martes, 30 de septiembre de 2014

José Revueltas: el redentor escéptico

29/Septiembre/2014
Crítica
Enrique Serna

En mate­ria de con­vic­ciones políti­cas, José Revueltas se dis­tingue de otras grandes fig­uras lit­er­arias mex­i­canas del siglo XX porque man­tuvo toda la vida una oposi­ción frontal con­tra el rég­i­men pos­rev­olu­cionario. La con­gru­en­cia entre la vida y la obra, entre los prin­ci­p­ios y la con­ducta pública, eran y siguen siendo vir­tudes raras en un medio int­elec­tual corte­sano, envile­cido por el trá­fico de favores, en donde muchos escritores medioc­res, pero tam­bién algunos de nue­stros may­ores tal­en­tos, aca­ban someti­dos par­cial o total­mente a la maquinaria de cooptación, después de haberla com­bat­ido en la juven­tud. En buena medida, la rebeldía crónica de Revueltas le granjeó la cele­bri­dad que goza desde 1968, cuando adquirió una aure­ola de líder moral por su estrecha vin­cu­lación con el movimiento estu­di­antil, y sobre todo, por la con­dena que purgó junto con los líderes del Con­sejo Nacional de Huelga. Si en la trage­dia del 68, el pres­i­dente Díaz Ordaz fue Sat­urno devo­rando a sus hijos, a Revueltas le tocó desem­peñar el papel de Sócrates. A par­tir de entonces, la juven­tud insur­recta des­cubrió su tal­ento nar­ra­tivo. Ese vuelco de la suerte fue una justa rec­om­pensa para un escritor mar­ginal, ninguneado en los cenácu­los int­elec­tuales, que había sufrido penas carce­lar­ias, penurias económi­cas, una mezquina acogida por parte de la crítica y la repulsa del polit­buró mex­i­cano.
Pero eti­que­tar a Revueltas como escritor mil­i­tante lo dis­min­uye a los ojos del público y falsea su enfoque de la exis­ten­cia, porque si bien creyó durante mucho tiempo que la lit­er­atura sólo cumple una fun­ción social cuando se adhiere a un proyecto político, de pref­er­en­cia en el seno de un par­tido, nunca se sujetó a los rígi­dos esque­mas del real­ismo social­ista. Desde la ado­les­cen­cia hizo grandes sac­ri­fi­cios por la causa del social­ismo, pero al mismo tiempo escu­d­riñó el alma de sus cama­radas y sus propias con­tradic­ciones con una lucidez insoborn­able. Como Ole­gario Chávez, el pro­tag­o­nista de Los errores, Revueltas ante­puso “el poder de la ver­dad a la ver­dad del poder”, una mis­ión sui­cida en una época donde los escritores com­pro­meti­dos tenían pro­hibido ejercer la duda. Su búsqueda filosó­fica y lit­er­aria enfurecía a los jer­ar­cas del par­tido comu­nista (nom­bra­dos por dedazo desde Moscú) y descon­certaba a muchos cama­radas hon­estos pero obtu­sos, a los que él definía como “máquinas de creer”.
A menudo, el celo par­tidista de la izquierda crea una con­fusión entre el mérito cívico y el mérito lit­er­ario que ha ben­e­fi­ci­ado a muchos escritores de segunda fila, inca­paces, ellos sí, de arries­garse a blas­fe­mar con­tra los pon­tí­fices de su igle­sia (Fidel Cas­tro, Hugo Chávez, Mar­cos, AMLO) por el temor de “darle armas al ene­migo”, o sim­ple­mente por miedo a perder lec­tores. Ya nadie lee a Benedetti con el fer­vor que des­pertaba en los años setenta, y cuando las ban­deras que han enar­bo­lado la Poni­a­towska o Galeano caigan en el olvido o en el descrédito, prob­a­ble­mente cor­rerán la misma suerte. Pero la vigen­cia de Revueltas no depende tanto de la fidel­i­dad a una causa: su obra tiene un valor inde­pen­di­ente de la cir­cun­stan­cia histórico-social que le tocó vivir y puede cau­ti­var incluso a lec­tores con una ide­ología opuesta a la suya. Revueltas no fue un gran escritor por la firmeza de sus con­vic­ciones, ni por haber pur­gado con­de­nas en las maz­mor­ras de la dic­tadura per­fecta: merece per­du­rar porque extrajo de esas expe­ri­en­cias una visión orig­i­nal, con­move­dora y alu­ci­nada de la exis­ten­cia.
DEL CATECISMO ROJO AL REALISMO CRÍTICO
Aunque las par­ran­das le robaron mucho tiempo, casi tanto como la mil­i­tan­cia, las obras com­ple­tas de Revueltas abar­can vein­tiséis tomos. No todo lo que relum­bra es oro en ese océano ver­bal ni las brúju­las para nave­g­arlo son entera­mente con­fi­ables, pues a veces la crítica, por motivos ide­ológi­cos, ha prestado más aten­ción a sus esbo­zos fal­li­dos que a sus obras maes­tras. El cen­te­nario que cel­e­bramos es una buena opor­tu­nidad para empren­der la revisión de una obra dis­pareja, en la que se advierte un pau­latino pero ascen­dente pro­ceso de apren­dizaje. Por haber hecho su novi­ci­ado político en los años treinta, la época de mayor intol­er­an­cia en las filas del comu­nismo inter­na­cional, Revueltas no siem­pre sorteó con for­tuna el peli­gro de que las ideas o los sím­bo­los asfix­i­aran a los per­son­ajes. La intro­misión de la tesis explícita es par­tic­u­lar­mente noto­ria en sus dos primeras nov­e­las: Los muros de agua y El luto humano. No alcanzó la madurez estilís­tica, el pleno dominio del arte nar­ra­tivo, hasta que se inde­pen­dizó int­elec­tual­mente de la castradora doc­t­rina que le querían imponer los cuadros diri­gentes de su par­tido.
