; parece que estoy tocando estos personajes que están dentro de la literatura y que no son escritores o novelistas como yo.

Habla sobre un crítico que está inquieto por la posibilidad de juntar una literatura radical, como podría ser la de Joyce, pero no la del Ulises sino la del Finnengans Wake, y desea mezclarla con el mundo de la narrativa tradicional, especialmente bien hecha, por ejemplo, Simenon.

El crítico intenta mezclar a Simenon con Finnengans Wake, y hacer un tipo de literatura radical que llegue a todo el mundo. Es como Dr. Finnengans y Monsieur Hire, el personaje de Simenon.

El personaje intenta, en una noche, en Turín, encerrado en su habitación, hacer una mezcla explosiva de ambas cosas para crear una literatura radical que llegue a todo el mundo.

El crítico pensando en lo que necesita el lector…

Intenta hacer un experimento que sólo hace falta que le salga humo…

Otro punto, junto a la crítica, que al escritor probablemente le atañe son los medios…

Sí. Si se está en el mercado, se está en el mercado. No puedes estar en el mercado, querer editar un libro y no querer conceder entrevistas y no participar de esto, si no se participa, lo único que tienes que hacer es no estar en el mercado. Y si no estás en el mercado, no existes… Esa es la cuestión —que no la decide el escritor—en un sistema capitalista. Uno puede escribir en su casa, pensar que es el mejor escritor del mundo, pero si no publica nadie se enterará; ése es otro tema muy interesante.

En su último cuento, que dejó inacabado, Dostoievski habla de un violinista de provincias que se considera el mejor del mundo, y creyéndolo se va a Moscú, pero ahí no lo contratan nunca. Él acaba coqueteándole a una pobre criada que le da dinero y a la que le convence de ser el mejor violinista del mundo. Lo que le pasa a este personaje es que no se ha constatado que lo sea, él cree que lo es, pero a la hora de compararse con los otros, de confrontarse con los demás violinistas, no lo escogen para la orquesta de Moscú, porque hay mejores que él.

El mundo de la literatura está lleno de estos personajes, de escritores que creen ser mejores que los demás, pero que no entran en una competencia, porque creen que no tienen que demostrarlo.

¿Usted ha luchado por eso?

Luchar es más interesante que ser competitivo. Hay escritores mejores que yo y peores que yo, lo que cuenta para mí es que lo que yo haga, sea lo mejor que pueda hacer. A partir de ahí, la competitividad queda anulada. Toda mi vida he escrito independientemente de lo que escriben los demás. Cada vez que me enteraba de que había un escritor mejor que yo, me limitaba a seguir escribiendo, porque a la larga tu obra, si es buena, es buena. Si no lo es, pues mala suerte. Lo importante no es que tengas un éxito pasajero, sino “La Obra” y después, si tiene valor, lo decide el tiempo y los lectores. Puede suceder que los lectores estén equivocados y mi obra tenga mucho valor ahora, y después de 300 años no se reconozca, pero yo habré hecho mi trabajo. Es lo importante, y mi obra me acompaña.

Hay críticos que pueden ocultar una obra…

Yo me acuerdo que cuando comencé, a varios críticos no les gustaba lo que yo escribía, porque lo mío lo consideraban vanguardista. Un día, en una cena, conocí a esos críticos de golpe y me bastaron dos minutos para saber que eran unos idiotas. Había estado años preocupado por unas firmas que me parecían de personas solemnes e importantes, resultó que el problema era suyo, que no sabían leer…

En su obra ha abordado la “microliteratura” en relación con los nuevos soportes de edición…

Lo importante es que sobreviva el contenido. Lo demás es el envoltorio. Los autores escribimos de la era de la imprenta y después de la era digital, pero antes se escribían en papiros, grandes textos de la antigüedad escritos con dificultades desconocidas para nosotros. El asunto es que la prensa mueve mucho la idea de la llegada del libro digital, porque hay intereses comerciales para lanzarlo al mercado, pero todos son problemas envoltorios, no de contenido, el problema está en saber si resistirá el pensamiento, el lenguaje. Si no se transformará en una idiotez más grande que la actual. Flaubert lamentó la idiotez a la que llegó su generación, pero jamás imaginó la idiotez en la que nosotros estamos ahora, de modo que uno acaba siendo optimista, y pensamos que estamos en un mundo mucho mejor del que vendrá…

Llueve sobre mojado: la crítica y los críticos

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Héctor González

La crítica literaria en México vive un mal momento. Lo dicen los mismos críticos y lo corroboran el desdén de los lectores y los pocos espacios dedicados a ella. Las revistas, las secciones y los suplementos culturales son cada vez menos y no parece que en el futuro esta situación vaya a cambiar.

