sábado, 27 de diciembre de 2014

Caracteres: El becario

27/Diciembre/2014
Laberinto
Álvaro Uribe

Este oficio, o acaso: esta profesión, o mejor: esta condición tiene antecedentes ilustres. Ninguno más alto que el de sor Juana Inés de la Cruz, beneficiada por dos virreinas. Solo que Juana la cortesana no iba a la Corte virreinal a pedir favores, sino que la Corte iba a ella para favorecerla.

Otro antecesor notable de los actuales becarios es Diego Rivera, pensionado en 1907 por el gobernador porfirista de Veracruz para viajar a España y luego a Francia, donde asimiló las enseñanzas del cubismo, y en 1920 por el embajador obregonista en París para trasladarse a Italia, donde estudió las técnicas del muralismo que lo haría célebre.

Y hay que incluir en la lista de protobecarios a una serie de escritores de mayor o menor talento, que van en el último siglo desde Federico Gamboa hasta los narradores del Crack, pasando por figuras de importancia cierta como José Juan Tablada o José Gorostiza u Octavio Paz o Carlos Fuentes, todos ellos agraciados en algún episodio de sus vidas por la munificencia de esa precursora de los apoyos estatales a la creación artística: la diplomacia.

Heredero de una larga tradición de mecenazgo oficial, el becario de hoy comienza a pulular hace 25 años, con la instauración de un sistema nacional de creadores durante el sexenio del presidente más repudiado, hasta ahora, de los muchos que nos ha impuesto el PRI. No hay desde entonces artista que no haya sido becario o querido serlo. No hay artista que no crea merecer una beca. Y si es vitalicia, mejor.

El becario típico se inclina a la izquierda. Es decir: propende a justificar el usufructo de una beca con el razonamiento, que puede alcanzar la inflexibilidad de un dogma, de que es deber del Estado corregir las injusticias del mercado. Y si la gente no compra mis libros, peor para la gente. Yo seguiré escribiéndolos mientras las instituciones me mantengan con el dinero de la gente.

Los problemas de conciencia empiezan para el becario cuando la discusión deja de ser impersonal. Cuando el óbolo de la gente, en abstracto, cobra la forma de un apoyo del gobierno. De este gobierno, en concreto. De una serie de individuos que pertenecen al mismo partido que el presidente.

Lo bueno es que siempre cabe distinguir, como hace Mario el becario, entre el Estado y el gobierno. Y alegar que las becas provienen del Estado. Y si te atreves a decirle que los crímenes también, Mario se indigna. Se encrespa. Te aclara rabioso que no es lo mismo. Pero enmudece si le pides de buena manera que te explique por qué.

Y es peor cuando Hilaria, emérita becaria, exige entre aplausos del público que los diplomáticos renuncien a sus cargos en protesta por las muertes y las desapariciones, pero ella no renuncia a su beca perenne.


Ni hablar. Ni cómo decir que para ti el Estado es una entelequia y solo existen los funcionarios. Y si les aceptas el dinero también estás aceptando el gobierno para el que trabajan. Y si tus ideas no coinciden con tu vida, cambia de ideas. O, cueste lo que cueste, de vida.

El ensayista y narrador

27/Diciembre/2014
Laberinto
Gonzalo Valdés Medellín

Hay un aspecto en la obra de Huberto Batis al que casi nadie se acerca. Se habla del generoso y riguroso editor, que sin duda fue, del maestro tremendo, siempre lúcido; del erotómano e incluso del pornógrafo, pero nadie habla de su gran calidad como ensayista y aun como narrador.

En el ensayo literario, Huberto Batis ha legado libros memorables como Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas y Por sus comas los conoceréis, donde el autor muestra sus muchos atributos y dotes estilísticas y literarias, desde la misma manera de contar, como de enfocar literariamente un hecho definido, o la manera de echar a andar la memoria, sin que la ficción deje de hacer su aparición.

Dedicado a leer y corregir el trabajo de los otros, a ser un editor de tiempo completo, de pies a cabeza, Huberto Batis poco se preocupaba por difundir sus trabajos periodístico-ensayísticos, no obstante su fértil temporada como crítico literario en diversos medios y sobre todo en el primer sábado de unomásuno, a principios de los 80, donde obsequió a sus lectores extraordinarios ensayos sobre muchísimos autores mexicanos y extranjeros, entre los que recuerdo su acercamiento a Xavier Villaurrutia, o su lectura acuciosa de Heinrich Böll, por solo mencionar algunos. La vena de buen maestro impera en estos textos ensayísticos de Huberto Batis y aprendemos, —pero también aprehendemos— del misterio y el milagro de la literatura.

Y justamente una de las mejores críticas —o crónicas, según se prefiera— que he leído en mi vida es la que Batis hizo de Bajo el bosque blanco de Dylan Thomas, que dirigió el gran Juan José Gurrola en la Casa del Lago de la UNAM y que está incluida en el corpus de Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, y la menciono porque la narración de la atmósfera en la que se describe la puesta en escena, la integración y delineación que hace de los personajes mismos y de los actores, así como del diseño espacial del montaje gurroleano dan al lector una extraordinaria foto en movimiento, casi como si de un video se tratase, llegando al fondo humano de Bajo el bosque blanco de Dylan Thomas.

Pero es justamente en Lo que Cuadernos del Viento nos dejó que Batis consigue su mayor apuesta estética con la literatura fusionando la narrativa en primera persona, el diálogo, la descripción de atmósferas, la crónica, la entrevista y la memoria con los rigores del ensayo. ¿A qué me refiero con los rigores del ensayo? A que hay momentos en el libro que requieren la justeza y precisión de la cita literaria, la ubicuidad inequívoca del hecho histórico y social. Y Batis sin perder un ápice de su emoción narrativa, lo hace, lo logra, forjando incluso secuencias desgarradoras, de un gran dramatismo existencial, como la que refiere la caída de Cuadernos del Viento, la revista que fundó con su coterráneo, el también escritor, traductor y periodista jalisciense Carlos Valdés. (La foto de Batis en el basurero no solo es una catarsis para el autor, sin duda lo es para también para el lector que ha estado prendado de la narración desde un principio, viviendo con Batis sus memoriales aventuras). El ensayo como emblema de la vida misma, de la biografía o la autobiografía, es lo que Batis logra en este libro donde otro tramo demoledor es el linchamiento homofóbico y moralino de Juan Vicente Melo y su renuncia como director de la Casa del Lago, así como la solidaridad de que el escritor y musicólogo se vio rodeado, gracias a la valentía de gente como Huberto Batis que cerraron filas para defenderlo.

Años después Batis publica Por sus comas los conoceréis, pero quizá porque median casi 25 años entre uno y otro libro, en Por sus comas..., no se percibe ya ese nervio de juventud en vilo, de escritor joven enfrentado al destino a cabronazos, que sí hay, y expuesto con maestría y conmovedora temperancia en Lo que Cuadernos del Viento nos dejó. Por sus comas… es más bien un testimonio adusto, fábula con datos verídicos, pero también salpimentado de mucha fantasía y buen humor por ese maestro del soliloquio que nos cautivaba en la redacción de sábado de unomásuno cada viernes, día en que entregábamos las colaboraciones y recibíamos los primeros ejemplares de sábado.

Mucho habrá que estudiar, analizar y releer de estas páginas autobiográficas, signadas por el aliento ensayístico-novelístico-novelizador de Huberto Batis, así como de sus libros de crítica, Análisis, interpretación y crítica de la literatura (1972), Aquiles trágico (1983), Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas (1983), Amor por amor: Leopold y Wanda Sacher-Masoch (2003), Crítica bajo presión: prosa mexicana 1964-1985 (2004), La flecha en el aire, La flecha en el arco, La flecha en el blanco y La flecha extraviada (2006).

Entre los ensayistas mexicanos del Siglo XX, sin duda Huberto Batis, joven de 80 años, está al lado de los mejores, y de los más innovadores.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Se busca heredero: Onetti veinte años después