Proclama lib­er­taria con­tra la policía del pen­samiento, Los días ter­re­nales es una con­vin­cente y apa­sion­ada nov­ela sobre la deshu­man­ización que provoca el dog­ma­tismo ide­ológico en el micro­cos­mos de la mil­i­tan­cia clan­des­tina. Dolido por la erosión de los lazos fra­ter­nales con sus cama­radas, en esta nov­ela Revueltas desnudó las ambi­ciones egoís­tas que adop­tan el dis­fraz de la orto­doxia política, los cotos de poder for­ma­dos por los “curas rojos” y los embri­ones de con­trol total­i­tario que se iban ges­tando en las sucur­sales lati­noamer­i­canas del Kom­intern cuando los líderes de la Unión Soviética todavía no rev­e­la­ban los crímenes de Stalin. Su amargo y trágico enfoque de la exis­ten­cia, la mez­cla de com­pasión y cru­el­dad con la que observa a los per­son­ajes, reivin­di­can aquí la autonomía de la nov­ela como medio de conocimiento ajeno a las supues­tas leyes de la his­to­ria. No debe extrañarnos que Revueltas adop­tara como lema la frase de Goethe (“Gris es toda teoría, verde es el árbol de oro de la vida”), pues alcanzó la eman­ci­pación como escritor al pon­erla en prác­tica. Revueltas empezó a calar hondo en los móviles de la con­ducta cuando se dejó guiar por sus intu­iciones en vez de enca­jonarlas en un marco teórico.
Quizá no hubiera dado ese salto cual­i­ta­tivo sin haber desar­rol­lado a la vez una téc­nica nar­ra­tiva más avan­zada, que le per­mi­tió superar la nov­ela ensayís­tica en estado bruto, donde las reflex­iones del autor inter­rumpen el relato, a la usanza de los nov­el­is­tas dec­i­monóni­cos ante­ri­ores a Flaubert. En otras pal­abras, el salto cual­i­ta­tivo de Revueltas con­sis­tió en adquirir una destreza ver­bal y una inde­pen­den­cia de cri­te­rio que le per­mi­tieron con­ju­gar el real­ismo obje­tivo con el real­ismo crítico. Nunca abolió del todo la dis­tan­cia entre el nar­rador y los per­son­ajes, porque tenía una pro­clivi­dad innata a la dis­ertación, pero a par­tir de esa nov­ela intro­dujo alter egos que le per­mitían deslizar su punto de vista con mayor nat­u­ral­i­dad. El pro­pio Revueltas iden­ti­ficó en una entre­vista a los per­son­ajes que fungieron como voceros de su pen­samiento: “Gre­go­rio, por ejem­plo, en Los días ter­re­nales, Ela­dio Pin­tos, Jacobo Ponce y Ole­gario Chávez en Los errores, son lo que lla­maríamos per­son­ajes históri­cos que señalan una direc­ción per­sonal, una coin­ci­den­cia con el autor porque son el autor mismo en varias situa­ciones inven­tadas y recreadas.” (1)
Cuando escribió El luto humano aún no creía nece­sario escon­derse detrás de uno o de var­ios por­tav­o­ces, y quizá por ello esta nov­ela, sobreval­u­ada en su época, no ha resis­tido el paso del tiempo. Con ella ganó el Pre­mio Nacional de Lit­er­atura en 1943 y el galardón a la mejor obra extran­jera en un con­curso inter­na­cional con­vo­cado por la edi­to­r­ial neoy­orquina Far­rar & Rein­hart, cir­cun­stan­cia que segu­ra­mente influyó en el ánimo de la crítica para incluirla en el canon de nue­stros clási­cos mod­er­nos. Sospe­cho que El luto humano ha sido objeto de innu­mer­ables artícu­los y tesis en Méx­ico y el extran­jero porque, a difer­en­cia de Los días ter­re­nales y Los errores, no coloca en apri­etos ide­ológi­cos a los his­panistas de izquierda. Recono­cer que en las filas del comu­nismo ha medrado infinidad de canal­las, o peor aún, que sus fun­da­men­tos teóri­cos son incom­pat­i­bles con la condi­ción humana, era y sigue siendo un trago amargo para muchos académi­cos biem­pen­santes, que no creen, como Revueltas, que “la ver­dad siem­pre es rev­olu­cionara, no importa dónde ni cómo surja”. Sobre todo durante la Guerra Fría, cuando la pro­pa­ganda anti­so­viética sataniz­aba el comu­nismo en todos los medios de difusión, acep­tar un hecho tan doloroso sig­nifi­caba con­spirar en favor del cap­i­tal­ismo. El comu­nista orto­doxo Enrique Ramírez y Ramírez, que más tarde intentó “hacer la rev­olu­ción desde aden­tro” como mil­i­tante el PRI, exco­mulgó a Revueltas por las velei­dades exis­ten­cial­is­tas de Los días ter­re­nales, pero en cam­bio definió El luto humano como una “épica de la mis­e­ria” que refle­jaba “la hon­dura y la grandeza del pueblo mexicano”.(2) Su aprobación rev­ela que hasta ese momento Revueltas no había defrau­dado a sus com­pañeros de lucha, tal vez porque todavía era un dócil repeti­dor de consignas.
