sábado, 2 de diciembre de 2017

Un inmenso edificio de palabras

2/Diciembre/2017
El Cultural
Fernando del Paso

Bartleby. Qué coincidencia, tantos días de pensar en Bartleby y me llega un artículo sobre este personaje de Herman Melville, el escritor norteamericano creador de Moby Dick. Bartleby fue el personaje de una novela corta, era un empleado que a toda orden que le daba su jefe le respondía: “I would rather not do it” —preferiría no hacerlo. Y es que aparte de la gran satisfacción que me dio cuando me dijeron que se creaba esta Cátedra a mi nombre, cuando me pidieron que dijera unas palabras el día de su creación, estuve a punto de responder: “preferiría no hacerlo”, pero ya que estoy aquí, lo haré. No me queda más remedio.
Hablar de la propia obra sin elogiarla es un ejercicio de modestia. Voy pues a ejercitarme dándole unos tips a quienes hablen de ella.
Cuando me preguntan ¿cómo comenzó a escribir? les digo: con la mano izquierda. Pero me llamaban tanto la atención en la escuela que acabé por hacerlo con la derecha, y la mano izquierda, en venganza, comenzó a dibujar.
Cada domingo esperaba yo con impaciencia que mi padre estuviese de humor para leerme los “monitos”: Pancho y Ramona, Tarzán, Cuquita la mecanógrafa, etc., etc. y eso me hizo aprender a leer rápidamente, de manera que yo entré directamente a la escuela a segundo grado de primaria.
Viendo mi entusiasmo mis padres me obsequiaron un ejemplar de las Las mil y una nochesque tenía más de trescientas páginas, a pesar de ser una edición censurada: sin adulterios ni sodomías, pero bastaban las historias de Aladino, de Alí Babá y otros cuantos para crear un mundo de fantasías interminable.
Un poco más adelante comencé a leer a los autores clásicos para mi época como eran Julio Verne, Salgari, Walter Scott y los fabulistas Esopo y Samaniego, ya para entonces, y con estas lecturas, me convertí en un asiduo lector infantil. Mi padre no tenía dinero para comprarme los veinte tomos de El tesoro de la juventud, pero me los prestó una prima, tomo por tomo, de modo que me vi obligado a leerlos todos, uno por uno, de la primera a la última página.
El deporte de mi adolescencia fue el beisbol, pero su práctica me dejaba suficiente tiempo para leer.
¿Ven ustedes por qué preferiría no hablar el día de hoy? No sé qué decir y me siento cohibido al pensar en un público tan selecto frente al que tengo más o menos que desvestirme para contarles sobre mi vocación. José Trigo, como lo dice la última página del libro, no es nada ni nadie, es sólo un inmenso edificio de palabras del cual yo fui
el único arquitecto y el único albañil, el mismo que fue colocando cada palabra, como se coloca cada ladrillo hasta acabar una complicada construcción monumental.
En aquélla época ya había yo conocido a un escritor colombiano llamado Antonio Montaña, ya fallecido hace dos años, esto me hace recordar a Juan de Dios Peza, que cuando su-po de la muerte de Ramón López Velarde escribió desde Nueva York: “Qué triste será la tarde cuando a México regrese sin ver a López Velarde”. Yo podría decir: “Qué triste será la mañana cuando a Bogotá regrese sin ver a Antonio Montaña”. Antonio era amigo del hispanomexicano José de la Colina y entre los dos se encargaron de ser mis guías en ese abigarrado mundo que es la literatura. Comencé a leer a William Faulkner, a James Joyce, a Julian Green y a muchísimos otros autores que me llenaron la mente de felicidad y fantasías. Me puse entonces a escribir: tenía yo veinte años.
Leí también un libro del autor inglés Ciryl Connolly: La tumba sin sosiego. Connolly era un crítico de literatura británico que tenía una columna semanal en un periódico inglés que firmaba con el pseudónimo de Palinurus. En La tumba sin sosiego nos dice que se han publicado demasiados libros, que cada autor debería proponerse escribir una obra maestra. Como no existe una receta para hacer una obra maestra, yo, convencido de los argumentos de Connolly, hice un libro muy gordo, acumulando palabras españolas y también algo de náhuatl. Mi admiración por el México prehispánico tiene que ver naturalmente con el hecho de ser sobrino nieto de Francisco del Paso y Troncoso, el hombre que inauguró el monumento a Cuauhtémoc del Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, con un discurso en lengua azteca.
José Trigo es más que nada un libro con andamiajes prestados. Unos andamiajes se dieron por generación espontánea. Otros yo los añadí. Así, Luciano el líder es un Quetzalcóatl y Miguel Ángel, el Tezcatlipoca que lo expulsa del paraíso que hasta entonces era el escenario de la novela, La Cristiada. Está llena de alusiones bíblicas y en principio de cuentas aquél escenario está basado en la topografia mágica de esa parte de la Ciudad de México: el puente de Nonoalco se erige entre la tierra y el cielo: muy al oeste nos encontramos con las calles que tienen nombres de mares, como mar de Mármara, mar Mediterráneo y mar Rojo, siguen las calles que tienen nombre de árboles y vegetales, luego el puente y después del puente las calles que tienen nombre astronómicos como Marte, Venus, Sol, Luna, etc. O sea, el mar, la tierra y el cielo. Y esto no es invento mío. Tampoco lo que llamo “campamentos” que eran pueblos diminutos hechos con furgones y vagones abandonados, y hechos casa por ferrocarrileros viejos y jubilados. En la novela de José Trigo hay un Campamento Este y Campamento Oeste donde se realiza la acción.
Yo no soy Palinuro. Tomé este nombre del pseudónimo de Ciryl Connolly. Palinuro de México es una autobiografía de mentiras conjugada en varios tiempos verbales: el que fui, el que no fui, el que pude haber sido, el que yo creí que era y el que los demás querían que fuese. En ese libro reuní todas mis experiencias juveniles, mis deseos y mis frustraciones. Pero, insisto, yo no soy Palinuro.
Por último, Noticias del Imperio es quizás, de toda mi obra la más vulnerable. Un crítico avezado, o un psicólogo que conozca nuestra historia bien puede decir que la Carlota de mi novela no se parece a la Carlota histórica. Y quizás podría tener razón. Pero desde ahora quiero decir que eso no me importaría: yo me enamoré del personaje real desde que comencé a documentarme y me porté con ella como un macho: la violé varias veces cuando era una adolescente y ya vieja y loca, mamé de sus pechos. Sentí por ella una gran ternura —también por Maximiliano— y descubrí que ambos habían sido embaucados en una aventura que los iba a perder para siempre. También Benito Juárez cayó en la trampa, pero él salió indemne.
Dije que hubiera preferido no hablar el día de hoy. Pero ya lo hice y sólo me resta expresar mi agradecimiento profundo a la institución y las personas participantes en la creación de ésta Cátedra.
Muchas gracias queridas amigas Patricia Rosas, Carmen Villoro, Anayanci Fregoso y Luz Elena Martínez Rocha. Muchas gracias a ti, Héctor Iván, por tu presencia y por inaugurar la Cátedra que tiene orgullosamente mi nombre. Y muchas gracias a todos aquellos que llevarán adelante su existencia y sobre todo muchas gracias a la institución que la ha creado: la Universidad —mi universidad— de Guadalajara y su rector general Izcóatl Tonatiuh Bravo Padilla.

