Diciembre/2014
Nexos
David Huerta
En memoria de Raúl Álvarez Garín
Si usted se encuentra con el poeta Efraín
Huerta, fíjese en unas extrañas protuberancias que ya empiezan a ser
notables en él. Según el escritor José Revueltas, se trata de un árbol
que tranquilamente le ha salido a Efraín en un costado. Lo único
lamentable del caso es que el referido árbol no es más que un simple
ahuehuete y no un bello laurel como él habría deseado. No obstante esta
pequeña desilusión, el amigo Huerta lo cultiva con cuidado y no le da
vergüenza confesarlo. Al parecer de Revueltas estas cosas les suceden a
casi todos los poetas.
—“Cosas de Revueltas”, en Hoy, 21 de octubre de 1944.
Reproducido en Absoluto amor (1984), álbum editado por Mónica Mansour, con prólogo de José Emilio Pacheco.
El 17 de noviembre de 1943 fueron expulsados del Partido Comunista
Mexicano (PCM) todos los miembros de la célula “José Carlos Mariátegui”.
El secretario del Comité Central del PCM, Dionisio Encina, lo dispuso
así por medio de una orden terminante; al final del kafkiano proceso,
logró la total disolución de la célula.
Los expulsados fueron, entre otros, Vicente Fuentes Díaz, Rodolfo Dorantes (
El Negro Dorantes,
para sus amigos y camaradas), Enrique Ramírez y Ramírez y José
Alvarado. La “José Carlos Mariátegui” —bautizada en homenaje al marxista
peruano, ensayista excepcional— era conocida entre los comunistas
mexicanos como “la célula de los intelectuales”; lo era tanto y tan
claramente como lo demuestra este comentario de uno de aquellos
expulsados: “A ver cómo le hacen ahora en el Partido, porque acaban de
sacarnos a todos los que sabemos leer y escribir”.
Fue la de 1943 una purga en toda forma, con los rasgos ominosos de un
juicio estalinista, es decir: un procedimiento judicial del cual se
conoce (y se teme) de antemano el resultado; un desmantelamiento y un
castigo ejecutado en nombre de los “intereses” de los obreros mexicanos y
del proletariado internacional. Las acusaciones importan ahora muy
poco; puede uno imaginárselas sin problemas, pensando en las
personalidades de quienes fueron expulsados: indisciplina, “vida
bohemia”, espíritu crítico, desacuerdos de todo orden con la línea
programática. Algo resulta, empero, intrigante: ¿habría alguna razón de
orden estético? ¿Acaso hubo alguna acusación en el sentido de no hacer
planteamientos “positivos”, en el caso de quienes eran ya escritores
conocidos, autores de obras literarias cuyos méritos comenzaban por
entonces a reconocerse y celebrarse? Piensa uno, desde luego, en los
escritores comunistas de esos años y décadas.
Dos de los más notorios expulsados de 1943 eran autores de obras
literarias ya entonces prometedoras, sólidas, de calidad indiscutible;
nacieron ambos hace 100 años, en 1914: Efraín Huerta Romo (el 18 de
junio) y José Revueltas Sánchez (el 20 de noviembre); el primero, en
Silao, Guanajuato, el otro en Santiago Papasquiaro, en la sierra de
Durango. Huerta era hijo de un abogado y juez de acusadas simpatías
villistas; el otro, Revueltas Sánchez, era uno de los jóvenes vástagos
de un comerciante de aquellos rumbos serranos y norteños. El padre de
Revueltas se preocupó desde muy temprano por la educación de sus hijos;
cuando la familia se mudó a la ciudad de México, inscribió a algunos de
ellos en escuelas donde se enseñaba la lengua alemana.
En 1943, a sus 29 años de edad, Huerta y Revueltas se conocían desde
hacía ya algunos años, desde luego, y habían compartido experiencias,
sostenido largas conversaciones, militado codo con codo junto a los
demás comunistas mexicanos y también con algunos extranjeros, además de
los consabidos compañeros de viaje. El más joven de los dos por cinco
meses, Revueltas, tenía el extraño pero innegable prestigio —un poco
mítico, legendario— de haber sido un jovencísimo preso político: en su
primera juventud, a los 17 años, fue confinado en las Islas Marías por
su militancia política. De ese encarcelamiento surgió una novela
titulada
Los muros de agua.