Para mi gusto, los desati­nos de El luto humano empiezan desde su título, un pleonasmo difí­cil de jus­ti­ficar. ¿Existe acaso un luto bor­reguil o canino? El viacru­cis de los campesinos guare­ci­dos de una inun­dación en el techo de una choza, con los buitres volando por encima de sus cabezas, hubiera bas­tado para insin­uar un tras­fondo sim­bólico, sin que el autor lo hiciera demasi­ado evi­dente. Pero Revueltas se esmeró tanto por sobre­car­gar la nov­ela con inter­preta­ciones sobre el fra­caso de la Rev­olu­ción, la orfan­dad reli­giosa del mex­i­cano, su der­ro­tismo crónico y la necesi­dad de reem­plazar la tutela de la vieja igle­sia por el lid­er­azgo del par­tido comu­nista, que los per­son­ajes tienen serias difi­cul­tades para res­pi­rar. Son con­cep­tos vivientes, no seres humanos. Inter­po­lar tan­tas instruc­ciones de lec­tura denota poco respeto a la inteligen­cia del público. En una de las múlti­ples intro­mi­siones del nar­rador, una especie de médium que observa el drama de los campesinos desde un palco intem­po­ral y ubicuo, Revueltas pre­cisa cuál es o debe ser el papel del escritor frente a la masa oprimida:
La mul­ti­tud es el coro, el des­tino, el canto terco. Puede pre­gun­tarse dónde ter­mina, pero no tiene fin. Como pre­gun­tar yo mismo dónde comien­zan mis pro­pios límites, dis­tin­guién­dome del coro, y en qué sitio se encuen­tra la fron­tera entre mi san­gre y la otra inmensa de los hom­bres, que me for­man. Soy el con­tra­punto, el tema anál­ogo y con­trario, la mul­ti­tud me rodea en mi soledad, en mis rin­cones, la mul­ti­tud pura.(3)
Como el pár­rafo ter­mina con una exal­tada salutación a la mul­ti­tud soviética pas­tore­ada por Stalin, se puede inferir que Revueltas quiso con­ver­tir el pro­grama político de su par­tido en una poética de com­bate. Para dotar al pueblo de con­cien­cia política, el nar­rador ten­dría la fun­ción de encar­nar a la van­guardia del pro­le­tari­ado en la arena del texto, aunque esa tarea implicara un cierto menos­pre­cio a la masa oprim­ida. Veinte años después, tras haber sido expul­sado del par­tido comu­nista por segunda vez, Revueltas pub­licó un Ensayo del pro­le­tari­ado sin cabeza, donde sostenía que el pueblo no debía rendir culto a la per­son­al­i­dad de sus líderes, ni los nece­sitaba demasi­ado para enten­der su papel histórico, pero a prin­ci­p­ios de los cuarenta, cuando pub­licó El luto humano, aún creía que sin ese nece­sario con­tra­punto, la lit­er­atura no podía cumplir su fun­ción social.
Evo­dio Escalante ha escrito que esta nov­ela es un “antecedente en cier­tos aspec­tos, de la obra maes­tra de Rulfo, Pedro Páramo”.(4) En efecto, El luto humano pre­figura el uni­verso rul­fi­ano, sobre todo en un pasaje donde el nar­rador declara: “éste era un país de muer­tos cam­i­nando, hondo país en busca del ancla, del sostén secreto”. Pero es indud­able que no fue Revueltas sino Rulfo, un escritor rel­a­ti­va­mente apolítico pero más con­sus­tan­ci­ado con sus per­son­ajes, quien escribió la gran ¨épica de la mis­e­ria mex­i­cana” en algunos frag­men­tos de Pedro Páramo y en cuen­tos como “Luvina” o “Nos han dado la tierra”. Rulfo no aspiraba a ser el con­tra­punto letrado del pueblo: sólo quiso fun­gir como arreglista musi­cal o direc­tor de un coro, creyendo, como los román­ti­cos ale­manes, que todo hom­bre es un poeta en poten­cia. Revueltas no sabía pre­cisar dónde estaba “la fron­tera entre su san­gre y la san­gre de la mul­ti­tud”, pero sí tenía muy clara la fron­tera entre su lenguaje y el lenguaje campesino, mien­tras que Rulfo la desvaneció con una for­mi­da­ble téc­nica de ocul­tamiento. Revueltas prac­ti­caba una especie de pater­nal­ismo lingüís­tico pues intentaba dig­nificar al pueblo prestán­dole sus pal­abras. Víc­tima de una extraña sor­dera, negó al pueblo el mejor hom­e­naje que podía rendirle. La poesía del habla es la gran ausente de El luto humano.
En Los días ter­re­nales, Revueltas ya no creía nece­sario ser “el tema anál­ogo y con­trario” de los per­son­ajes, tal vez porque ahora escribía sobre sus iguales: los mil­i­tantes comu­nistas, pero tam­bién porque había trascur­rido casi una década entre ambas nov­e­las y ya no aspiraba a fun­gir como un direc­tor de con­cien­cias, ni a con­ver­tir los precp­tos del marxismo-leninismo en téc­nica nar­ra­tiva. Un pasaje de la nov­ela es útil para ejem­pli­ficar ese cam­bio. Al con­tem­plar al Tuerto Ven­tura, el cacique de Acayu­can, Gre­go­rio reflex­iona: “La fisionomía del hom­bre es un con­junto de cifras con­ven­cionales, un con­junto de sim­u­la­ciones a través de las cuales es muy difí­cil, cuando no imposi­ble, des­cubrir la ver­dad interna de cada indi­viduo, pues el ros­tro no es el ‘espejo del alma’ sino el instru­mento del cual el hom­bre se vale para negar su alma, para dis­frazarla –se dijo con furia: esos pen­samien­tos le parecían demasi­ado razon­adores e int­elec­tuales.”
Aquí se advierte un brote de autocrítica (la furia que siente el per­son­aje es la de Revueltas por haberse entrometido en la nar­ración) en donde el autor regaña a su alter ego por inter­po­lar un cuerpo extraño en el tejido vivo y pal­pi­tante de la nov­ela. Gre­go­rio es un int­elec­tual con estu­dios en Europa, cono­ce­dor de pin­tura y de lit­er­atura, de modo que en este caso el apunte analítico no está metido con calzador, como sucede con las par­rafadas de El luto humano. Sin embargo, Revueltas siente que le está qui­tando oxígeno a su per­son­aje y lo regaña por filoso­far a destiempo. Como en esta nov­ela las dis­erta­ciones embo­nan con la trama orgáni­ca­mente (no se les puede suprimir sin des­fig­u­rarla), y el nivel educa­tivo de los per­son­ajes las jus­ti­fica, creo que un lec­tor con­tem­porá­neo puede acep­tar­las de buen grado. En Los días ter­re­nales, las ideas extraí­das de la expe­ri­en­cia se con­trapo­nen con maestría a los man­damien­tos del cate­cismo estal­in­ista. Revueltas rein­cide en la nov­ela de tesis, sólo que ahora uti­liza la obser­vación directa del hom­bre para con­tra­pun­tear la falsa con­cien­cia de los per­son­ajes, com­puesta por un con­junto de dog­mas que mata en agraz cualquier idea propia y hasta los impul­sos más nobles del corazón. El con­flicto que enfrenta a Fidel con Gre­go­rio es cru­cial para enten­der el espíritu de una época, de modo que esta nov­ela no ha cad­u­cado ni le concierne sólo al público mex­i­cano. De hecho, en la actu­al­i­dad puede leerse como el vision­ario réquiem de un gran sueño de frater­nidad y jus­ti­cia.