domingo, 19 de noviembre de 2017

'Nietzsche, héroe del espíritu': un texto desconocido de José Revueltas

19/Noviembre/2017
La Jornada Semanal
Evodio Escalante

La influencia de Friedrich Nietzsche en la cul-tura mexicana se hace sentir en Julio Ruelas y los escritores de la Revista Moderna, pasa por los Ateneístas y los Contemporáneos, llega a Octavio Paz y José Revueltas y de ahí se sigue hasta nuestros días sin solución de continuidad. No hay prácticamente un período de nuestra cultura en el que no puedan discernirse los signos de su presencia. Lo que se ignoraba hasta el momento es que José Revueltas, el más destacado nuestros escritores de filiación mar-xista, también resintió, así sea de manera “secreta”, su poderoso influjo. Aunque es cierto que nunca se menciona a Nietzsche en Los días terrenales ni en Los errores, las dos novelas más emblemáticas de Revueltas, la toma de posición antiteleológica de la primera (el adveni-miento del comunismo no significa el “fin” de la historia), así como el proclamado privilegio del dolor y del sufrimiento como componentes suprahistóricos del existir humano, lo mismo que la definición del hombre como un ser “erróneo” en la segunda, derivan sin duda de las lecturas nietzscheanas de Revueltas, así como, habría que agregarlo, los marcados claroscuros de su dialéctica negativa que lo colocan, como ya lo vio muy bien Henri Lefebvre, más cerca de Theodor w. Adorno que del op-timismo hegeliano y del marxismo vulgar.
Revueltas no sólo leyó a Nietzsche, subrayando sus libros y haciendo en ellos prolijas anotaciones marginales, como ahora podemos saber gracias a las pesquisas realizadas por Brenda Melina Gil, alumna de la carrera de letras de la uam-Iztapalapa, quien ha tenido acceso al lote de libros y revistas que poseía el autor ahora en custodia de la Biblioteca Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, sino que, enorme sorpresa, ¡también escribió acerca de él! En efecto, se encuentra en este acervo un libro de María Teresa Retes titulado Nietzsche, héroe del espíritu y que habría publicado la Secretaría de Educación Pública en su colección “La Honda del Espíritu”, en 1967. María Teresa Retes, como se sabe, fue la segunda esposa del autor. Esta evocación de Nietzsche está precedida por una “Introducción” de apenas tres páginas en las que, de manera escueta, consta al final la firma “j.r.” El poderoso estilo de Revueltas resulta inconfundible, como puede constatarlo el lector. No hay duda de que sólo él pudo haber escrito este texto en el que de manera por lo demás llamativa logra conciliar sus lecturas del joven Marx con la desquiciante idea nietzscheana delsuperhombre. Al igual que Lefebvre lo había hecho antes, Revueltas concluye que el superhombre de Nietzsche no es sino el hombre real, el hombre verdadero, el que todavía no ha podido nacer debido a la larga historia de la ignominia y de la enajenación humana en la que nos ha sumido el torbellino de la historia.
Este texto, hasta ahora ignorado, no fue incluido por supuesto en la edición de las obras completas del autor, a cargo de la fallecida Andrea Revueltas y Philippe Cheron. Tengo una hipótesis para explicarlo. El libro, publicado por la sep en una colección popular de elevada circulación, contenía en portada y de modo sistemático en interiores un error garrafal: deletreaba Nietzche en lugar del correcto Nietzsche. Supongo, de aquí, que los ejemplares fueron guillotinados sin llegar jamás a las librerías.