Diciembre/2014
Letras Libres
Fernanda Trías

"Cada día me parezco más a Onetti”, me dijo una vez Mario Levrero. Se miraba en una foto en la que aparecía, serio, distante, en el espejo del baño. El pelo casi blanco, escaso arriba, despeinado sobre las orejas, la barba sin afeitar, los ojos saltones detrás de los lentes de montura gruesa, y algo en la caída de las mejillas. Sí, se parecían, y la metamorfosis no terminaría ahí. Este 2014 marcó no solo veinte años de la muerte del más brillante, complejo y enigmático escritor uruguayo, Onetti, sino también diez años de la muerte de este otro escritor oculto, Levrero, que eligió un tipo distinto –aunque cercano– de encierro. El primero es mi escritor más admirado, el segundo, además, fue mi amigo. Los dos tenían con la literatura, para usar la famosa frase de Onetti, una relación de amantes. Escribían por impulso, evitando a toda costa la burocratización de la escritura, el rutinario profesionalismo, desentendidos de la fama y de los honores; escribían irremediablemente, a pesar de sí mismos, con goce (no con placer); escribían como “un acto de amor”.
Hablo de Levrero y no me equivoqué de homenaje, porque fue él quien me recomendó La vida breve como un libro “indispensable para tu formación”. A mis veinte años, solo había leído El pozo, primer libro de Onetti publicado en 1939. El pozo, novela breve, intimista, con un estilo duro y seco, es la más accesible, digamos la más juvenil de una obra que nació madura, profundamente adulta. Un hombre cumple cuarenta años, está solo en su pieza de pensión, camina, mira el cuarto como si lo viera por primera vez y escribe sus memorias. Escribe mientras la noche cae, se instala e inexorablemente se le escapa: “Me hubiera gustado clavar la noche en el papel como a una gran mariposa nocturna.” En esa pieza narra sus “ensueños” y dos intentos frustrados de compartir o confesar estas aventuras mentales con un poeta amigo y con una prostituta. Primer relato de la imposibilidad de toda comunicación –fracaso que será recurrente en la obra de Onetti–, El pozo marca la muerte de una esperanza, tibia como las brasas hacia el final de la noche. Después vendrían sus novelas y cuentos más notables, esos relatos “subrayables”, que a cada párrafo deslumbran y al mismo tiempo humillan; una obra amplia, densa y despiadada.
La vida breve la compré finalmente en una librería de viejo. Le faltaba la contratapa y en su lugar habían pegado un cartón liso. Tardé un par de años más en acometer la lectura completa, pero incontables veces leí el comienzo, al punto que exclamar “¡Mundo loco!” se convirtió en mi muletilla de esos años. El primer capítulo de La vida breve sigue siendo, para mí, una lección magistral sobre cómo narrar una escena que ocurre al otro lado de una pared. Brausen escucha la conversación de la pareja, mientras de su lado se cuece el horror: el seno mutilado de Gertrudis, la espera, la cicatriz anticipada por Brausen, maneras ensayadas de la compasión y el rechazo.
La vida breve es la novela donde se funda Santa María, ciudad imaginada y ahora mítica, mezcla de las primeras dos ciudades de Onetti, Montevideo y Buenos Aires, y que integra la trilogía sanmariana junto a El astillero y Juntacadáveres. Pero la cosa es más compleja aún, y ahí radica la vigencia de la obra de Onetti: Santa María no es solo una invención del autor, es también una invención de Brausen, personaje-escritor del que a su vez nacen otros personajes, que reconocen en Brausen a su Creador (“Padre Brausen que estás en la Nada…”). Santa María encarna mejor que ninguna otra ciudad, real o imaginaria, el “ser rioplatense”, y si en Levrero hay una “angustia difusa”, tan montevideana, en Onetti hay una angustia concreta, sólida como una roca que se interpone en el camino, de modo que leerlo es transitar una geografía llena de obstáculos, dolorosa (“la experiencia cubierta de cicatrices”), pero que recompensa el esfuerzo en cada página.
¿Qué hacer, cuando se aspira a ser escritor, con un padre así? Según Juan José Saer, todos los aspirantes a escritores de su generación conocían de memoria el comienzo de Los adioses: “Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada.” Difícil levantar el guante de Onetti, padre sin hijos o padre inmortal. Su voz es pregnante y su adjetivación ha llevado a más de un aspirante al fracaso. Imitar la prosa de Onetti es como hablar con la voz del Pato Donald y querer salir indemne. El escritor uruguayo Ramiro Sanchiz me dijo una vez que hay obras que abren caminos y otras que (por su carácter de definitivas, agrego yo) los cierran. A ese segundo grupo pertenecería Onetti, y es cierto que las nuevas generaciones han buscado otros referentes, en la narrativa norteamericana sobre todo (Cheever, McCarthy), o a veces en la tradición de Felisberto Hernández y su pequeña observación luminosa. Si se mira bien, los grandes escritores uruguayos posteriores a Onetti, como el propio Levrero o Marosa di Giorgio, tomaron un camino tan radicalmente lejano que ni siquiera pueden medirse con la misma vara. ¿Será esa, acaso, la única salida?
Cuando se habla de Onetti se piensa con frecuencia en dos cosas, en sus atmósferas –esos espacios opacos y lentos del desencanto– y en su manejo atiborrado del lenguaje. Se suele olvidar, sin embargo, que Onetti fue un escritor experimental, un maestro de la novela breve que trabajó como pocos el punto de vista, no solo en la inolvidable Los adioses, donde el enigma depende única y engañosamente de lo que ven –y sobre todo de lo que no ven– el narrador y sus informantes, sino también en los relatos narrados por distintos personajes (como buen heredero de Faulkner). En “Jacob y el otro”, por ejemplo, la historia se va armando como un mosaico, organizada en capítulos que se anuncian: “Cuenta el médico”, “Cuenta el narrador”, “Cuenta el príncipe”. El conocimiento de una historia siempre es parcial y confuso, siempre es relativo, tal vez falso. La existencia de una verdad es constantemente cuestionada. Podríamos decir que Onetti “pasa” de la verdad, así como se desinteresa del realismo por lo que respecta al habla de sus personajes, pues la ficción lo es todo para él. Onetti es un narrador nato. En una entrevista, habló de su primer impulso narrativo: “Recuerdo que en mi infancia empecé a mentir. Volvía a mi casa y contaba aventuras que nunca habían ocurrido. [...] Para mí el escritor empezó ahí, mintiendo.” Onetti cuenta. Cuenta, a veces, historias que le fueron contadas (“Jacob y el otro” o “El infierno tan temido”, referida por su amigo y presidente de Uruguay, Luis Batlle Berres) y a su vez sus personajes cuentan, al lector, a otros personajes. En definitiva, como escribe Josefina Ludmer, en Onetti “lo que cuenta es el contar”.
Es ese impulso narrativo “puro” lo que parece escasear hoy. A veinte años de su muerte, la obra de Onetti sigue vigente e inexplorada; su literatura no se ofrece, sino que espera que la vayamos a buscar. Habrá que hacerlo. Habrá que leer más a Onetti y, sobre todo, habrá que leerlo mejor, leerlo hasta “adivinar de dónde provenía su secreto, su sensación de cosa extraordinaria”.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Daniel Sada: ver suceder