La trama de Los días ter­re­nales alcanza el clí­max cuando Fidel, el comu­nista dis­ci­plinado hasta la igno­minia que per­sigue con saña a los revi­sion­istas bur­gue­ses o trot­skistas del par­tido, se quiebra delante de Ole­gario y le ruega que inter­ceda por él para recu­perar a la mujer que lo aban­donó por haber man­tenido una indifer­en­cia glacial durante la agonía de Ban­dera, su hija de bra­zos. Anu­ladas las jer­ar­quías políti­cas, der­retido el caparazón del robot estal­in­ista, Gre­go­rio puede por fin ver al hom­bre de carne y hueso escon­dido bajo la más­cara de hierro que le ha impuesto la dis­ci­plina par­tidaria. Al com­pro­m­e­terse con la única ver­dad a su alcance, la ver­dad sub­je­tiva de la nov­ela, Revueltas dio un gran salto ade­lante, porque a par­tir de entonces explotó con lib­er­tad su mayor vir­tud lit­er­aria: el don de aus­cul­tar el corazón de los hom­bres. El pred­i­cador de ideas aje­nas se había con­ver­tido en un agudo obser­vador de la impre­vis­i­ble flaqueza humana, que uti­liz­aba el lenguaje como un bis­turí de alta pre­cisión.
SUSTITUCIÓN DE CREDOS
A los nueve años, recién fal­l­e­cido su padre, José Revueltas seguía por las calles de la colo­nia Roma a un anciano bar­budo, de túnica blanca y huaraches, que hablaba del comu­nismo y del apoc­alip­sis. Según Álvaro Ruiz Abreu, autor de la impre­scindible biografía José Revueltas: los muros de la utopía, Revueltas le pro­fesó tanta ven­eración a ese pred­i­cador de bar­ri­ada que por seguirlo desa­pare­ció de su casa var­ios días, llenando de angus­tia a su familia, que ya lo daba por muerto. Por esos mis­mos años leía con fer­vor vidas de san­tos, según tes­ti­mo­nios de su her­mana Con­suelo y de Manuel Maples Arce, vis­i­tante asiduo de la casa de los Revueltas. Tenía, pues, una fuerte vocación reli­giosa que pudo haberlo con­ducido al sem­i­nario si sus dos her­manos may­ores, Fer­mín y Sil­vestre, no lo hubiera ini­ci­ado en el credo comu­nista. El ateísmo der­rumbó su creen­cia en la otra vida, pero no extin­guió la fe igual­i­taria ni el amor al prójimo que le inculcó el ilu­mi­nado de la colo­nia Roma. Su con­ver­sión infan­til quizá no fue muy difer­ente a la de los campesinos ver­acruzanos que en Los días ter­re­nales “lle­van el car­net del par­tido comu­nista col­gado del cuello a guisa de escapu­lario”. Y aunque Revueltas siem­pre tuvo con­cien­cia de la incom­pat­i­bil­i­dad filosó­fica entre el mate­ri­al­ismo histórico y el cris­tian­ismo, en el ter­reno del fer­vor nunca los pudo sep­a­rar. De hecho, extrajo de esa analogía el entra­mado sim­bólico de muchas obras, sin que esto per­mita cal­i­fi­carlo de creyente.
Octavio Paz fue el primero en detec­tar el sus­trato reli­gioso de su pen­samiento en una crítica de El luto humano: “Revueltas vivió el marx­ismo como cris­tiano y por eso lo vivió, en el sen­tido una­munesco, como agonía, duda y negación. Su ateísmo es trágico porque, como lo vio Niet­zsche, es negación del sen­tido.” Tal vez revueltas bus­caba recu­perar el sen­tido cris­tiano de la vida al fundir ambos cre­dos pues, como dice Paz, “si el cris­tian­ismo fue la human­ización de Dios, la Rev­olu­ción prom­ete la divinización de los hombres”.(5) Pero nunca perdió de vista las impli­ca­ciones teológ­i­cas encer­radas en el ideal social­ista de crear el “hom­bre nuevo” ni en la con­vo­ca­to­ria de Marx a tomar el cielo por asalto, y en sus obras de madurez emprendió una doble tarea crítica: some­ter a los após­toles comu­nistas a un exa­men de con­cien­cia anclado en la moral judeocris­tiana, y juz­gar a la cor­rupta igle­sia católica con los ojos de un ateo mucho más ape­gado que ella al sen­tido pro­fundo del evan­ge­lio.
