sábado, 22 de mayo de 2010

Habría crítica literaria si…

27/mayo/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Habría crítica literaria en México si hacerse el ofendido no fuese el truco ideal para abandonar los debates.

Y si admitiésemos que el crítico hace reseñas pero la reseña no hace críticos.

Habría crítica literaria en México si en lugar de defender gustos estéticos, la crítica construyera ideas.

(¿Alguien recuerda un solo concepto inventado por un crítico mexicano en los últimos veinte años?)

Cuando los críticos dejen de apostar a los gallos y realicen análisis de textos dejaremos atrás la idea de la crítica como registro (in)civil.

Habría crítica si aceptáramos que la canonitis es un viejo paradogma.

Habría crítica en México si consideráramos a fondo las implicaciones de la muerte del autor —abandonar el romanticismo del yo como origen del texto— y el crítico aceptara que su compañero de juegos no sólo murió sino que, desde un principio, era sólo un amigo imaginario.

Habría crítica literaria si, sobre todo, aceptásemos la inminente muerte del crítico, es decir, nos despidiéramos de la creencia de que las jerarquías de autores en el campo literario son determinadas por unos cuantos líderes de opinión.

Si reconociéramos que los estudios culturales e internet dieron una merecida sacudida al modelo del crítico como árbitro de lo bueno y lo malo, juez de lo bien hecho y lo maltrecho.

Y si entendiéramos que internet a la vez democratizó y encarnizó la función autoritaria, pues hoy el lector tanto merma como anhela el púlpito desde el cual el crítico cultural se otorgaba la última palabra.

Habría una nueva crítica literaria si el lector dejara de copiar el modelo patriarcal, machista, mamón, reaccionario y fantoche, y propusiera un nuevo tipo de diálogo con el texto.

Habría crítica si hubiese analistas desinteresados en adquirir poder a través de apoyar o chingar a otros.

Habría crítica literaria innovadora si hubiese crítica contemporánea de arte.

Habría crítica si hubiese filosofía descolonizada.

Habría crítica si los académicos abandonaran sus propios cómodos cubículos, casi siempre, por cierto, inexistentes.

Habría crítica si los editores de revistas tomasen su trabajo en serio y dieran a la crítica una función más profunda que la de recomendar o desaconsejar compras de novedades.

Habría crítica literaria en México si hubiese un clima en que todas y todos comprendiéramos que realmente hay algo llamado pre-feminismo.

Habría mejor crítica si los críticos reconocieran que estamos discutiendo con términos equivocados, tomando vocabularios y prácticas prestadas de la discusión de cantina, la Inquisición, la ironía barata y la varita mágica.

Y, sobre todo, habría mejor crítica si nos diésemos cuenta que, a pesar de los desperfectos enunciados, en esta literatura los únicos que están intentando discutir son los críticos.


Lamento informarle*

22/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Joyce Carol Oates

Mi trabajo en la universidad es suplantar a “Joyce Carol Oates”. Aunque en rigor no la estoy suplantando, dado que “Joyce Carol Oates” no existe excepto como identificación de un autor. En los lomos de libros en los estantes de algunas bibliotecas y librerías se puede encontrar una OATES, pero éste no es un sustantivo.

No es una persona. No es una vida.

Una vida literaria no es una vida.

No es común el caso de una maestra que sea también escritora, y que, como maestra, la hayan contratado para suplantar a la escritora. Pero es lo que ocurre conmigo en Princeton, y no fue así, por ejemplo, en Detroit, donde mi identificación era “Joyce Smith” –“Señora Smith”.

En la vida de los maestros hay días de enseñanza, horas de enseñanza, como oasis o islas entre aguas turbulentas.

Los primeros días después de la muerte de Ray, no enseñé. Mis colegas insistían en que tomara un tiempo libre, incluso el semestre completo, pero yo estaba ansiosa de volver a mis talleres de ficción a la semana siguiente —febrero 27— para asistir a la lectura de Honor Moore y Mary Karr en nuestra serie de escritura creativa.

Esta “Oates” —esta yo cuasi pública— es apenas visible al espectador. “Oates” es una isla, un oasis, hacia la cual puedo remar esta mañana agitada, como en un bote incierto, con un remo inmanejable —el camino es arduo no porque el agua sea profunda sino porque está extendida, está llena de vegetación y el fondo del bote se enfrenta al peligro de las rocas—. Y aún —una vez que he remado a esta isla, a este oasis, a este centro calmo en el caos de mi vida— una vez que llego a la universidad, reviso mi correo y subo al segundo piso de Nassau 185, donde he tenido una oficina desde el otoño de 1978 —una vez que soy “Joyce Carol Oates” a la vista de mis colegas y estudiantes—, una suerte de escalofríos eufórico se mete en mis venas. No siento sólo confianza sino certeza de estar en el lugar correcto y de que es el momento correcto. La ansiedad, la desesperación, la ira que estaba sintiendo —ésa que ha transformado tanto mi vida— se desvanece de inmediato, como las sombras en un muro a la luz del sol.

Siempre me sentí así al enseñar, pero tras la muerte de Ray, quizá por estar más desesperada, me siento más fuerte al hacerlo.