Nietzsche, héroe del espíritu
José Revueltas

Introducción

La tragedia de Nietzsche en el siglo xx, apenas treinta años después de haber muerto, fue la de su “descendimiento y transfiguración”. Rosemberg y los semi-filósofos hitlerianos se repartieron las vestiduras de Nietzsche al pie mismo del sitio donde estaban crucificadas sus ideas: lo saquearon, lo deformaron e hicieron de él un sangriento, espantoso Rey de Burlas con el que intentaron apuntalar la teoría del Super-hombre ario. El lirismo nietzscheano, humanista en esencia, se transfiguró así en la historia y vesania nazis de la raza germana superior.
El Super-hombre de Nietzsche no es sino la búsqueda del hombre real a lo largo de una atormentada prehistoria humana que culmina –pero aún no se clausura– en nuestro siglo atómico. Lo “humano”, por reflejo de la mezquindad y el enanismo de su tiempo, se identifica en Nietzsche con lo despreciable, lo débil, lo ruin; pero precisamente desde que los hombres comenzaron a hacer su historia, eso es lo inhumano de ellos, lo que los ha enajenado hasta nuestros días y no los deja pertenecerse como hombres; el super-hombre, pues, vendrá a ser el hombre verdadero. Ese hombre envilecido y degradado –antes de ser siquiera humano– por su propia historia enajenada, resume en una sola cosa la cultura occidental y el cristianismo; al reconocerse en ese ser vil que es, trata de sublimarse en el desprecio y en el castigo, en la flagelación del cuerpo y en la expiación del pecado. La cultura cristiano-occidental, con sus Constituciones, sus Leyes, su Moral, deviene en la trasposición hipócrita de hombre; todos los caminos terrenales están cerrados, sólo queda la esperanzada irrealidad del Más Allá. Es por ello que, intrépido, agresivo y solitario, Zaratustra salta a la arena del combate; contra todo y contra todos; es realmente Dios –el ululante dios humano– y Nietzsche no se equivocaba al sentirse y proclamarse ese verdadero Ser Supremo dionisiaco y terrestre.
“¿Por qué este permanente retorno sobre el tema de la salvación, como si nuestra vida en esta tierra no fuera más que un castigo constante?”, se pregunta Nietzsche. Aquí vemos lo estupefacto de su sublevación, su no comprender, asombrado, el por qué los hombres se someten a su propia ignominia y la hacen sobrenaturalmente natural. De aquí deriva entonces su lucha contra el cristianismo por ser éste “humano, demasiado humano”, esto es, un castigo impío, alucinante y bárbaro, lo contrario de la super-humanidad que debemos ser.
“No hay felicidad en nada de lo que hacemos, excepto si lleva el sello de aprobación de la sociedad en que vivimos”, dice. Pero esa es la aprobación que no debe procurarse el espíritu; mas la que debe retar y rechazar. Nietzsche asume de este modo la infelicidad suprema, la de las ideas solitarias, la de una verdad máxima que dispara desde lo más alto de su montaña y que las llanuras sobrecogidas se negarán a comprender.
Sin embargo, Nietzsche no era Dios; esto hubiera sido una trampa de Dios mismo, una mala jugada. Pero sí era un santo, un furioso y amoroso santo demoníaco de la soledad. Y lo decía:
…está desgraciadamente la soledad que tiene una falta total de compensaciones, la soledad debida al fracaso del individuo para alcanzar un entendimiento común con el mundo. Esta es la soledad más amarga de todas, la que corroe el corazón de mi existencia.
Nietzsche pasará a los hombres del futuro como lo que en justicia no pudo menos de ser; uno de los héroes más puros de la intrepidez de la conciencia 
J.R.

