sábado, 16 de marzo de 2013

Blanca Varela: Esto es hoy, algo perdido

16/Marzo/2013
Laberinto
Marco Antonio Campos

Tanto en poesía como en narrativa, el siglo XX fue el siglo de Latinoamérica. En la poesía moderna ya era notable el principio de las grandes obras desde el decenio de los veinte y de la novela desde los cuarenta. No hay casi país en nuestro subcontinente que por una u otra vía no haya dado al menos un poeta de relumbre. En algunos irradiaron mayormente, como en los casos de Nicaragua, Brasil, Perú, Chile y México. En el Perú baste pensar en César Vallejo (el gran patriarca), César Moro, Emilio Westphalen, Martín Adán, Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Rodolfo Hinostroza y Antonio Cisneros, y desde luego esa singular voz femenina, Blanca Varela (1926–2009), quien pertenece a toda la lengua española.
   La breve y concentrada obra de Blanca, que llegará apenas a las 250 páginas,  abarca ocho libros: Ese puerto existe (1959), Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001).
  Ardua, lúcidamente espinosa[1], la poesía de Blanca Varela, salvo en algunos poemas en prosa de índole narrativa, alude mucho más de lo que menciona y múltiples imágenes y conceptos dan la impresión de abrirse en varios gajos como con una fruta. O digámoslo con un verso de ella: “lo apenas entendible brilla con insistencia”. Su poesía es imposible explicarla y detallarla en prosa, y aun traducida a otra lengua, debe perder más de lo que habitualmente se pierde: por sus silencios, la ausencia de narratividad, la audacia de las imágenes, ambigüedades, plurisignificaciones, sinsentidos, “signos en rotación”, unión en fuego de los contrarios, repeticiones como espaciados tic tacs (por ejemplo, en su “Conversación con Simone Weil”). “Poesía contenida, pero explosiva, poesía de rebelión”, escribió Octavio Paz en 1959 en el prólogo a su primer libro (Ese puerto existe)[2]. Rocío Silva Santisteban dice de otra manera lo mismo fijando que la característica principal de la lírica de Varela es el riesgo.”[3].
  Aquí y allá, en toda su obra, Blanca Varela reparte dardos sarcásticos, burlas envenenadas, impugnaciones iracundas, injurias dilacerantes y no excluye en su lenguaje el uso de palabras escatológicas. Como quiso e hizo Neruda, su poesía abunda por fortuna en magníficas impurezas. No son muchos los instrumentos que toca, pero como César Vallejo, Aurelio Arturo o Jaime Sabines, los tocó muy bien y de una manera decididamente diferente[4]. Algo curioso: hija de una compositora de música criolla (Serafina Quinteros), integró en un libro[5] esa suerte de música, en especial el vals peruano, y casi siempre dio en el clavo. Trabajó el verso libre, el poema en prosa y ocasionalmente el versículo. Parecía escribir por ráfagas y relámpagos y aun los escasos poemas largos dan la impresión de ser, como pretendía Poe, una sucesión de poemas breves. De las otras artes, pese a estar casada por más de treinta años con un gran artista (Fernando de Szyszlo), pese a tener un gusto trabajado y una honda formación, no es de la pintura sino del cine del que se sintió más cerca, pero apenas si lo hallamos en su obra poética. Aun escribió crítica de cine para la revista peruana Oiga y firmaba con el seudónimo de Cosme[6].
   Obra escrita al borde del precipicio, hallamos de continuo la inminencia de lo terrible y la conciencia de la indefensión. Blanca Varela tenía el don angélico de la lucidez pero en sus poemas prevaleció el demonio del dolor y la rabia. En una amplia parte de sus ocho libros es perceptible que algo anda mal o muy mal en el mundo, algo que desata el nudo y las cuerdas de la furia, algo que mengua al ser humano, pero entre eso encontramos destellos de soles vivos y ternuras tristes por las cosas buenas que le fueron dadas y que tocan una guitarra de luz en el corazón. Varela sabía muy bien que con el lodo vuelto barro pueden levantarse casas perdurables y crear una prodigiosa alfarería.
  En sus piezas líricas Blanca Varela da la imagen de que quiere huir sin poder conseguirlo, que el presente continuo está hecho de quebranto y menoscabo. Las cosas, aun las más bellas del planeta, en un desgarrón luminoso pueden llegar a horrorizar: el coral tiene garras, el cielo está hecho jirones, los árboles acaban en la tala, el hombre es un “nobilísimo verdugo”, “el fruto cae envenenado por el aire”, la casa firme se desmorona, la poesía brilla intensamente por instantes y desaparece en la niebla o la oscuridad hasta dejarnos con las manos vacías…  A menudo, en su obra, no sólo hay un socavamiento de los otros o del otro o de sí misma, sino también áspera y despiadadamente hacia sí misma. Al leer su poesía no deja de parecerme que se está caminando entre un aire donde vuelan los cuchillos, pero también, desde otro ángulo, como una barca a la deriva en un lago donde no se ve la orilla.
   Los motivos sobresalientes que creo hallar en sus piezas líricas inimitables son: las calles mágicas de la infancia; las quietudes y rugidos del Océano Pacífico visto ante todo desde los recuerdos vívidos de su puerto de infancia (Puerto Supe) y desde su casa limeña en el barrio de Barranco; detalles del pasado inca que aún se oye en las palabras del canto[7]; el enemigo íntimo invisible que a veces puede ser ella misma; los colores de las máscaras que lo mejor hubiera sido no quitárselas; la identificación con animales, por ejemplo, el perro; ráfagas o instantes de deslumbramientos que deja la naturaleza; el amor, o más correcto, la lenta y sangrante ruptura amorosa; el principio de los adioses que dictan las horas en la noche del reloj, y al final, la muerte, la sinsombra, la cual, “como mala madre”, la toca bajo los ojos…
   En sus poemas, sobre todo de des(amor) agresivo hay las furias y las penas, y creemos ver y oír los tajos del cuchillo, las bofetadas rabiosas, las dentelladas violentas, como en poemas latigueantes (“Vals del Ángelus” y “Monsieur Mounod no sabe cantar”), en los que la protagonista desuella minuciosamente al todavía amado. No pocas ocasiones el hombre termina en el suelo y retratado en un tamaño liliputiense. En otras, cuando la ira se ha ido, cuando se es consciente de la indiferencia del otro, puede sentirse toda la tristeza del abandono. 
El amor extremo de un hombre y una mujer es quizá el hecho más bellamente alto que es dable vivir, pero suele durar poco y dejar en quien pierde demasiadas heridas.
   ¿Dios? Da la impresión de un Ser monótono que desde el primer asomo de luz dice y hace lo mismo y al final parece habernos abandonado. “La sordera de Dios hasta hoy la siento”, responde en 1996 a Rosina Valcárcel. Dios está[8] ¿pero de qué sirve si no oye?
   Como ha hecho notar la crítica, cuando Blanca Varela llega a París[9] en 1949, ya casada con Fernando de Szyszlo, coexisten dándose la espalda el existencialismo y el surrealismo, o más exactamente –corregiría yo-, los jadeos y estertores del surrealismo, aunque algunos activos surrealistas nunca se resignaron, por ingenuidad, tozudez o ceguera, a aceptar la evidencia de su anacronismo[10]. Sin embargo debemos subrayar que en buen número de casos no fue lo mismo el surrealismo en Europa que en América. Los surrealistas europeos, principalmente en Francia, al margen de su magia de salón, de sus escándalos callejeros pour épater le bourgeois, buscaban en sus versos el automatismo psíquico y el lenguaje del sueño; desde las profundidades mentales se trataba de un ir más allá; en América, en cambio, en algunos poetas llega a ser una marea desbordante o una poderosa fuerza telúrica o una hoguera onírica, como en ciertos libros del martiniquense Aimé Cesaire, del quebequense Paul–Marie Lapointe, de los argentinos Enrique Molina, Olga Orozco y Francisco Madariaga, y también, pero más contenida y cortante –aunque ella sólo aceptó en su escritura una “influencia primeriza”-, la peruana Blanca Varela[11]. Era un estar más acá, hundidos los pies en la tierra. Pero sin las lecciones del surrealismo, haya sido mayor, menor o muy menor, sin el impulso inicial, su obra poética no existiría o sería otra cosa; por demás, es casi imposible no ser sellado por su ambiente y su época. Una paradoja: de quien podría Blanca tener más afinidad entre los surrealistas es del expulsado por los surrealistas: Antonin Artaud. ¿Cuántas líneas de sus libros no son navajazos que señalan la cara? Dije señalan porque luego de cerrarse la herida no hay cirugía que borre la cicatriz. Sin embargo en la poeta peruana hay momentos de gran luz, ternuras que ahondan en lo más íntimo del alma, exaltaciones como destellos amarillos, rojos, azules.
   Blanca Varela dejó al menos quince poemas que son como joyas de oro para la vitrina. Citemos unos cuantos: los antedichos “Vals del Ángelus” y “Monsieur Mounod no sabe cantar”; “Puerto supe”, donde deja en pequeñas e intensas luces momentos de la infancia; “Del orden de las cosas”, que busca mostrar, involuntaria o deliberadamente, que la misma desesperación tiene su geometría; “En lo más negro del verano”, estremecedora pieza entre el blanco y el negro, la vida y la muerte, el amor y el fracaso; “Auvers–sur–Oise”, un diálogo a ciegas con Van Gogh, escrito tal vez en el pueblo donde se suicidó Van Gogh; “Casa de cuervos”, que nace a partir de la experiencia del trato indiferente para con ella de su hijo menor (Lorenzo) entonces adolescente, y “Ternera acosada por tábanos”, del que contó a la poeta venezolana Yolanda Pantin que surgió de ver desde su oficina del FCE en Lima “a una criatura como de once años rodeada por un grupo de niños que aspiraban pegamento”. O brevedades estremecedoras, como “La justicia del emperador Othón”, que habría encantado a Cavafis, y los epigramas desolladores “Curriculum Vitae” y “Strip tease”. Pero no es posible desdeñar el grupo de poemas en prosa que hay en su espléndido libro Luz de día.  Muchos de sus versos ahondan y alargan, más allá de la arboleda, el paisaje del alma. Recordemos tres entre muchos. Uno, desconsolador: “Esto es hoy, algo perdido”; otro, terrible en su paradoja, que admira también Yolanda Pantin: “El suplicio comienza con la luz”, o éste, que nos deja inermes: “El amor es la tierra más frágil”.
 