Consultados por estas páginas, varios críticos exponen puntos de vista al respecto. El primero, es David Miklos: “La crítica literaria está un estado paupérrimo, me temo. Si bien hay una proliferación súbita de narradores (algunos muy buenos, otros tantos muy malos), la crítica escasea, lo mismo que los espacios para publicarla. El problema de fondo es la ausencia de formadores de críticos. Todo se hace desde una espontaneidad carente de rigor”.

Razones puede haber varias, Geney Beltrán destaca el tema de los lectores. “Primero habría que acotar lo que sería la crítica de novedades, porque es un género que también aplica a la historia literaria. Respecto a la crítica de novedades, faltan espacios y hay poco aliento para el ejercicio crítico imparcial —muchas veces se publican textos por encargo para presentaciones o para ayudar a los amigos—. Las revistas no consideran fundamental tener un ejercicio continuo, duro, de crítica, porque la demanda parece ser muy baja. No hay un público lector que exija o espere que haya esa continua crítica sobre novedades literarias”.

Para Gabriel Bernal Granados, el dilema atraviesa por la formación de propios críticos: “No contamos con críticos capaces de ubicarnos en el contexto en el que nos encontramos, no hay alguien capaz de desarrollar una perspectiva crítica histórica. La mayoría de la gente que escribe crítica lo hace sin haber tenido la experiencia de publicar un libro. Se escribe a ciegas y para posicionarse en la escena de la literatura mexicana. La reseña o el texto seudocrítico se ha convertido más en un peldaño que en una forma de ejercer el pensamiento crítico”.

En el lado opuesto se encuentra Christopher Domínguez Michael, quien argumenta: “El estado de la crítica debe medirse por dos cosas que, aunque se relacionan son diferentes: por un lado está la actividad periodística, lo que se escribe en las revistas literarias y los suplementos sobre la narrativa reciente es algo importante, pero los libros de ensayo que hacen los críticos sobre nuestra narrativa lo son aún más. En el primer caso veo que hay nuevos críticos interesantes como Geney Beltrán o Rafael Lemus, que empiezan a hacer su propia obra ensayística”. Rafael Lemus aborda el problema desde una posición relacionada con el quehacer creativo del mismo crítico: “Es curioso pensar que el crítico sólo tiene dos sopas: fijarse en los autores o sumergirse autistamente en la obra. Desde luego que puede atender otros asuntos: la escritura de su propio texto, la recepción de la obra, el punto en que la obra y el mundo se tocan, por ejemplo. Ahora, sigo creyendo que el mayor problema de la crítica mexicana no es el amiguismo sino, en la mayoría de los casos, el complejo de inferioridad, esa certeza de que la crítica es, o sólo debe ser, el comentario de un texto. No otro género, no una discusión teórica, no una reflexión sobre el estado de las cosas a partir de distintas escrituras: un comentario. ¿Y el amiguismo? Claro que jode, y es a veces parte del mismo problema: el crítico se acerca a los poetas y narradores como para buscar en su amistad la legitimidad que no cree encontrar ejerciendo su propio oficio”.

Con pies de plomo

Para Ignacio Trejo Fuentes, el objetivo primordial del crítico es “privilegiar a los lectores, porque el crítico es un intermediario entre éstos y el autor; se espera que con su trabajo dé noticias al lector de autores, obras, tendencias, y en un grado más ambicioso que aclare y dilucide para aquéllos la significación e importancia (o lo contrario: su intrascendencia) de los libros que comenta”.