Después de la expulsión, y como consecuencia de ella, José Revueltas
emprendió una militancia paralela, adversa a los rumbos del PCM, y fundó
pequeñas organizaciones políticas (notoriamente la Liga Comunista
Espartaco), escribió libros, hizo la crítica de sus antiguos camaradas;
formuló, como culminación de todo ello, su conocida tesis sobre el
mexicano “proletariado sin cabeza”, frase en la cual condensaba su
visión de la inoperancia e ineficacia históricas del PCM. Rebasados los
50 años, asumió con admirable energía y no menos admirable lucidez una
casi épica militancia junto a los estudiantes del movimiento de 1968;
después de la matanza de Tlatelolco, dio con sus huesos en la cárcel por
última vez. En el Lecumberri de Echeverría vivió, por lo tanto, sus
últimas temporadas de preso político —murió en 1976 y fue enterrado en
el Panteón Francés de La Piedad, donde también fue enterrado su hermano
mayor, el músico Silvestre Revueltas—. Efraín Huerta nunca se separó del
todo del PCM; fue un solidario compañero de viaje: en 1976, por
ejemplo, contribuyó con una considerable suma de dinero —considerable,
digo, para sus economías de hombre más bien pobre— a la campaña
presidencial de Valentín Campa y dos años antes de morir publicó en las
Ediciones de Cultura Popular —editorial de los comunistas mexicanos—,
con ilustraciones de su paisano José Chávez Morado, el poema
Amor, patria mía,
obra de gran aliento. Ambos fueron marcados por el estalinismo, al cual
Revueltas se opuso de diversos modos, siempre enérgicamente; Huerta, en
cambio, se mantuvo obcecada y extrañamente fiel a sus “ideales de
juventud”. No estoy seguro de si esa obcecación duró hasta el final de
sus días pues prácticamente no hay rastro de ello en su gran poema de
1980, una compleja composición erótico-patriótica. Algo semejante puede
decirse de casi toda la poesía compuesta por él en su última época.
Los tres poemas dedicados por Efraín Huerta a José Revueltas
pertenecen a diversas épocas; además, le dedicó uno de sus poemas
amorosos más bellos a la hermana de su amigo fraternal, la actriz y
bailarina Rosaura Revueltas (“Este es un amor”, de
Estrella en alto, libro de 1956).
En
Los hombres del alba figura la dedicatoria “A José Revueltas” en el poema titulado “Recuerdo del amor”; en el libro
Los eróticos y otros poemas,
de 1974, leemos una dedicatoria más compleja, en epígrafe del poema
“Ángela adorable Davis”: “Para mi hermano José Revueltas, que está en
Lecumberri.// Ah, y para Jorge Turner”. Revueltas estaba en la cárcel,
como se sabe, a raíz de su participación en el movimiento estudiantil de
1968; Jorge Turner, buen amigo de Huerta —no sé si también de
Revueltas, pero es posible—, era un historiador, periodista y político
panameño con quien el poeta sostenía conversaciones interminables; era
esposo de la poeta Diana Morán, también amiga de Huerta. El tercer poema
no está propiamente dedicado a Revueltas, en el sentido de los otros
dos; ocurre ahí algo mucho mejor: el novelista mismo es el tema central y
único de los versos huertianos.
Ese tercer poema revueltiano de Efraín Huerta se titula “Revueltas: sus mitologías” y está en el libro de 1977,
Circuito interior.
A diferencia de los otros dos poemas, fue compuesto después de la
muerte de Revueltas, en 1976; a ese hecho alude el poema, y más
específicamente al entierro del escritor en el Panteón Francés de La
Piedad:
Ese hijo de Dios, de todos los dioses,
ese joven hermano a quien una extraña tarde de
ardientes y vociferante enterramos
en la misma fosa donde su hermano Silvestre
había reposado larguísimos años…
En el entierro de Revueltas hubo un incidente inolvidable para
quienes estuvimos allí ese día. El entonces secretario de Educación
Pública acudió con la encomienda de “dar el pésame” a los deudos de
Revueltas. Contra una idea muy difundida desde entonces (“los compañeros
de Revueltas no lo dejaron hablar”), los asistentes escucharon con
paciencia todo el largo principio del discurso, de tono oficialista,
denso y cansino; pero cuando el orador estaba ya alargando su
participación, Martín Dozal lo interrumpió y le dijo en alta voz “señor,
¿qué no se da cuenta de que no lo queremos oír?, es usted parte del
mismo gobierno que persiguió y encarceló a Revueltas”, palabras más o
menos. Efraín Huerta expresaba su emoción con intensidad; no con
palabras pues había perdido la voz debido a una tremenda laringectomía,
unos pocos años antes: daba, en cambio, enérgicas patadas en el suelo
terroso del panteón. No puedo sino conjeturar sus sensaciones y
emociones; pero sí afirmo esto, de modo general: Efraín Huerta sentía
cómo el entierro de su “joven hermano” —joven por apenas unos cuantos
meses: los medianeros entre el mes de junio y el de noviembre— reflejaba
o testimoniaba de una manera vibrante y conmovedora la vida del
novelista y militante.