Hasta que, con razonable éxito, pueda suplantar a “Joyce Carol Oates” no se dará el caso de que esté muerta ni jodida.

Ahora, por primera vez en lo que he llegado a pensar como mi “vida póstuma” —mi vida después de Ray—, me siento casi esperanzada, feliz. Pensando: Quizá la vida sea navegable. Quizá esto funcione.

Entonces recuerdo: esperanza era la emoción predominante que yo sentí —que ambos sentimos— durante la larga semana en que Ray estuvo hospitalizado. Esperar, en retrospectiva, suele ser una broma cruel.

“Esperanza es aquello con plumas”, dijo con valentía Emily Dickinson. Aquello torpe, vulnerable, vergonzoso. Pero ahí está.

Para algunos de nosotros ¿qué puede significar esperanza? Lo peor ya pasó, el cónyuge ha muerto, la historia se acabó. Y aún la historia no se acaba, claramente.

La esperanza puede sobrevivirse. La esperanza puede deslustrarse.

Todavía soy optimista respecto a enseñar. Cada semestre soy optimista y me comprometo por completo con mis estudiantes de escritura creativa, y cada semestre ha terminado bien —de hecho, muy bien— desde que empecé a enseñar en Princeton. Pero ahora creo que me concentro más intensamente en mis estudiantes. Tengo sólo veintidós este semestre —dos talleres y dos estudiantes avanzados a los que dirijo en la tesis de “creación”.

• • •

Dedicada a mis estudiantes, a la enseñanza. Es lo que puedo hacer, algo de valor.

Escribir —ser escritor— siempre le parece al escritor un valor dudoso.

Ser escritor es rebelarse a la observación de Darwin de que mientras más especializada es una especie, más probable es su extinción.

La enseñanza —aún la enseñanza de la escritura— es algo totalmente diferente. Enseñar es una acto de comunicación, de simpatía —tender la mano—, un deseo de compartir conocimiento, destrezas, entendimiento con otros; una forma de permitir a otros entrar en la soledad del propio espíritu.

“Con mucho gusto él aprendía y con mucho gusto enseñaba”—así se expresa Chaucer sobre su joven pupilo en Los cuentos de Canterbury. Cuando un maestro se siente bien enseñando, es eso lo que experimenta.

Y así, en el taller de “ficción avanzada” de esta tarde, en una sala del segundo piso de Nassau 185, el edificio de arte de la universidad, ¡estoy gratamente aliviada al enseñar! Al estar de regreso entre estudiantes que no saben nada de mí. Por dos horas animadas y fascinantes soy capaz de olvidar las circunstancias de esta vida alterada radicalmente —ninguno de mis estudiantes podría adivinar, estoy segura, que la “profesora Oates” es una suerte de muñón abierto y sangrante cuyo cerebro, fuera del perímetro del curso, está en poder del caos.

Junto con los trabajos en prosa de varios estudiantes, discutimos en detalle, abriéndonos camino a través de la historia línea por línea, como si fuera poesía, la temprana obra maestra de Ernest Hemingway “Campamento indio”. Cuatro páginas escritas cuando el autor era poco mayor que estos estudiantes de pregrado de Princeton; descarnado y aparentemente autobiográfico, “Campamento indio” nunca falla en impresionarlos.

Qué extraño es, qué extrañamente reconfortante, leer grandes obras literarias a lo largo de nuestras vidas, en fases tan diferentes —mi primera lectura de “Campamento indio” fue en la secundaria, cuando tenía quince años; cada nueva lectura ha sido reveladora de diferente manera. Ahora, esta tarde, en esta nueva fase de mi vida, cuando me parece evidente que mi vida terminó, me impresiona de nuevo la precisión de la prosa de Hemingway, tan exquisita como el engranaje de un reloj. Pienso que de todos los escritores clásicos norteamericanos, Hemingway es el que escribe exclusivamente de la muerte, en sus múltiples formas. “El hombre de acción perfecto es el suicida”, comentó una vez William Carlos Williams, y ciertamente esto fue real en Hemingway. En una de sus típicas historias los primeros planos y el fondo aparecen resueltamente borrosos, así como los contornos de los rostros de los personajes y su pasado, como en esos sueños de tremenda simpleza en los cuales la revelación descarnada es el punto, y el tiempo para digresiones se ha ido.

En un campamento indio en el norte de Michigan a donde el padre de Nick Adams, un médico, ha sido llamado para ayudar en un parto difícil, un indígena se suicida cortándose la garganta en la cama de arriba de una litera, mientras su esposa da a luz en la cama de abajo. El joven Nick Adams es testigo del horror —antes que su padre pueda sacarlo de la escena, Nick lo ve examinar la herida del indígena echándole la cabeza hacia atrás.

Luego, camino hacia los botes para regresar a su casa, Nick le pregunta al padre por qué el indio se mató, y el padre dice: “No lo sé, Nick. No soportó más, supongo”.

Ninguna teoría del suicidio, ningún discurso filosófico en el tema, es tan revelador como estas palabras: No soportó más, supongo.

Qué conmovedor si se considera que Hemingway se mataría con una escopeta algunas décadas más tarde, a los 62 años.