En El libro de barro (1993) –Blanca Varela le dijo a Rosina Valcárcel- se halla un “recuento de su vida”; sin embargo, como lectores, nos es difícil, por su lenguaje abstracto y sus “lados de sombra”, hallar ese recuento. Tal vez, sin percibirlo mucho la propia autora, sea el libro donde tardíamente se encuentra más la sombra surrealista. Una cosa parece ser cierta. Ante la “retórica de horrores” (así lo calificó) que fue su anterior libro, Ejercicios materiales, buscó escribir un libro más reposado, el cual tiene como mayor emblema el mar. Pero hay momentos duramente amargos y tristes: “Alrededor de la misma mesa nos hemos sentado. Jamás juntos, es cierto. Pero el pan era el mismo y el solitario apetito de encontrar y perder cada bocado./ No sé qué nombre darle a estas cosas./ El papel está sediento de lágrimas. El trazo resbala, oriental, distante. La tinta hace su ruta, inalterablemente mortal/ Un naufragio sin mar, sin playa, sin viajero./ Sólo la urgencia, el desvelo, la absurda esperanza”.
  Eso duraría poco. En su penúltimo libro publicado (Concierto animal)[12], que tiene acaso como fondo principal el trágico deceso en un accidente de aviación de su hijo Lorenzo el 29 de febrero de 1996, se siente el desconsuelo ante el paso del tiempo y la vecindad de la muerte. Nunca se nombra al hijo, pero parece estar siempre presente.
   Es curioso o tristemente paradójico. Como escribe Mario Vargas Llosa en un artículo conmovedor de mayo de 2007[13], cuando Blanca Varela, lejos desde siempre de vanidad de vanidades y quien receló de todo éxito, empezaba a ganar grandes premios en nuestra lengua, fuera en buena parte de la realidad ya no podía disfrutarlos: el Federico García Lorca (2006) y el Reina Sofía (2007). Recuerdo que cuando me enteré de su muerte, acaecida el 12 de marzo de 2009, me volvieron a la ciudad del corazón los primeros versos de su último poema:
                                       Nadie nos dice cómo
                                       voltear la cara contra la pared
                                       y
                                       morirnos sencillamente
   Blanca Varela nació un año después de la mexicana Rosario Castellanos con quien no deja de tener hondas y secretas afinidades principiando por el anhelo de rebeldía y libertad. “La felicidad pasa de largo y se olvida de nosotros”, sentenció el desengañado príncipe Myshkin dostoievskiano. Ambas, quizá más temprano que tarde, lo comprendieron y aceptaron íntimamente, pero sublimaron las furias y las penas a través de su poesía desgarrada y desangrada, y son, si seguimos la triple escala de la categorización de Schopenhauer, “estrellas fijas”, o sea, aquellas que, a diferencia de “las estrellas fugaces” y de “los planetas”, se “mantienen inmóviles en el firmamento (y) poseen luz propia”. Del siglo XX, en el orbe de la lengua española, son las poetas que me hablan más al alma, son las poetas que prefiero.