No obstante, en México esto no siempre es posible porque el medio literario está dividido en grupos y, además, los reseñistas o críticos tienen que andar con pies de plomo pues el autor revisado hoy, puede ser jurado en algún certamen mañana. “Más que criticar tal o cual obra, se critica a tal o cual escritor, más por actitudes particulares que por su escritura en sí —afirma Miklos—. De pronto, hay que dar un plumazo y acabar con la generación creadora en turno (los nacidos en los setenta y en los ochenta), vilipendiar a la generación previa (los nacidos en los sesenta) y, hasta donde se pueda y por conveniencia, porque ocupan escaños de poder y tienen voz, ensalzar a la generación progenitora (la de los cincuenta). Es la actitud predominante, muy de una República de las Letras no iluminada ni altruista. Nada nuevo bajo el sol, pues: priismo literario”.

Bernal Granados toma una postura similar, para él la crítica ha devenido en una forma para escalar puestos: “Se ha convertido en una forma de conseguir algo y, en el mejor de los casos, una manera de llamar la atención a través del vituperio, el exabrupto o la mera majadería. Los grupos literarios, las mafias, se encuentran en este momento en un proceso de reconfiguración. No existen propiamente grupos, en el sentido que antaño pudo tener este término. Existen casos aislados de escritores que quieren llegar ‘alto’, y la mejor manera que han encontrado para conseguirlo es a través del ejercicio falsamente crítico”.

Ante este fenómeno surge el tema de la credibilidad. Actuar en función de un escalafón o encaminado por intereses prederminados resta rigor y confianza, sin embargo para Geney Beltrán pensar en una actividad crítica alejada de circunstancias como éstas, obedece a un mundo ideal. “Es una cuestión de supervivencia. No lo justifico pero entiendo que ante la falta de una demanda de crítica literaria, no hay mucha posibilidad de que el crítico sobreviva de manera independiente. La lógica de las ediciones, las becas, los espacios de publicación se manejan desde tiempos del priismo literario con base en ese intercambio. Sin embargo creo que sí hay críticos, evidentemente que no en la situación más cómoda y ecuánime frente al lector, porque la crítica de novedades en México se publica teniendo en mente al autor criticado, y el crítico debe escribir dirigiéndose al lector sin importarle absolutamente nada más. Pero como este es un medio literario muy autófago y endémico —todos se conocen, todos en algún momento se cruzan, pueden ser jueces unos de otros a la hora de un concurso—, esto hace que ante tanto incesto, los críticos se vayan con cautela. La situación debería cambiar desde los mismos medios, es decir, que las revistas y suplementos consideren que es importante un ejercicio crítico y ecuánime ante las novedades”.

“No hay de que sorprenderse”, argumenta Domínguez Michael, quien aclara que esto no es privativo de México. El autor de Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005), explica: “Así ha sido la crítica literaria desde que empezó en el siglo XIX. Es un espacio donde están, por naturaleza y por fortuna, en conflicto los grupos literarios, las revistas culturales, las personalidades artísticas y los temperamentos políticos. Una de las cosas que habla de la vitalidad de una crítica literaria es este espacio de conflicto.

“En el caso mexicano hay ciertas características que siempre salen a discusión cuando se habla de este asunto, por ejemplo, la importancia que tiene el financiamiento público de la cultura. ¿Las becas son buenas o malas para la crítica?, ¿los escritores son más o menos dependientes con estos apoyos? Esta particularidad tiene sus virtudes y defectos. El hecho de que en México el medio literario sea endogámico propicia una convivencia literaria muy encarnizada y promiscua. Pero eso no es particularidad de la literatura mexicana, se da en otros lados. El otro modelo es el anglosajón, de críticos encerrados en las universidades. Pero ese escenario no corresponde a México, donde la situación no es la ideal, pero es la que tenemos”.

Del papel al blog

En México no son demasiados los críticos que se dedican exclusivamente a esta labor, la mayoría son narradores, poetas o académicos.