El suicidio, tema tabú. En 1925, cuando “Campamento indio” fue publicado por primera vez en el primer libro de Hemingway En nuestro tiempo, era más tabú que ahora.

El suicidio es un asunto que fascina a los estudiantes. El suicidio es tema de buena parte de sus historias. A veces el elemento suicida satura tanto la historia que es difícil discutir el texto sin considerar de verdad el tema, y el significado para el autor.

No es que muchos de estos jóvenes escritores “consideren” suicidarse —estoy segura— pero todos conocieron a alguien que se ha matado.

A veces han sido amigos, contemporáneos de la misma escuela o universidad.

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No es probable que yo lleve estos asuntos personales a la discusión de los talleres, asimismo nunca discuto mi vida ni mi escritura. Alcancé la mayoría de edad en los 60, cuando la línea fronteriza entre “maestro” y “estudiante” se volvió peligrosamente porosa, pero no soy esa clase de maestra.

Mi intención al enseñar es refinar mi propia personalidad fuera de la existencia, o cerca —mi propio “yo” no es nunca un factor en mis clases, menos aún mi carrera; me gusta pensar que muchos de mis estudiantes no han leído mi trabajo.

(Los escritores/maestros visitantes en Princeton —pienso en Peter Carey, por ejemplo, y en el cómico aire herido de su rostro— quedan invariablemente estupefactos/alicaídos al comprobar que sus estudiantes no están exactamente familiarizados con su obra; pero yo soy más dada a sentir alivio.)

No es exagerado si digo que este semestre de la muerte de Ray mis estudiantes me mantendrán viva.

Junto con mis amigos, un pequeño círculo, esto “me permite continuar”. Estoy segura que mis estudiantes no tienen idea de las circunstancias de mi vida, y que no tienen curiosidad por saberlas; tampoco voy a insinuarles lo que siento, bajo ninguna circunstancia: cómo temía el final del día de clases y el retorno a mi disminuida vida.

Es materia de orgullo —o, casi— que esta tarde en el taller no me comporte o parezca más diferente que nunca en el pasado. En el diálogo con los estudiantes no les he dado razón para sospechar que hay algún problema en mi vida.

En el pasillo de mi oficina están dos de mis estudiantes de escritura del semestre pasado. Uno de ellos, que fue soldado en el ejército israelí, levemente mayor que la mayoría de los estudiantes de pregrado en Princeton, dice con torpeza. “¿Profesora Oates? Oímos de su esposo y quería decirle cuánto lo sentimos… Si hay algo que podamos hacer…”

Me sorprende por completo, no lo esperaba. Rápidamente le digo al joven que estoy bien, que es muy amable de parte de ellos, pero que estoy bien…

Cuando se van cierro la puerta de mi oficina. Tiemblo, estoy profundamente conmovida. Pero más que nada en shock. Pensando: lo supieron todo el día. Todos deben saberlo.

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Gracias por su propuesta.

Lamento informarle que, debido a la inesperada muerte del editor Raymond Smith, Ontario Review dejará de publicarse después del número de mayo del 2008.

Imprimí varios cientos de esos papelitos azules pocos días después de la muerte de Ray.

Es una medida de mi concentración fracturada en esos días —pese a mi reputación de prolífica bajo cualquier circunstancia— que numerosos borradores hayan sido necesarios para redactar esta melancólica carta de rechazo.

Originalmente escribí Muerte inesperada pero luego, releyéndolo, pensé que sonaba demasiado melodramático o autocompasivo. O subjetivo.

Porque ¿para quién resultaba inesperada la muerte de Raymond Smith; y por qué debería importarles a los totales extraños? ¿Por qué deberían los totales extraños ser informados?

Inesperada fue eliminada por eso. Pero más tarde, después de tantas horas y borradores que me avergonzaría decirlo, inesperada se reinsertó.

Lamento informarle la inesperada muerte de Raymond Smith.

Levemente trastornada, como un gran insecto volador atrapado en un espacio pequeño estas palabras se movían agitadamente y tropezaron al interior de mi cráneo por demasiado tiempo.

Porque sabía —lo dictaba el sentido común— que no tenía opción: tendría que interrumpir Ontario Review, que Ray y yo editamos juntos desde 1974. Era desgarrador pero no veía alternativa —noventa por ciento del trabajo editorial en la revista y el cien por ciento del trabajo de publicación y financiamiento eran competencia de mi esposo.

Comenzamos la publicación bianual de Ontario Review: una revista norteamericana de las artes mientras vivíamos en Windsor, Ontario, y enseñábamos juntos en el Departamento de Inglés de la Universidad de Windsor. Tenía la idea de que, como las “pequeñas revistas” habían sido parte integral en mi carrera de escritora, yo debía ayudar a financiar la nuestra; además Ray y yo estábamos interesados en promover el trabajo de excelentes escritores que conocíamos en Canadá y Estados Unidos. Nuestra intención era publicar a escritores canadienses y estadunidenses sin hacer distinción entre ellos, lo que era la agenda especial de Ontario Review.