[1] Sincera, modesta, Blanca Varela le contestó a Rosina Valcárcel en la mejor entrevista que dio y la cual es insoslayable para quien quiera conocer algo tanto sobre su vida como de opiniones que tenía sobre su propia obra: “Te hago una confesión: a mí no me gusta mi poesía, pero es la única que puedo escribir. Es una poesía honesta; no podía haber escrito de otra manera. Si hubiera querido fingir un mundo feliz no hubiera podido hacerlo. Mi apreciación del mundo es el de un mundo difícil, duro, a veces hermoso. A pesar de todo es gratificante tener conciencia de todo ello”. (Nadie sabe mis cosas, reflexiones en torno de la poesía de Blanca Varela, selección, prólogo y notas de Mariela Dreyfus y Rocío Silva Santisteban, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, Perú, 2007, “Blanca Varela: ‘Esto es lo que me ha tocado vivir’”, pp. 452). La entrevista se realizó en 1996.
[2] Puertas al campo, UNAM, México, 1964.
[3] “Aprender a ver en el doblez”, prólogo a la obra reunida El suplicio comienza con la luz, UNAM, México, 2013.
[4] Un par de curiosidades: en algunos poemas, sobre todo de su primer libro (Ese puerto existe), utiliza el disfraz de un yo masculino, y hábilmente también, en cierto número de piezas líricas, se vale de un diálogo que no se sabe bien a bien si se dirige a una o más personas o a ella misma.
[5] Valses y otras confesiones.
[6] A Rosina Valcárcel le confiesa que en 1949, cuando llegó a París, se la vivía en la cinemateca.
[7] Quizá en esto la influencia de su amigo José María Arguedas contó de manera decisiva.
[8] Blanca Varela se consideraba agnóstica.
[9] Un país (Perú) y dos ciudades (París y Florencia) fueron los lugares que dejaron en ella una traza definitiva. Como ella ha escrito en un artículo publicado en 1985 sobre su propia poesía (“Antes de escribir estas líneas”): en París, gracias a Octavio Paz, definió –acabó de definir– su vocación, y por Paz y el nicaragüense Carlos Martínez Rivas comprendió y aprendió “que la poesía es un trabajo de todos los días [y] que no la elegimos sino nos elige”. Escuchar “a sus anchas” a André Breton en el café de la Place Blanche, donde era invitada por Paz, la impresionó vivamente. Por su parte Florencia, “fue la ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones que siempre, hélas, son las últimas”. Perú ante todo representó la cara diaria y, como en el caso de Fernando de Szyszlo en la pintura, el regreso a las raíces precolombinas. No en balde Szyszlo –me lo dijo en un almuerzo en Lima en diciembre de 2012– admiró la pintura de los mexicanos Rufino Tamayo y Ricardo Martínez, quienes vieron vívidamente figuras y colores de nuestro pasado mexicano y los trasladaron a sus cuadros con originalidad y grandeza.
[10] Más o menos por la fecha de la llegada de Blanca a París, Alejo Carpentier, quien conoció bien a los surrealistas franceses, escribió lapidariamente en el prólogo de su novela El reino de este mundo, contraponiendo lo real maravilloso al surrealismo: “De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento –como lo hicieron los surrealistas durante tantos años- nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica ‘arreglada’, ciertos elogios de la locura, de las que estamos muy de vuelta”. Lo que en Francia terminaba en América Latina aún se desarrollaba de una manera perdurablemente vital.
[11] En España hay la gran excepción de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.
[12] En una entrevista de octubre de 2010, Fernando de Szyszlo, quien fue su marido, contesta al periodista de Diario 16 que hablar de Blanca le conmueve “porque me recuerda las cosas dolorosas de mi vida, como la muerte de mi hijo Lorenzo”. Si en él fue “un punto de quiebre”, lo cual le hizo tener desde entonces la presión alta, Blanca. por su lado, “ya no quiso luchar y se fue apagando”.
[13] “Elogio de Blanca Varela”, Nadie sabe de mis cosas, Epílogo, pp. 467–470.
 

martes, 12 de marzo de 2013

Elogio de la bibliografía

12/Marzo/2013
Milenio
Cristina Rivera Garza

Las notas de pie de página, las bibliografías —comentadas o no— o las comillas, antes señas de uso exclusivo y obligatorio de la escritura académica, se han ido colando con mayor frecuencia en las últimas páginas tanto de novelas como de libros de poesía. Alejándose de la impostura del autor genial y solitario que, aparentemente, nace sabiéndolo todo, este gesto apunta hacia otro tipo de entendimiento autorial que implica, de suyo, una relación con el lector más horizontal y dinámica. Cada lista bibliográfica devela el tipo de lectura —y luego entonces el trabajo y tiempo de lectura— que el autor precisó para generar tal o cual idea, escena, personaje, atmósfera, juego de lenguaje. Se trata del momento más otro de la creación: su sitio más alterado. Poblado de otros, circundado por voces que vienen de lejos gracias a la pantalla o el papel, el autor se muestra así como una entidad plural a la que la configuran mil cabezas. Lejos del ensimismamiento o la noción autoglorificadora del autor como mito genial, lo que la bibliografía nos da es la figura de un autor que es, ante todo, un lector. Se trata, además, del tipo de lector que, ya con cuidado o ya con gozo o ya con ambos, corre el velo sobre su proceso de producción de conocimiento para compartir y compartirse con otros lectores, volviéndolos autores potenciales en el acto. En efecto, se trata más que un momento de comparecencia (dícese de la acción que lleva a una persona ante un juez o un tribunal), de un instante de compartencia. El lector que se inmiscuye en la bibliografía de su autora camina, de hecho, por las bambalinas de la obra con la libertad que otorga la información fidedigna y clara. Las listas bibliográficas muestran, así entonces, el momento más hospitalario del libro. Su figura más generosa. En pocos lugares como en la bibliografía nos queda más claro el estar-en-común del libro. Esto es: el momento en que el autor decide saltar del pedestal solitario de la jerarquía literaria, para caminar a pie en la calle del nosotros.
Cada libro de Michael Ondaatje, por ejemplo, cuenta con un par de páginas al final en las que desgaja minuciosamente el abanico de sus fuentes. El autor nacido en Sri Lanka y avecindado desde hace mucho en Canadá, no creció sabiendo todo acerca de los vientos que describe, digamos, en El paciente inglés y, por ello, al final de la novela, anota los títulos de los libros en los que encontró esa información. Lo mismo hace con la palabra gotraskhalana en la novela Divisadero. Por esa nota al final de libro el lector sabe con el autor que gotraskhalana significa, de manera literal, “tropezar con un nombre”. Es un término de la poética sánscrita, dice Ondaatje basado en el trabajo de Wendy Doniger, con el que se describe al acto de llamar a un ser amado con un nombre erróneo. Se trata de un accidente verbal que dirige “la luz de la linterna hacia el interior del cerebro, revelando un vasto museo de hechos y deseos”. El lector interesado puede, así entonces, dirigir su atención a esos viejos o nuevos libros para seguir las huellas de los vientos africanos o para perderse en los tropiezos del sánscrito. El lector vigilante puede, si así lo decide, corroborar si la fuente de información fue fidedigna o no. Independientemente del objetivo último de cada lector, la bibliografía se extiende aquí como una invitación a continuar con la conversación que es todo libro en el contexto de otros libros. Una tradición.
Lo mismo hacen, aunque no con la frecuencia que podría esperarse, los autores de cierta novela histórica. Enrique Serna, por ejemplo, incluye una generosa bibliografía, que incluye tanto fuentes primarias como secundarias, al final de Ángeles del abismo, la novela en la que narra la historia de amor entre una falsa beata y un indio que finge su propia conversión en el México del siglo XVII.
Tal vez en ningún lugar la presencia de la bibliografía sea tan escandalosa, sin embargo, como en los libros de poesía. Un campo de escritura hasta hace no mucho dominado, al menos en ciertos sectores de la producción mexicana, por la idea del canto lírico que obedece a un yo autónomo y unitario en su momento más íntimo, los poetas han rechazado, ya sea por considerarlo inútil o autoritario, este momento de compartencia con los lectores. A medida que aumenta el uso de estrategias de apropiación que vinculan el lenguaje prestigioso de la poesía con el discurso cotidiano de la vida pública, se ha vuelto igualmente necesario desarrollar una serie de estrategias para dar cuenta de la presencia de otros en los procesos de des- y re-contextualización de lenguajes que conforman muchos de estos libros. Una de las maneras más simples, y acaso por eso más socorridas, es la incorporación de la lista bibliográfica en las últimas páginas de los libros de, entre otros, Juliana Spahr, Derek Beaulieu, Mark Nowak o Jen Hofer. Así es que los lectores nos damos cuenta del dónde y el cómo, del por qué y, en lo que cabe, el para qué de los textos que nos comparten. Así es como los lectores nos volvemos, pues, cuerpo en un mundo de cuerpos junto con los autores. Y viceversa. Cuestionar la configuración plural de la autoría y encontrar formas creativas de incorporar el momento alterado de la comunalidad en el cuerpo del texto—o en el cadáver del texto, si lo vemos dentro del contexto necropolítico de su producción—es una de las tareas fundamentales de la desapropiación que viene. Eso es cierto.

sábado, 9 de marzo de 2013

Todos contra el Psicoanálisis

9/Marzo/2013
Laberinto
Heriberto Yépez
 
El psicoanálisis es una de las ciencias más odiadas por la humanidad. Formalmente apareció con La interpretación de los sueños de Sigmund Freud en 1899, que probó la existencia del inconsciente. Desde entonces, el psicoanálisis es impopular.