Rafael Lemus ejemplifica el caso de un crítico que ha experimentado con la novela: “Hace poco Javier Marías señalaba, en su columna de El País Semanal, que no era elegante practicar al mismo tiempo la crítica y la narrativa. Pero ¿quién diablos quiere ser elegante cuando se puede ser, digamos, brutal o complejo o improbable? No sé si de un tiempo para acá muchos críticos escriban narrativa, pero sí creo que todos, en algún momento, deberían hacerlo. No es sólo que uno aprenda a leer narrativa mientras la escribe. Es también que en el paso de un género a otro —de la crítica a la narrativa, de la narrativa al aforismo, del aforismo a la crítica, por ejemplo— uno va ganando ciertos elementos y perdiendo otros y contagiando el género siguiente. Y al menos a mí eso es lo que me interesa: la contaminación de los géneros, la escritura informe, y no la pureza. ¿O hay algo más aburrido que ver a un cuentista intentándonos demostrar que, en efecto, sabe escribir un cuento?”

Con más de treinta años alternando entre la narrativa y el análisis de textos literarios, Ignacio Trejo Fuentes argumenta que no es necesario decantarse por una actividad: “Siempre es bueno que un crítico predique con el ejemplo, aunque no es necesario ser novelista para criticar novelas. Recuerdo que alguien reclamó a un crítico que cómo podía juzgar novelas si él no había publicado alguna; el cuestionado respondió: ‘Tampoco sé hacer sopa, pero sé cuando está buena’”.

Pese a los escollos del oficio, la tradición de crítica literaria mexicana es amplia. Al preguntarles al respecto, cada entrevistado enlista nombres. Las respuestas lejos de ser canónicas, reflejan la posición teórica y literaria personal. “Sigo a quienes me enseñaron a hacer crítica literaria, algunos son amigos, otros no. Adolfo Castañón, José Joaquín Blanco, Guillermo Sheridan o Tomás Segovia. Los críticos nunca somos demasiados, en cualquier literatura los críticos siempre seremos menos que los poetas”, dice Domínguez Michael.

Geney Beltrán pone énfasis en las generaciones recientes: “Del horizonte de la nueva generación, arbitrariamente considerada de los nacidos de los setenta en adelante, destaco a Gabriel Wolfson, Ignacio Sánchez Prado, Rafael Lemus, Nicolás Cabral y Heriberto Yépez. Ellos han estado publicando crítica de diferentes formas, la mayoría son de novedades, pero en el caso de Sánchez Prado y Yépez, han escrito libros de crítica que dejan de lado el presente y miran hacia atrás”.

Miklos se decanta por Nicolás Cabral, director editorial de La Tempestad: “es un crítico riguroso y fiel a determinadas lecturas, poseedor de un aparato crítico congruente y nunca veleidoso. Otro es Juan Villoro: es un lector portentoso y es una pena que no reseñe literatura viva. Me gusta, también, la postura de Gerardo Piña, un crítico ortodoxo en apariencia, que rescata la necesidad de incluir el contexto dentro de la reseña. Otro gran reseñista crítico, no muy presente en nuestros escasos espacios críticos desde hace tiempo, es Aurelio Asiain. Finalmente, mencionaría a Gabriel Bernal Granados, que se apega a las enseñanzas de Guy Davenport, crítico de ánimo victoriano e iluminado al que me parece imprescindible leer si uno decide dedicarse de verdad a la crítica”.

Los espacios perdidos

En un texto publicado en marzo de 2009 en Laberinto, Evodio Escalante escribió: “La crítica radical brilla ahora por su ausencia. Quizás no sea exagerado del todo hablar de un declive creciente del género. ¿O es que sólo está cambiando su modalidad? Un dato que me parece significativo: la paulatina desaparición de las reseñas, verdadera escuela de iniciación en los trabajo de la crítica. En otras épocas, toda publicación cultural digna de ese nombre, incluía de modo obligado una más o menos nutrida sección de reseñas de libros. El periodismo cultural empieza a prescindir de esta sección. No me resigno a pensar que éste sea un signo de los tiempos. En dado caso, lo califico como una pérdida”.

Sobre esta pérdida de espacios, Domínguez Michael dice: “Estamos en un momento malo. Para mi generación el espacio de la crítica literaria estaba en las revistas y suplementos. Sin embargo, actualmente hay menos publicaciones impresas que cuando empecé a escribir hace treinta años. Ahora hay un mundo que para mí es relativamente nuevo: el ciberespacio, los blogs donde se compensa lo que hemos perdido en letra impresa. Yo desde luego, por razones históricas, prefiero la letra en papel, pero a lo mejor todos tenemos que trasladarnos a internet”.