Nuestro primer número, en otoño de 1974, fue recibido con gran interés por el mundo literario de Canadá —no porque fuera una reunión extraordinaria de talentos norteamericanos (lo que creíamos que sí era) sino porque en ese tiempo había muchos más escritores y poetas que tenían entrada asegurada en Canadá—. Tuvimos la fortuna de publicar una entrevista con Philip Roth así como ficción de Bill Henderson, que pronto se convertiría en el fundador del legendario Premio Pushcart: lo mejor de la prensa independiente, y de Lynne Sharon Schwartz, antes que ella publicara su primer libro de ficción. Como muchos de los editores que recién comienzan, les pedimos a nuestros amigos que escribieran para nosotros, y nuestras “breves reseñas” —de libros de Paul Theroux, Alice Munro y Beth Harvor, todos en ese entonces prácticamente desconocidos— llevaban la firma “JCO”.

Iniciar una revista literaria no es aventura para pusilánimes o para quienes se desalientan con facilidad. Ni Ray ni yo sabíamos qué esperar. La primera experiencia de Ray con un impresor fue cercana al desastre —el impresor nunca había impreso algo más ambicioso que un menú para un restorán chino—, las pruebas estaban plagadas de errores que requirieron horas del tiempo y la paciencia de Ray para corregirlas; y cuando los ejemplares fueron finalmente impresos, por alguna razón que nunca entendimos, algunos venían manchados con huellas digitales ensangrentadas.

Desearía poder recordar las palabras exactas de Ray cuando abrió ansioso la caja de la imprenta y vio el misterioso tinte en las portadas. Quiero pensar que él dijo algo gracioso, pero probablemente lo que salió de su garganta se parecía más a un sollozo.

Y es muy probable que yo, inútilmente, dijera ¡Oh cariño! ¡Cómo diablos ocurrió esto!

Examinamos con cuidado cada uno de los ejemplares para eliminar los que estaban dañados —otro esfuerzo que requirió horas—. Exactamente cuántas copias de este primer número había impreso Ray, no puedo recordarlo: ¿tal vez mil?

(Si es que fueron mil, la mayoría nunca se vendió. Las regalamos, sin duda. Y, en parte, les pagamos a los colaboradores con suscripciones por tres años. Pasarían años antes que Ontario Review tuviera una circulación de mil ejemplares.)

Nuestro segundo número salió con menos problemas que el primero.

Con un poco de buena suerte —yo le había escrito a Saul Bellow, a quien apenas conocía, pidiéndole una colaboración— tuvimos una “auto entrevista” de Bellow, que más o menos coincidió con El legado de Humboldt. (Cuando el agente literario de Bellow descubrió que Saul nos había enviado esa pequeña joya trató de recuperarla, pero era muy tarde; le dijimos que ya estábamos en prensa). Publicamos trabajos de la escritora canadiense Marian Engel, y poesía de Wendell Berry, David Ignatow, César Vallejo (en traducciones) y Theodore Weiss (destinado a ser nuestro gran amigo después que nos trasladamos a Princeton en 1978).

En 1984, cuando ya llevábamos varios años en Princeton, y Ray había renunciado a enseñar para dedicarse tiempo completo a su trabajo de editor, decidimos expandir nuestra pequeña empresa incluyendo la publicación de libros. (¿Por qué? Una “arriesgada mezcla de idealismo y masoquismo” fue la curiosa explicación de Ray.) Ni la revista ni la editorial lograron nunca ganancia alguna, éramos una empresa decididamente “sin fines de lucro”; nuestros proyectos fueron financiados en forma privada, con mi salario de la Universidad de Princeton y otras azarosas fuentes de ingreso.

En los 80 las librerías estaban aún suscritas a revistas literarias y compraban libros de poesía, situación que cambiaría drásticamente en los 90. En los círculos editoriales Ontario Review pronto fue un ascendiente, una suerte de afiliado ilustre para pequeñas revistas literarias en los Estados Unidos, Paris Review, Kenyon Review, Quarterly Review of Literature, y Ray Smith era el editor “jefe” en aquellas publicaciones.

* Tomado de la revista Atlantic
Nota y traducción de Elisa Montesinos


En 1964, a los 26 años, Joyce Carol Oates publicó su primera novela: With shuddering fall. Desde entonces, literalmente, no ha parado de escribir. Ganadora del Pulitzer y el National Book Award, es autora de Puro fuego, Blonde, A media luz, Mamá, La hija del sepulturero y muchas otras novelas firmadas con su nombre o con sus seudónimos: Rosamond Smith y Lauren Kelly. Además de narradora, Oates es dramaturga, crítica literaria, editora y, desde 1978, maestra en la Universidad de Princeton. Durante 48 años estuvo casada con Raymond Smith, muerto en 2008, con quien fundó y publicó durante más de tres décadas la revista literaria Ontario Review.



lunes, 17 de mayo de 2010

La verdad sobre las amantes

17/Mayo/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

No se sabe por qué las mujeres más bellas tienen feos pies. Es así y nada más. Y aconsejo no comprobarlo pues no auguro una buena experiencia. En ciertos aspectos de la vida es más sano limitarse a creer. Quien crea que puede comprobar la fidelidad de su amante está en un error tan voluminoso como esas pipas de agua que andan por los pueblos. En realidad son enormes, las pipas. Y este error lo es todavía más: creer que las amantes o amadas se reservan para uno, como lo hacen las madres en el nacimiento. Digo “amante” en referencia a una persona que ama, no que engaña, pues eso se da por descontado. Entonces, como decía, es más sano limitarme a creer en lo que a uno conviene. Y no dudar, pues un sutil atisbo de duda se lleva al carajo todo el tinglado.