El psicoanálisis desmitifica, explica. Por eso se le abomina.

Un malentendido común acerca del psicoanálisis es creer que su centro es Freud.

Se cree que refutar a Freud es refutar a todo el psicoanálisis; como si alguien creyera que refutando a Platón invalida la filosofía entera.

Ni Jung, Reich, Horney, Lacan, Fanon o Perls (y largo etcétera) concordaban con la dirección o terapia de Freud. El psicoanálisis inició con Freud. Pero luego se desarrolló críticándolo.

Muchos intelectuales son enemigos asiduos del psicoanálisis. No falta alguno que niegue (seriamente) la existencia del inconsciente.

Otro cargo común dice que “el psicoanálisis siempre llega a lo mismo, todo lo reduce al Edipo”.

La acusación es falsa. El psicoanálisis cuenta con decenas de conceptos, modelos, hipótesis y métodos distintos, incluso opuestos. Se trata de una ciencia con fuertes bases pero vías y fines siempre a prueba.

Además, ese reproche es bobo; como pedir que abandonemos la física porque siempre insiste en las mismas leyes.

Se niega al psicoanálisis porque hiere el ego, ese príncipe del temor, ese protector.

Para el psicoanálisis el hombre consciente es un embajador del hombre inconsciente. Y el niño que fuimos, madre (o padre) de nuestra vida entera.

Ah —gran ofensa del psicoanálisis—, la vida común es neurótica. La neurosis es el concepto menos comprendido del siglo XX.

¿Qué es la neurosis? No percibir una zona de la realidad, porque en el pasado nos hirió.

No percibir, por ejemplo, las emociones, el intelecto, los otros, el sexo.

Nuestro siglo —que se define por el miedo a lo descubierto por los dos previos— está decidido a deshacerse del psicoanálisis, a pesar de explicar coherentemente las relaciones humanas. Y, claro, es mal visto por el sistema escolar y los mass media.

En muchos países, la psicología clínica y la industria farmacéutica gradualmente lo expulsan.

Usar psicoanálisis como forma de interpretación cultural ya tiende a desvanecerse, para alegría de los grupos que desde su origen lo rechazan: clérigos, intelectuales, psiquiatras y racionalistas (debido a que merma su autoridad o aura).

Hoy en las Humanidades e incluso en la psicología, del psicoanálisis solo quedan rastros, souvenirs.

Esto define al psicoanálisis: se usan sus términos pero no se asumen sus consecuencias.

No sería imposible que desapareciera de comunidades enteras.

El hombre del siglo XX descubrió una clave para comprenderse. Pero no le gustó lo descubierto. Ya lleva tiempo sepultándolo de vuelta.

¿Escuchan las palas? ¿El golpe seco de la tierra recubriendo de nuevo nuestro rostro?

miércoles, 6 de marzo de 2013

El mercado de la crítica

6/Marzo/2013
La Jornada
Javier Aranda Luna

Aveces los autores ilegibles caen en la cursilería. Pretenden ser finos sin serlo para justificar la dificultad que implica la lectura de sus cuentos, ensayos, poemas o novelas. No son de difícil lectura por buenos, sino por malos. No lo son por exigirle mayor esfuerzo al lector para multiplicar el goce de la lectura, como hace Vila-Matas en un ejercicio gozosamente lúdico donde las referencias eruditas son como espejos que ensanchan el espacio de su narrativa, sino porque son de plano incapaces de emocionar al lector. Y los buenos libros, conviene recordar, se miden por la emoción que provocan.
Hace poco más de 20 años algunos escritores ilegibles pretendieron dividir al mundo literario entre quienes hacían literatura light y ellos, los graves, los serios que parecían redactar en hojas mármol. Y no se referían a autores de libros de superación personal sino a cuentistas y novelistas que se acercaban con mayor facilidad a los lectores.
Por fortuna duró poco su cruzada en la que combatieron con ferocidad inútil no sólo a los autores light de su argumento inicial sino a aquellos escritores que contaban con una fuerte presencia en la plaza pública.
Un autor de culto –y culto como pocos– invitado por la Charles Eliot Norton Lectures reflexionó en 1988 sobre la prosa rápida sin precipitación y sobre la ligereza que hace fluir la escritura como atributos de la literatura del siglo XXI.
Italo Calvino sepultó sin proponérselo con sus Seis propuestas para el próximo milenio, el falso debate entre la literatura light y aquella otra grave, pesada y ostentosa.
Pero esa discusión sobre la literatura light parecía tener en el fondo otra intención más allá del mero debate teórico. Daba la impresión, y tal vez me equivoque, que algunos de los autores autoproclamados serios, en realidad añoraban los lectores de quienes habían apostado por la liviandad en la prosa y que ahora, con el paso de los años, han tenido que aceptar aunque sin explicarnos por qué.
Una derivación de aquella búsqueda de lectores parece haber resurgido recientemente de otra manera azuzada por el mercado.
El crítico Harold Bloom, a quien debemos algunos de los mejores ensayos sobre Shakespeare, ahora parece más interesado en afinar su business plan que en mejorar, por ejemplo, su cuestionado Canon de Occidente.
Recientemente entregó El canon de la novela: novelas y novelistas como antes hizo con el canon del ensayo y el del cuento, donde las ausencias son, por momentos tan importantes como las presencias.
Desgraciadamente el caso del señor Bloom, más pendiente al parecer del reflector y de la salud de sus finanzas, no es un caso aislado. En 2009 Carole Seymour Jones publicó A Dangerous Liaison a Revelatory New Biography of Simone de Beauvoir and Jean Paul Sartre. Reveladora, quizá por hurgar entre las sábanas para mostrarnos la intimidad de esta pareja que no era muy propensa, por cierto, a ocultar sus ideas de la sexualidad.
Y qué decir del académico Christian Duverger que con su Crónica de la eternidad quiso demostrarnos dos cosas: 1, que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España no la escribió Bernal Díaz del Castillo y sobre todo para convencernos de que su autor fue ni más ni menos que un Hernán Cortés genial, cultísimo, sano y divino porque las divinidades son las únicas entidades que habitan el espacio de lo eterno.
Como prestidigitador avezado, muestra datos, refiere hechos más para aclarar, para confundir. Según él, por ejemplo, los libros proscritos por la Inquisición no circulaban en la Nueva España y difícilmente un soldado, como Bernal, podría tener reflexiones filosóficas. Si fueran ciertos esos argumentos ¿con qué libros alimentaban las piras los inquisidores? ¿Cómo justificaban el quemadero de réprobos? Por lo demás cualquiera sabe que la vida con sus dificultades orillan a cualquiera a hacerse las preguntas centrales de la filosofía: ante la muerte de un ser querido, ante el fin de una relación amorosa, o ante la pérdida de la libertad nos da por introyectarnos para entender.
Es lástima que ahora algunos académicos, por gana de lucro o de notoriedad, imiten los peores vicios del mercado editorial. Ahora sólo falta que en las conferencias, ensayos y entrevistas sobre autores y libros más que el análisis literario, priven los cánones ejecutivos y las anécdotas de alcoba. ¿O ya empezamos?’