Más radical es Bernal Granados: “No existen espacios para la crítica, en el sentido abstracto del término. Existen foros donde publicar reseñas o comentarios de libros. Pero México podría definirse como un país acrítico, que carece de las herramientas intelectuales y morales para el ejercicio de la crítica”.

Si a esto sumamos que en ocasiones se hacen pasar por críticas, textos leídos en presentaciones de libros, que más que analizar privilegian el elogio, los espacios para la crítica —comenta David Miklos— “son cada vez menos y cada vez más cerrados y exclusivos. Vivimos un momento terrible: la muerte (o la banalización) del suplemento literario y cultural.

“Es la ley del mínimo esfuerzo: aprovecho la presentación (casi siempre adulatoria), por la que no me pagan, para colocarla y cobrar por ella. Gajes del oficio”.

Ante la búsqueda de independencia y la reducción de páginas en medios impresos, la red se ha convertido en una alternativa para publicar, aun cuando no se remunere el trabajo del crítico. Habla Geney Beltrán: “Lo ideal sería que desde las revistas y suplementos se buscaran a los críticos más independientes, honestos e íntegros en lo que es el juicio literario, y que no se les diera espacio a quienes usan la crítica para escalar posiciones y ganarse becas. Si no sucede esto, se hará en los blogs. Las páginas en internet serán las que reciban esas voces críticas, incluso cuando los autores no obtengan una remuneración económica. Mauricio Salvador ha hecho su ejercicio crítico en la revista virtual Hermano cerdo, que ya apunta el camino a seguir. No sé si será la crítica el primer género que se aloje por completo en la red, pero quizá sea ésta la única manera para que se transforme de cara al lector”.

Los detractores de estos foros cibernéticos argumentan que sólo la minoría de lo que se publica en los blogs, es “profesional”. Sobre esto, Lemus revira: “Primero habría que decir que no hay o apenas si existen espacios para la crítica literaria, que los suplementos culturales son pocos y tambaleantes. Pero luego hay que decir que sí, desde luego que existen espacios, que allí está internet, y hay que hacer, por ejemplo, el elogio de los blogs para luego, claro, también criticarlos. Por lo pronto ya sé que es verdad que allí, en la blogósfera, conviven y convivirán comentarios amateurs y profesionales, ideas y chispazos, textos y maquinazos, escritura e imagen, y que no hay ni habrá jerarquías ni control editorial alguno. Lo que no entiendo es qué tiene eso de malo. Mejor eso que esto: la respetable culturita mexicana”.


El lector, ¿qué es eso?

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Roberto Pliego

No son buenos tiempos para la crítica literaria. Sus espacios de acción natural —revistas, páginas y suplementos culturales— han caído aplastados bajo el peso de la inmediatez editorial. Mejor la nota roja, los deportes, los

automóviles, el mundillo televisivo y los restaurantes con una estrella Michelin que esos objetos a quienes algunos apocalípticos ya declararon en fase terminal: los libros.

El enemigo verdadero, sin embargo, está en casa. Contra la crítica literaria conspiran los críticos que pontifican mientras se miran con autocomplacencia al espejo. Me refiero a esa modalidad del egoísmo que es la nota o el ensayo que no tiene al lector como destinatario, sino al

mismo crítico, el autor-amigo de toda la vida, la camarilla o una idea —digamos— estética. La crítica como servicio o guía de lectura no goza de buena reputación. Priva el onanismo,

la escritura concebida para armar un libro propio, suficiente y germinal. Y privan, sobre todo, una suerte de dictadura de los sentimientos y un desdén por lo que hay detrás, por la noción de canon.