domingo, 12 de noviembre de 2017

La soledad del crítico

12/Noviembre/17
Confabulario
Yaneth Aguílar Sosa

Entrar al universo de Christopher Domínguez Michael (Ciudad de México, 1962) es perderse en los asuntos que tanto le apasionan: la literatura, la música, el cine. La amistad. La cultura. Y la política. Adentrarse en su pequeño estudio de Coyoacán, al sur de la capital mexicana, es entrometerse en la guarida íntima de un crítico que se la juega todos los días en el hipódromo de la literatura. “La importancia de un crítico no radica en apostarle al caballo ganador, sino en que vaya todos los días al hipódromo”, le he escuchado decir en más de una ocasión.
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Mientras miro de reojo las notas, cartas, apuntes y torres de libros sobre el escritorio, coronado por una lámpara, pienso en todos los elementos que hacen posible la alquimia de la crítica literaria o, como él prefiere llamarla, “la historia de la literatura”. Visitar su estudio es también fisgonear en su cocina, donde se prepara el café cada mañana antes de sentarse a leer y a escribir.
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Apenas se cruza la puerta de su estudio y la mirada se topa con libros y más libros. También con sus colecciones de discos. Encuentro notas prendidas con chinches en los marcos de las puertas, afiches, pelotas, lapiceras, pisapapeles, fotos, portarretratos, muñequitos de plástico, postales, carritos.
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El escritor pertenece a la estirpe de los que son considerados a veces jueces y a veces abogados de la literatura; a la de los que escriben mucho y, por lo mismo, se equivocan.
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“Un crítico literario es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica: las palabras”, afirma al tiempo que se balancea en la silla de cuero desde donde analiza y desmenuza. Tiene claro que la autoridad de un crítico se la dan los lectores, pero también su estilo y sus procedimientos creativos. Lo dijo en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, el pasado 3 de noviembre, y lo dice en entrevista a Confabulario.
¿Existe una tradición de crítica literaria en México?
Desde luego que la tenemos. Mi ingreso a El Colegio Nacional sólo es un capítulo más de esta tradición. En este Colegio estuvo un crítico literario que fue Antonio Castro Leal. Antes, desde luego, figuró Alfonso Reyes, que no fue propiamente un crítico literario dedicado a la literatura contemporánea, aunque escribió uno de los tres grandes tratados de poética que tiene la tradición mexicana: El deslinde, junto a El arco y la lira, de Octavio Paz, y Poética y profética, de Tomás Segovia. Si la crítica en México no ha estado a la altura de la crítica en el mundo anglosajón o de Francia, ello se debe a circunstancias un tanto ajenas a nosotros: fuimos parte del imperio español hasta 1821 y el siglo XVIII español es muy pobre. Ortega y Gasset decía que fue el menos español de los siglos; y en el siglo XIX batallamos muchísimo por crear lo que entonces se consideraba urgente, que era una literatura nacional. Pero luego llegan Altamirano y el modernismo. Claro que hay crítica en México.
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¿Tu interés está sólo en la crítica literaria rigurosa y enérgica?
Soy un escritor, escribo libros de crítica literaria, pero no sólo eso: también he escrito historia y biografía. Y los artículos que EL UNIVERSAL generosamente me publica, después de dejarlos dormir un tiempo, los retomo, arreglo y algunos de ellos se convierten en parte de mis libros. Un crítico literario, como un poeta, como un novelista, debe escribir libros que aspiren a ser iguales o mejores que los libros sobre los que habla, sean éstos poemas, novelas o cuentos. Un crítico es un escritor que escribe sobre literatura y que utiliza el mismo instrumento que los objetos de su crítica, que son las palabras.
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¿Qué tanto te interesa la reseña como género?
La reseña es la unidad básica, pero quien se queda haciendo reseñas pues se queda en lo básico. Hay desde luego, como dije en el discurso, grandes escritores que se hicieron famosos por las reseñas breves que escribieron, como fue el caso del joven Borges, que escribía reseñas literarias en una revista de cultura general, y hasta la fecha esas reseñas son obras maestras del arte de la crítica. Actualmente en las revistas literarias, sobre todo en las anglosajonas, hay novelistas, como la británica Zadie Smith, que escriben textos muy notables que no tienen otro objetivo que el de ser meras reseñas.
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A la hora de escribir, ¿eres más exigente de lo que te demanda el texto que desmenuzas?
Ése es mi propósito y eso es lo que yo quisiera que el lector viera. Desde luego que no siempre lo consigo porque es un trabajo que requiere de un gran esfuerzo: al mismo tiempo que hay que estar al tanto de la literatura contemporánea, hay también que tener en cuenta la tradición literaria. Hay que leer a los clásicos para volverlos a colocar en el mercado, para, dicho vulgarmente, volverlos a poner en la vitrina. Y que los lectores sepan por qué hay que leer a Rubén Darío o a cualquier novelista ruso del siglo XIX, lo mismo que a algún escritor olvidado de principios del siglo XX. El crítico literario, y ésa es una de las partes más sabrosas del oficio, se la pasa recuperando, buscando, escarbando, redescubriendo.
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¿Es la crítica un oficio o una profesión?
Para empezar es una vocación. En nuestro país y en otros de América Latina las carreras de los críticos suelen durar muy poco. Un escritor joven ejerce la crítica durante dos, tres, cuatro años, y en cuanto sale su primera novela, su primer libro de cuentos o su primer libro de poemas, abandona esa especie de antesala en la que se vio obligado a estar. Por eso son muy importantes los creadores que siguieron haciendo crítica, como Tomás Segovia, Juan García Ponce, Octavio Paz y Salvador Elizondo. ¿Por qué? Porque ellos demostraron que no les bastaba con su ficción o con el ejercicio de la poesía, sino que tenían necesidad de reflexionar concienzudamente a nivel teórico. Ante la desaparición del joven crítico que se convierte, para bien o para mal, en novelista o poeta —aunada a la obstinación de algunos personajes como yo—, siempre está la gran crítica que hacen los poetas y los novelistas.