martes, 5 de marzo de 2013

Desapropiadamente

5/Marzo/2013
Milenio
Cristina Rivera Garza

Re-escribir es una práctica a través del cual se vuelve a hacer algo que ya había sido hecho con anterioridad, eso es cierto. También es cierto que el proceso de re-escritura deshace lo ya hecho, mejor aún, lo vuelve un hecho inacabado, o termina dándolo por no-hecho en lugar de por hecho; termina dándolo, aún más, por hacer. Re-escribir, en este sentido, es un trabajo sobre todo con y en el tiempo. Re-escribir, en este sentido, es el tiempo del hacer, sobre todo, con y en el trabajo colectivo, digamos, comunitario e históricamente determinado, que implica volver atrás y volver adelante al mismo tiempo: actualizar: producir presente (Ludmer dixit).
Cuando un escritor decide utilizar alguna estrategia de apropiación —excavación o tachadura o copiado— algo queda claro y en primer plano: la función de la lectura en el proceso de elaboración del texto mismo. Esto, que la literatura ha preferido guardar o, de plano, ocultar bajo el parapeto del genio individual o de la creación en solitario, la re-escritura muestra de manera abierta, incluso altanera, en todo caso productiva. La lectura queda al descubierto aquí no como el consumo pasivo de un cliente o de un público, sino como una práctica productiva y relacional, es decir, como un asunto del estar-con-otro que es la base de todo práctica de comunidad, mientras ésta produce un nuevo texto, por más que parezca el mismo. Ya lo decía Gertrude Stein cuando decía “una flor es una flor es una flor”: la repetición siempre implica variaciones: no hay repetición propiamente dicha.
Cuando esto sucede, cuando la lectura se convierte en el motor explícito del texto, quedan expuestos los mecanismos de transmisión, a lo largo del tiempo y a través del espacio, que la cultura escrita utiliza y ha utilizado para su reproducción y para su encumbramiento social. Ojo: la re-escritura no descubre ni inventa esos mecanismos; la re-escritura contribuye a que queden al descubierto, a la vista de todos, abiertos también a las habilidades y los fines de esos todos otros. Presa monumental. Un sistema como el literario, que tanto se ha beneficiado de las jerarquías que genera el prestigio o en el mercado, en cuya base misma yace la noción de una autoría genial, solo puede reaccionar ante tal exhibición, intrínsecamente crítica, con ansiedad generalizada y, en casos extremos, con demandas legales para proteger la
propiedad—entendida ésta en su sentido más amplio, como una propiedad económica y como una propiedad moral. Las buenas maneras y el buen gusto, dos nociones francamente clasistas, pertenecen, sin duda, al reino de lo propio: eso que se comporta con propiedad; eso que resulta siempre lo apropiado.
Apropiar, sin embargo, es solo una forma de la re-escritura. Tal como ha quedado claro en acusaciones de plagio que han ocasionado ya tantos escándalos en España o en México, así como en Colombia, el apropiacionista, es decir, el que vuelve propio lo ajeno, todavía no escapa, acaso en muchos casos todavía ni se plantea escapar, de los procesos de circulación del capital que facilita y es facilitado a su vez por la misma noción de una autoría genial y solitaria, es decir, desconectada del quehacer de la comunidad. Es con bastante frecuencia que las estrategias de apropiación, muchas de ellas diseñadas y utilizadas para minar el monumento de la autoría romántica, han resultado en una confirmación, y no una subversión, de la misma. El autor como DJ, el autor sampleador (de caminos), el autor que mezcla: todos nuevos estereotipos románticos, si no es que francamente heroicos, de su oficio.
El autor que pretende hacer pasar como propio de su autoría el texto de una autoría ajena ha dejado el sistema autorial intacto. Este es le caso del plagiario. El autor que, con base en un sistema jerárquico, apropia textos de autorías no prestigiosas —como es el caso de documentos de archivo o de textos transcritos de la tradición oral— sin siquiera preocuparse por aclarar que su proceso escritural es producto de una co-autoría ha dejado, también, el sistema autorial intacto. Este es el caso del apropiacionista. De ahí que sea del todo relevante, y esto por motivos tanto estéticos como políticos, que los autores a los que les interese hacer estallar la base misma de esas altas murallas de jerarquía y privilegio detrás de las cuales se resguarda una literatura mansa y apropiada aprendan ahora a hacer ajeno lo propio y a hacer, de la misma manera, ajeno lo ajeno.
Desapropiar significa, literalmente, desposeerse del domino sobre lo propio. Hay palabras clave en esta definición real. Están, por una parte, los vocablos que remiten, sin dejar duda alguna al respecto, a las relaciones de poder que atraviesan y marcan todo texto. Renunciar a lo que se posee: eso significa desposeerse. En este caso, la desposesión señala no solo el objeto sino la relación desigual que hace posible la posesión en primer lugar: el dominio. Una poética de la desapropiación bien puede involucrar estrategias escriturales que, como las apropiacionistas, ponen al descubierto el andamiaje de tiempo y el trabajo comunal, tanto en términos de producción textual como en tiempo de lectura, pero necesariamente tienen que ir más allá. Ir más allá quiere decir aquí cuestionar el dominio que hace aparecer como individual una serie de trabajos comunales —y todo trabajo con y en el lenguaje es, de entrada, un trabajo de la comunidad— que carecen de propiedad. Señalar y problematizar puntualmente procesos co-autoriales, vengan éstos acompañados de los grandes nombres canónicos o de las autorías no prestigiosas para el sistema literario, y propiciar formas de circulación que evadan o de plano subviertan los circuitos del capital fincados en la autoría individual son solo dos formas de poner en práctica una poética de la desapropiación.

domingo, 3 de marzo de 2013

Medio Siglo de las luces

10/Marzo/2013
Jornada Semanal
Andreas Kurz

Una tarjeta de presentación introduce el caos en medio del caos. Un nombre representa para tres individuos un nuevo siglo cuyo comienzo anacrónico es el año 1789. Un nombre genera una novela fina y perfectamente equilibrada, una de las mejores de la madurez literaria latinoamericana: El siglo de las luces, publicada por primera vez en 1962. La tarjeta irrumpe en el cuarto segmento de la novela:
victor hugues
Négociant
à
Port-au-Prince
Irrumpe el francés en el ambiente hispanohablante de la isla de Cuba, irrumpe la estricta regularidad geométrica y gráfica de la tarjeta en el mundo anárquico formado por Sofía y Carlos, los hermanos, y Esteban, el primo, después de la muerte del padre, un comerciante tan rico como aburrido. Irrumpe sobre todo el nombre escrito, el significante por excelencia, en un mundo que había podido existir sin nombres ni significantes porque se desarrollaba sobre los significados. El mundo de Sofía, Esteban y Carlos significaba algo; era una realidad encerrada en un almacén caótico y deliberadamente desordenado. Los jóvenes vivían en medio de mercancías diversas, inútiles o podridas muchas de ellas; tangibles, palpables o degustables todas. Leían libros que expresaban ideas nuevas, ideales hermosos y sentimientos nobles de igualdad, fraternidad y libertad. Los libros eran tangibles y degustables. Libros, objetos puros, mundos redoblados sobre sí mismos. Libros que contenían ideas que eran otros mundos redoblados sobre sí mismos. Esteban, Sofía y Carlos vivían en un paraíso cuya destrucción comienza con la aparición de Victor Hugues, no en balde figura histórica emigrada a un espacio reservado a la imaginación. Un apellido de seis letras se reduce a una realidad fonética de dos sonidos: “yg”. El nombre engaña y aleja a los tres jóvenes de su realidad. Un hombre experimentado, nacido en el centro de la historia del siglo XVIII, engaña y se engaña con ideas nuevas, ideales hermosos y sentimientos nobles de igualdad, fraternidad y libertad. Victor Hugues introduce a Carlos, Esteban y Sofía en la historia y les roba la ingenuidad, los priva de una remota posibilidad de ser felices. El négociant à Port-au-Prince introduce la historia francesa en el mundo caribeño y, con este acto violento, pervierte aún más la inocencia de las ideas nobles que de inocentes cada vez menos tenían después de 1789. Francia se encarga de la decadencia de fraternidad, igualdad y libertad, el Caribe agrega un elemento fanático, cierto atavismo nativo, Victor Hugues aporta la guillotina y la ambición, los ingredientes esenciales de la idiosincrasia dictatorial. Satisfecha la ambición del poderoso, la guillotina cae en desuso. Las ejecuciones sobran cuando los mecanismos nefastos del poder personal y el carisma se imponen.