Diciembre/2014
Letras Libres
Adriana Jiménez García

Durante sus últimos meses, Daniel Sada fue perdiendo la vista. Pero, habiendo desarrollado una mirada sobrenatural durante toda su vida, se volcó hacia su paisaje interior con naturalidad –como hacía desde niño cuando las insuficiencias del mundo lo decepcionaban– y lo halló interesantísimo, divertido y apacible.
Desde allí encaró todas las ordalías del cuerpo y fue dejando de lado, sin renunciar a la vida ni en el último minuto, las distracciones del mundo.
No es que no habitara a diario el universo de su invención. Desde siempre, conforme iba configurándolo con sus palabras prodigiosas, se vivía y desvivía en él –procedimiento habitual en los escritores–; salvo que ahora podía entregarse a su contemplación con toda calma, cuando el desasosiego de su enfermedad, brutalmente desgastante pero por fortuna indolora, se lo permitía.
En ese paisaje convivían los numerosos personajes que comenzó a engendrar desde antes de conocer el alfabeto; todos los lugares que supo inventar, con sus correspondientes mapas, capitales y gentilicios; todos los libros que leyó y releyó, y de los cuales había memorizado páginas completas; todos los vocablos que con minucia y deleite acopió, hibridó, inventó; todas sus tramas desopilantes; todas sus frases entreveradas; todo su humor sardónico, candoroso, diablesco, culterano.
Poco menos de un mes antes de su muerte, quiso que le releyera los inicios de sus textos preferidos. Seguía escribiendo con la cara muy cerca de la pantalla de la computadora, con tipografía Times New Roman a 72 puntos, reconcentrado como siempre, muy en lo suyo, pero se cansaba pronto. Nos recostábamos entonces para tomar la siesta, con extremo cuidado de no remover la línea, el catéter de la diálisis que hubo que hacerle cuatro veces al día los primeros meses, de manera manual, y luego cada noche con una ruidosa cicladora portátil, y después, ya en los últimos días, en el hospital.
La línea era lo que lo mantenía con vida. La línea de goma estéril que purificaba su sangre; la línea por día que recomendaba Victor Hugo; la línea de su pensamiento. La línea de la memoria. La cadena de significantes. Las palabras en su ordenada sucesión, dóciles y siempre un poco bárbaras entre sus manos, en su cerebro, en sus labios.
Me pidió que comenzara leyéndole el principio de Gran Sertón: Veredas, de Guimarães Rosa. A los dos renglones él ya repetía conmigo la prosa del brasileño. Me callé y él siguió. Así fue durante casi tres páginas; habría seguido, pero estaba agotado.
Al otro día dijo completo el “Canto a un dios mineral” de Jorge Cuesta; yo leía los primeros versos de cada estrofa y él los completaba. Se regodeaba en el ritmo; degustaba los vocablos. Durante los días siguientes fue recordando y repitiendo en voz alta pasajes enteros de El zafarrancho aquel de via Merulana, de Gadda; de las Memorias de Adriano, de Yourcenar; de la Divina Comedia de Dante –la traducción en verso–; de Al revés, de Huysmans, del Tristram Shandy de Sterne, del Ulises de Joyce y de los varios tomos de En busca del tiempo perdido de Proust; de Confesiones de una máscara de Mishima. Con la poesía se prodigaba: regresó varias veces al “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo, y a varios de los versos obscenos y satíricos del mismo; iba de una estrofa a otra del Polifemo y las Soledades de Góngora; de uno a otro de los numerosos romances del Cancionero español; con el “Prometeo” de Leduc se divertía en grande; se detenía en Díaz Mirón pero mucho más en López Velarde, en Pessoa y sus heterónimos –en especial en Alberto Caeiro–; pasaba al padre Placencia, a Concha Urquiza, a Mallarmé, a Walcott, a Octavio Paz... “Piedra de sol” giraba en su boca, lo mismo que “Trabajos del poeta”: “Como un dolor que avanza y se abre paso entre vísceras que ceden y huesos que resisten, como una lima que lima los nervios que nos atan a la vida, sí, pero también como una alegría súbita, como abrir una puerta que da al mar...”
Regresaba a Suetonio y a Los doce césares; iba de Plauto a Terencio y en Plotino se quedaba por largos ratos; seguía con Séneca y Marco Aurelio, con Epicteto y los Diógenes: el cínico y Laercio.
Resolvía crucigramas por interpósita persona; solo había que leerle el acertijo léxico y él iba llenando las casillas cruzadas por intermedio de mi mano. Él, que se entregó a sus cóleras y a sus impaciencias como cualquiera –y pocas cosas lo impacientaban tanto como ser interrumpido mientras escribía–, sacó provecho de los filósofos grecolatinos, en especial de los estoicos, como nadie que yo haya conocido.
Nunca habló de la muerte conmigo; jamás condescendió a la queja. Es verdad que la neuropatía que le quitó la vista y le enmascaró los infartos también le evitó el dolor físico, pero motivos tenía de sobra para maldecir por todas las atrocidades que tuvo que soportar durante años enteros y que se intensificaron en su último año de vida. Pero no lo hizo; nunca maldijo en sus últimos días.
Su relación con el universo y con las palabras se fue haciendo cada vez más esencial; no es que no se quebrara a veces –cómo podía no haberse quebrado a veces–, pero se recuperaba de inmediato y enseguida volvía a apostar por la vida, es decir, por las palabras. Escribía otra línea; en voz alta decía otra línea, propia o ajena –pero ya todas eran suyas–; me pedía que le leyera otra línea. Se concentró en los momentos: “La vida puede ser un infierno, pero cada instante es un milagro”, citaba de memoria.
Sí: el paisaje interior de Daniel Sada fue la estación mejor en la que pudo estar antes de emprender su mayor viaje. Allá se retiró, a esos lugares que inventara y recorriera a placer por largos ratos y todos los días; él, que vivía a caballo entre lo que arbitrariamente denominamos realidad y ese cosmos imposible que iba construyendo conforme sus dedos largos y elegantes se desplazaban por el teclado.
“Quizá entienda en la otra vida, en esta solo imagino”, era el texto completo de uno de sus cuentos, llamado “Pase lo que pase” y dedicado a todos.
Ese cuento –él así lo concibió– es minimalista o minorativo según la terminología clásica; es una peculiaridad, una rareza entre sus demás textos caudalosos.
Daniel Sada construía su cosmos en el aire con la desaforada riqueza verbal que fue uno de sus sellos, con la sintaxis peculiar y preciosista que desembocaba con frecuencia en gracejos deslumbrantes, rudos, guiñolescos, imprevisibles y mordaces; con esa puntuación característica que llevó hasta sus límites el recurso formal de la aposiopesis, subclase de la elipsis que insertaba pausas de donaire; cambios de ritmo que introducían pies quebrados entre la profusión de octosílabos, alejandrinos, endecasílabos; síncopas que daban una extraña vivacidad a sus entreveradas frases. Así era la prosa proliferativa, desmesurada y virtuosa de quien consideraba que un escritor sin oído no podía aspirar nunca a escribir bien.
Insisto: no es que otros escritores no se vayan todos, en alguna medida, a vivir a sus ficciones –Sada solía recomendar enfáticamente a sus alumnos irse a vivir a la novela que estuvieran escribiendo, por ejemplo–, sino que la manera en que él ejecutaba esos viajes cotidianos se distinguía porque su narrador/sujeto lírico –ya Christopher Domínguez Michael lo nombró “el más poeta entre nuestros novelistas”– se endiosaba de tal modo con lo que iba contando, que no podía evitar entrometerse en las tramas a la menor provocación.
Indulgente e implacable, burlón y desapegado, con una mirada que desollaba con ternura a sus personajes al tiempo que los iba concibiendo, manipulaba a esos entes candorosos y excéntricos tanto como los obedecía. Le daban sorpresas deleitosas a menudo; mientras estaba escribiendo se le oía reír en voz alta; otras veces, al pasar frente a él, sus ojos alucinados revelaban que no estaba en este mundo, sino en el otro, en otros; en uno u otro de los muchos otros que rebullían en su cabeza y que esperaban con paciencia manifestarse por intermedio del escritor.
Se ha dicho con frecuencia y de distintas maneras que Sada se la ponía difícil al lector. No es extraño; sus otros apetitos y placeres vitales predilectos eran el beisbol y el ajedrez. Los juegos fáciles le aburrían; la prosa normalizada le parecía groseramente empobrecedora; lo previsible lo irritaba. De ahí que en sus narraciones no haya esos finales sorpresivos que los manuales y los decálogos recomiendan.
Sus desenlaces son como escansiones que prometen encabalgamientos; se daba el lujo de dejar en suspenso la acción, para no condescender con los remates efectistas tan del gusto de quienes consideran que el cuento, por ejemplo, deber ser una especie de adivinanza.
Para Daniel Sada en cambio, toda escritura que valga la pena debe renunciar desde el principio a pretender desentrañar el misterio; a lo que ha de propender, por el contrario, es a preservarlo, hay que ceder a la imantación de lo que se insinúa y no llega nunca a revelarse a plenitud.
Toda la escritura de Sada agrieta, por medio de los prodigios del lenguaje, la quebradiza capa de lo que damos por hecho para dejarnos entrever, por entre esos intersticios preciosistas, la extrañeza de lo habitual, la anomalía que con sus contrahechuras nos recuerda que la sustancia de nuestras certidumbres es puro humo, pura imaginería, puro polvo y sin embargo polvo enamorado, lujoso hasta en su reseca escarapeladura, lujurioso en sus opacidades.
De Lampa vida –su primera novela publicada, en la que un pobre diablo se roba a una muchacha y se pierde con ella por los pueblos del desierto norteño por el puro gusto de ejercer su malhadada vocación de payaso– hasta A la vista, donde un par de hombres humillados ceden a la atracción por el abismo, pasando por Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, crónica monumental de unos padres que buscan a sus hijos asesinados y desaparecidos tras una manifestación –asunto tan amargamente actual– y por Casi nunca, donde un agrónomo cerril y tosco se desfoga en el deseo y se ahoga de deseo al mismo tiempo, Daniel Sada aborda con una escritura que deja sin aliento los imperativos carnales del animal humano, con todas sus mezquindades, con todas sus torpezas y con todos sus apetitos.
A pura prosa medida, a puro léxico catedralicio, a puro meandro de frases derivativas, a pura agudeza de oído y visión minuciosa, y por pura fuerza estética, la pequeñez humana, la vileza, el crimen y los pecados mortales y veniales de toda laya devienen objetos dignos de atención, máquinas para experimentar el misterio.
El mundo para Sada fue, sobre todo, un acontecimiento del lenguaje, por supuesto. Educado en los clásicos y en los autores del Siglo de Oro, su relación con las palabras estaba tocada por la fascinación de los vocablos, sus primeros juguetes.
Tanto como los arcaísmos, los neologismos y la terminología técnica, los registros del habla popular le fascinaban; la retórica antigua, con todo su venerable bagaje, le divertía en grande; en los autores más culteranos encontró a sus pares y se sentía a sus anchas también entre lo que se denomina la gente común. Hablar con ancianos era para él motivo de alegría; los mayores le aportaban modos de decir que de inmediato incorporaba en sus escritos. Leía diccionarios antiguos y modernos, manuales y textos especializados con manía de antropólogo o naturalista del siglo XIX, siempre a la búsqueda de especímenes raros para su colección. Y, desde luego, también se daba el lujo de inventar palabras todo el tiempo.
Había hecho acopio de un bagaje tan sustancioso, se había apropiado de tal manera de cuanto lenguaje frecuentó, había memorizado tanto término jugoso, tantas páginas de tantos autores predilectos, que cuando el mundo se fue retirando de sus retinas pudo instalarse a placer en los paraísos de invernadero que con tanto gusto fue cultivando a lo largo de toda su existencia. No habitaba un solo paisaje interior: eran muchos y muy variados, pero es cierto que aquellos que con mayor fascinación disfrutó fueron los páramos encandilantes que creó para sí, análogos al desierto en el que vivió sus primeros años, ese al que le tenía veneración y también un sagrado respeto:
Quien vaya por el desierto no se espante al encontrar
esqueletos de animales o de gente
suele ser
pues es trasunto común el quedarse a la mitad.
Pocos son quienes lo cruzan,
pocos salen sin estrago,
acaso porque su luz no se muda,
está allí, desamparada, a la buena de los vientos.
Y si hay agua de espejismo es para insinuar la sed,
un engaño que pervive
o una trama prodigiosa que emborrona los caminos.
Después mata, sin saber...
Creando así sus desfiguros.
El espacio como siempre queda limpio
más austero o más ardiente.
Y es que el sol nos desconoce
el sol reza su oración
por eso no hay que atreverse.
(“Claridad reminiscente”, en Registro de causantes)
Es que el sol nos desconoce, sí; y no siempre en el desierto. Luego de su primera operación de cataratas, la luz del día se le puso en contra de tal modo que hubo que interponer entre él y esa luz exasperante y lesiva unas micas oscuras o amarillas. De eso tampoco se quejó; el mundo, de todos modos, siempre le pareció un tanto absurdo. También risible. Y lleno de acertijos que nunca juzgó necesario adivinar del todo, sino que condescendió a habitarlos a su modo y en sus términos.
Tal como era cuando venturosamente escribía, sus ojos estaban y no estaban en las cosas de aquí. Algo es seguro: lo que su mirada le daba era extremadamente divertido, misterioso y anómalo para su bien.
Este mundo insuficiente también era divertido para él; si bien no gustaba de hacer vida social en demasía, cuando llegaba a aceptar invitaciones era amenísimo; como maestro era entregado pero también implacable; contaba chistes como nadie, y era capaz de reírse de prácticamente todo. De niño le tuvo devoción a los títeres; de mayor, no dejaba títere con cabeza.
Al escribir, verdaderamente se fugaba: lo recuerdo con su cigarro entre los dedos, con un café turco muy espeso y muy negro junto al teclado, y con los ojos como alumbrados, perdidos, con un punto de regocijo y placer que no me es posible, por fortuna, olvidar.
“No entiendo eso del terror a la página en blanco –solía decir–, me dan lástima los que sufren tanto al escribir; mejor que no escriban; qué necesidad.”
Sin embargo lo conmovían profundamente los autores atormentados y malditos, a condición de que fueran también virtuosos del lenguaje.
Cuando grabó un disco compacto en la colección “Voz viva de México”, Daniel Sada decidió llamarlo Ver suceder. Esa figura del “ver suceder” aparece en su poesía, atraviesa su poética y es otra de sus claves. Ya sea que estuviera entre la gente, para quien sabía hacerse entrañable de inmediato si quería, como cuando se retiraba a sus paisajes interiores por intermedio del teclado o por los entresijos de la memoria, ese ver suceder fue una de sus divisas; y con lo que veía –“el punto de vista es lo fundamental de toda historia; ni el tema ni la anécdota ni siquiera el personaje tienen tal importancia”, enfatizaba siempre– elaboraba, tramaba, construía.
Leerlo es habitar sus paisajes interiores; dejarse seducir por su lenguaje, por sus ritmos, por sus prodigios, es ver suceder con él los absurdos del mundo con tanto compasivo placer y con tanto inocente sarcasmo como conviene a todo aquel a quien la realidad, como a él, le llegue a parecer insuficiente.

El conversador y el polemista

Diciembre/2014
Nexos
Jesús Silva-Hérzog Márquez

Desde las páginas inolvidables de Octavio Paz y Alfonso Reyes, Jesús Silva-Herzog Márquez revive la conversación fraternal e intelectual que sostuvieron los dos más grandes escritores mexicanos durante varias décadas. La obra literaria de Paz y Reyes, dice el nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, está inserta en la vida pública: no hizo a un lado nunca el sentido de responsabilidad nacional.