Se supone que los críticos leen, y mucho, y que tienen algo que decir. Pero a qué destinan sus palabras. No, desde luego, a trazar una cartografía útil para el lector-viajero sino un registro de caminos que no conducen a ninguna parte. Hace diez, doce años, Carlos Fuentes lanzó uno de sus cada vez más escasos gritos de guerra: “Me desayuno a mis críticos”. Algunos críticos no se dieron por enterados pero remedaron su declaración y, desde sus trincheras, ahora declaran: “Nos desayunamos a los lectores”.

jueves, 6 de mayo de 2010

Pacheco, Monsiváis y yo vimos en la literatura nuestro mundo: Pitol

6/mayo/2010
La Jornada
Mónica Mateos-Vega

Para fortuna de nosotros los lectores, la literatura es un movimiento perpetuo que no se rige sólo por generaciones, sino por la literatura misma, afirma el escritor Sergio Pitol (Puebla, 1933) al hacer una reflexión acerca de su obra y de la labor literaria de algunos de sus entrañables amigos.

En entrevista con La Jornada, el autor de El arte de la fuga (1996) explica que no considera que José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y él sean una generación, sino tres amigos que desde los años 50 vimos en la literatura nuestro mundo.

Pitol, desde su casa en Jalapa, Veracruz, puntualiza que es un deber recordar la espléndida obra de Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Juan Manuel Torres y José de la Colina, entre otros, y entonces sí podríamos hablar de una generación, la conocida como la de medio siglo.

Más que hablar de relevos generacionales, el también ensayista y Premio Xavier Villaurrutia 1981 considera que la literatura es un flujo continuo y como muestra de ello tenemos la obra de Juan Villoro, Álvaro Enrigue, Jorge Volpi, David Toscana, Eduardo Antonio Parra, Mario Bellatin, entre muchos otros.

Quehacer en cuatro etapas

–¿Se siente satisfecho con su obra? ¿Existe algún asunto o tema que le falte abordar, mirar, soñar?

–Cuando releí mis libros para realizar la edición de mis obras reunidas para el Fondo de Cultura Económica, confirmé la relación orgánica, los vasos comunicantes que subterráneamente hay entre las diferentes etapas que conforman mi escritura.

“Desde el principio aparecen temas e intereses que se siguieron entretejiendo hasta Una autobiografía soterrada, última obra que he escrito, que no por nada tiene como subtítulo Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones.”

En ese libro, editado por Almadía, Pitol reconoce: Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Bajtín, dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo.

También se incluye un diálogo con su amigo Monsiváis, con quien recuerda lo mismo a los personajes excéntricos que conocieron en su adolescencia que a aquellos escritores destinados a convertirse en clásicos.

Es la carpintería literaria la que también apasiona a los amigos en la charla. Monsiváis señala: “Entre otros textos, El mago de Viena contiene la síntesis de la novela del mismo título, que narra la conspiración delincuencial que localiza herederas amnésicas y las pone a la disposición de gigolós internacionales, de nacionalidad estrictamente priápica. Y sin embargo, esta novela dentro del libro es sólo una sinopsis. Me gustaría leer la novela en su jubilosa integridad, y debo resignarme a enterarme de fragmentos o rumores. ¿Por qué esa invención de tramas tan delirantes que al quedarse en bosquejo frustran al lector?”


Pitol responde: “El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias. Pero al ordenarlos en un índice me pareció muy fastidioso. Comencé a retocarlos, buscar una estructura narrativa, hacer de esos materiales algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes. Y anunciar una novela es también, y con humildad, un ejercicio borgiano.”

En charla con este diario, el premio Cervantes 2005 explica que su obra “tiene cuatro etapas bien definidas: los primeros cuentos dan paso a las dos primeras novelas (El tañido de una flauta y Juegos florales), que preludian el Tríptico del carnaval (El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal) y éste, a su vez, anuncia lo que vendrá en la Trilogía de la memoria (El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena).

Respecto de la publicación de Una autobiografía soterrada, Pitol añade que “en realidad la autobiografía está presente desde mis primeros cuentos y en la Trilogía de la memoria (2007) lo que busqué fue una forma distinta de abordarla, convirtiéndome en el personaje que deambula por todas sus páginas. Releerme significó revivir experiencias de mi relación con la música, la ópera, el cine, el teatro y, por supuesto, la literatura”.

–¿Existe algún cuento de otro autor que le hubiera gustado escribir?