Tal parece que Domínguez Michael es tan exigente cuando habla que cuando escribe. Abre paréntesis, pausas, que intimidan cuando conversas por primera vez con él, pero que comprendes cuando ocurre un nuevo encuentro. El autor de Octavio Paz en su sigloVida de fray Servando, del Diccionario crítico de la literatura mexicana 1955-2011 y de William Pescador, su única novela hasta el momento (publicada hace 20 años), recurre a ciertos silencios para enfatizar algo, y enseguida continuar con la reflexión o rematar alguna idea.
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Como si de seres vivientes se tratara, los demasiados libros que hay aquí cubren paredes y trepan a mesas y sillones. Alcanzo a ver que están en la recámara y, claro, sobre el escritorio donde cocina a fuego lento los textos que publica puntualmente en las páginas de EL UNIVERSAL.
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El estudio es un santuario para la lectura, presidido por las figuras tutelares que lo han acompañado a lo largo de 36 años de trayectoria: Octavio Paz, Jorge Luis Borges, George Steiner, Harold Bloom, Juan García Ponce, Alejandro Rossi, Teodoro González de León.
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Lo imagino colocando cada cajita, barco de papel, postal o fotografía. Lo veo encontrándole acomodo a sus afiches. También escribiendo en el redicido espacio de su escritorio que queda libre, donde libros como Who’s Who in the Bible o The new Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics, están allí para ser consultados.
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Domínguez Michael se siente cómodo cuando habla de los críticos literarios que lo inspiran y refrendan su compromiso con la escritura. Dice sentirse orgulloso de pertenecer al grupo de intelectuales en el que figuran Enrique Krauze y Gabriel Zaid, ahora también colegas suyos en El Colegio Nacional. Reitera que fue educado por feministas y por ello es un orgulloso hijo de su siglo. “Mi feminismo es el clásico, basado en la igualdad y no en la diferencia”.
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¿Crees en la igualdad, en el feminismo?
Lo he dicho muchas veces: no puede haber hombre o mujer decente en el mundo actual que no sea o aspire a ser feminista. Creo en la igualdad absoluta del hombre y la mujer ante la ley y, desde luego, en la creciente igualdad de oportunidades que se ha dado gradualmente en las democracias. Hoy, el feminismo es una de las grandes corrientes de la modernidad. No lo inventé yo, lo han dicho otros comentaristas: es acaso la única revolución del siglo XX que triunfó, lo cual no quiere decir que sus tareas hayan sido concluidas, pero el saldo que entregó el feminismo en el siglo XX es abrumadoramente bueno en comparación a otras revoluciones que se intentaron en aquella centuria. El feminismo, siendo una de las grandes corrientes de la modernidad, tiene muchas tendencias, y ha tenido un desarrollo sobre todo desde los últimos años del siglo pasado hasta ahora. Creo que no se puede expulsar a nadie del feminismo, pues sería como querer expulsar a alguien del mundo de Platón, del de Hegel o de Marx. Es un patrimonio común de la inteligencia, de la modernidad. No coincidir con ciertas versiones del feminismo es también un derecho que todos tenemos como ciudadanos: apostar por ésta o aquella opción política, o por ninguna. Yo lo he ejercido leyendo a casi todas nuestras escritoras y no podía ser de otra manera porque ésta es una literatura fundada por una mujer. Desde luego que cuando estaba Sor Juana Inés de la Cruz en este planeta, México no existía, pero su antecedente histórico es la Nueva España que la tuvo a ella como el principal escritor durante un periodo de 300 años. Luego, nuestro siglo XX está lleno de escritoras importantísimas: el arco que va de Laura Méndez de Cuenca, aquella fina poeta, hasta Rosario Castellanos. Hay un esfuerzo que la historia de la literatura no puede obviar y no ha obviado. Ya en la segunda mitad del siglo XX hay escritoras esenciales, no sólo Elena Garro, también Inés Arredondo, Josefina Vicens, Luisa Josefina Hernández, Esther Seligson. El grupo es muy amplio para no hablar de la enorme cantidad de escritoras que ahora escriben, contemporáneas nuestras.
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¿Cuestionar las posiciones más radicales del feminismo es un acto misógino?
No. Me remito a lo que escribí cuando las lamentabilísimas declaraciones de Marcelino Perelló: creo que no se puede ser más contundente en el rechazo a este desagradable episodio. Creo también que las instituciones tendrán que irse ajustando a esta equidad de género. De acuerdo a la normativa de El Colegio Nacional y cuando tenga la oportunidad, propondré a varias mujeres escritoras que, desde luego, merecen un lugar allí. Y estoy seguro que lo tendrán.
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¿Implica mucho trabajo ser miembro de El Colegio Nacional?
Desde luego. Estoy yendo a mis primeros días de clase y apenas estoy conociendo la dinámica, pero lo asumo como lo que es: una responsabilidad pública. Sueño, pero esto tengo que consultarlo y organizarlo, con responder, en el marco de El Colegio, muchas de las preguntas que se hace el público lector sobre qué es la crítica literaria. Será nueva la tarea de organizar a otros escritores para que colaboren con un mayor conocimiento de la crítica literaria; cómo funciona; cuáles son sus antecedentes; cuáles, sus grandezas y sus miserias; sus corrientes contemporáneas; los críticos actuales, más allá de si me gustan o no, de si estoy o no de acuerdo con ellos. Espero poder contribuir a que todo esto se difunda.
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Domínguez Michael ha dicho que su formación se debe no a la academia, sino a las revistas en las que ha colaborado, como ProcesoLa Gaceta del Fondo de Cultura Económica, y, por supuesto, Vuelta, donde se incorporó al grupo de Octavio Paz, y Letras Libres.
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Se sabe un escritor solitario y al mismo tiempo gregario. Quizá por eso abundan en su estudio fotografías de personas. Están sus vivos, pero también sus muertos.
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¿Tienes figuras tutelares?