Para Efraín Huerta el entierro de Revueltas fue una especie de
culminación de la vida de su amigo fraternal y el sentido de esa
ceremonia se depositaba, como en cifra, en las escenas turbulentas
(“ardientes y vociferantes”) de su “vuelta a la dorada tierra”, para
utilizar, parafraseándola, una expresión de otro poema de Efraín Huerta
(“Borrador para un testamento”, dedicado a Octavio Paz). La “vuelta a la
dorada tierra” aparece, de pronto, con unos armónicos claramente
revueltianos; baste evocar los numerosos títulos “terrenales” del
novelista y cuentista, y la cita de Goethe a la cual era tan afecto,
sobre la grisura de la teoría y el color verde
dorado del árbol de la vida.
“Revueltas: sus mitologías” es la última pieza poética dedicada por
Efraín Huerta a José Revueltas. Pero ya no se trata de una dedicatoria
como las otras, como en los dos poemas anteriores de Huerta, sino de la
celebración de una amistad de toda la vida; al mismo tiempo, es un poema
luctuoso: ya el
camarada Revueltas ha muerto. En esos versos el tema, el protagonista y el homenajeado es el autor de
Dormir en tierra.
El poema comienza con una escena festiva: Revueltas se “arroja de
cabeza a la piscina”, vestido y con zapatos. Huerta lo refiere con una
especie de euforia apenas contenida; parece preocupado por la zambullida
de su amigo y para distraerse piensa en “sus mitologías urbanas”, de
las cuales el poema recoge un puñado, en forma sinóptica. Revueltas
emerge entonces “de las claras aguas” y comienza “a bracear como un
condenado” y, “como un ángel espejeante, a musitar solemnemente” una
sola frase de resonancias bíblicas: “Soy el Hijo del Hombre, soy el Hijo
del Hombre”.
Efraín Huerta declara su cariño por Revueltas, a quien llama “el gozoso, el infatigable”:
…el que siempre pensó como un demonio,
el que todo lo señalaba con sus ojos de diamante.
Los
ojos de diamante de José Revueltas son un símbolo
extraordinario de su lucidez y de su pureza, de su genio y de su
generosidad. El homenaje de Efraín Huerta se cierra con palabras
conmovedoras:
…él, José, fue mi hermano,
mi tibieza, mi tiempo juvenil y
mi amor a la vida.
El diamante —la sola palabra y sus
evocaciones requeridas—
es duro, puro, luminoso, transparente. Revueltas miraba con dureza pero
lo hacía luminosamente: el diamante es un símbolo sublime de su
personalidad. Nadie pudo decirlo mejor: el poeta acertó con plenitud.
Pero no nada más Huerta le dedicó poemas a su querido José Revueltas.
Hay un poema de Revueltas dedicado a Efraín Huerta: se titula “Nocturno
de la noche” y está fechado en octubre de 1937, cuando ambos tenían 23
años de edad. (Solemos desdeñar o no tomar en serio los poemas escritos
por narradores “oficiales”: hacerlo significa únicamente una extraña
docilidad ante los cánones. De forma equivalente, no prestamos atención a
la prosa narrativa, descriptiva o de cualquier otro orden, de los
poetas.) Ahora ese poema forma parte del libro
El propósito ciego,
edición preparada ejemplarmente por José Manuel Mateo en el año 2001 y
reeditada, con motivo del centenario de Revueltas, por el Fondo de
Cultura Económica. El “Nocturno de la noche” es, desde luego, si
pensamos en los de Efraín Huerta, un poema mucho menos conocido; pero
vale la pena detenerse en esos versos por su intensidad y por una razón
evidente: los compuso la misma mano de la cual salieron
Material de los sueños,
Los errores y
El apando.