Pero hay un punto en el que Revueltas se aparta lo mismo del cris­tian­ismo que del marx­ismo: su falta de fe en la posi­bil­i­dad de refor­mar la nat­u­raleza humana, un escep­ti­cismo que hasta cierto punto con­tradecía su anh­elo de reden­ción. La andanada de críti­cas sus­ci­tadas por el aparente nihilismo de Los días ter­re­nales denota una grave intol­er­an­cia estética por parte de sus cama­radas, que no podían dis­o­ciar los val­ores lit­er­ar­ios de los dog­mas políti­cos, ni con­ceder al arte una esfera autónoma. El fanatismo les impedía recono­cer que las parado­jas der­rum­ban los enfo­ques sim­plis­tas de la exis­ten­cia y, por lo tanto, enrique­cen el sig­nifi­cado de una nov­ela, por amar­gas que sean. Sin embargo, el impug­nador más inteligente de Los días ter­re­nales, Enrique Ramírez y Ramírez, señaló una con­tradic­ción filosó­fica que cier­ta­mente, Revueltas no había resuelto:
Revueltas pred­ica la ceguera y la impo­ten­cia del hom­bre ante la real­i­dad uni­ver­sal y social; la abol­i­ción de todo prin­ci­pio y toda norma racionales, la agonía perenne del hom­bre por su inex­orable aniquil­amiento; la pér­dida del sen­tido y la razón de la vida (…). En el fondo de este cuadro de lobreguez int­elec­tual y espir­i­tual, se vis­lum­bra la ima­gen dolorosa de un hom­bre que sólo es libre para sufrir y morir, some­terse a las leyes de la nat­u­raleza y expiar sin des­canso las míti­cas cul­pas de su especie.(6)
Este análi­sis de con­tenido es irrefutable y tuvo una influ­en­cia deci­siva para que Revueltas, en un acto de mea culpa, abju­rara públi­ca­mente de la nov­ela y pidiera a su edi­tor que la reti­rarla de la cir­cu­lación, a la man­era de los teól­o­gos de la Con­trar­reforma cuando el Santo Ofi­cio les ech­aba el guante (más tarde, arrepen­tido de su arrepen­timiento, cal­i­ficó Los días ter­re­nales como “la más madura de mis nov­e­las” y explicó que había sido víc­tima de una extor­sión moral). Por supuesto, descal­i­ficar la nov­ela porque no con­tiene un men­saje edi­f­i­cante era una arbi­trariedad, pues la gran lit­er­atura busca jus­ta­mente son­dear los grandes abis­mos de la razón, no sosla­yar­los en nom­bre de la tarea pros­elit­ista. De hecho, un pres­tidig­i­ta­dor más o menos hábil podría trans­for­mar en elo­gios los argu­men­tos con­de­na­to­rios de Ramírez y Ramírez. Pero los hal­laz­gos lit­er­ar­ios de Revueltas no podían ni pueden lev­an­tar la moral de ningún mil­i­tante, porque inducen al escep­ti­cismo. Sólo él era capaz de acep­tar esas ver­dades amar­gas sin perder entu­si­asmo por la lucha rev­olu­cionaria. El pro­pio Revueltas intentó varias veces escapar de ese calle­jón sin sal­ida, pre­conizando una especie de asce­sis mís­tica para sobrell­e­var los sins­a­bores de la exis­ten­cia. En la obra teatral El cuad­rante de la soledad, una sór­dida intriga en los bajos fon­dos de la ciu­dad, el único per­son­aje hon­esto del drama se declara “dis­puesto a vivir la vida con pureza, a pesar de todos o con­tra todos”, y en Los días ter­re­nales Gre­go­rio hace una declaración de fe que sin duda expresaba el punto de vista de Revueltas: “La vida es algo muy lleno de con­fu­siones, algo repug­nante y mis­er­able en mul­ti­tud de aspec­tos, pero hay que tener el valor de vivirla como si fuera todo lo con­trario.”
Para seguir este pro­grama de vida se requiere una vocación de santo o una gran capaci­dad de auto­en­gaño. Revueltas pens­aba que la humanidad sólo tenía sal­vación si los hom­bres, y en par­tic­u­lar los mil­i­tantes comu­nistas, se aut­o­crit­i­ca­ban con humil­dad, com­bi­nando el espíritu de sac­ri­fi­cio con la pasión por la ver­dad, dos vir­tudes que él tuvo en grado superla­tivo. Pero sabía que el “hom­bre nuevo” sólo apare­ció una vez en Nazaret, y como veía en el puri­tanismo un mal endémico de la izquierda, denun­ciaba los extravíos de esa moral enferma con los tintes más som­bríos, recor­dando en todo momento que los con­flic­tos de sus per­son­ajes ya esta­ban pre­fig­u­ra­dos en la Bib­lia desde miles de años atrás. La pureza que él pred­i­caba no era la pureza de los ánge­les: con­sistía en ten­sar al máx­imo la autocrítica sin caer en la deses­per­anza. Las atro­ci­dades de la oli­gar­quía le dolían y le repugna­ban, pero deploraba más aún las de sus pro­pios cama­radas, los encar­ga­dos de bajar el cielo a la tierra, en quienes advertía un fariseísmo belig­er­ante. Si Díaz Mirón le dijo a su amada Glo­ria: “Tu numen, como el oro en la mon­taña, es vir­ginal y por lo mismo impuro”, Revueltas sos­tuvo hasta la muerte que la vir­ginidad int­elec­tual de los comu­nistas no era una vir­tud ética ni rev­olu­cionaria.
Durante el Max­i­mato, cuando Calles reprimió con el mismo rigor a los comu­nistas y a los cris­teros, Revueltas había dado mues­tras de un valor espar­tano (pasó dos tem­po­radas en las Islas Marías antes de cumplir 20 años), que le valieron ser invi­tado en 1935 al Con­greso Mundial de la Inter­na­cional Comu­nista cel­e­brado en Moscú. Tenía, pues, un pal­marés de héroe impo­luto que le hubiera per­mi­tido incubar el peli­groso virus de la supe­ri­or­i­dad moral. Pero por ser un ateo pro­fun­da­mente cris­tiano y, por lo tanto, pre­cavido con­tra las asechan­zas del demo­nio, Revueltas jamás cayó en esa trampa de la sober­bia. Su gran empatía con los per­son­ajes de los bajos fon­dos, a los que cono­ció en prisión y en sus cor­rerías de noc­tám­bulo, deja entr­ever que su ideal de pureza no excluye la inmer­sión en el fango. De tanto con­vivir con la crápula, Revueltas aprendió a verla como algo famil­iar y, en con­se­cuen­cia, a escu­d­riñarla con una curiosi­dad exenta de asco moral. En Los errores, un mil­i­tante comu­nista extrae de su expe­ri­en­cia carce­laria una con­clusión que Revueltas suscribió en varias entre­vis­tas: “Ahí la vida con­densa su sig­nifi­cado, lo mul­ti­plica hasta la desnudez más per­fecta, se bes­tial­iza sin rodeos, idén­tica a la con­fi­ada nat­u­ral­i­dad con que se usa el W.C.”(7)
Como Cristo, que estaba más a gusto entre putas y fora­ji­dos que entre los fariseos, Revueltas pen­e­tra en la intim­i­dad de los seres más aber­rantes del lumpen delin­cuen­cial, atraído, como Víc­tor Hugo, por la oscura belleza de lo grotesco. Ningún escritor mex­i­cano ha retratado mejor y con más conocimiento de causa a nue­stros hom­bres del sub­suelo. Elena, el enano homo­sex­ual y alco­hólico que en Los errores mata al prestamista de la Merced en com­pli­ci­dad con el padrotillo Mario Cobián, el repug­nante Carajo de El apando, el jorobado Tiliches del cuento “El lenguaje de nadie”, el direc­tor de escuela con­ver­tido en teporo­cho de En algún valle de lágri­mas son per­son­ajes repul­sivos a los que Revueltas retrata iróni­ca­mente, pero al mismo tiempo, con una sim­patía por la mon­stru­osi­dad que le da grandes rédi­tos lit­er­ar­ios. Según la fe cris­tiana, la inte­ri­or­ización del dolor ajeno es el camino a la sal­vación del alma. Esta vir­tud ética y lit­er­aria apartó a Revueltas de la defor­ma­ción esper­pén­tica, porque al obser­var desde aden­tro a sus per­son­ajes se libraba de con­denar­los o com­pade­cer­los.