En cierta novela leí una de estas verdades: las mujeres que cierran los ojos al bailar también lo hacen cuando besan. Es otra verdad que no siempre puede ratificarse, aunque yo haría una añadidura, pues si cierran los ojos al bailar los cierran también después de ascender una montaña. O si un simio las acaricia. O si se acercan a una fruta para conocer su aroma. Me detengo pues se trata de una añadidura un poco extensa que llenaría enciclopedias no enteras. Como es sabido, una enciclopedia nunca está completa. No está completa porque la escriben personas y éstas no dejarán de hacer añadiduras y aumentar páginas. Por eso es mejor creer que las o los amantes dicen la verdad o que las pipas de agua pueblerinas son enormes.

Cuando uno se casa debe declararse a sí mismo “la radiante metáfora del amor eterno”. No le es permitido a ese uno arrepentirse: antes debe convencerse de que su decisión es permanente. Y si después de 20 años duerme junto a un cadáver debe cerrar lo ojos y decirse a sí mismo: “¡Que buena decisión la mía!” De lo contrario, las llaves no entrarán en la cerradura y ningún tapete logrará limpiar el barro acumulado en la suela de los zapatos. Hay que creer en ciertas etiquetas sin pensarlo dos veces. ¡Antes de que sea demasiado tarde! La siguiente historia lo comprueba: hace escasos días visité a una amiga querida que además de ser querida es también una buena cocinera. En su alacena de madera se exponen a la vista casi un ciento de frascos de cristal cuyo contenido es variado, aunque todo tiene que ver con lo culinario. En cada recipiente hay un letrero con el nombre del contenido: clavo, pan molido, linaza, chía, canela, corn flakes. “Se necesita ser tonto para no reconocer los corn flakes”, le comenté llevado por la sorpresa. Ella me respondió: “se necesita ser idiota para no reconocer la canela”. Y nos reímos.

Las etiquetas tienen su sentido, como he dicho antes. Y el sol no conoce el amanecer. Y de pronto tirado en cama, crudo, con el selector de canales en la mano descubro que en televisión hay concursos de ópera. Me es extraño creerlo. Mi sobrina me había relatado que en la plaza central de Huixquilucan se realizaban concursos de lectura de sonetos en los que participaban los alumnos de las primarias locales. No sé si esta niña me ha mentido. Pero lo que vi fue con mis propios ojos. Las etiquetas otra vez. Los Fitzcarraldos se han aprovechado de que estamos distraídos para tomar la escena. Llamar concurso a un reality show, eso demuestra lo mucho que he envejecido. Y aún así continúo acumulando enemigos. Y a los corn flakes también se les puede llamar cereales. Me ha acosado de pronto un temblor anímico y es tiempo de llamar a retirada.

Las mujeres bellas tienen feos pies porque esos pies son como las raíces de un árbol esplendoroso. Y las raíces no son hermosas hasta que uno lo piensa bien. Pensar bien es terrible porque hasta las raíces lodosas o colmadas de gusanos pueden parecernos gratas. La cena de mi querida amiga -sí, la de los frascos- ha quedado en verdad suculenta, aunque apenas la he probado. He preferido concentrarme en sus manos. De pronto le he preguntado por qué el resto de mis amigas dicen que ella es misógina. Me respondió: “no acepto esa acusación, antes que misógina soy misántropa y la teoría de conjuntos está conmigo”. Yo no entendí lo que quiso decir.


sábado, 15 de mayo de 2010

Los cuatro mejores prosistas del español

15/mayo/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

Los cuatro mejores prosistas del español son tres: Cardoza y Aragón.

Lo único que separa a Cardoza del mejor Aragón es el punto y seguido. Todos sus enunciados son bellezas y cualquier verso, comparado con su prosa, adviene estafa bellaca, avaricia famélica y contrabando de prisa. ¡Ay, poetristes! ¿Qué pueden fundir que Cardoza no haya abundado página por página?

Nada. (De la cual, escribía Cardoza: la nada era su única hada. ¿Temática? Su propia lírica matemática. La materia verbal que limaba con gotero-volcán.) No zozobraba sobras. Ni escribía: esculpía.

Era exacto, como temporal.

Ningún otro escritor de nuestro idioma —y pienso en Borges— es más citable enunciado por enunciado que Cardoza. Pero lo siempre memorable tiene precio: de tanta belleza infatigable, Cardoza resulta insoportable.

¿Empalaga? Y desordena las ideas con ritmos laberintos, porque Cardoza, ante todo, miraba las palabras en su ciego sonido, fraseologizaba hasta más no poder.

Amaba, incondicionalmente, la paradoja. Le agradaba el retruécano, la variación y, a veces, era Eva de la evasión.

Cardoza se trata de lo intratable. Desenfrenaba al ensayo, lince y pasmo.

Como esfinge antiedípica, ante Cardoza el neobarroco se desbarranca.

