sábado, 7 de julio de 2012

Fragmentario

Luvina 67
Verano
Sergio Téllez-Pon

De lo que es parte, trozo, fragmento
Baudelio Lara
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Los primeros momentos de los Siete Días. El ensayo nació de fragmentos, pedazos retomados de aquí y allá, mal remendados. Los Pensamientos de Pascal, como se sabe, en realidad eran notas, proyecciones de ensayos que pensaba desarrollar. El acto frustrado se volvió acto creativo: nació entonces el género de la fragmentación. ¿Y qué otra cosa es el Zibaldone, de Giacomo Leopardi, sino fragmentos? Antes de ellos, también Montaigne había tomado un poco de aquí, una pizca de allá y un poco más de
acullá, cual hechicera que vierte todo al cazo para obtener la pócima, y entonces presentó sus fragmentos como Modestas Disertaciones. Y todavía más, al principio de una de sus autobiografías, Yeats escribe: «Mis primeras memorias son fragmentarias y aisladas y contemporáneas, como si uno recordase algunos de los primeros momentos de los Siete Días. Es como si el tiempo no hubiese sido aún creado, pues todos los sentimientos en relación con emociones y lugares carecen de secuencia». Fragmentarios, aislados, contemporáneos y deslumbrantes son también los textos mínimos de Azorín y de Julio Torri. En nuestros días, y en la lengua española, Piglia ha publicado algunas notas literarias de su diario (Formas breves), deshilvanadas, así como Vila-Matas ha hecho lo propio en su Dietario voluble. En Todo es otro (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2002), Heriberto Yépez aboga por el ensayo fragmentado, el cual no tiene que ser «rectilíneo», desarrollarse a lo largo de párrafos y párrafos, aunque, eso sí, sin dejar de ser lúcido, ofrece varias posibilidades de lectura y, lo más importante, incluso las ideas pueden sobreponerse o contradecirse. Los fragmentos, pues, como ideas en estado puro. Una vuelta a los días de la creación.
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Despacio: dé espacio a sus ideas.
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Ulises, perdido como andas, ¿cómo sabes si no estás ya en Ítaca?
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Según Kafka, la gripe es «la enfermedad profesional de los viajantes». ¡Lo dice él, que era un viajero como lo pedía Morand (un Morand avant la lettre): el viajero alrededor de su alcoba!
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Por lo regular, leo más cuando viajo en metro. ¿Por qué no harán lo mismo todas las personas que se van viendo a sí mismas o ven sin mirar el paisaje a través del cristal? El viaje, cualquier viaje, ya lo dijeron viajeros notables, puede ser una actividad muy productiva.
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El tiempo se encarga de hacer móviles las ideas fijas.
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Siglo xxi: Siglo de las Luces Apagadas.
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Sólo la enfermedad nos hace reparar en partes del cuerpo que obviábamos.
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Así son las ideas: nos invitan a tomar conciencia. Hay que tomarlas con ciencia.
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Puesto que las cosas de calidad están dirigidas a un público específico (y, por lo tanto, minoritario), las drogas sólo pueden ser para unos cuantos privilegiados.
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Del amor al odio el paso es más corto.
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Una de las grandes paradojas de mi vegetarianismo es que no puedo comer piña porque me produce agruras; en cambio, por prescripción médica, debería comer regularmente un bistec de hígado para contrarrestar los problemas de la vista.
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23 de enero de 1981
No hay historia que contar: yo nací hasta el día siguiente.
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El flâneur que visite Nueva York se encontrará con estructuras y andamios en las fachadas de muchos edificios de sobria arquitectura. Siempre están restaurando uno tras otro, y luego el de al lado. La Ciudad de los Rascacielos es, en realidad,
la Ciudad de los Andamios —o sin andamios no hay rascacielos.
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Esa actitud de aferrarse a la vida es lo que bien puede llamarse decrepitud.
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Qué poco esfuerzo tiene que hacer la gente para decepcionarnos.
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No conforme con la extenuante vida social, la modernidad impone una agitada vida virtual.
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Uno nunca puede resistir la tentación de volver a hacerlo.
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Escuchar a Strauss y Wagner es asistir a los más prolongados orgasmos sin necesidad del cuerpo del otro.
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El escritor es una suerte de gran Narciso que se ahoga en las aguas fastuosamente revueltas de la hoja en blanco.
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Si los narradores leyeran a todos los poetas que Roberto Bolaño cita en Los detectives salvajes(incluyendo a todos los del Manifiesto Estridentista), otro sería el destino de la narrativa y, por qué no, el de la poesía.
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Para salir de los agobios de las lecturas obligatorias (que para la tarea, que para un poema, que para una reseña, que para un ensayo...), reivindico mi placer por la lectura y vuelvo a los libros que leo sólo por leer.
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La literatura es algo demasiado serio como para no reírse de ella.
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Un personaje de Bolaño dice:
—El arte está enloquecido.
Creo que el arte no enloquece, sino sus creadores; por eso, debió decir:
—El arte me ha enloquecido.
En otras palabras:
—El arte me ha convertido en lo que he sido.