El poema de Revueltas en
El propósito ciego es una pieza
lírico-épica de una fuerza explosiva, un poema en toda forma. Una
anáfora temporal marca su primera mitad: la palabra
cuando; he aquí el principio:
Cuando la noche;
cuando los espejos reciben el asombro culpable de los adulterios
y las sillas saben de las torpes pisadas;
cuando los libros se quedan abiertos como una película de pronto detenida
y los cigarrillos sólo son un recuerdo de angustias y desvelos,
quemados para siempre…
Esa primera mitad del “Nocturno de la noche” depende de esa
repetición y el lector comienza a preguntarnos: ¿hacia dónde me lleva
este poema? La respuesta aparece un poco más allá de la mitad: a la
aparición de “torrentes furiosos de semen”, una extraña aparición, llena
de fragor pues esos torrentes se oyen correr por las calles “como entre
caños de sombra y de injurias”.
Es una especie de apocalipsis paradójico: el río incontenible y
fragoroso de semen parece un fin de mundo, en contradicción con la
principal cualidad o característica de esa sustancia: la fuerza para
desencadenar el acto de la fecundación. En otro lado lo he tratado de
explicar, estableciendo una contraposición (los poemas están en
posiciones diferentes) de “Nocturno de la noche” y
Muerte sin fin,
publicado dos años después de escritos los versos de Revueltas (el
poema de José Gorostiza se dio a conocer en 1939): la muerte
interminable es o parece lo contrario de este flujo de semen fecundante,
un poco amenazador por su fuerza arrasadora. La preciosa materia de la
fecundación, el semilíquido semen, la semilla de la vida, termina “entre
caños de sombra y de injurias”: la imagen es profunda y radicalmente
revueltiana —bajo el suelo de la ciudad, entre insultos degradantes,
entre mentadas de madre (¡precisamente!) se descompone una promesa
caudalosa de vida. Las imágenes se complican abismalmente:
Semen con la decrepitud alucinante del ojo que mira por la cerradura
en el cuatro del hotel donde la joven pareja se ha sepultado para siempre.
Semen cien veces maldito de las sombras de los jardines…
Ahora bien: si el nocturno de Revueltas y
Muerte sin fin están, como he dicho, en posiciones o lugares diferentes, eso no significa su absoluta contradicción sino, exactamente, nada más su
diferencia.
Aun así, en realidad no “dicen” algo tan diferente; lo diferente es la
forma de uno y otro poema. Alguien podría decir: “el poema de Gorostiza
está mejor escrito”; pero en ese caso tendríamos la obligación de
definir la noción de
escribir bien —aquí habría un contraste
como el establecido por Ricardo Piglia entre Jorge Luis Borges y Roberto
Arlt (la pareja mexicana y la argentina serían así, esquematizadas:
Borges-Arlt / Gorostiza-Revueltas)—. Veamos, leamos cómo aparece el
semen en
Muerte sin fin; también su aparición depende, en los versos 695-696, de un “cuando”:
…cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte…
En
Muerte sin fin el semen aparece también como un río (versos 710-715):
…hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes…
El río seminal desemboca en la nada y allí únicamente “flota el
Espíritu de dios que gime/ con un llanto más llanto aún que el llanto”
(versos 721-722). La negatividad es la misma; el lenguaje es divergente.
La violencia es semejante pero la versificación difiere.
¿Hay alguna relación genealógica entre “Nocturno de la noche” y
Muerte sin fin, a la vista de estas semejanzas? El poema de Revueltas fue prácticamente desconocido hasta la edición de José Manuel Mateo;
Muerte sin fin
está entre nosotros desde hace casi ocho décadas. La cronología
apuntaría a una influencia de Revueltas en Gorostiza: del autor más
joven en el más viejo; pero se sabe bien cómo en los años treinta
mexicanos se hablaba entre escritores, poetas, periodistas y lectores,
del “gran poema en preparación de Pepe Gorostiza” y hasta de alguna
lectura semiprivada. Es posible, entonces, una influencia más lógica: de
Gorostiza en Revueltas. Como sea, la coincidencia entre esos pasajes
seminales y apocalípticos de los poemas son formidables.
En el Prólogo a la antología
Poesía en movimiento (1966), Octavio Paz había comentado
Muerte sin fin
en relación con la poesía de juventud y primera madurez de Efraín
Huerta: después del brusco final del gran poema metafísico de Gorostiza
(“¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”), Paz
informa: “La poesía se fue efectivamente al diablo: se volvió
callejera”. Y a punto y aparte afirma: “El primero en sacar partido de
la nueva situación fue Efraín Huerta”. Éste le hizo ver a Paz, unos años
más tarde, la verdadera “situación”: los poemas urbanos y callejeros de
Huerta aparecieron mucho antes de
Muerte sin fin, a lo largo de los años treinta y principios de los cuarenta, y fueron reunidos en el libro de 1944 titulado
Los hombres del alba,
el centro capital de la poesía huertiana. Todo esto podrá verse con
absoluta claridad cuando la brillante y documentadísima tesis
universitaria de Emiliano Delgadillo dedicada a “la fragua” de
Los hombres del alba se publique en forma de libro, como sin duda deberá ocurrir, tarde o temprano (ojalá sea muy pronto).