La palabra no es solamente la voz que entretiene y comunica, el vocablo que transmite información, deseo, recuerdos, órdenes. La palabra es nuestra casa. El lenguaje es una habitación que nos esculpe. Residencia, la palabra moldea, en su voz, nuestra experiencia. Es el puño de una jaula o el aire de un plaza. La filosofía política ha trazado a lo largo de los siglos arquitecturas penitenciarias de la palabra. Ahí está la República de Platón —sin poetas, el Leviatán de Hobbes— sin comediantes, la democracia de Rousseau, sin actores. No hay tiranía que no reconozca el inmenso poder de nombrar y que no trate, en consecuencia, de imponer un lenguaje. Todo despotismo aspira a ser un regimiento de palabras. Fuera el poeta que reinventa el lenguaje; fuera la metáfora que subvierte los significados; fuera los discutidores que riñen; los conversadores que opinan, los comediantes que provocan risa, los dibujantes que ridiculizan. El súbdito demuestra su rendición repitiendo las palabras muertas del poder.
Dos escritores mexicanos han levantado, con palabras, otra arquitectura común. Vivificando nuestro lenguaje nos ofrecen otra república. No me refiero a la república de las letras, a la sociedad de los escritores, a la mafia de los intelectuales, al universo de la letra impresa. Creo que en las páginas, en los poemas, en las notas, en los ensayos de Alfonso Reyes y de Octavio Paz hay un modelo de convivencia, una estancia para el encuentro y la divergencia, una casa del entendimiento y un lugar para la controversia. Algo nos dicen hoy esas construcciones cuando vivimos en casa rota.
Paz y Reyes no se empeñaron solamente en su obra. Estaban convencidos de que esa obra literaria se insertaba en otra, de carácter público. “No es lo mismo escribir en un país que se da por hecho —dice Gabriel Zaid—, en una cultura habitable sin la menor duda […], que escribir sintiendo la urgencia de crearlo todo.1 Tiene razón Zaid, Reyes y Paz están sellados por un denso sentido de responsabilidad nacional: lo que se escriba puede hacer de México un país más habitable. Su relación comienza a finales de los años treinta. Muchas cosas los acercaban a pesar de la diferencia de edades. Escritores refugiados en la diplomacia, descendientes de hombres incendiados por la pasión política, escribieron poesía y ensayo buscando, cada uno a su modo, poner al país en diálogo con el mundo y proyectar a México fuera de su mapa. Su epistolario muestra la cercanía y el cariño, la admiración mutua. Admiración certera, hay que decir porque atina como nadie en el blanco del elogio. En París, el 26 de julio de 1949, Octavio Paz le escribe a Reyes:
Por todas partes encuentro sus huellas —le dice—. No hablo del escritor, sino del hombre. Y sólo hasta ahora puedo comprender de veras la tristeza que alguna tarde —en Industria 122— me dejó ver. Tristeza, ya sé, sin amargura. Es cierto; aparte de lo que le debemos todos como aprendices de literatos y poetas, su mejor lección ha sido su incapacidad para el rencor y la envidia.
Nunca apareció el tuteo pero el abrazo es auténtico y hondo. Los dos brazos se abren al terminar cada carta. Al recibir uno de los primeros ejemplares de El laberinto de la soledad, publicado en 1950 por Cuadernos Americanos, Reyes le agradece así el envío, con los signos de admiración por delante:
¡Qué libro tan claro y noble, querido Octavio Paz, su Laberinto de la soledad! ¡Qué probidad, qué justicia y qué elegancia! (¿no serán lo mismo en el fondo?) Me resisto a empañar la expresión de mi enhorabuena con agradecimientos de orden personal. Pero ¿cómo evitarlo, si lo quiero de veras y ninguna palabra suya me deja indiferente?
Ya va Ud. por su camino derecho. Desde mi cansancio y mi alegre vejez, le abro los dos brazos, efusivamente.
Alfonso Reyes
En el ensayo que Paz dedica a Reyes tan pronto recibe el telegrama con la noticia de su muerte, el poeta aclara las fuentes de la admiración, al tiempo que esboza el origen de sus distancias. Vivimos un mundo que perdió respeto por la forma. Las frases hechas lo inundan todo. Por eso, dice Paz, “el amor de Reyes por el lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro”. Reyes es el enamorado de la mesura y la proporción. Hombre para quien todo ha de resolverse en equilibrio. “En una época de discordia y uniformidad — dos caras de la misma medalla— Reyes postula una voluntad de concierto, es decir, un orden que no excluya la singularidad de sus partes”. Pero ese afán de concordia es también motivo de distancia. Paz advierte tibieza en su carácter; debilidad, indecisión, reprobables silencios. Cauteloso siempre, se negó aventura, incluso las más seductoras de su tiempo: la aventura del arte moderno, la aventura de la poesía contemporánea; la aventura de la denuncia. Si se asomó a la nueva poesía lo hizo fríamente, sin pasión amorosa.
En esta estampa necrológica está la pista de una disyuntiva vital y literaria, la bifurcación de las dos vocaciones intelectuales más fértiles del siglo XX mexicano. No son solamente dos acentos literarios, dos intensidades, dos tonos; dos concepciones del papel del intelectual en la vida pública. Se trata de una controversia sobre la naturaleza misma de la ciudad, un desacuerdo implícito sobre la textura que la palabra debe tener en la plaza. Palabra tersa o punzante; escritura conciliadora o belicosa. Crema que alivia o ácido que corroe.

Tomemos un librito de poemas de Alfonso Reyes publicado en 1948 con título justo: Cortesía. Lo ilustran dibujos del propio Reyes quien busca rescatar en ese volumen la costumbre de los versos de ocasión. Habría que tomárnoslos más en serio, dice. O sea: en broma. “Desde ahora te digo —le advierte al amigo que abra el libro— que quien sólo canta en do de pecho no sabe cantar; que quien sólo trata en versos para las cosas sublimes no vive la verdadera vida de la poesía y las letras, sino que las lleva postizas como adorno para las fiestas. Déjate convencer poco a poco… Haz cuenta que charlamos un rato, y ponte cómodo”.
El autor de la Ifigenia cruel es maestro de la cuartilla acerca de nada, escribió Hugo Hiriart. “Reyes está disperso en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras”. La dispersión, la variedad de sus temas, la suavidad con la que los aborda y se desprende de ellos, la juguetona curiosidad con la que abre los ojos y deja correr la tinta, la cordialidad de su pluma, siempre clara y generosa muestran al escritor como “el centro atractivo de una sociedad de inteligencias”. La fórmula que Reyes encuentra para describir

a Montaigne le es perfectamente aplicable: sus textos lo retratan como una comunidad de sensibilidades, una congregación de múltiples percepciones, un coloquio de agudezas.
La pluma de Alfonso Reyes se alegra en excursiones, no en alegatos. No pretende imponer una idea, lucir lecturas, dar lecciones. Se maravilla de la inteligencia de un comprador de jamón, encuentra en su organismo pistas para una filosofía, comparte su trato con los libros, reconstruye las conversaciones de la calle, observa insectos, microbios, el polvo. Es un comentarista de lo mundano que aprecia el necesario desorden de una casa o los milagrosos oficios de los barredores. Un amigo que tiene siempre presente a sus amigos: cuando temo que me he documentado imperfectamente, se me aparece como un reproche la cara de Menéndez Pidal; cuando no me expreso con precisión veo a Pedro Henríquez Ureña, cuando quiero más sensibilidad, viene Azorín; cuando me pongo un poco cursi llega Borges y me reprocha en silencio. Y cuando me pongo un poco pedante, aparece, en protesta, ese gran maestro de sencillez que fue Enrique Diez Canedo. Alfonso Reyes es un moralista que encuentra en la sonrisa el verdadero signo de inteligencia. Un sensualista que acaricia los misterios de la piel. Un pícaro. Es también un hombre que se asoma a la teología: un filósofo que medita sobre el derrumbe cósmico. Ahí está, tal vez, la circunferencia que Borges exaltó: de la curvatura de la sonrisa al abismo universal. Todo —el cuerpo, los libros, la casa, la amistad, el barrio y el universo— bordado con la calidez de la palabra diaria.
Reyes, la indescifrable Providencia que administra lo pródigo y lo parco nos dio a unos el sector o el arco pero a ti la total circunferencia.
El aro que Borges ubica como el regalo que los dioses obsequiaron a Reyes corresponde a una sabiduría que bien vale llamar doméstica. Saber ver, saber leer, saber reír, saber expresar, saber convivir. No es la sapiencia que se desprende de la hazaña, el conocimiento que desciende de la teoría, la victoria que alardea el eficaz. Es lo más lejano a una doctrina, a la ciencia envanecida por su hallazgo: es la sabiduría de un escéptico que no se establece en la certeza. La escritura fluye así en el vaivén de la conversación: platiquemos un rato, es lo que nos propone Reyes.
Esa conversación que se presenta, a veces, como botana, como un bocadillo para abrir boca, es cimiento de país. Dibujo de otro país. La plática, más que pasatiempo, representa un “ideal de sociabilidad” que, como apuntó Benedetta Craveri,2 se convierte en emblema y modelo para la nación”. Frente a la brutalidad de los instintos y el imperio de la fuerza, la cortesía del intercambio. Frente a la arrogancia del dogma, la modestia fértil de la duda. Si hay un mensaje en la obra de Reyes es este: seamos, como estas líneas, conversación.
Se acusa al paseante de no haber concentrado su talento en la elevación de una torre magnífica que expresare el genio de su pluma. Pero ¿cómo habría de condensarse quien hizo de la dispersión, el mensaje. En su sátira del sistemático hizo que un bobo dijera:
Yo quiero mirar el mundo
por aquel agujerito:

como estará más redondo,

parecerá más bonito.
La divagación, como nos enseñó Montaigne, también es método. Es la luz de la razón vacilante. El paseo es el único camino del escéptico: para advertir los vaivenes del mundo hay que vivir “con el trasero en la montura”. Pasear: avanzar, dar la vuelta a la izquierda, chapotear en el lago, permanecer un tiempo bajo el árbol, retroceder, virar a la derecha. En el paseo se viven los azares de una conversación, tan negada al itinerario como ese viaje de caprichos. La palabra de Reyes es por ello una imagen de civilización en donde no hay voz que se imponga sobre otras, donde no hay plan que destierre el azar, ciencia que suplante la prudencia, ni itinerario que esclavice al tiempo. La palabra de Reyes levanta la ciudad conversada: no busca la verdad, aspira a la convivencia; no destruye ideas, las enlaza, las concilia. Supone una diversidad de voces, una multiplicad de tonos y acentos pero un código común de concordia. El filósofo conservador Michael Oakeshott dijo que lo que distingue al ser humano del animal y al civilizado del bárbaro no es la profundidad de sus razonamientos ni la complejidad de sus herramientas sino “su habilidad para participar en una conversación”. La palabra de Alfonso Reyes es la esperanza mexicana de esa civilización.
Encuentro un ejemplo perfecto para ilustrar esto: la discusión que Alfonso Reyes no tuvo con José Ortega y Gasset. En abril de 1932, el filósofo español publicaba en la Revista de Occidente un ensayo sobre Goethe bajo la forma de carta a un alemán. El texto irritó profundamente a Reyes quien veía en Goethe su modelo vital. Pero no levantó la voz para expresar públicamente su molestia. Sólo acertó a desahogarse con el argentino Eduardo Mallea a quien envió una carta que debía mantenerse en secreto. Ortega será un seductor pero es un sofista y un arbitrario, le dice. Y emprende la crítica:
El ensayo de Ortega y Gasset es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia. La soberbia es casi otro nombre de la filosofía: yo me forjo una idea a priori de la realidad y comienzo por establecer que es la única idea legítima. Luego, si la realidad no la cumple, trato a puntapiés a la realidad. ¿Entender a la realidad en sí misma? ¿Aceptarla siempre como hizo Goethe? ¡Eso ni por asomo se me ocurre!

