19/Enero/2013
El Universal
Alejandra Hernández
Hace casi tres décadas, el 27 de noviembre de 1983, una tragedia aérea acabó con la vida de Jorge Ibargüengoitia, a los 55 años. El accidente, ocurrido en Madrid, truncó la obra del guanajuatense, que este 22 de enero cumpliría 85 años.
En una significativa coincidencia, la vida de Ibargüengoitia comenzó el
mismo año en que terminó la de Álvaro Obregón, cuyo asesinato despertó
un vívido interés en el escritor y periodista, quien
retoma las circunstancias del magnicidio en El atentado, una obra de
teatro que, como otros de sus trabajos, satiriza episodios de la Revolución Mexicana.
Con una peculiar vena humorística, Ibargüengoitia parodió también la
revuelta escobarista (en el ocaso de la gesta) en su primera novela: Los
relámpagos de agosto, ganadora del Premio Casa de las Américas 1964. De
la lucha de Independencia partió de la conspiración de Miguel Hidalgo
para dar forma a la también novela Los pasos de López.
Pero el guanajuatense (22 de enero de 1928-27 de noviembre de 1983),
quien llegó a la ciudad de México aún niño, no sólo desmitificó pasajes
de la historia: su obra abarca infinidad de textos periodísticos que revelan su interés por los asuntos de su época.
Debido a la soltura con la que pasaba de un género a otro -teatro,
novela, relato, artículo periodístico y cuento infantil- y al singular
estilo con el que abordó varios temas, Ibargüengoitia es uno de los
autores mexicanos que más ha influido en los escritores nacidos a
mediados del siglo XX.
Con motivo de los 85 años del nacimiento de Ibargüengoitia, Juan Villoro, Fabrizio Mejía Madrid, Enrique Serna y Armando González Torres hablan del legado del autor.
El escritor Juan Villoro, coordinador de la revisión crítica de El
atentado / Los relámpagos de agosto, sostiene: "Ibargüengoitia entendió,
como nadie, que no hay nada más misterioso que la cotidianidad.
Uno de sus libros de crónicas lleva el apropiado título de Misterios de
la vida diaria. Cuando se ocupó de temas históricos, reveló que muchas
de las gestas que consideramos épicas se debieron a caprichos privados y
arrebatos íntimos".
No obstante la riqueza temática y estilística de la obra del guanajuatense, Villoro ha sostenido que Ibargüengoitia es uno de los escritores menos estudiados de nuestra literatura. Atribuye ese vacío a la solemnidad de la cultura mexicana y a que el humor no se valora como un atributo de la inteligencia.
"Esto ha ido cambiando; poco a poco, nuestro ambiente cultural ha ido
entendiendo que la ironía no es sólo una manera de hacer reír, sino de
hacer pensar".
Fabrizio Mejía Madrid, narrador y cronista, coincide en que
"Ibargüengoitia rompe con la solemnidad de la tradición literaria
mexicana". Esto, dice, al menos en dos aspectos: el humor y el uso de un
lenguaje desparpajado: "El mismo Ibargüengoitia confesó que su modelo
literario era Evelyn Waugh, quizás el más relajiento de los escritores
británicos. En donde Juan Rulfo ve sombras y montones de piedras, en
donde Octavio Paz ve árboles milenarios y explicaciones
de la mexicanidad, Ibargüengoitia ve, en cambio, el sainete, el relajo y
la chunga. Esa mirada impacta a las siguientes generaciones de
escritores, comenzando, me parece, con Juan Villoro".
Añade: "En Ibargüengoitia se combinan periodismo y literatura. El humor
en sus artículos era el mismo que en las novelas, no hay diferencia.
Cuando escribe Las muertas, sobre el caso de Las Poquianchis en lo que,
ahora es el rancho del ex presidente Vicente Fox,
declara que quiso hacer una novela como A sangre fría, de Truman Capote,
pero que tuvo que ser humorística porque ‘los testigos, la policía, los
jueces, todos, habían sido comprados'".
Las muertas, inspirada en un sonado caso de lenocinio es la obra maestra de Ibargüengoitia, según varios críticos.
Para el narrador y ensayista Enrique Serna, "Ibargüengoitia era un
narrador con una gran intuición para observar la ridiculez humana y la
doblez del comportamiento social. Caracterizaba muy bien a sus
personajes con unas cuantas pinceladas, y sabía urdir intrigas
tragicómicas que bordeaban la farsa, sin rebasar las convenciones de la
novela realista. Su enfoque irónico de la existencia y de la realidad
mexicana en particular amplió los horizontes de la narrativa mexicana moderna".
El poeta y ensayista Armando González Torres considera que
Ibargüengoitia "deja como legado un tono de humor lúcido y crítico poco
cultivado en la literatura mexicana".
En relación con los recursos que empleó y los temas que abordó,
sostiene: "Cultivó los más variados registros del humor, desde la burla
abierta hasta el guiño irónico. Su mirada fue muy amplia y lo mismo se
ocupó de ridiculizar la Historia de bronce que de criticar amenamente al
mundo intelectual y sus vicios y mezquindades".
De la ingeniería al arte dramático
Jorge Ibargüengoitia estudió ingeniería en la UNAM,
pero en 1951 empezó la carrera de arte dramático. Entonces incursionó en
la crítica y escritura de teatro como discípulo de Rodolfo Usigli. Así
comenzó una carrera prolífica en el mundo de las letras, una obra de la
que diversos escritores y periodistas se han nutrido.
Villoro, autor de ¿Hay vida en la tierra?, colección de textos
periodísticos que "siguen la estela" de Ibargüengoitia, comenta: "Me
gustaría pensar que he aprendido cosas de él, sobre todo en la vena
irónica o satírica de algunos de mis artículos. Él es mucho más
económico y directo, pero sin duda se trata de mi mayor modelo al
escribir artículos que aspiran a ser retratos irónicos de nuestra
realidad".
Villoro, quien seleccionó y prologó la antología de crónicas de
Ibargüengoitia Revolución en el jardín, dice que entre los autores que
han continuado con la tradición de Ibargüengoitia está Guillermo
Sheridan -quien ha compilado artículos periodísticos del guanajuatense
en Autopistas rápidas, Instrucciones para vivir en México y La casa de
usted y otros viajes-, y Mejía Madrid, quien confiesa: "cuando tengo
bloqueos, leo una página de Instrucciones para vivir en México y me
salen ideas de novelas".
En contraste, Serna afirma que nunca se ha propuesto seguir el ejemplo
de Ibargüengoitia, pues cree que es inimitable. "Yo tiendo más al humor
grotesco y él era más sutil".
Ibargüengoitia, quien siempre rechazó el mote de humorista y solía tener
desencuentros con los asistentes a sus conferencias, fue un escritor
riguroso que construía meticulosamente sus historias y personajes, según
ha contado su viuda, la pintora inglesa Joy Laville, autora de las
portadas de sus libros y Premio Nacional de las Artes 2012.
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