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Una plaga de bichos raros azota mi biblioteca. Me uno a la destrucción que hacen de mis libros sólo para vengarme por lo que las letras han hecho de mí: un iluso que al leer pretende dejar de serlo.
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Leo sin fluidez. Las palabras me detienen. Recurro al diccionario cada vez que dudo del significado real de una palabra. Me doy cuenta de que sólo tenía en mente una vaga idea de lo que en realidad significaban. Sólo tenía significados connotativos.
Así habré leído por tanto tiempo...
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Desde que lo recuerdo, siempre he tenido una letra de puño espantosa: combino la manuscrita y la de molde con muy mala habilidad para dibujar bien las formas de las letras. Pero hace poco me sorprendí al leer un reportaje en el que, según decían unos especialistas, los jóvenes —y los que vengan— irán perdiendo la capacidad motora de sus manos gracias al teclado de la computadora, pero también por los controles remotos y máquinas de videojuegos, por lo cual su letra de puño será cada vez más ilegible. Por paradójico que se antoje, iremos a la época de piedra: jeroglíficos, códices, imágenes rupestres para hacernos entender entre los humanos y así dejar testimonio de nuestro paso por la tierra. En un futuro no muy lejano, una materia indispensable desde la educación básica será la paleografía.
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La crítica literaria muchas veces amonesta la
disparidad de la obra poética de un autor; la considera desigual y por eso enjuicia al poeta severamente. Olvida que hay algo aún más grave: la monotonía, el mismo tono, cuando la poesía no es desigual sino extremadamente parecida y las mismas palabras expresan siempre el mismo sentimiento; el mismo tono se mantiene en casi todos los poemas de tal manera que parece que se ha leído uno solo. Ni buena ni mala poesía, porque no puede haber ni una ni otra donde el poeta no se permita sobresalto alguno.
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No intento decir nada nuevo. La paráfrasis
es mi figura retórica predilecta.
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Me explico: abundo, me pierdo en la longitud del texto, me repito y acabo por contradecirme. No especulo ni supongo: afirmo, y con esa misma contundencia me desdigo.
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Soy intolerante al plural mayestático.
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La condena: escribir, escribir irremediablemente.
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¿Qué lee Hamlet? Es la pregunta que ha querido contestar toda la literatura posterior a Shakespeare. «Palabras, palabras, palabras...».
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La simple categorización. Harold Bloom, al inicio de su libro Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (2005; Páginas de Espuma, 2010), en el que impone su canon de ensayistas (desde la Biblia hasta Camus, pasando por Montaigne, Johnson, Boswell y Freud), escribe: «Lo que tienen en común los veinte [ensayistas] es que pertenecen a una categoría literaria que desafía a la simple categorización». Esas palabras suenan extrañas en alguien que lo único que ha hecho en los últimos tiempos es justamente fomentar las categorizaciones simples: lo mismo en el Canon occidental (1994) que en Cuentos y cuentistas. El canon del cuento. En realidad, toda la literatura desafía la simple categorización, es decir, rechaza el establecimiento de un canon, la imposición de una lectura, la diversidad literaria abolida al verla —y hacerla ver— como un sistema cerrado («Esto es lo que debe leerse»). El establecimiento de un canon es alarmante, pero cuando se comete contra el ensayo, esto es, contra las ideas, debería considerarse un crimen de lesa humanidad.
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Nuestro ensayo. A diferencia de las antologías de poesía y narrativa, las de ensayo en México son escasas, a saber: la clásica El ensayo mexicano moderno (dos tomos, fce, 1971), de José Luis Martínez; Ensayo literario mexicano (unam / uv / Aldus, 2001), de Federico Patán, Evodio Escalante y Hernán Lara Zavala; Los mejores ensayos mexicanos (Planeta, 2005), compilada por Antonio Saborit y Ana Marimón, y El hacha puesta en la raíz (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006), que prepararon Verónica Murguía y Geney Beltrán Félix. Entre todas abarcan poco más de un siglo del ensayo en la literatura mexicana. Gracias a ellas es posible apreciar claramente la paulatina transformación de nuestro ensayo: del rigor formal a formas ensayísticas más libres, un desarrollo menos estricto que desemboca en un ensayo más libérrimo, más radical, anfibio, sin necesidad de apegarse a infranqueables postulados, principalmente académicos. De esa manera es como el ensayo empieza a ganarse su lugar como género literario, mientras que otros géneros, en particular la narrativa, hoy en día se están retroalimentado de él.


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