Reyes desarrolla en una carta larga, intensa, vehemente, su rechazo a la lectura que Ortega haace de Goethe. Puntualmente recoge ocho tesis centrales de su ensayo y las hace polvo. El texto del filósofo hace agua por todos lados: son parrafadas pedantes que siguen la moda; frases cautivadoras que sirven para tapar la realidad. Un ensayo simplón e ignorante. Una pieza polémica ejemplar que, significativamente, Reyes aborta. Al final de la carta le insiste a Mallea:
Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de “adoración”, quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo.
La polémica muere antes de nacer porque la palabra en la que Reyes creía era la que se desprendía de cualquier principio de hostilidad. Y en la polémica Reyes veía un combate que no quería librar. Estaba enfáticamente contra el uso belicoso de las letras. Su labor era la otra, armonizar.

“Tomar partido es lo peor que podemos hacer”, escribe Reyes en su “Discurso por Virgilio”. “No estoy en el crucero: elegir es equivocarse”, dice Paz, como si confirmara la idea. Pero la voluntad de conciliación que se encuentra tan presente en Paz, se expresa de modo radicalmente distinto. Sí: toda su obra es búsqueda de la conciliación de los contrarios. Pero el lenguaje paciano tiene otra textura y cumple otra función en la ciudad. Las palabras se hacen y se habitan pero son, en Paz, residencia en estallido permanente. Su escritura no apacigua, corta; no conforta, carcome. La poesía es hendidura, le dice a León Felipe en una carta-poema: “ruptura instantánea, instantáneamente cicatrizada, abierta de nuevo por la mirada de los otros”. Herida, costra, herida. Alguna noche soñó con un lenguaje de “cuchillos y picos, de ácidos y llamas. Un lenguaje de látigos”. No es el lenguaje de la avenencia, sino el de la cisura: “un lenguaje guillotina”, dice en los “Trabajos del poeta”. Paz acomete las palabras:
Dales la vuelta,

cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,

dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos,

sécalas,

cápalas,

písalas, gallo galante,

tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,

destrípalas, toro,

buey, arrástralas,

hazlas, poeta,

haz que se traguen todas sus palabras.
La contrastante arquitectura verbal levanta otra ciudad. Su adobe es la pasión crítica, esa paradoja que nutre lo moderno. Pasión crítica, dice Paz: “amor inmoderado, pasional, por la crítica y sus precisos mecanismos de desconstrucción, pero también crítica enamorada de su objeto, crítica apasionada por aquello mismo que niega”. El poema aparece aquí como una máquina de antihistoria, un artefacto que disuelve todo lo que se presume permanente, que niega cualquier principio, afirma el cambio perpetuo y ama el ahora. Pasión crítica: ambas palabras son cruciales: lenguaje ardiente, palabra cortante.
La crítica y la pasión dan a la escritura de Paz (lo mismo en poesía que en prosa) una vehemencia polémica única en nuestras letras. No es el conversador que aborda un tema sin querer sujetarlo, sino el polemista que afila su argumento en la disputa. Paz estaba constituido para la confrontación. Le gustaba discutir. Y es que la crítica es la pulpa misma de nuestro tiempo. Nada es sagrado, nada intocable para el pensamiento. Sin crítica no hay razón libre, no hay creación que valga, no hay sociedad sana. La palabra hace ciudad precisamente cuando la interroga y la condena; cuando la insulta y desmantela. Ése es el servicio de la palabra: desencajar todo lo venerable: familias, templos, bibliotecas, cárceles, burdeles, colegios, fábricas, academias, juzgados, bancos; la revolución, la justicia, la fe.
Al celebrarse los cien años de Octavio Paz, el ensayista francésMarc Fumaroli lo describió como una especie de Montaigne moderno. El elogio es desafortunado. Lo es porque el ensayo del mexicano no es un paseo sin rumbo, un vaivén de conjeturas, un mirarse a sí mismo para apiadarse de los otros. Es, siempre, toma de posición en una controversia. El ensayo de Paz pertenece, desde luego, a otra tradición. No el ensayo cordial y vacilante sino el ensayo de confrontación. No el ensayo personal, sino el histórico, escritura implicada en su tiempo, fascinada por el sacrilegio y la blasfemia, anhelante de comunidad, celoso de su independencia.
La poesía que en Reyes aparece a veces como pasatiempo, como ejercicio amistoso de cortesía es, en Octavio Paz, una auténtica pasión revolucionaria. No es una forma de pasar el rato, un obsequio de cumpleaños. Videncia, profecía: el rival del pensamiento religioso. No es distracción: es saber. “El poeta —dice Paz en Los hijos del limo— es el geógrafo y el historiador del cielo y del infierno”. La palabra del poeta no es un mensaje en el florero, es la palabra de la fundación y de la desintegración. Pero el poema, dice Paz de muchas maneras, no es sólo un acontecimiento de palabras: es acto. “El poeta dice y, al decir, hace”. Puesto así, la responsabilidad de las palabras es otra. Ya no es el esmero ecológico de quien vela por el equilibrio, la prudencia de quien modula voz y tono para no desgarrar el fino tejido de la comunidad, sino el afán de descifrar el mundo, la determinación de subvertirlo. “Si el arte es un espejo del mundo, ese espejo es mágico: lo cambia”.
Hasta en la erótica de Paz hay combate. Todo amor, dijo, es una transgresión, un crimen social: “todo amor es inmoral”. Por ello saluda el delito en Piedra de sol:
mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita que lleva por clavel en la solapa un gargajo,
mejor ser lapidado en las plazas que dar vuelta a la noria que exprime la substancia de la vida, cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo en monedas de cobre y mierda abstracta;
Para Alfonso Reyes la política fue el reino de las disyuntivas salvajes. La palabra evocaría en él la imagen de su padre acribillado. No era sólo distancia: era pavor. La marca que le dejó, según confesó alguna vez, fue la imposibilidad de pensar políticamente, esto es “insistir en un solo aspecto de las cuestiones, fingiendo ignorar todo lo demás”.3 Afirmar la hospitalidad de la palabra lo llamaba a evadir la política, a renunciar al debate. Para Paz, nuestro peligro es otro. No la guerra, la abdicación. Que el mundo muera y ni siquiera estalle. El monstruo de la apatía se alimentaba en el barroquismo de nuestras formas, la solemnidad de nuestro trato, el griterío y la repulsiva costumbre del ninguneo. Paz sabía que discutir es una forma elemental del respeto. Que polemizar es tejer otra trama de comunidad, tan valiosa, tan digna como la malla de la conversación. Sus personajes más cercanos comparten esa fibra crítica: sor Juana y Duchamp; Rousseau, Tamayo y el marqués de Sade; Baudelaire, Marx. La familia de los disidentes. Mientras Reyes teme a la violencia, Paz teme, como Tocqueville, la sedación. La pesadilla de los hombres huecos que describe T. S. Eliot.
Somos los hombres huecos

Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
Ásperas nuestras voces, cuando
Susurramos juntos

Quedas, sin sentido

Como viento sobre hierba seca O el trotar de ratas sobre vidrios rotos
En los sótanos secos
Contornos sin forma, sombras sin color,
Paralizada fuerza, ademán inmóvil;
Aquellos que han cruzado

Con los ojos fijos, al otro
Reino de la muerte
Nos recuerdan —si acaso—
No como almas perdidas y violentas
Sino, tan sólo, como hombres huecos,
Hombres rellenos de aserrín.
Discutir era, tal vez, la verdadera forma de dialogar.
Mi abuelo, al tomar café

me hablaba de Juárez y de Porfirio,
los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.
Mi padre, al tomar la copa,

me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.
Yo me quedo callado:
¿De quién podría hablar?
La política, lejos de ser ocupación fugaz, fue presencia constante. En algún momento Octavio Paz lamentó volver a hablar de política y abordar los asuntos del día: Me había propuesto ya no hablar nunca de política pero aquí estoy, volviéndolo a hacer. Paz se disculpa pero reincide. En realidad, la política fue, a pesar de todas las advertencias, su idea fija, su preocupación constante. ¿Es acaso una casualidad que Itinerario, el prólogo que escribiera para sus reflexiones políticas, fuera el más extenso de todos? De ninguna manera, Paz lograba entenderse en el espejo de la historia del siglo XX, ante el cristal de la política mexicana y mundial. Si el poeta cree que la palabra no es un decir sino un hacer, reconoce en su escritura una forma de hacer historia y de rehacerla. Un terreno, sobre todo, para combatirla.
Reyes se equivoca cuando señala al polemista como un tramposo simplificador: subrayar un ángulo y pretender olvidar todos los demás. El filo polémico de Paz no lo empujó en ningún momento a ese engaño. Si, como dijo Gracián en el Criticón, “todos tropezamos con nuestro pero”, Octavio Paz aloja siempre un sin embargo en su argumento. La vehemencia argumentativa de Paz no lo lleva nunca al olvido de la verdad contraria, esa fuente tan común de la soberbia racional, como advirtió el sabio Pascal. Discute con otros pero discute también consigo mismo. No se detiene a cuidar la idea pensada, no se aferra a lo dicho. El viejo cuestiona al joven pero no lo traiciona.
Si se equivocó fue porque arriesgó, porque el arte de la crítica es, como dijo en su ensayo sobre Duchamp, un juego de cuchillos.

Dos casas frente a frente: la casa de la conversación, la casa de la polémica. Paradoja de los nombres: Reyes, un ciudadano de la cordialidad; Paz, un guerrero de la confrontación. Tal vez sea necesario decir que ambas residencias nos son necesarias. Aprender los dos tonos del diálogo. Palabras para la comprensión y palabras, también, para la indignación.

Versión recortada del discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. 11 de septiembre de 2014.

1 Gabriel Zaid, “Octavio Paz y la emancipación cultural”, Reforma, 24 de marzo de 1994.
2 La cultura de la conversación, Editorial Siruela, 2003.
3 De la carta a Martín Luis Guzmán del 17 de mayo de 1930, recogida en Alfonso Reyes, Cartas mexicanas (1905-1959), p. 225.