Escena de El siglo de las luces, adaptado por Humberto Solás para Televisión Cubana
Pero nos adelantamos. Hugues apenas está entrando en la casa-almacén de los tres huérfanos, apenas la historia empieza a tomar su curso previsible, la historia con mayúsculas y las historias individuales, pequeñas e insignificantes, pero las únicas que verdaderamente importan. La historia de Esteban sobre todo, el asmático curado por un médico-curandero, francmasón y culto, quien aplica métodos mágicos donde la medicina académica fracasa. Esteban, el adolescente débil, devorador de libros, quien pretende convertirse en hombre de la acción revolucionaria francesa, y regresa, desengañado y cínico, a la isla de Cuba donde sus hermanos siguen creyendo en fraternidad, igualdad y libertad. La historia de Sofía, la muchacha dedicada a una vida religiosa que no podrá vivir jamás porque su fe sólo tiene un objeto: Victor Hugues, el hombre de los hechos, los sueños realizados, el hombre que forja (y fuerza) la historia, la moldea según sus ideas, planes y ambiciones. Sofía, la que huye de la casa paterna para refugiarse románticamente en los brazos de Victor quien le revela que las ideas y los planes son secundarios, que sólo la ambición cuenta. La historia de Sofía y Esteban, quienes terminan sus existencias el 2 de mayo de 1808 en Madrid, después de un encarcelamiento voluntario en una casa réplica, en la calle de Fuencarral, de la casa-almacén cubana, cuando deciden que los años de la felicidad individual han de acabarse para permitir la entrada a la destrucción que pretende construir la felicidad colectiva. Carlos, marginal en el libro, pero tan necesario para la historia, la que sin su infatigable labor de negociante sin pretensiones políticas no sería historia estructurada, sino sólo caos narrativo sin anclaje.
El siglo de las luces es una novela de nombres, de signos que pretenden significar y –más ilusorio aún– actuar, influir en las vidas pequeñas y la historia grande. Fraternidad, igualdad y libertad llegan a significar sus contrarios. La guillotina, que había infundido el terror, se transforma en el Caribe en un gallinero pacífico. Las sirvientas negras de Hauguard, dueño de un albergue, se llaman Angesse y Scholastique, cuando no hay huella ni de ángeles ni de escolares. Al comienzo está el nombre, pero al nombre se le asigna un significado cualquiera. Al comienzo de la revolución francesa hay un lema, tres palabras, y hay un símbolo, la Bastilla. Alrededor de las palabras se construye una historia que no entiende de lingüística y termina encarcelando con la libertad, discriminando con la igualdad, odiando con la fraternidad y elevando al poder a los asesinos de la Bastilla. Los filósofos que saben de epistemología dicen que el conocimiento se desarrolla y se crea de derecha a izquierda: hay fenómenos que buscan nombres que sólo por comodidad se les asignan, dado que de alguna manera tenemos que hablar de los fenómenos, y parafrasearlos, circunscribirlos siempre sería muy tedioso.
La historia no sabe de lingüística, ni tampoco de epistemología. El siglo de las luces escoge al azar unos nombres y construye los fenómenos que no habían existido antes y nunca existirán. Sólo aparecen fantasmas, sombras de conceptos inefables y amenazantes. Afortunadamente, aún hay otros nombres, los que el escritor y sus lectores contemplan asombrados porque resumen y revelan, comprimen un fenómeno que había existido desde siempre. Los usamos por comodidad, porque hay que comunicarse, pero cuando los descubrimos, se nos abre un mundo nuevo. El escritor no inventa las palabras, sólo las (re)descubre. En este acto informativo reside su tarea de demiurgo: fija palabras y nombres a conceptos y fenómenos que siempre ya existen y que no deben ser usados ni por la historia ni por las ambiciones personales: “…muchas criaturas marinas recibían nombres que, por fijar una imagen, establecían equívocos verbales, originando una fantástica zoología de peces-perros, peces-bueyes, peces-tigres, roncadores, sopladores, voladores, colirrojos, listados, tatuados, leonados, con las bocas arriba o las fauces a medio pecho, barrigas-blancas, espadones y pejerreyes…” El nombre se fija, pero él nunca fija nada: los fenómenos se mueven libremente en sus mundos, sin que la historia, las ambiciones y ni siquiera los ideales pretendan decretarlos. Esteban vive su epifanía cuando contempla un caracol cuya forma de espiral es la historia. Una forma presente desde milenios cuyo nombre, en un momento, descubre una idea: la historia siempre se retuerce hacia atrás en un movimiento elíptico, siempre regresa, pero nunca a un punto de origen.
El siglo de las luces debía titularse originalmente Explosión en una catedral. El cuadro que figura como leitmotiv en la novela expresa desde lo pictórico la arbitrariedad e inestabilidad de las letras. Su creador es un nombre sin persona, o un nombre que individualiza a varias personas de las que sólo una puede ser el autor de Explosión en una catedral, o ninguna…
Monsu Desiderio es un nombre inventado probablemente por André Breton, quien redescubrió una serie de pinturas obscuras en varios sentidos: por su colorido, su temática, su origen y su posición al margen de un Barroco de opulencia cromática. Breton descubre un fenómeno y le asigna un nombre: Monsu Desiderio. Este nombre misterioso incita el interés de los historiadores del arte, quienes proponen a François de Nomé (nace en 1592) y Didier Barra (dos años mayor que de De Nomé) como autores reales de estos cuadros poco comunes. Barra era dueño de un taller, De Nomé su alumno. Sin embargo, parece ser imposible distinguir la autoría de uno de los dos en cuadros como Explosión en una catedral. No firman sus obras, estas obras. Por ende, no se puede descartar la opción de otra figura responsable de las pinturas. Importan poco tales pesquisas, los objetos existen y el nombre de Monsu Desiderio basta para que podamos hablar de ellos, inclusive supera a los otros nombres propuestos: invito a los lectores al juego de los anagramas que posiblemente participó en el efímero renacimiento del pintor después del 11 de septiembre de 2001.
Explosión en una catedral podría representar una crisis de fe, muy prematura a comienzos del siglo XVII si miramos el cuadro con la visión global de la historia de las ideas, entendible y lógica si tratamos de entenderlo desde la perspectiva de un individuo un siglo menor que François Rabelais. La muralla de ideas, creencias, actitudes y normas –el nomos de los sociólogos– nunca se cierra herméticamente. Hay puertas y ventanas en ella que permiten la entrada a un mundo a-nómico que sólo individuos, con sus historias insignificantes, habitan. A veces los individuos son artistas, escritores o pensadores que logran transmitir la visión a-nómica a un futuro en cuya construcción ellos mismos participan sin saberlo. No son los pocos elegidos de los que Mallarmé, Von Hofmannsthal y D’Annunzio fabulan, los que, desde su aislamiento estético, crean conscientemente un futuro que jamás se hará presente; son los anónimos que el azar escogió para que sean visionarios contra su voluntad, son los Monsu Desiderio.
Una iglesia se derrumba. No sabemos si por un acto violento o por el insistente trabajo de las décadas. El pintor detiene la caída de los pilares y estatuas. No sabemos tampoco si la destrucción será definitiva o sólo parcial, si la construcción del templo quedará intacta o desaparecerá. Sólo podemos intuir que el edificio permanecerá: la solidez de una parte de los muros lo indica. Una fe que parecía eterna se desmorona. Las estatuas sacras dirigen sus miradas hacia arriba, imploran la ayuda de Dios. De los humanos insertos en la obra, cuatro están en posturas defensivas: huyen o sencillamente no saben qué hacer. Dos defienden su fe: con la cruz y una daga. ¿Un acto inútil ante la potencia de toneladas de piedra? ¿Un acto de locura y fanatismo? Sin duda, pero un acto que –así lo esperan la fe y la ambición– podría tener éxito y justificar el sacrificio personal, el suicidio. Monsu Desiderio, el individuo anónimo clarividente, no glorifica ni la fe ni la iglesia ni el heroísmo, no condena ni la cobardía ni la franca vileza ni el cinismo. El pintor sólo –y este “sólo” implica una valentía admirable– simboliza la inutilidad de cualquier acto revolucionario y la trágica vulnerabilidad de los seres humanos frente a los acontecimientos históricos, tan trágica que se vuelve grotesca. Simboliza la grandeza de Sísifo –a-nómica en el siglo XVII y en el XXI– que consiste en hacer algo a pesar de la certeza del fracaso y la amenaza del castigo.
Sofía y Esteban terminan sus días como seres a-nómicos en el país de los antiguos usurpadores, en una casa que es el simulacro de un paraíso perdido, ignorados por casi todos los vecinos, objetos de la curiosidad morbosa de algunos pocos. Su muerte en la revuelta del 2 de mayo de 1808 es tan inútil como estúpida: la posteridad no les va a dar la razón, la historia no va a registrar sus nombres, la causa por la que mueren, los ideales nobles y sentimientos hermosos, siempre va a perder. La piedra de Sísifo vuelve a rodar montaña abajo. Sofía y Esteban corren tras de ella. Se sienten libres e independientes de cualquier poder mundano o celestial. La piedra los aplasta. Sísifo vuelve a cargarla sobre sus hombros en El siglo de las luces.