Si alguien no lo conoce no se extrañe: Luis Cardoza y Aragón era un escritor guatemalteco, casi mexicano, de obranza dispersa, crítico de arte, que escribía demasiado bien como para que Octavio Paz le cediera su puesto.

No hizo obra vertical. Era un prosista insuperable: escritor horizontal.

Prosa que es pura reincidencia rítmica y acervo de sobresaltos.

Con aforismo suple a la estrofa fofa. Hay algo de tropical en él: tropel de tropos, él que era exceso de artificio, ¡acusaba que Lezama era mayonesa! Pero Cardoza, a veces, era mera opulencia de corpúsculos. ¿Dónde sin duende? Brujo que abruma.

Atrevido de la conmoción, casi cursi, ¿desterrado? Nunca. Nunca salió de su tierra nativa, el lenguaje como extranjería y acato de rareza. Además, ¿qué escritor fundamental no puede alegar cierto exilio?

Cardumen críptico, su crítica era lío de lirismo descolonizador y periodismo loco. Esbocemos balance: como Alfonso Reyes, Cardoza no careció de obra maestra sino de una obra discípula de la maestría general de su escritura.

Al lector comecacas, el hombre de ideas y giros propios, le da diarrea. Ese lector debe cuidarse de Cardoza (o Bernadette Mayer en inglés) porque lo que tales dicen con siete palabras, el papanatas lo pide con seis.

Escritor para escritores o para lectores gustosos del sabor verbal.

Si la literatura mexicana fuese generosa se declararía guatemalteca. Pero no lo es.

Epicéntrico, Cardoza rebasa todo mapa. He aquí su clave: su obra pertenece a un siglo secreto.

Ese siglo sigiloso, por cierto, aún no termina. Cuenta con infinitas décadas.

Respuesta a Geney Beltrán

15/mayo/2010
Suplemento Laberinto
Fernando García Ramírez

“No son gigantes, sino molinos de viento”
(Don Quijote, Cap. VIII)

Escribí una reseña de una cuartilla (síntesis e interpretación) sobre un libro de crítica de Geney Beltrán. Él me responde con cuatro prolijas cuartillas. Él hubiera querido que le dedicara muchas más, como no lo hago: “omito, simplifico”, y al hacerlo: miento. Dice que malentiendo sus “ideas”, sin embargo, en la página 63 de su libro se lee: “¿Habría que decir que cuando hablamos de literatura alegar una pretensión de ‘análisis objetivo’ es una declaración de cobardía, ignorancia o incompetencia (o las tres juntas)?” Me tilda de cobarde por sospechar —por insinuar— que incluyó una mención sobre su pareja como “su apuesta mayor de la literatura del siglo XXI”. Con impostada hidalguía me aclara que, para él, “la amistad exige un ánimo sincero a toda prueba”. Geney Beltrán es un crítico al que no le gusta que lo critiquen. Hubiera querido Beltrán una nota más amplia, sin embargo, creo que con la cuartilla que le dediqué está bien. Tal vez escribiré un poco más sobre su siguiente libro que, espero, sea un libro en forma y no una mera recolección de artículos, como ésta Afirmación furiosa de lo obvio. Dice por último que mi “falta de ética en el ejercicio crítico” lo confirma en su decisión de seguir embistiendo “contra… molinos de viento”. Aunque la boca le quede llena de polvo y abollada la armadura. Lo demás, para decirlo también con palabras de Geney Beltrán, “será egolatría, exhibicionismo, desplante, arrebato y escasa literatura”.


Sobre la crítica literaria en México

15/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Evodio Escalante

París, a 11 de mayo de 2010

Estimado José Luis Martínez S.:

Celebro que propicies en Laberinto una discusión pública acerca del estado de la crítica en nuestro país. El arte de la queja se sublima y alcanza su apoteosis siempre que abordamos el asunto de la crítica literaria; yo mismo no he dejado de repetir que nuestra crítica es bastante pobre, que los espacios para ejercerla se reducen, que el autoritarismo ambiente no la deja crecer y desarrollarse, y en fin, que no sabemos polemizar… Estos son los tópicos en los que casi todos hemos coincidido más de una vez, llevados a ello por estados de ánimo compartidos o por hábitos culturales que se consolidan y se convierten en tradición. No faltan los malhumorados que afirman de plano que la crítica no existe, o aquellos que piensan que se trata de una señora gorda y oportunista, que vende sus favores al mejor postor. Y sin embargo, y sin embargo… A riesgo de que se piense que bromeo o que desvarío con tal de darme el gusto de navegar contra la corriente, quisiera decir que desde una perspectiva rigurosamente histórica, y estableciendo las debidas comparaciones, la crítica literaria del pasado nunca fue tan rica y tan sólida como la que existe actualmente en nuestro país. ¿Exagero?