Los ojos de diamante. Apuntes sobre la amistad de José Revueltas y Efraín Huerta

Diciembre/2014
Nexos
David Huerta

En memoria de Raúl Álvarez Garín
Si usted se encuentra con el poeta Efraín Huerta, fíjese en unas extrañas protuberancias que ya empiezan a ser notables en él. Según el escritor José Revueltas, se trata de un árbol que tranquilamente le ha salido a Efraín en un costado. Lo único lamentable del caso es que el referido árbol no es más que un simple ahuehuete y no un bello laurel como él habría deseado. No obstante esta pequeña desilusión, el amigo Huerta lo cultiva con cuidado y no le da vergüenza confesarlo. Al parecer de Revueltas estas cosas les suceden a casi todos los poetas.
—“Cosas de Revueltas”, en Hoy, 21 de octubre de 1944.
Reproducido en Absoluto amor (1984), álbum editado por Mónica Mansour, con prólogo de José Emilio Pacheco.

El 17 de noviembre de 1943 fueron expulsados del Partido Comunista Mexicano (PCM) todos los miembros de la célula “José Carlos Mariátegui”. El secretario del Comité Central del PCM, Dionisio Encina, lo dispuso así por medio de una orden terminante; al final del kafkiano proceso, logró la total disolución de la célula.
Los expulsados fueron, entre otros, Vicente Fuentes Díaz, Rodolfo Dorantes (El Negro Dorantes, para sus amigos y camaradas), Enrique Ramírez y Ramírez y José Alvarado. La “José Carlos Mariátegui” —bautizada en homenaje al marxista peruano, ensayista excepcional— era conocida entre los comunistas mexicanos como “la célula de los intelectuales”; lo era tanto y tan claramente como lo demuestra este comentario de uno de aquellos expulsados: “A ver cómo le hacen ahora en el Partido, porque acaban de sacarnos a todos los que sabemos leer y escribir”.
Fue la de 1943 una purga en toda forma, con los rasgos ominosos de un juicio estalinista, es decir: un procedimiento judicial del cual se conoce (y se teme) de antemano el resultado; un desmantelamiento y un castigo ejecutado en nombre de los “intereses” de los obreros mexicanos y del proletariado internacional. Las acusaciones importan ahora muy poco; puede uno imaginárselas sin problemas, pensando en las personalidades de quienes fueron expulsados: indisciplina, “vida bohemia”, espíritu crítico, desacuerdos de todo orden con la línea programática. Algo resulta, empero, intrigante: ¿habría alguna razón de orden estético? ¿Acaso hubo alguna acusación en el sentido de no hacer planteamientos “positivos”, en el caso de quienes eran ya escritores conocidos, autores de obras literarias cuyos méritos comenzaban por entonces a reconocerse y celebrarse? Piensa uno, desde luego, en los escritores comunistas de esos años y décadas.
Dos de los más notorios expulsados de 1943 eran autores de obras literarias ya entonces prometedoras, sólidas, de calidad indiscutible; nacieron ambos hace 100 años, en 1914: Efraín Huerta Romo (el 18 de junio) y José Revueltas Sánchez (el 20 de noviembre); el primero, en Silao, Guanajuato, el otro en Santiago Papasquiaro, en la sierra de Durango. Huerta era hijo de un abogado y juez de acusadas simpatías villistas; el otro, Revueltas Sánchez, era uno de los jóvenes vástagos de un comerciante de aquellos rumbos serranos y norteños. El padre de Revueltas se preocupó desde muy temprano por la educación de sus hijos; cuando la familia se mudó a la ciudad de México, inscribió a algunos de ellos en escuelas donde se enseñaba la lengua alemana.
En 1943, a sus 29 años de edad, Huerta y Revueltas se conocían desde hacía ya algunos años, desde luego, y habían compartido experiencias, sostenido largas conversaciones, militado codo con codo junto a los demás comunistas mexicanos y también con algunos extranjeros, además de los consabidos compañeros de viaje. El más joven de los dos por cinco meses, Revueltas, tenía el extraño pero innegable prestigio —un poco mítico, legendario— de haber sido un jovencísimo preso político: en su primera juventud, a los 17 años, fue confinado en las Islas Marías por su militancia política. De ese encarcelamiento surgió una novela titulada Los muros de agua.
Después de la expulsión, y como consecuencia de ella, José Revueltas emprendió una militancia paralela, adversa a los rumbos del PCM, y fundó pequeñas organizaciones políticas (notoriamente la Liga Comunista Espartaco), escribió libros, hizo la crítica de sus antiguos camaradas; formuló, como culminación de todo ello, su conocida tesis sobre el mexicano “proletariado sin cabeza”, frase en la cual condensaba su visión de la inoperancia e ineficacia históricas del PCM. Rebasados los 50 años, asumió con admirable energía y no menos admirable lucidez una casi épica militancia junto a los estudiantes del movimiento de 1968; después de la matanza de Tlatelolco, dio con sus huesos en la cárcel por última vez. En el Lecumberri de Echeverría vivió, por lo tanto, sus últimas temporadas de preso político —murió en 1976 y fue enterrado en el Panteón Francés de La Piedad, donde también fue enterrado su hermano mayor, el músico Silvestre Revueltas—. Efraín Huerta nunca se separó del todo del PCM; fue un solidario compañero de viaje: en 1976, por ejemplo, contribuyó con una considerable suma de dinero —considerable, digo, para sus economías de hombre más bien pobre— a la campaña presidencial de Valentín Campa y dos años antes de morir publicó en las Ediciones de Cultura Popular —editorial de los comunistas mexicanos—, con ilustraciones de su paisano José Chávez Morado, el poema Amor, patria mía, obra de gran aliento. Ambos fueron marcados por el estalinismo, al cual Revueltas se opuso de diversos modos, siempre enérgicamente; Huerta, en cambio, se mantuvo obcecada y extrañamente fiel a sus “ideales de juventud”. No estoy seguro de si esa obcecación duró hasta el final de sus días pues prácticamente no hay rastro de ello en su gran poema de 1980, una compleja composición erótico-patriótica. Algo semejante puede decirse de casi toda la poesía compuesta por él en su última época.

Los tres poemas dedicados por Efraín Huerta a José Revueltas pertenecen a diversas épocas; además, le dedicó uno de sus poemas amorosos más bellos a la hermana de su amigo fraternal, la actriz y bailarina Rosaura Revueltas (“Este es un amor”, de Estrella en alto, libro de 1956).
En Los hombres del alba figura la dedicatoria “A José Revueltas” en el poema titulado “Recuerdo del amor”; en el libro Los eróticos y otros poemas, de 1974, leemos una dedicatoria más compleja, en epígrafe del poema “Ángela adorable Davis”: “Para mi hermano José Revueltas, que está en Lecumberri.// Ah, y para Jorge Turner”. Revueltas estaba en la cárcel, como se sabe, a raíz de su participación en el movimiento estudiantil de 1968; Jorge Turner, buen amigo de Huerta —no sé si también de Revueltas, pero es posible—, era un historiador, periodista y político panameño con quien el poeta sostenía conversaciones interminables; era esposo de la poeta Diana Morán, también amiga de Huerta. El tercer poema no está propiamente dedicado a Revueltas, en el sentido de los otros dos; ocurre ahí algo mucho mejor: el novelista mismo es el tema central y único de los versos huertianos.
Ese tercer poema revueltiano de Efraín Huerta se titula “Revueltas: sus mitologías” y está en el libro de 1977, Circuito interior. A diferencia de los otros dos poemas, fue compuesto después de la muerte de Revueltas, en 1976; a ese hecho alude el poema, y más específicamente al entierro del escritor en el Panteón Francés de La Piedad:
Ese hijo de Dios, de todos los dioses,
ese joven hermano a quien una extraña tarde de
ardientes y vociferante enterramos
en la misma fosa donde su hermano Silvestre
había reposado larguísimos años…
En el entierro de Revueltas hubo un incidente inolvidable para quienes estuvimos allí ese día. El entonces secretario de Educación Pública acudió con la encomienda de “dar el pésame” a los deudos de Revueltas. Contra una idea muy difundida desde entonces (“los compañeros de Revueltas no lo dejaron hablar”), los asistentes escucharon con paciencia todo el largo principio del discurso, de tono oficialista, denso y cansino; pero cuando el orador estaba ya alargando su participación, Martín Dozal lo interrumpió y le dijo en alta voz “señor, ¿qué no se da cuenta de que no lo queremos oír?, es usted parte del mismo gobierno que persiguió y encarceló a Revueltas”, palabras más o menos. Efraín Huerta expresaba su emoción con intensidad; no con palabras pues había perdido la voz debido a una tremenda laringectomía, unos pocos años antes: daba, en cambio, enérgicas patadas en el suelo terroso del panteón. No puedo sino conjeturar sus sensaciones y emociones; pero sí afirmo esto, de modo general: Efraín Huerta sentía cómo el entierro de su “joven hermano” —joven por apenas unos cuantos meses: los medianeros entre el mes de junio y el de noviembre— reflejaba o testimoniaba de una manera vibrante y conmovedora la vida del novelista y militante.
Para Efraín Huerta el entierro de Revueltas fue una especie de culminación de la vida de su amigo fraternal y el sentido de esa ceremonia se depositaba, como en cifra, en las escenas turbulentas (“ardientes y vociferantes”) de su “vuelta a la dorada tierra”, para utilizar, parafraseándola, una expresión de otro poema de Efraín Huerta (“Borrador para un testamento”, dedicado a Octavio Paz). La “vuelta a la dorada tierra” aparece, de pronto, con unos armónicos claramente revueltianos; baste evocar los numerosos títulos “terrenales” del novelista y cuentista, y la cita de Goethe a la cual era tan afecto, sobre la grisura de la teoría y el color verde dorado del árbol de la vida.
“Revueltas: sus mitologías” es la última pieza poética dedicada por Efraín Huerta a José Revueltas. Pero ya no se trata de una dedicatoria como las otras, como en los dos poemas anteriores de Huerta, sino de la celebración de una amistad de toda la vida; al mismo tiempo, es un poema luctuoso: ya el camarada Revueltas ha muerto. En esos versos el tema, el protagonista y el homenajeado es el autor de Dormir en tierra.
El poema comienza con una escena festiva: Revueltas se “arroja de cabeza a la piscina”, vestido y con zapatos. Huerta lo refiere con una especie de euforia apenas contenida; parece preocupado por la zambullida de su amigo y para distraerse piensa en “sus mitologías urbanas”, de las cuales el poema recoge un puñado, en forma sinóptica. Revueltas emerge entonces “de las claras aguas” y comienza “a bracear como un condenado” y, “como un ángel espejeante, a musitar solemnemente” una sola frase de resonancias bíblicas: “Soy el Hijo del Hombre, soy el Hijo del Hombre”.
Efraín Huerta declara su cariño por Revueltas, a quien llama “el gozoso, el infatigable”:
…el que siempre pensó como un demonio,
el que todo lo señalaba con sus ojos de diamante.
Los ojos de diamante de José Revueltas son un símbolo extraordinario de su lucidez y de su pureza, de su genio y de su generosidad. El homenaje de Efraín Huerta se cierra con palabras conmovedoras:
…él, José, fue mi hermano,
mi tibieza, mi tiempo juvenil y
mi amor a la vida.
El diamante —la sola palabra y sus evocaciones requeridas— es duro, puro, luminoso, transparente. Revueltas miraba con dureza pero lo hacía luminosamente: el diamante es un símbolo sublime de su personalidad. Nadie pudo decirlo mejor: el poeta acertó con plenitud.