En Los errores, el lazo de unión entre los per­son­ajes de los bajos fon­dos y los mil­i­tantes comu­nistas es su pro­clivi­dad a traicionar y a traicionarse. Aparente­mente hay un abismo entre las dos líneas argu­men­tales de la nov­ela, la his­to­ria del atraco planeado por Elena y el Muñeco, y la intriga fraguada en una célula del par­tido comu­nista para asesinar a Ela­dio Pin­tos, un héroe de la guerra civil española acu­sado de trot­skismo por el comité cen­tral. Pero al estable­cer un para­lelismo entre ambas his­to­rias, Revueltas escu­d­riña los errores de fábrica de la nat­u­raleza humana, tanto en la cúpula de la nueva igle­sia como en los calle­jones de mala muerte, y des­cubre la her­man­dad sec­reta entre la falsa pureza y la abyec­ción asum­ida.
Para Revueltas, nadie está a salvo de los efec­tos cor­ro­sivos del egoísmo, el prin­ci­pal obstáculo a vencer para lograr una ver­dadera sol­i­dari­dad con el prójimo, sin la cual no hay rev­olu­ción posi­ble. Fiel a ese ideal reli­gioso, creía que la única vac­una con­tra el mayor de los peca­dos era com­par­tir el sufrim­iento de los demás. Recién lle­gado a las Islas Marías, pres­en­ció el trato veja­to­rio que los celadores dis­pens­a­ban a un cura que había par­tic­i­pado junto con la madre Con­chita en la con­jura para matar a Obregón. Para humil­larlo, los guardias le habían asig­nado la tarea de bar­rer un patio lleno de estiér­col. Aunque Revueltas escribió un cuento demole­dor en con­tra del fanatismo cris­tero, (“Dios en la tierra”) tomó una escoba para ayu­darlo, sufriendo por ello el escarnio y la ani­mad­ver­sión de los demás reos. Años después, cuando viajó a Panamá como cor­re­spon­sal del per­iódico El Pop­u­lar, subió a un auto­bús para blan­cos en el que se había colado un negro. El chofer le ordenó bajarse y el negro, orgul­loso, alegó tener el mismo dere­cho que los blan­cos para via­jar ahí. Revueltas entró en su defensa, pero ante la tozuda neg­a­tiva del chofer, se bajó del auto­bús junto con el negro, para que al menos se sin­tiera acom­pañado en la humillación.(8)
En sus nov­e­las, el sac­ri­fi­cio de algunos per­son­ajes por el prójimo va más lejos aún, hasta lin­dar con la emu­lación de los san­tos que Revueltas admiraba desde la infan­cia. En Los días ter­re­nales, al enter­arse de que una pros­ti­tuta enam­orada de él delató al matón que pre­tendía asesinarlo, Gre­go­rio le hace el amor a sabi­en­das de que está enferma de gonor­rea, no sólo para rec­om­pen­sarla, sino porque ese con­ta­gio lo unirá más pro­fun­da­mente con su sal­vadora. Quizá Revueltas ate­soraba en el incon­sciente una proeza análoga de san Julián el Hos­pi­ta­lario, que com­partía el lecho con los lep­rosos. Tam­bién raya en la san­ti­dad el pro­fe­sor Men­dizábal, que en el cuento “La pal­abra sagrada” des­cubre a una pare­jita de ado­les­centes haciendo el amor en el desván de un cole­gio católico y, para no per­ju­dicar al estu­di­ante, cuando un mozo de limpieza lo sor­prende en el desván con la muchacha, se acusa ante el direc­tor de haberla lle­vado ahí para vio­larla. Por el tono con­movido con que narra estos sac­ri­fi­cios, Revueltas parece creer que la reden­ción del género humano es posi­ble. Pero el escep­ti­cismo se sobre­pone a su fer­vor y los desen­laces de ambas his­to­rias arro­jan un cube­tazo de agua helada a los creyentes en los mila­gros de la piedad. La duda y la fe se repe­len pero Revueltas creía posi­ble con­cil­iar­las en un oxí­moron dialéc­tico: “Me con­du­elo com­ple­ta­mente de los per­son­ajes y no clau­dico ante la piedad que me cau­san. –declaró a Vicente Fran­cisco Tor­res–. Mi piedad, dialéc­ti­ca­mente, se con­vierte en una especie de cru­el­dad respecto a su des­tino: no absuelvo al per­son­aje de quien me api­ado, lo con­deno a sus últi­mas con­se­cuen­cias reales.”(9)
Nos­tál­gico de la pureza que el ser humano sólo tuvo en algunos pasajes de la leyenda áurea, a Revueltas le gustaba con­trapon­erla con la sor­didez de los pobres mor­tales aplas­ta­dos por el des­tino, no para escarnecer la vir­tud sino para situ­arla en un con­texto ter­re­nal. Reden­tor escép­tico, sospech­aba que ninguna rev­olu­ción social lograría dester­rar la injus­ti­cia sin un mila­gro espir­i­tual pre­vio. La mis­ión histórica del comu­nismo sería entonces con­tin­uar y pro­fun­dizar la doc­t­rina social del evan­ge­lio, como lo pro­pone la teología de la lib­eración, con la que Revueltas llegó a sim­pa­ti­zar. Su con­tribu­ción a la lucha rev­olu­cionaria con­sis­tió en denun­ciar los estra­gos que un falso ideal de san­ti­dad había provo­cado en las filas del comu­nismo, pero su aportación a la lit­er­atura fue mucho más valiosa, porque al sumer­gir la utopía en los pan­tanos de la real­i­dad la con­vir­tió en un faro para bus­car el sen­tido de la exis­ten­cia.