Vidas (casi) paralelas

9/Marzo/2013
Laberinto
Miguel Ángel Flores

Hay dos poetas imprescindibles del siglo XX, el griego Constantino Kavafis y el portugués Fernando Pessoa, cuyas biografías parecen coincidir en algunos aspectos: ambos vivieron existencias anodinas y nunca imaginaron la trascendencia de su fama póstuma, ni tampoco que tendrían legiones de lectores en las lenguas más importantes del mundo. Pero también se diferenciaron en otros rasgos de sus vidas no menos significativos.
Al escribir sobre la poesía de Pessoa, Octavio Paz señaló que al poeta no le importaría si pasaba la página sobre su vida y se dirigía directamente a su obra. Hizo fortuna su frase de que el poeta portugués carecía de biografía. Por ello resulta irónico, bajo este aspecto, que la biografía de Pessoa escrita por João Gaspar Simões haya resultado tan voluminosa. Solo quienes se interesaban en la poesía, en los años que le tocó vivir, supieron de su actividad literaria. Fuera de las páginas manuscritas y publicadas, su vida fue irrelevante. Vivió inmerso en la triste rutina de un redactor de correspondencia comercial; nunca tuvo casa propia ni rentó un departamento: alquilaba cuartos de asistencia. Dudaba de sí mismo, y su inseguridad y timidez enfermiza, nacida de su orfandad a muy temprana edad, hicieron de él un hombre que se sentía inferior; no es exagerado decir que al inventar a un personaje, Bernardo Soares, que dejó en pedazos de papel sus meditaciones sobre las dificultades de comprender la vida en toda su complejidad, modelaba un alter ego, con un sentimiento de inferioridad más pronunciado que el suyo, con una vida menos atractiva, que le servía de algún modo de consuelo.
George Seferis, en una conferencia que pronunció en 1946 sobre su colega, cuando empezaba a gozar de un reconocimiento cada vez mayor, afirmó: "Fuera de sus poemas, Kavafis no existe." Para algunos tal juicio pareció áspero en aquel año que ya nos parece tan remoto, cuando aún estaba muy vivo, en mucha gente, el recuerdo del hombre, quien en vida solo fue conocido por un reducido círculo de lectores de poesía. Ahora parece un juicio válido, pues su existencia al margen de la actividad literaria fue, después de todo, irrelevante: un trabajo mediocre como burócrata, una vida rutinaria y gris, y un  reconocimiento, que obtuvo relativamente tarde en su vida, y que no le significó mucho.
Fernando Pessoa se mantuvo célibe durante su relativamente breve existencia. Tuvo un noviazgo fugaz con la joven Ofelia, y justificó su soltería con el argumento de que su compromiso con su obra literaria le exigía una entrega total. No se le volvió a conocer otra relación femenina y nunca permitió intrusiones en su vida privada. Se reunía en los cafés de Lisboa con algunos amigos para intercambiar opiniones sobre literatura y los acontecimientos que afectaban la vida nacional. Simões recuerda que jamás permitió que hombres ilustrados o educados participaran en sus correrías, lo que dejó en una zona oscura, imposible de iluminar, algunos aspectos de su vida. Su gran poema “La oda marítima” tiene versos impregnados de una sensibilidad homosexual. Atribuyó a uno de sus heterónimos, Álvaro de Campos, esa inclinación, que se confirma en un soneto de este autor, y ese gesto dio pie para que se siga especulando sobre la sexualidad del gran poeta portugués.
Kavafis mantuvo con gran discreción su homosexualismo, del que casi nada se sabe. Toda esta mediocridad y opacidad (intencional o no) contrasta mucho con su poesía, con sus angustiados recuerdos de turbulentos encuentros apasionados y su sorprendente y rica imaginación del remoto pasado griego, de Homero a Bizancio, de Alejandría a Roma, y de ahí a las desoladas ciudades de la helenizadas provincias del Punjab; así que es difícil no estar de acuerdo con Seferis cuando afirma que la vida "real" del poeta fue, de hecho, totalmente interior; y que fuera del ámbito de la imaginación y de sus evocaciones, poco hay de interés en su vida.
Al ser ya historia el hombre que fue y quienes lo conocieron, el contraste entre su vida y su obra ha facilitado las cosas para que se llegue a pensar en Kavafis como una abstracción, como una artista cuya obra existe libre de un específico momento en el tiempo. Esta consideración ha tomado ímpetu por dos elementos de su poesía en los que reside su fama: lo sorprendentemente contemporáneo de sus temas (al menos uno de ellos) y su atractivo estilo directo. Ciertamente, siempre ha habido muchos lectores que han apreciado sus llamados poemas históricos, situados en remotos lugares del Mediterráneo y en épocas que hace ya tiempo se extinguieron, y que están recorridos por una ironía mundana y afectados por cierto estoicismo. Ítaca te dio el hermoso viaje;/ sin ella nunca hubieras emprendido el viaje./ Pero ahora nada tiene que ofrecerte, escribió en el que quizá sea su más famosa evocación de la Antigua cultura griega, en ella nos dice que el viaje es más importante que su destino final, el cual inevitablemente nos provoca desilusión.
Kavafis y Pessoa fueron ciudadanos de imperios. Cuando Pessoa nació, Portugal aún dominaba territorios de ultramar que formaban parte del suyo. En sus años de juventud se instauró la república, pero no se liquidó el dominio sobre las posesiones de África y Asia que habían sido el orgullo de su imperio; eso sucedería muchos años después. En su juventud ese imperio era ya una caricatura. Y su país vivía una prolongada decadencia, una larga agonía cultural que él intentó borrar dando vitalidad a la literatura con sus atrevimientos vanguardistas. No es difícil imaginar que Pessoa bien pudo haber firmado algunos de los poemas de Kavafis. Sobre todo aquellos poemas en los que el poeta griego reactualiza un pasado; ante lo que había sucedido en la antigua Bizancio y su ciudad natal, Alejandría, parecía más bien una ensoñación de un poeta desbordado de fantasía. Poeta de la “sagrada decadencia”, lo llamó otro gran escritor griego, Nikos Kazantzakis, quien dejó un apunte del poeta en su libro Del Sinaí a la Isla del amor: “Hablamos sobre muchas personas e ideas. Reímos. Callamos. Comienza de nuevo con esfuerzo la conversación. Yo trato de ocultar en la sonrisa mi emoción y mi alegría. He aquí ante mí, un hombre íntegro, que termina ya su duro oficio artístico, con altivez y en silencio. Conductor y eremita, subordina la curiosidad, el afán de gloria a la sed de placer al ritmo de un ascetismo epicúreo […] Esta noche que lo veo por primera vez y lo escucho, comprendo cuán sabiamente logró hallar su forma en el arte —la forma perfecta que le corresponde para perpetuarse— este espíritu extraño, complejo, pesaroso, de la sagrada decadencia […]”; el gran poeta estaba ante el umbral de su muerte, para el entonces joven escritor, éste asistía a una ceremonia del adiós. Continúa Kazantzakis: “Kavafis pose todas las características de un hombre excepcional, en una época de decadencia: sabio, hedonista, irónico, elocuente, lleno de recuerdos”. Kazantzakis recuerda que callaba ante el poeta porque pensaba en el impresionante y contundente poema “Que el dios abandonaba a Antonio”:
Cuando de repente, a medianoche,
Se escuche pasar una comparsa invisible
Con músicas maravillosas, con vocerío–
            tu suerte que ya declina, tus obras
            que fracasaron,
los planes de tu vida
            que resultaron todas ilusiones, no llores inútilmente.
            Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
            dile, adiós a Alejandría que se aleja.
            Sobre todo no te engañes, no digas que fue
            un sueño, que se engañó tu oído:
            no aceptes tales vanas esperanzas.
            Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
            como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
            acércate resueltamente a la ventana,
            escucha con emoción, mas no
            con los ruegos y lamentos de los cobardes,
            como último placer los sones,
            los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
            y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.
Kavafis y Pessoa tenían en común haber sido educados en el sistema inglés. El poeta griego residió en Londres donde se mudó la familia durante su infancia por motivos de negocios. Pessoa emigró con su madre a África del Sur, lugar donde se desempeñaba como cónsul su padrastro. La ironía, aprendida de los ingleses tal vez los hermanaba. Pero no había ningún adarme de hedonismo en Pessoa. Era sabio y sabía ser elocuente. Tales prendas nos las desplegaba ante los extraños, como lo era el entonces joven João Gaspar Simões, quien no dudaba de la enorme calidad literaria de la obra de Pessoa, pero que tenía serios reparos sobre su visión de la vida. El imperio de Bizancio había iluminado al mundo de la cultura griega y luego se había trasmutado en decadencia. El imperio portugués había sido una ficción en todos los aspectos. A partir del rey don Sebastián, Pessoa soñaba con otra ficción: la instauración de un imperio cultural portugués en Europa.
Kazantzakis miró a un hombre melancólico, meditabundo, lúcido en sus pensamientos. Simões atestiguó la decadencia física de un gran poeta que en su última entrevista, días antes de morir, no mostraba, en su comportamiento, sus mejores virtudes. En ese último encuentro, el biógrafo halló un  hombre incoherente, de palabras confusas, que soltaba grandes carcajadas, encendido por el alcohol. Cuando se despidieron, Simões tuvo la sensación de que Pessoa se deshacía en jirones al alejarse, parecía que levitaba. Pessoa tal vez escuchaba la voz de un dios pagano, él que tanto había elucubrado sobre la herencia perdida del paganismo griego, y se despedía para siempre de Lisboa.
En 1933 falleció Constantinos Kavafis en el Hotel Griego de Alejandría; dos años antes los doctores le habían diagnosticado cáncer en la laringe. En vida sólo había publicado un breve folleto que recogía catorce poemas. Dos años después apareció la primera edición de sus poemas. Ese mismo año, 1935, se apagó la vida de Pessoa en el Hospital San Luis de los Franceses. La existencia del poeta portugués se extinguió consumida por los excesos del alcohol, la mala alimentación y el persistente insomnio. En vida sólo había publicado un breve libro, Mensaje, que apareció un año antes de su muerte. Simões, posteriormente, inició la recopilación y publicación de su obra.
“Todos tenemos dos vidas”, había escrito Pessoa, “la verdadera, que es la que soñamos en la infancia y que continuamos soñando cuando adultos en un sustrato de niebla; la falsa, que es la que vivimos en convivencia con otros, que es la práctica, la útil, aquella en que acaban por meternos en un cajón”.
Para ambos poetas, la vida estaba en otra parte.
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NOTA: La cita de Kazantzakis está tomada de la trascripción hecha por Miguel Castillo Didier; la traducción del poema corresponde también a éste.
 