Pero no nada más Huerta le dedicó poemas a su querido José Revueltas. Hay un poema de Revueltas dedicado a Efraín Huerta: se titula “Nocturno de la noche” y está fechado en octubre de 1937, cuando ambos tenían 23 años de edad. (Solemos desdeñar o no tomar en serio los poemas escritos por narradores “oficiales”: hacerlo significa únicamente una extraña docilidad ante los cánones. De forma equivalente, no prestamos atención a la prosa narrativa, descriptiva o de cualquier otro orden, de los poetas.) Ahora ese poema forma parte del libro El propósito ciego, edición preparada ejemplarmente por José Manuel Mateo en el año 2001 y reeditada, con motivo del centenario de Revueltas, por el Fondo de Cultura Económica. El “Nocturno de la noche” es, desde luego, si pensamos en los de Efraín Huerta, un poema mucho menos conocido; pero vale la pena detenerse en esos versos por su intensidad y por una razón evidente: los compuso la misma mano de la cual salieron Material de los sueños, Los errores y El apando.
El poema de Revueltas en El propósito ciego es una pieza lírico-épica de una fuerza explosiva, un poema en toda forma. Una anáfora temporal marca su primera mitad: la palabra cuando; he aquí el principio:
Cuando la noche;
cuando los espejos reciben el asombro culpable de los adulterios
y las sillas saben de las torpes pisadas;
cuando los libros se quedan abiertos como una película de pronto detenida
y los cigarrillos sólo son un recuerdo de angustias y desvelos,
quemados para siempre…
Esa primera mitad del “Nocturno de la noche” depende de esa repetición y el lector comienza a preguntarnos: ¿hacia dónde me lleva este poema? La respuesta aparece un poco más allá de la mitad: a la aparición de “torrentes furiosos de semen”, una extraña aparición, llena de fragor pues esos torrentes se oyen correr por las calles “como entre caños de sombra y de injurias”.
Es una especie de apocalipsis paradójico: el río incontenible y fragoroso de semen parece un fin de mundo, en contradicción con la principal cualidad o característica de esa sustancia: la fuerza para desencadenar el acto de la fecundación. En otro lado lo he tratado de explicar, estableciendo una contraposición (los poemas están en posiciones diferentes) de “Nocturno de la noche” y Muerte sin fin, publicado dos años después de escritos los versos de Revueltas (el poema de José Gorostiza se dio a conocer en 1939): la muerte interminable es o parece lo contrario de este flujo de semen fecundante, un poco amenazador por su fuerza arrasadora. La preciosa materia de la fecundación, el semilíquido semen, la semilla de la vida, termina “entre caños de sombra y de injurias”: la imagen es profunda y radicalmente revueltiana —bajo el suelo de la ciudad, entre insultos degradantes, entre mentadas de madre (¡precisamente!) se descompone una promesa caudalosa de vida. Las imágenes se complican abismalmente:
Semen con la decrepitud alucinante del ojo que mira por la cerradura
en el cuatro del hotel donde la joven pareja se ha sepultado para siempre.
Semen cien veces maldito de las sombras de los jardines…
Ahora bien: si el nocturno de Revueltas y Muerte sin fin están, como he dicho, en posiciones o lugares diferentes, eso no significa su absoluta contradicción sino, exactamente, nada más su diferencia. Aun así, en realidad no “dicen” algo tan diferente; lo diferente es la forma de uno y otro poema. Alguien podría decir: “el poema de Gorostiza está mejor escrito”; pero en ese caso tendríamos la obligación de definir la noción de escribir bien —aquí habría un contraste como el establecido por Ricardo Piglia entre Jorge Luis Borges y Roberto Arlt (la pareja mexicana y la argentina serían así, esquematizadas: Borges-Arlt / Gorostiza-Revueltas)—. Veamos, leamos cómo aparece el semen en Muerte sin fin; también su aparición depende, en los versos 695-696, de un “cuando”:
…cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte…
En Muerte sin fin el semen aparece también como un río (versos 710-715):
…hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes…
El río seminal desemboca en la nada y allí únicamente “flota el Espíritu de dios que gime/ con un llanto más llanto aún que el llanto” (versos 721-722). La negatividad es la misma; el lenguaje es divergente. La violencia es semejante pero la versificación difiere.
¿Hay alguna relación genealógica entre “Nocturno de la noche” y Muerte sin fin, a la vista de estas semejanzas? El poema de Revueltas fue prácticamente desconocido hasta la edición de José Manuel Mateo; Muerte sin fin está entre nosotros desde hace casi ocho décadas. La cronología apuntaría a una influencia de Revueltas en Gorostiza: del autor más joven en el más viejo; pero se sabe bien cómo en los años treinta mexicanos se hablaba entre escritores, poetas, periodistas y lectores, del “gran poema en preparación de Pepe Gorostiza” y hasta de alguna lectura semiprivada. Es posible, entonces, una influencia más lógica: de Gorostiza en Revueltas. Como sea, la coincidencia entre esos pasajes seminales y apocalípticos de los poemas son formidables.
En el Prólogo a la antología Poesía en movimiento (1966), Octavio Paz había comentado Muerte sin fin en relación con la poesía de juventud y primera madurez de Efraín Huerta: después del brusco final del gran poema metafísico de Gorostiza (“¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”), Paz informa: “La poesía se fue efectivamente al diablo: se volvió callejera”. Y a punto y aparte afirma: “El primero en sacar partido de la nueva situación fue Efraín Huerta”. Éste le hizo ver a Paz, unos años más tarde, la verdadera “situación”: los poemas urbanos y callejeros de Huerta aparecieron mucho antes de Muerte sin fin, a lo largo de los años treinta y principios de los cuarenta, y fueron reunidos en el libro de 1944 titulado Los hombres del alba, el centro capital de la poesía huertiana. Todo esto podrá verse con absoluta claridad cuando la brillante y documentadísima tesis universitaria de Emiliano Delgadillo dedicada a “la fragua” de Los hombres del alba se publique en forma de libro, como sin duda deberá ocurrir, tarde o temprano (ojalá sea muy pronto).

Desde luego, las relaciones literarias de Huerta y Revueltas son una zona por investigar, muy amplia y de una riqueza sorprendente. Estos apuntes solamente aspiran a llamar la atención sobre ese horizonte de trabajos posibles para los investigadores, críticos, filólogos y archivistas.
En el libro Visión del Paricutín, obra en la cual se juntan algunas de las crónicas periodísticas de José Revueltas y otros textos (ediciones Era; véase al final la lista de orientaciones bibliográficas), hay un par de cartas cruzadas entre Efraín Huerta y José Revueltas; ese intercambio apareció en 1946 (en abril, el texto inicial de Revueltas; en julio, la respuesta de Huerta). Hay otra carta, dirigida a Olivia Peralta, sobre el mismo asunto. Esas mismas cartas se reproducen en el libro El otro Efraín (FCE, 2014), estupenda investigación hemerográfica de Carlos Ulises Mata.
Esta conversación por escrito no ha merecido la menor atención de los críticos o los historiadores de la literatura; es fácil entender la razón de esa indiferencia o, si se quiere, de ese “ninguneo”. El tema del intercambio es Alfonso Reyes, su obra y los alcances de su influencia en la cultura literaria mexicana. Es insólito: en esa ocasión no fueron académicos, investigadores, amigos o exegetas de Reyes, quienes se ocuparon de él o de su obra; sino un par de escritores, un poeta y un narrador, identificados plenamente con la izquierda. Es decir, dos escritores casi se diría desautorizados por la doxa literaria — el establishment, como se decía no hace mucho— para opinar acerca de la diafanidad ática y las perfecciones de Reyes; muchos años después —para decirlo clásicamente—, otro escritor muy diferente de esos dos comunistas, Gerardo Deniz, se ocupó de denunciar los plagios de Alfonso Reyes y tuvo la callada por respuesta; triste destino, sobre todo por una razón contundente: si las obras no se discuten se petrifican en monumentos inhabitables e invisitables. Tal es el ambiente literario; pero lo dicho y examinado por Deniz en torno de las “prácticas literarias” de Alfonso Reyes con los textos ajenos era sencillamente indiscutible, contundente: lo expuso con pruebas irrefutables en la mano en el suplemento literario del periódico Novedades.
Revueltas y Huerta coinciden plenamente en su admiración por Reyes; con esta peculiaridad: esa admiración no es incondicional ni cierra los ojos ante algunos rasgos de la personalidad intelectual de Reyes y ante el valor de sus obras. Lo consideran un clásico vivo o poco menos. El origen del intercambio, como se deduce de la lectura, es una opinión seguramente destemplada de Revueltas acerca de Reyes, expresada en conversaciones con su amigo poeta; esa opinión merecía una rectificación como consecuencia de haber leído Revueltas el tomo de Simpatías y diferencias de Reyes, colección de prosas “misceláneas”. Los mantenedores del culto a Reyes podrán decir cualquier cosa sobre el intercambio de estos dos “rojillos”; pero nunca podrán acusarlos de no haber leído atentamente a “Don Alfonso”.
La carta-artículo de Revueltas sobre Alfonso Reyes fue redactada en los descansos de la filmación de La otra, película protagonizada por Dolores del Río con guión de Revueltas y de Roberto Gavaldón.