LA ESCUELA DEL CINE
Resen­ti­dos con Revueltas por la zaran­deada que les dio en Los días ter­re­nales, algunos mil­i­tantes comu­nistas lo acusaron de haber sucumbido a la influ­en­cia cor­rup­tora del mundillo cin­e­matográ­fico, en el que se gan­aba la vida como guion­ista. Era una acusación injusta, pues Revueltas tam­bién luchó por el social­ismo en ese ter­reno y, de hecho, las acusa­ciones que lanzó en 1947 con­tra el monop­o­lio de la exhibi­ción que detentaba William Jenk­ins le costaron perder el lid­er­azgo en la sec­ción de autores del STPC. Haber hal­lado ese modus vivendi no fue una clau­di­cación política ni tam­poco un con­ta­gio venéreo, pues aunque el pro­pio Revueltas cal­i­ficó de “lam­en­ta­ble” su expe­ri­en­cia como guion­ista, porque los mer­cachi­fles de la indus­tria nunca lo dejaron expre­sarse con lib­er­tad, la adquisi­ción de otro lenguaje amplió su reper­to­rio de her­ramien­tas nar­ra­ti­vas.
De hecho, entre los libros que pub­licó antes de escribir guiones y sus obras pos­te­ri­ores hay una mejoría notable. Gra­cias al ofi­cio adquirido en el cine, Revueltas aprendió a urdir bue­nas tra­mas, a dialogar con sol­ven­cia y a colo­car a sus per­son­ajes en ter­ri­bles encru­ci­jadas, por ejem­plo la de la adúl­tera que mete a su amante en una nev­era y después tiene que irse al cine con su marido en el extra­or­di­nario cuento “Sin­fonía pas­toral” o el angus­tioso com­bate de Ole­gario Chávez con las ratas que lo ata­can en Los errores, cuando intenta escapar de prisión por una tubería de aguas negras. Al incur­sionar en los géneros de entreten­imiento, Revueltas com­prendió que para man­tener el interés del lec­tor y hac­erse per­donar sus dis­erta­ciones filosó­fi­cas nece­sitaba primero darle una golosina, engan­charlo con una intriga de alto voltaje.
En varias entre­vis­tas con­fesó que en alguna época quiso ser direc­tor de cine pero los pro­duc­tores nunca se lo per­mi­tieron. Sin embargo, dom­inaba el arte de nar­rar en imá­genes y su ofi­cio de libretista aflora en los momen­tos clave de sus mejores obras. El drama de las dos sirvien­tas les­bianas sor­pren­di­das en una azotea que el crítico de arte Jorge Ramos con­tem­pla desde su ven­tana en el sép­timo capí­tulo de Los días ter­re­nales, tiene sin duda un aire de familia con un episo­dio de En busca del tiempo per­dido en el que Swan observa a hur­tadil­las otra escena lés­bica, la de una hija desnat­u­ral­izada que escupe el retrato de su padre antes de retozar con su amiga. Sal­vador Novo advir­tió la huella de Proust en una elo­giosa reseña de la nov­ela y, en una charla con Roberto Escud­ero, Revueltas recono­ció esa deuda.(10) Pero sólo un nar­rador acos­tum­brado a pen­sar en imá­genes pudo haber con­ce­bido ese atisbo acci­den­tal de la intim­i­dad ajena, con el que Revueltas se anticipó al voy­erismo de La ven­tana indisc­reta, y de hecho exploró con más auda­cia que el pro­pio Hitch­cock la trans­fer­en­cia de cul­pa­bil­i­dad provo­cada por la con­tem­plación furtiva de los plac­eres pro­hibidos. Hay otra gran escena cin­e­matográ­fica en Los errores, donde Mario Cobián, tras haber propinado una tremenda golpiza a su amante, Lucre­cia, des­cubre que un limpiador de vidrios lo ha obser­vado desde un andamio. El cruce de miradas establece una tur­bia com­pli­ci­dad entre los dos per­son­ajes, pues horas después el hom­bre del andamio, que por las noches tra­baja como can­ti­nero, se vuelve a encon­trar con el Muñeco y le sirve un trago sin men­cionar el inci­dente, aco­bar­dado por su mirada torva. Si en algunos casos Revueltas uti­liza las sor­pre­sas de la mirada para hacer avan­zar la acción dramática, en este pasaje de Los errores le sir­ven para crear un vín­culo secreto entre dos per­son­ajes com­ple­men­tar­ios: el pro­totipo de la vileza delin­cuen­cial y el pro­totipo del ciu­dadano agachado que no se quiere meter en prob­le­mas.