–Muchos, entre otros: La mujer de Gogol, de Tomasso Landolfi; Una historia aburrida, de Chéjov; Bartleby, de Melville; Diles que no me maten, de Rulfo –y afirma–: Soy hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco, pero aún más ampliamente de la lectura, desde la más prestigiosa a la casi deleznable.


lunes, 3 de mayo de 2010

Vino la noche

3/Mayo/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

Un viejo amigo me relató que durante una larga temporada que pasó postrado en la cama de un hospital vio morir a varias personas. Unos segundos antes de marcharse hacia la nada los moribundos se desnudaban, es decir tiraban las sábanas al piso, se despojaban de la bata o la vestimenta que llevaban y morían en seguida. No sé si el relato sea del todo cierto, pero yo lo narré en una novela que escribí hace poco más de una década. ¿Hacia dónde voy? Intento definir: en el departamento en el que ahora vivo en la colonia Escandón casi no existen muebles. Un par de mesas, un viejo sillón y una cama sin cabecera ni estructura y unas cuantas sillas. Me desagradan los muebles: esos bultos que cumplen funciones precisas y que se multiplican por millones en todas las casas habitadas por seres humanos. Me gusta pensar que soy como uno de esos moribundos del relato de mi amigo y que deshacerse cuanto antes de lo que uno tiene es una de las formas más dignas de habitar el mundo. He llegado al extremo de permitir que mis visitas se lleven los libros de mi casa, acción que apenas hace unos años me habría puesto a temblar de rabia. Cuando me percato que durante una reunión en mi casa alguien mira con codicia alguna de mis preciados ejemplares me acerco y le aconsejo: “no te detengas, llévatelo que a mí poco tiene ya que ofrecerme”.

Creo que la mayor parte de nuestros problemas se desvanecerían si dejáramos de acumular objetos. La generosidad y el desprendimiento son acciones que casi nadie practica. Somos ratas codiciosas que llevan mendrugos a su rincón. Por eso detesto el progreso cuando no se ciñe estrictamente a lo espiritual. Alguien se ha comprado un nuevo automóvil o ha añadido un cuarto más a su casa, otro ha obtenido un diploma o puede presumir un nuevo traje con sus vecinos. ¿Qué clase de sociedad es esta? La mesura no es su fuerte. La rubia que sonríe con el vientre se ha mudado a Miami. El político ha adquirido una casa con jardín en un fraccionamiento exclusivo. El intelectual ha logrado finalmente pagar su departamento luego de haber acabado con su vista: su espalda encorvada y sus ojos tristes son la prueba de que él también es capaz de poseer bienes. ¿No es todo esto un estímulo para el llanto? Detrás de esta actitud pervive el deseo de ser eternos. Cioran escribió que después de escuchar a un astrónomo hablar de miles de millones de estrellas renunció a lavarse las manos.

Me dirán que el ascetismo y el cultivo de la humildad son impracticables en una época marcada por la glotonería y el consumo, pero no creo que nadie sea capaz de negar que uno se fortalece cuando menos necesita de objetos para sobrevivir. No es ascetismo, es lógica. No es Proudhon, Cioran, Stirner, Diógenes o filosofía gnóstica sino pura y simple jodida lógica. Una mañana me despierto con la vieja idea de que voy a morir y todo lo que me rodea me parece superfluo. Los objetos poseen ahora un nuevo peso específico. Los bienes que he logrado reunir a lo largo de mi vida me resultan de pronto innecesarios. ¿A eso se ha reducido mi estar en la tierra? Entonces comienzo a lanzar cosas por la ventana. Un acto liberador porque precede a mi propia desaparición. No envidio a nadie, excepto a quienes han muerto con la conciencia de que nunca vivieron. De pronto he recordado un verso de Luis Cernuda. Busco entre las cajas que contienen mis libros, pateo una maceta que mi mujer ha comprado en el mercado que se levanta a unas cuadras de casa. Arremeto contra las paredes y rompo un dibujo que en un instante de desasosiego me parece ridículo. Maldigo a mi madre por haberse dejado seducir por mi padre. Y encuentro el poema: “Hermosa era aquella llama, breve / Como todo lo hermoso: luz y ocaso. / Vino la noche honda, y sus cenizas / Guardaron el desvelo de los astros”.