sábado, 2 de marzo de 2013

LOS LIBROS MEXICANOS TAMBIÉN SE LARGAN

2/Marzo/2013
Laberinto
Heriberto Yépez

Los libros que edita el gobierno mexicano e instituciones académicas mexicanas tienen dos destinos principales: la Ciudad de México y Estados Unidos.

Como los gobiernos locales y las universidades en México carecen de interés o incentivo para crear grandes bibliotecas, los libros que se editan en México quedan atrapados en el centralismo ¡y la migración!

La mayoría de los libros mexicanos que están en bibliotecas se encuentran en Estados Unidos.

Hablo de obras editadas por Conaculta, INAH, INBA, FCE, El Colegio Nacional, Colmex, UNAM y demás universidades, centros de estudios, museos, institutos de cultura, etc., cuya distribución real no rebasa su sede geográfica.

Quizá los libros mexicanos más culturalmente relevantes del siglo XX los ha editado la UNAM y el FCE. Esos libros son inaccesibles en la mayoría de este país sin bibliotecas. Tampoco Sanborns o Gandhi los venden. Ni la UNAM o FCE tienen presencia significativa en los estados.

Esos libros casi exclusivamente benefician a quienes los compran o consultan en sus sedes. 

El gobierno y universidades mexicanas publican mucho pero no distribuyen ni resguardan en acervos a lo largo y ancho del país.

Los norteamericanos, por su parte, tienen una red consolidada para localizar e introducir los libros mexicanos a su territorio.

Por el buen precio de los libros mexicanos culturales o académicos nutren sus bibliotecas y elevan su nivel académico.

Se habla frecuentemente de la fuga de cerebros. Pero no de la fuga de libros, otro trabajador migrante; maestro o maestra hecho de papel y tinta.

La fuga de libros mexicanos al extranjero es un gran absurdo; y la vida académica mexicana en los estados tiene la forma de la ausencia de esos libros.

Los hispanistas, antropólogos, historiadores del arte, sociólogos norteamericanos, y otros, le deben mucho al presupuesto público mexicano.

Gracias al dinero de los barrios y pueblos mexicanos, los norteamericanos tienen información especializada, que usan para ser las autoridades de cada rama del conocimiento acerca de México.

Con investigaciones, programas y productos financiados por el gobierno y la academia mexicana, es muy difícil que alguien se eduque en Ciudad Juárez o Apatzingán, pero mucho más fácil que se eduque en California o Nueva York.

Decir esto quizá moleste a funcionarios mexicanos o académicos norteamericanos, pero es cierto, moleste a quien moleste.

Si alguien quiere poner a prueba lo que digo, hagamos un recorrido por todos los estados para localizar, digamos, los 50 mil libros más relevantes que se han editado en México en el último siglo.

Veremos que no están en el país; en cambio, si cruzamos la frontera, encontraremos esos 50 mil títulos, y más, muchos más, en bibliotecas al servicio de estudiantes y profesores norteamericanos.

Pobre México, tan lejos de sus propios libros y tan cerca de Estados Unidos.