Sí, desde luego. Para mí la crítica es la permanente frecuentación de los críticos literarios del pasado o del presente que me apasionan, y a los que les pido consejo, por así decirlo, todo el tiempo. Desde los grandes críticos del siglo XIX hasta los que aún están vivos, y a los cuales leo y releo. Cuando acudo a George Steiner o a Harold Bloom, lo hago en busca de inspiración, de consuelo, de nuevas ideas. En cuanto a los jóvenes o de generaciones más cercanas, trato de ponerme en su tesitura. Sí, soy un crítico literario mexicano en lengua española, me siento muy contento de serlo, pero para mí la literatura es mundial y los críticos que son mis maestros, aunque a muchos de ellos nunca los haya visto en mi vida, son presencias cotidianas, están aquí, y todo el tiempo estoy recurriendo a ellos.
¿Es fácil la vida de un crítico?
Hay vidas muchísimo más difíciles que la de un crítico literario. La vida de un crítico literario es polémica. Al que no tenga el temperamento para la polémica, no le recomendaría la crítica literaria. Sin embargo, lo que uno recibe a cambio es muy satisfactorio: la amistad de los lectores, muchos de ellos desconocidos. Ahora gracias al mundo del internet uno se entera más sobre lo que piensan, para bien y para mal, los lectores, y uno también es más leído. Y, bueno, desde que era muy joven, de vez en cuando recibía cartas a la revista Proceso. Era muy satisfactorio. Inclusive cuando me regañaban los lectores, a veces con razón, era grato. Dentro del conjunto de la literatura —pensando en los novelistas, en los poetas, en los dramaturgos—, el crítico literario está más expuesto al desacuerdo, al disgusto, pero también a la autoridad que le conceden los lectores por el simple hecho de llevar muchos años escribiendo de literatura. Y eso me hace muy feliz.
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Dices que tu formación ocurrió lejos de los títulos académicos…
Hay estupendos críticos literarios que estuvieron y están en la universidad. Muchos de ellos son estos maestros de los que he hablado. Y habemos otra clase de críticos que nos hemos formado en la literatura, en las revistas literarias. Los lectores le dan la autoridad a un crítico. Si yo tengo alguna importancia es porque empecé a escribir a los 17 años y muy pronto me gané la confianza de ellos. Viniendo de otro mundo, no estrictamente del literario, me gané la confianza de los lectores de a pie. Estuve casi diez años escribiendo reseñas en Proceso, gracias a que a la gente le gustaban mis reseñas; finalizando mi periodo en Proceso fue cuando Enrique Krauze me invitó a Vuelta. Fue producto de mi trabajo previo en Proceso y en La Gaceta, que entré a Vuelta.
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¿Te causa problema pertenecer a un grupo de intelectuales?
Desde que yo empecé a escribir en Vuelta en 1987, y a aparecer en el directorio de lo que entonces era la mesa de redacción, en enero de 1989, siempre me he concebido como parte de un grupo. Hay escritores que les va mejor ir por la vida en soledad e independientemente, varios de ellos admirables, y hay otros, como es mi caso, que somos escritores gregarios. Yo desde muy al principio cuando se hablaba de las mafias dije: “los escritores, como todo el resto de las personas, tienden a agruparse con sus semejantes, con aquellos que nos son simpáticos o con aquellos que sentimos que nos van a hacer compañía, en este caso intelectual. Nunca lo he negado y me siento orgulloso de haber estado enVuelta. Ahora en El Colegio Nacional hay tres escritores que provienen de Vuelta: Gabriel Zaid, Enrique Krauze y un servidor. Es obvio que Enrique y yo tenemos una larga amistad y estoy con él en Letras Libres, junto con otros colegas, y eso va a seguir porque yo creo en las revistas literarias, pese a las amenazas y ventajas del mundo virtual.
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¿Tenemos los mexicanos la piel muy delgada ante la crítica?
En todas las latitudes la crítica siempre es incómoda, siempre es polémica, a ningún escritor del mundo le gusta que lo critiquen; lo que cambia es la calidad moral de la respuesta. Yo he tenido la fortuna de recibir de escritores que he criticado, respuestas muy duras, muy educadas y muy solidarias con mi oficio. Pongo un ejemplo: varias veces critiqué de manera enérgica libros de Vicente Leñero y lo que él hacía era mandarme cartas diciéndome: “te agradezco la crítica, tienes razón en esto, pero en esto no”. Era una verdadera conversación entre un escritor que entendía que la crítica era necesaria y que había que dialogar con el crítico. Ése es el mayor regalo que puede recibir un crítico, ese diálogo. No leemos lo mismo de Dostoievski a los 18 años que a los 40 o a los 60; ni nuestra lectura de El laberinto de la soledad es la misma a los 18 que a los 55. Si los grandes libros se van moviendo a lo largo de nuestra experiencia, cómo no se va a mover una opinión que dimos, con las exigencias que significa el periodismo. Por fortuna, en los ensayos y reseñas publicadas en la prensa, los críticos tenemos la oportunidad de retrabajarlas y publicarlas en libros. Ahí es donde entra lo que nos dijeron los lectores y autores. Por eso yo a los críticos jóvenes, que no son muchos por desgracia, les digo: “sí, está muy bien escribir en los suplementos, en las revistas y en los periódicos, pero tiene que llegar a los libros, porque es ahí donde vas a recoger la interlocución”.
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En ocasiones la reacción ante la crítica es visceral…
Eso es parte del oficio. Un crítico literario no es alguien que esté esperando que suene el teléfono y que el escritor de dé las gracias, eso no lo hacen ni siquiera aquéllos cuya obra uno examinó con entusiasmo. Uno no está esperando esas llamadas, las cuales son muy escasas. La mayoría de los escritores, cuando escribo sobre ellos, no me dicen nada, como debe de ser. Yo estoy haciendo un trabajo, que seguiré haciendo, y ellos hicieron el suyo.
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¿Tienes herederos?, ¿habrá un hijo literario de Christopher Domínguez Michael?
Eso está por verse. Es un misterio del futuro. No doy clases. No tengo discípulos. Soy una persona solitaria que forma parte de Letras Libres. Un crítico literario en ejercicio que ahora escribe en EL UNIVERSAL. Mi trabajo es, en efecto, un trabajo solitario. En ese sentido sí, para bien o para mal, soy muy distinto a un crítico académico que está formando generaciones de estudiantes, de alumnos y probablemente de críticos literario. Yo no. Si alguna aspiración dinástica tengo será que alguno de mis lectores, que yo no conozco, se convierta en un crítico literario. Pero ésa va a ser obra de la casualidad y no de mi voluntad.