Mis puntos de referencia son los escritores que formaron parte de la generación del Ateneo de la Juventud y del grupo de los Contemporáneos, a los que un consenso admirativo estima no sin razón como los fundadores de nuestra modernidad cultural y como la verdadera medida de la excelencia a la que aspiramos. Selecciono un ejemplo: Xavier Villaurrutia. La lógica de la argumentación me obliga a dejar de lado por un momento sus logros en el terreno de la poesía, del teatro y de la novela. ¡Qué clarividente y qué dotado para la crítica era el joven Villaurrutia! Su precocidad y su inteligencia, que lo llevan lo mismo a desestimar los poemas del ya entonces tótem Alfonso Reyes que a elevar en una reseña objeciones de peso contra el venerable filósofo Antonio Caso… están fuera de toda duda. Y, sin embargo, visto a la distancia, qué decepción. ¿Cuántos libros de crítica escribió Villaurrutia? Textos y pretextos (1940) es el único libro de este género que alcanzó a publicar, lo cual no deja de ser una desproporción, digo, en relación con el talento que indudablemente tenía. Tratándose de una de las inteligencias más admirables que ha habido en nuestro país, extraña que su aportación haya sido tan exigua. Todavía más señalado es el caso de Jorge Cuesta. ¿Cuál es la obra crítica de esta inteligencia deslumbrante? El legado de Cuesta consiste en un prólogo (a la Antología de la poesía mexicana moderna, que concibieron y compilaron sus amigos de Contemporáneos) y en algunas decenas de artículos publicados en el periódico. No hay más. Lo que solemos llamar los “ensayos” de Cuesta, son en realidad la mayoría de ellos tacaños artículos de no más de tres o cuatro cuartillas de extensión. Si quiero mencionar a un miembro relevante del Ateneo, diré que la herencia crítico-pensante de Martín Luis Guzmán, otro de nuestros personajes míticos, se reduce a dos breves libros que al parecer nunca llegó a reeditar en vida.

En vista de lo anterior, a lo que yo invito es a un ejercicio comparativo tomando en cuenta el resultado que perdura: el libro. Desde el punto de vista de la perseverancia que se convierte en obra, y para ejemplificar sólo con algunos de los críticos en ejercicio que se mencionan en el suplemento, yo diría que José Joaquín Blanco (con al menos diez libros de crítica en su haber) es de calle más importante que Xavier Villaurrutia; Christopher Domínguez, más que Jorge Cuesta; Guillermo Sheridan, más que Jaime Torres Bodet; Armando González Torres, más que Bernardo Ortiz de Montellano; Adolfo Castañón casi tan importante como Alfonso Reyes (a Castañón le faltaría, en dado caso, escribir su versión de El deslinde); Jorge Aguilar Mora mucho más importante que Martín Luis Guzmán, y Heriberto Yépez más que Vasconcelos (notable filósofo que no escribió crítica). En cuanto a Ignacio Sánchez Prado, con el paso que lleva, es seguro que muy pronto será tan influyente como Henríquez Ureña.

No solicito adhesión inmediata a lo antes dicho. Sigamos pidiendo más y mejor crítica, sigamos solicitando las controversias que nos faltan, ¡adelante!, pero démonos un respiro para considerar lo que acaso por falta de perspectiva o de distancia histórica hemos sido incapaces de ver. Tenemos el extraño privilegio de contar con una verdadera Arcadia de la crítica, formada por escritores muy disímbolos entre sí, pero que tienen de común un nivel de profesionalismo, una apertura a lo contemporáneo y una perseverancia (una creencia en la labor crítica) a todas luces más que ejemplares. Como diría el clásico: Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud.

lunes, 10 de mayo de 2010

Cuando los padres se van

10/Mayo/2010
El Universal
Guillermo Fadanelli

A mi parecer el problema más agudo que tenemos como sociedad es que los padres se han marchado y ya nadie nos regaña o nos pone en paz. Como si antes de nuestra llegada al mundo nos hubiera precedido un inmenso vacío. Una prueba de ello es que hoy en día se pueden expresar públicamente, en casi todos los niveles sociales, las tonterías más infames sin que asome en el semblante de quien las expresa ningún atisbo de pudor. No me extraña que se viva una situación semejante pues todos sabemos que la casa es distinta cuando los niños se quedan solos: un nuevo espacio se inventa y las reglas cambian, la imaginación se vuelve otra y los deseos no encuentran sus límites. Cuando eres niño aguardas con ansiedad el momento en el que los padres se marchen un momento para husmear en donde no es permitido, cambiar el orden o la función de los símbolos y abrir las ventanas que siempre han estado cerradas, pero si después de un tiempo los mayores no vuelven entonces comienza el terror, el desasosiego que no tarda en volverse llanto. Si se les deja demasiado tiempo a solas, los niños son capaces de incendiar en una sola tarde lo que sus padres reunieron durante toda su vida. Es por eso que ellos deben volver y poner orden con el fin de que la vida pueda continuar.

Cito de memoria a Guy Debord cuando resalta el hecho de que ahora somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres. Tal parece que en buena parte hemos aligerado la carga, cortado las raíces y sólo acudimos a los padres motivados por un respeto frívolo y sin sustancia que no se le desearía ni al peor enemigo. Cuando expreso que estos padres deben volver es porque el terror, la miseria y el desorden que acompaña a la destrucción se han instalado en casa. Y no me refiero al regreso de una institución autoritaria o a un conjunto de personas que tomen el poder y se nombren a sí mismos salvadores o padres de la patria, sino al sencillo hecho de volver a escuchar la voz de los muertos.