Desde luego, las relaciones literarias de Huerta y Revueltas son una
zona por investigar, muy amplia y de una riqueza sorprendente. Estos
apuntes solamente aspiran a llamar la atención sobre ese horizonte de
trabajos posibles para los investigadores, críticos, filólogos y
archivistas.
En el libro
Visión del Paricutín, obra en la cual se juntan
algunas de las crónicas periodísticas de José Revueltas y otros textos
(ediciones Era; véase al final la lista de orientaciones
bibliográficas), hay un par de cartas cruzadas entre Efraín Huerta y
José Revueltas; ese intercambio apareció en 1946 (en abril, el texto
inicial de Revueltas; en julio, la respuesta de Huerta). Hay otra carta,
dirigida a Olivia Peralta, sobre el mismo asunto. Esas mismas cartas se
reproducen en el libro
El otro Efraín (FCE, 2014), estupenda investigación hemerográfica de Carlos Ulises Mata.
Esta conversación por escrito no ha merecido la menor atención de los
críticos o los historiadores de la literatura; es fácil entender la
razón de esa indiferencia o, si se quiere, de ese “ninguneo”. El tema
del intercambio es Alfonso Reyes, su obra y los alcances de su
influencia en la cultura literaria mexicana. Es insólito: en esa ocasión
no fueron académicos, investigadores, amigos o exegetas de Reyes,
quienes se ocuparon de él o de su obra; sino un par de escritores, un
poeta y un narrador, identificados plenamente con la izquierda. Es
decir, dos escritores casi se diría desautorizados por la
doxa literaria — el
establishment,
como se decía no hace mucho— para opinar acerca de la diafanidad ática y
las perfecciones de Reyes; muchos años después —para decirlo
clásicamente—, otro escritor muy diferente de esos dos comunistas,
Gerardo Deniz, se ocupó de denunciar los plagios de Alfonso Reyes y tuvo
la callada por respuesta; triste destino, sobre todo por una razón
contundente: si las obras no se discuten se petrifican en monumentos
inhabitables e invisitables. Tal es el ambiente literario; pero lo dicho
y examinado por Deniz en torno de las “prácticas literarias” de Alfonso
Reyes con los textos ajenos era sencillamente indiscutible,
contundente: lo expuso con pruebas irrefutables en la mano en el
suplemento literario del periódico
Novedades.
Revueltas y Huerta coinciden plenamente en su admiración por Reyes;
con esta peculiaridad: esa admiración no es incondicional ni cierra los
ojos ante algunos rasgos de la personalidad intelectual de Reyes y ante
el valor de sus obras. Lo consideran un clásico vivo o poco menos. El
origen del intercambio, como se deduce de la lectura, es una opinión
seguramente destemplada de Revueltas acerca de Reyes, expresada en
conversaciones con su amigo poeta; esa opinión merecía una rectificación
como consecuencia de haber leído Revueltas el tomo de
Simpatías y diferencias
de Reyes, colección de prosas “misceláneas”. Los mantenedores del culto
a Reyes podrán decir cualquier cosa sobre el intercambio de estos dos
“rojillos”; pero nunca podrán acusarlos de no haber leído atentamente a
“Don Alfonso”.
La carta-artículo de Revueltas sobre Alfonso Reyes fue redactada en los descansos de la filmación de
La otra, película protagonizada por Dolores del Río con guión de Revueltas y de Roberto Gavaldón.
En la
Iconografía de Efraín Huerta —edición preparada por
Emiliano Delgadillo— hay una fotografía de los hermanos Mayo donde
aparecen ambos autores, ahora centenarios; es una imagen de octubre de
1942, el año anterior a la expulsión de ambos del PCM. Hay otra foto,
también de los hermanos Mayo, publicada en el álbum (reimpreso en 2014)
hecho por Mónica Mansour en 1984. Esas dos fotos fueron tomadas en una
reunión de amigos y parientes; vemos ahí a Raúl Leyva, poeta
guatemalteco; a Andrés Henestrosa, patriarca de la literatura oaxaqueña
moderna, y a su esposa Alfa; a Efraín Huerta; a Olivia Peralta, primera
esposa de José Revueltas, y desde luego a éste. Revueltas y Huerta
tienen en las manos, respectivamente, un violín y una guitarra; en la
otra imagen aparecen los dos amigos, el poeta y el novelista, tocando
esos instrumentos musicales, o acaso haciendo como si los tocaran.