Los mejores ideas cin­e­matográ­fi­cas de Revueltas están dis­em­i­nadas en sus cuen­tos y nov­e­las, sobre todo en El apando, la única de sus obras que ha sido lle­vada al cine. Según el pro­pio Revueltas, la adaptación de José Agustín, que lo dejó muy com­placido, no requirió de grandes cam­bios estruc­turales porque el texto ya tenía forma de guión.(11) Con­den­sación magis­tral de su expe­ri­en­cia carce­laria, este gran relato es quizá su mejor incur­sión en el alma de los deses­per­a­dos, de los muer­tos en vida que luchan a muerte por el espa­cio den­tro de una celda. El apando es un cal­abozo con un ven­tanuco, pero es tam­bién una metá­fora de la matriz. No era la primera vez que Revueltas com­pa­raba la cár­cel con el vien­tre materno. Al final de Los días ter­re­nales, cuando Gre­go­rio, el pro­tag­o­nista, queda preso en un cal­abozo, el nar­rador observa: “Estaba encer­rado en el vien­tre de su madre, más no en embrión, sino con toda su edad, varonil y desnudo.” Y cuando el enano de Los errores bebe tequila en las “tinieblas intrauteri­nas del veliz”, que en otros momen­tos llama “tibia pla­centa”, Revueltas sug­iere tam­bién que el per­son­aje con­de­nado a morir ha empren­dido un retorno a la primera morada del hom­bre.
La difer­en­cia es que la pla­centa del apando está situ­ada den­tro de un infierno en el que sacar la cabeza de la matriz sig­nifica aso­marse a un mundo más inhóspito que el del cal­abozo. Cár­cel den­tro de la cár­cel, el apando es un refu­gio en el que tres reos se dis­putan el priv­i­le­gio de aso­mar la cabeza o, para decirlo de otro modo, el dere­cho a vivir, en una lucha dar­wini­ana por la super­viven­cia. Como en otras nov­e­las de Revueltas, el aparente pacto real­izado entre los tres apan­da­dos encubre vela­dos propósi­tos de traición. De hecho, Polo­nio y Albino han deci­dido ya matar al Carajo en cuanto obten­gan la droga que viene a traerle su madre. Pero en esa pesadilla del con­fi­namiento y descon­fi­anza mutua, una autori­dad cor­rupta, más vil que los pro­pios reclu­sos, no sólo estrecha hasta la asfixia el espa­cio vital de los reos: tam­bién viola el espa­cio íntimo de las mujeres que los vis­i­tan. La inspec­ción en que las celado­ras les­bianas se demoran pal­pando a Mer­cedes y a La Chata es una metá­fora elocuente de la inde­fen­sión ciu­dadana frente a un Estado delin­cuen­cial que ni siquiera respeta las “ver­i­jas” de las vis­i­tantes al reclu­so­rio. No hay un solo reducto en los cuer­pos de estos per­son­ajes que no sea man­cil­lado por la autori­dad y, en respuesta a la humil­lación que los bes­tial­iza, orga­ni­zan un motín en la cár­cel para que al calor de la con­fusión, la madre del Carajo pueda hac­er­les lle­gar la droga. La escena final, en donde la policía intro­duce tubos entre las rejas para inuti­lizar a los amoti­na­dos, “una vic­to­ria de la geometría sobre la lib­er­tad”, tiene una belleza plás­tica des­o­ladora, que Felipe Cazals sub­rayó con acierto en la ver­sión cin­e­matográ­fica.
Revueltas conocía desde sus entrañas la podredum­bre del rég­i­men postrev­olu­cionario y por eso pudo denun­cia­rla mejor que nadie, pero al mismo tiempo hizo una crítica rad­i­cal de las orga­ni­za­ciones políti­cas en que par­ticipó. La muerte lo sor­prendió en plena madurez cre­ativa, cuando había logrado una per­fecta sín­te­sis entre el lenguaje lit­er­ario y el audio­vi­sual, resignán­dose, para bien de los lec­tores, a exponer sus ideas en ensayos sep­a­ra­dos de sus relatos. Dejó a la izquierda un legado incó­modo, porque los int­elec­tuales can­on­iza­dos por la feli­gresía igual­i­taria casi nunca se arries­gan a sostener ideas impop­u­lares. Su caída en la auto­com­pla­cen­cia explica, en parte, la indifer­en­cia política de muchos jóvenes alér­gi­cos a la falsedad, al maniqueísmo y la cur­silería. No habrá un ver­dadero avance político de la izquierda mex­i­cana mien­tras sus prin­ci­pales fig­uras lit­er­arias se pre­ocu­pen tanto por con­ser­var sus clien­te­las y les den atole con el dedo. Quizá por esa falta de valor civil, los ide­ales por los que Revueltas luchó crían moho en el baúl de las ilu­siones rotas.
1. A.A. Ortega, “El real­ismo y el pro­greso de la lit­er­atura mex­i­cana”, en Con­ver­sa­ciones con José Revueltas, comp. de Andrea revueltas y Philippe Cheron, Era, Méx­ico, 1977, p. 51.
2. Citado por Álvaro Ruiz Abreu, Los muros de la utopía, Cal y Arena, 1991, p. 139.
3. José Revueltas, El luto humano, Era, Méx­ico, 1984, p. 179.
4. Evo­dio Escalante, “Cir­cun­stan­cia y géne­sis de Los días ter­re­nales”, en José Revueltas Los días ter­re­nales, ed. de Evo­dio Escalante, Uni­ver­si­dad de Costa Rica, 1996, p. 203.
5. Octavio Paz, “Cris­tian­ismo y Rev­olu­ción”, en Hom­bres en su siglo y otros ensayos, Seix Bar­ral, Barcelona, 1984, p. 147.
6. Enrique Ramírez y Ramírez, “Sobre una lit­er­atura de extravío”, en José Revueltas, Los días ter­re­nales, Era, Méx­ico, p. 341.
7. Mer­cedes Padrés, “José Revueltas, el escritor y el hom­bre”, en Con­ver­sa­ciones con José Revueltas, p. 59.
8. Citado por Alvaro Ruiz Abreu, Op. cit., p. 287.
9. Vicente Fran­cisco Tor­res, “La muerte es un prob­lema secun­dario”, en Con­ver­sa­ciones con José Revueltas, p. 136.
10. Roberto Escud­ero, Un año en la vida de José Revueltas, UAM, Méx­ico, 2009, p. 87.
11. “Diál­ogo sobre El apando”, en Con­ver­sa­ciones con José Revueltas, p. 169.

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