Buenas y malas intenciones

12/Noviembre/2017
Confabulario
Geney Beltrán Félix

Salvo casos muy particulares, rara vez nos enojamos —cuando menos no lo hacemos con vehemencia— al suponer las intenciones de novelistas o poetas. Usualmente aceptamos que quien escribe una novela o un libro de poesía lo que busca es, en el mejor caso, expresarse, pero sobre todo ganar fama, un premio, regalías, la posteridad. En suma, cualquiera de esos mojones tan elusivos que con frecuencia alimentan las conversaciones ante el espejo o los devaneos en la duermevela. Es decir, se asume que poetas o novelistas tienen el derecho de ver nacer su escritura de un doble impulso: uno elevado —la manifestación de un temperamento, una visión o aspiración o necesidad del espíritu— y otro elemental. El provecho más inmediato. La expansión del ego. Una cuenta bancaria abultada. Etcétera.
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Quienes escriben —escribimos— textos de crítica pareceríamos entrar en otro ramo. Daría la impresión de que tanto colegas del medio literario como lectores de a pie le regatean a los y las oficiantes de la crítica cualquier posibilidad de trascendencia. Escribe crítica y húndete en el olvido, quieren espetarnos, olvidadizos de Aristóteles, Longino o el doctor Johnson. La idea, supongo, sería esta: que nadie llega al paraíso de la literatura desbrozando los caminos de la crítica. Se entiende, de entrada, y quién sabe por qué, que toda persona al borronear unas palabras sobre una hoja de papel o en el procesador de la computadora tendría como justificación única, como avidez máxima, la inmortalidad. “¡Tan largo me lo fiais!”, citaba Esther Seligson al clásico cuando alguien, sin temblor ninguno en la voz, le aseguraba un futuro ilustre e indudable a sus libros La morada en el tiempoSed de mar o Todo aquí es polvo, obras, aún hoy, ya siete años después de su muerte, de muy escasa circulación y menor resonancia crítica.
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Frente a ese panorama de reivindicación final que auguraría la nombradía póstuma, la escritura exegética no tiene, se dice, gran riqueza que ofrecer. He visto con desconsuelo a autores y autoras jóvenes mostrar una indiferencia, a ratos un desprecio, ante la sola propuesta de encarar la página, sin las andaderas de la ficción o el lirismo mal entendido, para comentar un libro, una figura literaria, un tema lateral aunque sea. He conocido, también, a colegas de ya notorio talento en los campos de la narrativa de ficción, el ensayo personal, la poesía o la dramaturgia que aquí o allá —una reseña muy de vez en cuándo, el artículo en ocasión del centenario de un libro egregio— han dejado muestra muy enfática de dotes filosas para la aventura crítica, y que, sin embargo, no han reincidido en esta vía. Ante la sugerencia de garrapatear renglones de crítica con más tenacidad, lo descartan de forma muy espontánea. “No soy crítico”, me han dicho. “Lo mío es la novela”. “O la poesía”. Quizá tienen razón, me he dicho. Tal vez advierten con transparencia algo que, de este lado, por terquedad o mera costumbre, se nos sigue escapando. Pero sigo sin saber cuál puede ser esa verdad.
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Especulo que, de fondo, para perseverar en la crítica se requiere no esencialmente el talento, la inteligencia, la erudición y la capacidad argumentativa que durante décadas y siglos suponíamos se requerían. Para escribir buena crítica, por supuesto, esos atributos son vitales. Pero hablo de la persistencia en este ámbito, el seguir escribiendo que siempre resulta más arduo de sostener que el sólo escribir: aquí lo necesario es, supongo, algo que, a falta de un término más elegante, llamaría “el impulso adversativo”. Se trata de un ánimo inclinado por la confrontación, la puesta de duda, la exigencia polemista. El no poderse estar en paz hasta que no se escribe, se argumenta, aquello que nos ha provocado una lectura.
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¿De dónde vendrá esta energía? Tal vez anide en los genes, o la endilgan los astros al instante de hacer entrar en nuestro cuerpo la primera bocanada de aire, o la teje en alguna de nuestras almas uno de esos episodios de trauma, carencia o humillación que todo ser sufre en la precoz infancia. No estoy tan seguro de que el impulso adversativo se pueda adquirir con los años o con la práctica, quiero decir. Porque tampoco es factible esconderlo, o no sin repercusiones. Es un empuje que reclama hacerse presente, una y otra vez. Si no es perpetrando una reseña, escribiendo una tesis de grado o redactando un tuit de perspicacia, enojo o repulsión, se verá al momento de preparar el temario de una clase de literatura, al dictaminar manuscritos para una editorial o un premio, al organizar una actividad de promoción literaria. Pero estará siempre.
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Se manifieste de la forma que sea, este impulso no acepta quedarse estéril. A través de la palabra, queremos que este cuestionamiento mueva algo. Altere las cosas. Son unas ganas feroces, impostergables, de no dejar el mundo igual que como estaba antes. “¿Cómo?”, se dirá. “¿Qué tiene que ver el mundo en esto?” Lo que a veces no se entiende es que toda persona que escribe crítica no sólo está en una batalla al interior de la esfera literaria, buscando hacer espacio a propuestas que consideramos más valiosas, o retadoras, o exigentes, o cuestionando conceptos, prejuicios, famas. También las intenciones de quien hace crítica aspiran a desbordar las orillas del orbe literario y descomponer el orden ya fijado de lo real. Si leer un libro nos ha cambiado la percepción del mundo y ha transformado así nuestras ideas y nuestro actuar, ambicionamos conseguir que más y más personas lean esas páginas tan poderosas para acrecentar efectos tan necesarios.
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Por eso, cuando se descalifica un texto crítico arguyendo que quien lo escribió es alguien que se ha dejado llevar por la envidia, el despecho, el rencor, la cobardía o el arribismo, los y las oficiantes de la crítica sólo levantamos los hombros. Esa incomprensión es frustrante, sí, pero viene con el oficio; es algo que ya ni ha de preocuparnos. Sabemos que toda persona, sea novelista o poeta o crítico, puede tener inercias desviadas de la ética. Pero los alcances de la crítica —como los alcances de cualquier manifestación artística auténticamente vital— van más allá de nuestras limitadas condiciones personales, y de las supuestamente espurias intenciones de quienes la practican.