Revueltas escogió para esa fiesta el violín, el mismo instrumento de su
hermano Silvestre, a quien, como se sabe, quería muchísimo —y cuya
opinión literaria valoraba enormemente—. José Revueltas y su violín:
homenaje subrepticio a Silvestre.
Es una escena de cierta bohemia mexicana cuyos méritos para las
generaciones siguientes consiste en algo sumamente sencillo, como ha
hecho ver la editora Eugenia Huerta Bravo, hija de Efraín: aquellos
hombres y mujeres sabían divertirse sin tener necesidad, para ello, de
gastar ninguna cantidad exorbitante de dinero; de todas maneras no lo
tenían en abundancia, ni mucho menos. Bastaba contar con lo suficiente
para unas botanas, una botella (¡por lo menos!), y ya estaba: lo demás
era baile, conversación, horas y horas de vivir juntos. Una lección
hermosa de vida.
La mala fe del miserable mediecillo literario de nuestro país —en
este caso atizada, además, por la ignorancia— ha insinuado una
desafección política, o siquiera una insensibilidad, de Efraín Huerta
ante el movimiento estudiantil-popular de 1968: a diferencia de Octavio
Paz y de José Revueltas, Huerta no se habría manifestado públicamente,
por malas razones, para reprobar la conducta gubernamental en ese “año
axial”. La explicación está a la mano de quienes quieran escucharla o
leerla: no lo hizo por una razón contundente: sus tres hijos (Andrea
Mireya, Eugenia y David) estábamos involucrados en el movimiento. Ni Paz
ni Revueltas ni mucho menos los hijos de Huerta —ni tampoco ningún
dirigente o militante del movimiento— se lo reprochamos, pues todos
entendimos su postura. El 25 de noviembre de 1968 apareció con el sello
editorial de Joaquín Mortiz, y en dos colecciones (Las Dos Orillas,
Serie del Volador) la
Poesía 1935-1968 de Efraín Huerta: ¿no es
ése el mejor legado sesentayochero de Efraín Huerta? ¿Y no es parte
luminosísima de ese legado formidable el puñado de textos dedicados a la
familia Revueltas (Silvestre, Rosaura) y los versos consagrados a su
“hermano José”, el extraordinario escritor de los ojos de diamante?
Orientaciones bibliográficas
Ofrezco un haz de orientaciones bibliográficas para los lectores
curiosos e interesados en seguir con mayores detalles y precisiones la
relación amistosa y, sobre todo, literaria, de José Revueltas y Efraín
Huerta. Presento a continuación una especie de inventario sinóptico,
desde luego incompleto, pues documenta apenas mínimamente los materiales
consultados para este pequeño ensayo:
Tres poemas de Efraín Huerta dedicados a José Revueltas: “Recuerdo
del amor” (1944), “Ángela adorable Davis” (1974) y “Revueltas: sus
mitologías” (1976). Y un poema dedicado a Rosaura Revueltas: “Este es un
amor” (1944). Pueden leerse en la
Poesía completa de Efraín Huerta reeditada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.
Un poema de José Revueltas dedicado a Efraín Huerta: “Nocturno de la noche” (1937). Ahora en
El propósito ciego (FCE, 2014).
Cartas cruzadas sobre Alfonso Reyes (1946). Incluidas en
Visión del Paricutín
(Ediciones Era, 1983). Esta muestra de “crónicas y reseñas”
revueltianas se reimprimió en 1986, pero es un libro prácticamente
inconseguible. Por fortuna, fueron recuperadas en
El otro Efraín, edición de Carlos Ulises Mata (FCE, 2014).
El álbum
Absoluto amor, armado por Mónica Mansour (con prólogo de José Emilio Pacheco) reimpreso en 2014 por el gobierno del estado de Guanajuato.
La
Iconografía de Efraín Huerta preparada por Emiliano Delgadillo Martínez y publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.
Una carta inédita de Huerta a Revueltas, fechada en junio de 1938, que pronto dará a conocer Antonio Cajero en la revista
La Colmena.