Seguimos de largo sin mirar atrás para evitar el regaño y porque el afán de comunicarnos nos empuja a mostrar nuestro rostro a los demás. Quién va a ponerle un límite a los huérfanos que se empeñan en quemar la casa. Quién les dirá que una comunicación sin sustancia no es más que un piar de pájaros. Yo mismo intento responderme por qué he tenido ahora este arrebato que a primera vista puede parecer, además de reaccionario, la rabieta de un anciano en el exilio. Probablemente se debe a que me he hartado de todo el escándalo desatado por las redes sociales, la tecnología de la comunicación y la posibilidad de expresarnos a toda hora y en todo momento.

El encuentro de voces distintas tiene como consecuencia la construcción de sentido, de polémica, de reflexión y sobre todo nos ofrece la posibilidad de conocer a los que son distintos a nosotros. La moral o los fundamentos éticos de una sociedad se inventan, se descubren o se imponen cuando los seres que piensan diferente se encuentran en el campo del lenguaje, la discusión y el reconocimiento, ¿pero acaso esto es lo que sucede con las redes sociales y el entusiasmo desmedido que provoca la comunicación vía tecnología? Hace 40 años escuché decir por primera vez en mi vida que la técnica haría progresar las instituciones democráticas y el sistema de justicia en nuestra comunidad. Lo sigo escuchando.

Ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en limpiar el jardín de la casa, ni siquiera hemos logrado edificar instituciones sólidas que apuntalen el bien común, el bienestar y la seguridad de las personas. ¿Cuántos asesinatos se dan a la hora en que los trabajadores vuelven a sus casas situadas en la periferia de nuestra ciudad? Asaltan y asesinan dentro de los autobuses en los que estas personas se transportan. Y ese transporte es también comunicación, relación entre dos puntos, distancia impuesta para trabajar o sobrevivir, restablecimiento del orden subjetivo, pero es evidente que esta no es la clase de comunicación que nos interesa. Resulta más espectacular comunicarse cada 10 segundos para vociferar sandeces y presumir tecnología cuando se carece del menor sentido de comunicación. Es esto lo que sucede cuando los padres (es decir filosofías, tradición, buenos libros, memoria histórica, imaginación) se van y abandonan la casa. Y no volverán.

sábado, 8 de mayo de 2010

El Premio Pulitzer de Poesía 2010

8/Mayo/2010
Suplemento Laberinto
Heriberto Yépez

El Pulitzer no se distingue precisamente por premiar literatura innovadora. Generalmente premia escritura canónica. Su premio anual de poesía a “un volumen distinguido de versos originales por un autor norteamericano”, en el 2009 fue dado a W. S. Merwin. Pero este 2010, el Pulitzer de poesía sorprendió.

Rae Armantrout —cuyo libro Versed fue galardonado— confesó a la prensa que no había imaginado nunca recibir ese premio.

La obra de Armantrout —una decena de poemarios y un prosario— tiene algunos aspectos líricos, pero, en realidad, son pocos los poemas en que un lector convencional pueda detectar una “temática” o verse “reflejado”.

Su poesía no está hecha de fusión sino de fisión. Las partes tienen entre sí una relación de viraje. Evitan tener trama. Armantrout yuxtapone.

La poesía religiosa —cristiana, romántica o capitalista— está hecha para proveer de “Sentido” a la vida del lector, para pegarle en la frente una “epifanía”, ¡la revelación del día! Cuando un poema no contiene tal metafisicalcomanía, el lector acusa al poema de estar hueco.

El poema es todavía entendido como un pequeño ídolo.

El dictamen del jurado del Pulitzer dice de Versed: “un libro marcado por su ingenio e inventiva lingüística y que ofrece poemas que frecuentemente son bombas-de-pensamiento que detonan en la mente tiempo después de una primera lectura”.

Leer a Armantrout significa renunciar a un mensaje o conclusión o, para decirlo, más claramente no hay moraleja (intelectual, profana, existencial). Es el lector quien puede construir una sensación de significado o resultado.

Armantrout hace apuntes de cosas que escucha o lee; luego los reordensa, condensa, comenta, recorta, en poemas breves, abstractos, heteróclitos.

“Llevo conmigo un cuaderno a donde quiera que voy. Mis poemas frecuentemente comienzan en espacios públicos, en cafés o la calle. Recojo pedazos de conversaciones ajenas que alcanzo a escuchar o lenguaje publicitario de los espectaculares. Cualquier cosa que escuche o vea… en la sala durante la mañana mientras bebo mi café… combino las notas que he hecho, decido qué encaja con qué, veo relaciones”.

Su poesía es desbiografía, collage, parataxis, anti-aura y anti-shock.

Si uno revisa la lista de los libros premiados por el Pulitzer, Armantrout ha sido, en la aplastante mayoría de ocasiones, precedida por poetas de la tradición del poema con mensaje claro y distinto: confesional, dramático, anecdótico, climático, sentimental o paisajístico.

Armantrout, poeta experimental, no encaja en esa lista. A menos que se recuerde que también George Oppen lo obtuvo en 1969, con un libro estupendo y extrañísimo.

Desde hacía muchos años el Pulitzer no se otorgaba a una obra poética, es decir, un Objeto-Verbal-No-Identificable.