La censura en sábado

12/Noviembre/2017
Confabulario
Huberto Batis

Como editor de un suplemento tienes que buscar opciones para hacer atractiva tu publicación. Así fue como nació, sin una intención premeditada, una sección que fue muy popular entre nuestros lectores porque combinaba lectura y erotismo. Se llamó “El diván”. Había comenzado por accidente, porque cada que me visitaba algún escritor en las oficinas del suplemento sábado, llamaba por teléfono al departamento de fotografía del periódicounomásuno y pedía que me mandaran un fotógrafo para que le hiciera un retrato, pero casi siempre estaban haciendo sus labores en la calle. Además, decían que “político mata a escritor”. Uno de los fotógrafos me dio una cámara y me dijo: “Tómalas tú y aquí te las revelamos”. Me dieron unas pequeñas clasecitas y empecé a tomarlas yo mismo. De este modo logré hacer un archivo muy variado y rico. Tengo retratos de varios escritores mexicanos que reuní a lo largo de 25 años.
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En una ocasión vino Claudia Hernández de Valle Arizpe, alumna mía. Se sentó en el diván a leer el suplemento. Entonces, me llamaron la atención sus piernas. El ejemplar tenía en sus manos le tapaba el rostro. Le tomé una foto y una semana después la publiqué. Como título sólo le puse: “Guess who?” Cuando encontré a Luis Gutiérrez, director del periódico, y me preguntó quién iba a salir en la sección “Guess who?”, su pregunta me sorprendió y le dije que eso había sido una puntada. Me dijo que le habían hecho buenos muy comentarios y que había varias candidatas que querían aparecer ahí. Cuando retraté todas las piernas del periódico, comenzaron a visitarnos las poetas y escritoras. No necesitaba decirle dos veces a una escritora que la quería retratar. Si no le decía, se ofendía. Al final del año, publiqué, en fotos pequeñas, retratos de cada una de ellas con el rostro descubierto para revelar la incógnita. Algunas competían por ver quién enseñaba más pierna. Así fui haciendo mi archivo de “divanesas”, fotos increíbles. Pero en “El diván” no sólo posaron mujeres. Por ejemplo, Fernando Tola de Habich llegó a despatarrarse ahí.
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También comenzaron a llegar artistas, actrices y cantantes. Algunas fueron Paty Manterola, Edith González y Biby Gaytán. Empezamos a recibir poemas dedicados a ésta. Era tanto el éxito que teníamos la sensación que estábamos viviendo una Bibymanía. Algunos lectores empezaron a pedir que publicáramos fotos de Gloria Trevi. Tuvimos sesiones memorables a puerta cerrada con varios fotógrafos simultáneos, con actrices en paños menores. Muchas de ellas no se publicaron pero nos hicieron gozar mucho. Milagrosamente, ahí sí aparecieron los fotógrafos que antes nos hacían falta.
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“El diván” era una de las páginas más buscadas. Como el unomásuno no tenía secciones separadas, sábado era él único que se podía desprender del resto del periódico porque se encartaba al centro. Algunos voceadores me dijeron que sacaban el suplemento y lo vendían aparte. Cuando tenían que regresar las existencias, nadie se daba cuenta que no lo traía. Así se sacaban un dinero extra.
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Un suplemento es la revista cultural de un periódico. Recuerdo que en sábado teníamos autores para aventar para arriba en temas de cine, teatro y literatura. Llegamos a tener hasta cuatro críticos publicando simultáneamente en el suplemento, aunque a veces hablaran del mismo tema. Eso permitía comparar opiniones.
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Con “El diván” descubrimos que incluir recursos eróticos en los temas culturales era algo novedoso. Lo más cercano al erotismo que tenían los lectores eran las secciones de espectáculos, donde aparecían fotografías pícaras, graciosas, muy bellas, de actrices de teatro y cine. Hoy no veo que las secciones culturales tengan algún aporte erótico, salvo algunas excepciones.
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Poco tiempo después de que Manuel Alonso Muñoz tomó la dirección del periódicounomásuno, nos encontramos en la boda de un escritor amigo mío. Yo llevaba mi cámara. Me dijo: “¿Cómo es posible que te aproveches del periódico, de la cámara y los laboratorios, tomando fotografías de sociales? ¿No te da vergüenza?” Pensó que estaba ganándome otros ingresos como fotógrafo de eventos sociales, cuando esas fotografías se destinaban al periódico, se publicaban o se archivaban para formar parte de un dossier.
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Su hijo, Manuel Alonso Coratella, no intervenía en mi trabajo. Otra de sus hijas era la que le decía qué estaba bien y qué estaba mal. Así supe que el papá se guiaba por el criterio de Guadalupe Alonso.
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Cuando llegó, don Manuel me había dicho que el suplemento era lo mejor del unomásuno y que debía de ayudar al periódico a adquirir la fama de sábado. Muchos intelectuales decían que compraban el periódico sólo para leer el suplemento. Pero la censura, que nunca me ocurrió con los directores anteriores, la padecí con Manuel Alonso Muñoz. Me regresaba cada número del suplemento con indicaciones de las cosas que no le gustaban: tachaba las fotos que le parecían escandalosas. Llegó a tachar la plana entera, diciendo que era un artículo indigno de publicarse. No daba argumentos, lo hacía porque le daba la gana. Es muy lamentable que un director de un suplemento tenga encima la voluntad o el capricho de un director sin criterio ni voluntad de escuchar. Luego, llegó a tacharme todo el suplemento. Me di cuenta que ya no tenía nada que hacer ahí: en algún momento me iba a tachar a mí.
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