En la Iconografía de Efraín Huerta —edición preparada por Emiliano Delgadillo— hay una fotografía de los hermanos Mayo donde aparecen ambos autores, ahora centenarios; es una imagen de octubre de 1942, el año anterior a la expulsión de ambos del PCM. Hay otra foto, también de los hermanos Mayo, publicada en el álbum (reimpreso en 2014) hecho por Mónica Mansour en 1984. Esas dos fotos fueron tomadas en una reunión de amigos y parientes; vemos ahí a Raúl Leyva, poeta guatemalteco; a Andrés Henestrosa, patriarca de la literatura oaxaqueña moderna, y a su esposa Alfa; a Efraín Huerta; a Olivia Peralta, primera esposa de José Revueltas, y desde luego a éste. Revueltas y Huerta tienen en las manos, respectivamente, un violín y una guitarra; en la otra imagen aparecen los dos amigos, el poeta y el novelista, tocando esos instrumentos musicales, o acaso haciendo como si los tocaran. Revueltas escogió para esa fiesta el violín, el mismo instrumento de su hermano Silvestre, a quien, como se sabe, quería muchísimo —y cuya opinión literaria valoraba enormemente—. José Revueltas y su violín: homenaje subrepticio a Silvestre.
Es una escena de cierta bohemia mexicana cuyos méritos para las generaciones siguientes consiste en algo sumamente sencillo, como ha hecho ver la editora Eugenia Huerta Bravo, hija de Efraín: aquellos hombres y mujeres sabían divertirse sin tener necesidad, para ello, de gastar ninguna cantidad exorbitante de dinero; de todas maneras no lo tenían en abundancia, ni mucho menos. Bastaba contar con lo suficiente para unas botanas, una botella (¡por lo menos!), y ya estaba: lo demás era baile, conversación, horas y horas de vivir juntos. Una lección hermosa de vida.

La mala fe del miserable mediecillo literario de nuestro país —en este caso atizada, además, por la ignorancia— ha insinuado una desafección política, o siquiera una insensibilidad, de Efraín Huerta ante el movimiento estudiantil-popular de 1968: a diferencia de Octavio Paz y de José Revueltas, Huerta no se habría manifestado públicamente, por malas razones, para reprobar la conducta gubernamental en ese “año axial”. La explicación está a la mano de quienes quieran escucharla o leerla: no lo hizo por una razón contundente: sus tres hijos (Andrea Mireya, Eugenia y David) estábamos involucrados en el movimiento. Ni Paz ni Revueltas ni mucho menos los hijos de Huerta —ni tampoco ningún dirigente o militante del movimiento— se lo reprochamos, pues todos entendimos su postura. El 25 de noviembre de 1968 apareció con el sello editorial de Joaquín Mortiz, y en dos colecciones (Las Dos Orillas, Serie del Volador) la Poesía 1935-1968 de Efraín Huerta: ¿no es ése el mejor legado sesentayochero de Efraín Huerta? ¿Y no es parte luminosísima de ese legado formidable el puñado de textos dedicados a la familia Revueltas (Silvestre, Rosaura) y los versos consagrados a su “hermano José”, el extraordinario escritor de los ojos de diamante?

Orientaciones bibliográficas
Ofrezco un haz de orientaciones bibliográficas para los lectores curiosos e interesados en seguir con mayores detalles y precisiones la relación amistosa y, sobre todo, literaria, de José Revueltas y Efraín Huerta. Presento a continuación una especie de inventario sinóptico, desde luego incompleto, pues documenta apenas mínimamente los materiales consultados para este pequeño ensayo:
Tres poemas de Efraín Huerta dedicados a José Revueltas: “Recuerdo del amor” (1944), “Ángela adorable Davis” (1974) y “Revueltas: sus mitologías” (1976). Y un poema dedicado a Rosaura Revueltas: “Este es un amor” (1944). Pueden leerse en la Poesía completa de Efraín Huerta reeditada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.
Un poema de José Revueltas dedicado a Efraín Huerta: “Nocturno de la noche” (1937). Ahora en El propósito ciego (FCE, 2014).
 Cartas cruzadas sobre Alfonso Reyes (1946). Incluidas en Visión del Paricutín (Ediciones Era, 1983). Esta muestra de “crónicas y reseñas” revueltianas se reimprimió en 1986, pero es un libro prácticamente inconseguible. Por fortuna, fueron recuperadas en El otro Efraín, edición de Carlos Ulises Mata (FCE, 2014).
El álbum Absoluto amor, armado por Mónica Mansour (con prólogo de José Emilio Pacheco) reimpreso en 2014 por el gobierno del estado de Guanajuato.
La Iconografía de Efraín Huerta preparada por Emiliano Delgadillo Martínez y publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.
Una carta inédita de Huerta a Revueltas, fechada en junio de 1938, que pronto dará a conocer Antonio Cajero en la revista La Colmena.


EL GANADOR DEL 2014 LITERARIO

20/Diciembre/2014
Laberinto
Heriberto Yépez

La renovada dictadura perfecta se tragó a la literatura mexicana. El principal operador cultural- ideológico del 2014 fue Enrique Krauze.
Léanse sus artículos en Letras Libres, Reforma, El País o New York Times. Krauze escribe siempre al presidente, le da consejos de cómo mantenerse en el poder. Abiertamente escribe cada párrafo como un asesor presidencial. Desempeña el puesto de un intelectual maquiavélico: escribe para proteger al Príncipe.

Posee una plural red de poder (económico y simbólico); aunque ya tambaleante por el bajo nivel de su equipo y contenidos.

Krauze negoció con Rafael Tovar y de Teresa (presidente de Conaculta) beneficios. Por ejemplo, que Ricardo Cayuela pasara de su puesto en Letras Libres a titular de la Dirección General de Publicaciones, donde cuida intereses.

El brinco de puestos desde Letras Libres a Conaculta lleva ya tiempo. 
Letras Libres es prácticamente una paraestatal.

Ser equipo de Krauze reditúa: desde Álvaro Enrigue hasta Julio Trujillo, escritores-funcionarios cuyas carreras despegaron gracias a sus puestos.

Krauze ha dañado a la literatura mexicana. Al crear la ilusión de representar la tradición y defender al gobierno consigue recursos, que reparte desde su primer hasta su cuarto círculo, al que aspiran escritor@s sin libros interesantes pero an$ios@$ de “publicar”.

Otra colmena: revísese la lista de becarios literarios del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2014. Es una mezcla vergonzosa. 

Autorías en vías de consolidación recibieron la beca junto a un pilón de baja calidad pero cercanos al poder. Hubo corrupción. La lista, en general, no es coherente.

Según la información del propio gobierno, est@s escritor@s recibirán 29,142 pesos mensuales durante 36 meses, es decir, más de un millón de pesos.

La lista combina autores de cierto prestigio con personas cuyo mayor logro es ser allegados de Krauze. 

Nadie dirá nada. Nadie arriesgará ese millón, una cantidad, hay que decirlo, desproporcionada dado el muy desigual nivel.

Todo el sistema de apoyos de Conaculta se ha vuelto inverosímil; siendo que apenas iba democratizándose, es un alarmante retroceso.

Al haber tantas irregularidades, todo el sistema queda en entredicho. Lo sabe el gobierno y le conviene, al lanzar el mensaje de ser reparto para sus aliados. 

Desacreditándose, el gobierno desacredita profesionalmente a sus escritores mediocres y a los escritores de calidad, incrementando, en ambos casos, su dependencia.

Conaculta es la dictablanda cultural perfecta.

Los emergentes mecanismos de confiabilidad han sido saboteados por el gobierno y sus negociaciones con grupos literarios corruptos y, sobre todo, por el silencio del gremio literario, que finge que esto no está ocurriendo.


Libro equis, beca, Facebook, FIL y selfie. El PRI ganó el 2014 literario.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Caracteres: El crítico

20/Diciembre/2014
Laberinto
Álvaro Uribe

Se dice que es un narrador frustrado. O un poeta frustrado. O un dramaturgo, un actor, un artista plástico, un músico, un cineasta, un bailarín, un etcétera frustrado. En pocas palabras: un creador frustrado.
Pero no estés tan seguro. Hay quien razona con buenos argumentos que la frustración, cierta frustración, es el origen de todas las artes. Hay quien alega con argumentos más tendenciosos que la crítica puede ser un arte. Y hay quien objeta con argumentos atendibles que se trata de un oficio redundante o superfluo, porque la verdadera obra de arte incluye en su ejecución una crítica en acto de las obras artísticas que la precedieron en el mismo género.

Lo cierto es que, sea cual sea el objeto de sus afanes, el crítico es un escritor. O para mayor exactitud: cree ser un escritor. Un autor de textos y de libros que, en su opinión, se sitúan en un plano de igualdad con los textos y los libros de los autores creativos. Y ahí empiezan los problemas. Y también las frustraciones.
Pues aunque las novelas surgen de otras novelas, y los cuentos de otros cuentos, y los poemas de otros poemas, y los ensayos de otros ensayos, y no hay libro que no venga de otros libros, la literatura crítica es doblemente derivativa. Es, como la hiedra o la sanguijuela, una entidad parasitaria. Con el agravante de que el parásito está convencido de que al elaborar su obra a partir de la tuya en realidad te hace un bien y cumple al mismo tiempo una alta función social. Sobre todo si su crítica es negativa, porque no tiene otro propósito que el de ayudarte a ser mejor. Como los padres que golpean a sus hijos para corregirlos.

Yomero Pino, un crítico amigo, se burla de ti porque sus críticas públicas a tu obra las resientes de manera personal. “Lo que importa son los libros”, te dice sonriendo después de afear uno tuyo en una reseña cruel, “no el ego”. Pero si tú observas en privado que su prosa abunda en ripios y es anticuada, Yomero se ofende contigo y te deja entrever que su próxima reseña será aún más dura.

Y peor todavía si le reclamas, asimismo en privado, que a otros amigos igual de buenos amigos o de malos escritores no los critique tan perversamente como a ti. Pues entonces, ya sarcástico, Yomero te espeta: “No sé por qué te crees inatacable; ni que fueras Borges”. Y tú vacilas en responderle que él tampoco es Harold Bloom. Y que además Bloom, soberbio y caprichoso como solo un crítico se siente autorizado a ser, juzga que Borges, aunque grande, no es un creador.


¿Quién critica al crítico? No te animas a escribir contra Yomero inmediatamente después de que rebajó tu obra, para no parecer tan despechado como estás (o eso te dices). Tampoco escribirás contra él en una ocasión futura, para no malgastar tu tiempo en fruslerías (o eso te dices). Pero la verdad es que no lo criticas porque le tienes miedo. Porque esperas que su próxima reseña de algo tuyo sea benigna. Porque, sea o no sea un escritor frustrado, el crítico es sin duda un escritor frustrante.